El ascenso electoral de la extrema derecha en América Latina es uno de los fenómenos políticos más importantes del último periodo. Milei en Argentina, Kast en Chile, de la Espriella en Colombia, Fujimori en Perú,… forman parte de un proceso internacional que tiene paralelismos con el trumpismo en Estados Unidos y el avance electoral que también están teniendo las formaciones ultraderechistas europeas.

Del Escudo de las Américas al Hondurasgate: la contrarrevolución se organiza en Latinoamérica
El ascenso de la ultraderecha latinoamericana forma parte de la estrategia desesperada del imperialismo estadounidense para enfrentar el ascenso imparable de China en la pugna por la hegemonía global. De la mano de sectores decisivos de las oligarquías, las cúpulas militares y distintos partidos de derecha y ultraderecha, Washington intenta recuperar el control de una región cuyos mercados, materias primas y áreas de influencia considera su patio trasero desde la formulación de la doctrina Monroe, hace más de 150 años. Una región en la que ha puesto y quitado Gobiernos, impuesto sangrientas dictaduras, organizado intervenciones militares, pero que, desde comienzos del siglo XXI, ha visto crecer exponencialmente el peso económico y político de Beijing.
Además, Latinoamérica ha vivido durante las dos últimas décadas procesos revolucionarios y levantamientos sociales en numerosos países, el más reciente en mayo y junio de este mismo año en Bolivia. Los imperialistas y sectores decisivos de las oligarquías latinoamericanas tienen claro que hemos entrado en un periodo de lucha entre revolución y contrarrevolución y se preparan para ello.
Recientemente, el escándalo del Hondurasgate[1] revelaba las reuniones entre líderes ultraderechistas latinoamericanos y representantes del sionismo y el trumpismo para discutir abiertamente planes para combatir al "comunismo", la izquierda y los movimientos sociales. “Si vos querés tener a la gente controlada, necesitás oprimirla, exprimirla, […] luego culpamos de todo a los comunistas (…)", “si hay que matar a la gente para nosotros poder estar tranquilos, se va a hacer".[2] Estas son algunas de las frases pronunciadas por uno de los líderes de esta red de extrema derecha, el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández (indultado por Trump, tras ser condenado a 45 años de cárcel en EEUU por narcotráfico).
No se trata únicamente de ganar elecciones, sino de preparar una respuesta coordinada frente a futuros estallidos revolucionarios. Ese también es el objetivo del Escudo de las Américas, alianza de 11 Gobiernos latinoamericanos de derecha y ultraderecha con el Gobierno estadounidense presentada por Donald Trump el 7 de marzo. Con la excusa de la inseguridad ciudadana y el narcotráfico, los Gobiernos latinoamericanos aceptan la intervención de Washington en sus territorios, incluyendo el posible envío de tropas, para combatir las “amenazas internas y externas”.
Es una ofensiva continental que pretende aplastar cualquier desafío serio al imperialismo yanqui y al capitalismo, siguiendo la estela de campañas contrarrevolucionarias impulsadas por Washington durante la Guerra Fría como la Operación Cóndor en los años 70, cuando varias dictaduras militares suramericanas -coordinadas por la CIA- asesinaron a decenas de miles de activistas de izquierda en distintos países. Su problema es que, a diferencia de entonces, no han conseguido aplastar a las masas e infligirles una derrota decisiva en ningún país.

Polarización extrema a derecha e izquierda
Para comprender este fenómeno desde un punto de vista marxista debemos rechazar las explicaciones superficiales que presentan lo que está sucediendo como un giro homogéneo hacia la derecha. Lo que hay es una enorme polarización política, con sectores que giran hacia la reacción y otros que buscan una alternativa por la izquierda.
Las últimas elecciones en Perú y Colombia son una muestra. La extrema derecha y la derecha tradicional mantienen una importante capacidad de movilización de voto, pero millones de trabajadores y jóvenes también han acudido a las urnas para frenar su avance y han protagonizado movilizaciones masivas, dejando claro que los títeres de Trump van a encontrar una respuesta contundente.
En Perú Fujimori ganó por solo un 0,2% de diferencia, gracias al voto en el exterior y con evidencias claras de fraude. La movilización para frenar a esta reaccionaria votando al candidato de la izquierda, Roberto Sánchez, arrasó en las regiones más pobres de mayoría indígena con apoyos del 80%. Algo parecido ocurrió en Colombia, como explicamos en nuestro balance de las recientes elecciones presidenciales[3].
En Chile el rechazo a Kast ha subido en tres meses del 19% a más del 60. Y en Argentina, Milei tiene el mayor rechazo desde su elección (62%), con millones de jóvenes y trabajadores mirando por primera vez a la izquierda anticapitalista del FIT-U como alternativa de poder frente a la extrema derecha y las políticas de gestión del sistema y más de lo mismo de los dirigentes peronistas.
Esta polarización hunde sus raíces en la crisis del capitalismo, las oportunidades revolucionarias desaprovechadas y la frustración con los Gobiernos progresistas que al renunciar a romper con el capitalismo dejaron intacto el poder de la banca, del imperialismo, del agronegocio y las grandes fortunas. En un contexto de inflación, precariedad, salarios de miseria y deterioro de los servicios públicos, ese vacío político ha sido aprovechado por la extrema derecha para presentarse falsamente como alternativa cuando representa la expresión más reaccionaria y brutal del sistema.
Debemos comprender las raíces sociales de este fenómeno. Durante las últimas décadas sectores de la pequeña burguesía se han enriquecido gracias al boom de las materias primas, el agronegocio, la minería o las exportaciones agrícolas. Paralelamente, millones de pequeños comerciantes, profesionales autónomos y capas medias han sufrido un fuerte proceso de empobrecimiento y amplios sectores de la clase trabajadora se ven condenados a niveles de informalidad y precariedad laboral sin precedentes.
Argentina es un ejemplo: los trabajadores informales representan ya el 42% de la población ocupada, cerca de seis millones carecen de derechos básicos y uno de cada tres trabajadores informales recibe ingresos inferiores al umbral de pobreza. Buena parte de la clase media también se ha depauperado, el 60% de la población tiene deudas y siete de cada diez familias con niñas, niños y adolescentes ha recurrido este último año al endeudamiento, liquidar sus ahorros o vender pertenencias para afrontar gastos cotidianos.

