¡Construir la resistencia antifascista contra el títere de Trump!
El pasado 21 junio se celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, que dieron una victoria por la mínima al candidato de la extrema derecha, Abelardo de la Espriella frente a Iván Cepeda, candidato progresista del Pacto Histórico, apoyado por el actual presidente Gustavo Petro.
Tras una participación electoral histórica, la más alta registrada, de la Espriella cosechó 12,9 millones de votos, solo 200 mil votos más que Cepeda; una diferencia porcentual del 0,8%.
En medio de un escenario de polarización máxima, la extrema derecha se hace con el gobierno de la cuarta economía de Latinoamérica y abre un nuevo periodo en la lucha de clases colombiana.

¿Por qué ha ganado de la Espriella?
Este resultado no escapa de la ofensiva imperialista que ha lanzado EEUU sobre el que la burguesía norteamericana considera su patio trasero. Tras la derrota humillante en Irán, la Administración Trump necesita consolidar sus posiciones y