Sobre esta base material la extrema derecha desarrolla un programa profundamente reaccionario. Para imponerlo necesita construir enemigos internos, dividir a la clase trabajadora y enfrentar a unos sectores populares contra otros prometiendo demagógicamente restaurar un supuesto orden perdido, mejorar las condiciones de vida y fomentando todo tipo de prejuicios racistas, xenófobos, machistas y religiosos.
Ultraderecha y fanatismo religioso
En esta estrategia el papel de las iglesias evangélicas y de la Iglesia católica resulta clave. Han construido enormes aparatos económicos, mediáticos y políticos que actúan como auténticos instrumentos de intervención de la burguesía y difunden prejuicios profundamente reaccionarios. A través de ellos, la extrema derecha convierte los ataques a la izquierda, los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI, la defensa de la familia tradicional y la oposición al feminismo en elementos centrales de su proyecto.
El machismo, la homofobia y la transfobia son utilizados para cohesionar una base social reaccionaria y desviar el enorme descontento provocado por la crisis del capitalismo. Precisamente por ello debemos extraer una conclusión muy importante. Frente a los reformistas, que defienden hacer concesiones a las Iglesias y sus prejuicios religiosos reaccionarios para no perder apoyos, la experiencia demuestra exactamente lo contrario. Una política con una perspectiva revolucionaria es lo único que puede dividir estos movimientos en líneas de clase y ganar para la izquierda a amplios sectores muy oprimidos de la clase obrera y del campesinado.
En Brasil, Lula y el PT han buscado durante años acuerdos con los grandes pastores evangélicos y la cúpula de la Iglesia católica, renunciando a reivindicaciones básicas de la izquierda, el movimiento feminista y LGTBI y haciéndoles todo tipo de concesiones económicas y políticas. ¿Cuál fue el resultado? Esos mismos dirigentes religiosos acabaron convirtiéndose en uno de los pilares del bolsonarismo.
Brasil celebra elecciones presidenciales en octubre. Las divisiones en la clase dominante se reflejan en enfrentamientos constantes dentro del aparato judicial ante los escándalos que afectan al entorno de Bolsonaro. Un sector de la burguesía considera que un regreso del bolsonarismo podría desencadenar una explosión de la lucha de clases y continúa apostando por Lula como mejor opción para garantizar la estabilidad capitalista. Pero las políticas de conciliación de clases del Gobierno del PT en coalición con varios partidos de derechas deterioran las condiciones de vida, agravan problemas como la inseguridad y alimenta el descontento social, permitiendo al bolsonarismo conservar una importante base de masas.
Durante el ascenso de la Revolución bolivariana se pudo comprobar qué medidas sirven para cortar la influencia política de los sectores más reaccionarios y sus prejuicios religiosos. Las medidas antiimperialistas y los programas sociales impulsados por Chávez, su enfrentamiento con la oligarquía y sus discurso planteando el socialismo atrajeron a centenares de miles de trabajadores, y especialmente de trabajadoras, vinculadas a las iglesias evangélicas y católica, que participaron activamente en comités, consejos comunales, organizaciones de mujeres y sindicatos combativos.

El avance del proceso revolucionario abrió una brecha de clase dentro de estos movimientos religiosos y limitó enormemente la influencia política de los pastores reaccionarios en los barrios. Si hubiera contado con un partido de masas armado con un programa marxista habría podido ganar a muchos de estos sectores a sus filas. La contrarrevolución burocrática y políticas capitalistas de los Gobiernos de Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez, que se apoyaron también en los prejuicios religiosos, han fomentado el resurgimiento del poder de las iglesias.
La conclusión para los marxistas es evidente: la influencia reaccionaria de la Iglesia, el fanatismo y los prejuicios religiosos solo puede ser combatida exitosamente con una política revolucionaria y una alternativa socialista.
Frente a su odio racista, unidad de clase
La ofensiva reaccionaria no se limita al ataque contra el movimiento feminista y LGTBI, convierte también a la población inmigrante, los pueblos originarios y quienes luchan por sus derechos en blanco de sus ataques.
En Europa el discurso racista se ha dirigido principalmente contra la inmigración procedente de África o de Oriente Medio. En América Latina adquiere características propias porque los movimientos migratorios son principalmente internos. Millones de venezolanos, haitianos, bolivianos, peruanos o colombianos se han desplazado por todo el continente huyendo de la pobreza o las crisis económicas.
La extrema derecha intenta responsabilizar a estos trabajadores inmigrantes del desempleo, la delincuencia o el deterioro de los servicios públicos. Kast en Chile, Milei en Argentina y distintos sectores reaccionarios en Perú y Brasil han utilizado sistemáticamente el veneno del racismo y la xenofobia, siguiendo estrategias similares a la de Trump.
El racismo de la derecha y ultraderecha latinoamericana forma parte de la historia del continente desde la colonización y continúa profundamente arraigado en la clase dominante y sectores de las capas medias y el lumpen. En Bolivia, el odio racista de la oligarquía agroindustrial de Santa Cruz fue uno de los motores del golpe de Estado de 2019. En Chile, la persecución contra el pueblo mapuche sirve para justificar la militarización del sur del país y proteger los intereses de las grandes empresas forestales. En Perú, el desprecio histórico hacia la población indígena fue patente durante el golpe que derrocó a Pedro Castillo y la represión posterior y ha vuelto a verse en las últimas elecciones. Fujimori concentró sus mayores apoyos entre las capas medias y sectores de la aristocracia obrera de zonas mayoritariamente blancas, su rival arrasó en las regiones indígenas más pobres.

Combinado con los prejuicios racistas se sitúa otro eje de la agitación ultraderechista: la llamada "seguridad ciudadana". Aprovechando la delincuencia, el narcotráfico o la crisis de determinados barrios populares, la clase dominante utiliza la inseguridad para criminalizar a las minorías excluidas, militarizar los barrios populares y fortalecer el aparato represivo, ocultando que la violencia es causada por la pobreza y desigualdad generadas por sus propias políticas.
¡Levantar una izquierda revolucionaria!
Precisamente allí donde intentan sembrar más odio encontramos también algunos de los movimientos de resistencia más importantes del continente. Los mismos sectores convertidos en objetivo de sus ataques protagonizan muchas de las luchas más avanzadas contra la reacción. Los pueblos originarios en Bolivia, Chile o Perú, el movimiento feminista, al grito de Ni Una Menos, las mareas por el derecho al aborto en Argentina, las enormes manifestaciones del 8 de marzo en Brasil y Chile y las movilizaciones del Orgullo, con un marcado carácter antifascista, muestran que existe una clase trabajadora latinoamericana que no solo no ha sido derrotada, sino que está dispuesta a combatir frontalmente a la reacción.
La lucha contra el fascismo y la ultraderecha no pasa por moderar el programa ni por nuevos pactos con la burguesía. Tampoco por confiar en las instituciones parlamentarias. Las mayores derrotas sufridas por la extrema derecha han llegado siempre gracias a la movilización de masas tomando las calles.
Así ocurrió con las primeras líneas en Chile y Colombia, organismos de autodefensa surgidos al calor de las grandes movilizaciones para hacer frente a la represión policial y a las bandas paramilitares fascistas. También en Brasil, donde la movilización popular fue decisiva para derrotar el intento golpista de Bolsonaro. O en Bolivia: combatiendo el golpe fascista de 2019 y o durante la insurrección de mayo y junio de este año, cuando el intento de levantar los bloqueos de carreteras utilizando a la policía, el ejército y las bandas paramilitares de lúmpenes fascistas en Santa Cruz fue derrotado por la acción directa de las masas.

Las dos últimas décadas demuestran el enorme potencial revolucionario que existe en América Latina. La fuerza existe. Lo que falta es una dirección revolucionaria capaz de unificar todas estas luchas bajo un programa socialista que expropie a los grandes capitalistas, rompa con el imperialismo y construya un poder basado en la organización democrática de la clase trabajadora. La tarea decisiva hoy sigue siendo construir un partido marxista revolucionario e internacionalista capaz de transformar esa inmensa fuerza social en una alternativa de poder y llevar adelante la revolución socialista. No hay tiempo que perder.
Notas:
[1] hondurasgate.ch — Periodismo de investigación
[2] El Hondurasgate y el injerencismo imperialista-sionista en América Latina
[3] Colombia. El ultraderechista De la Espriella gana las elecciones por la mínima




















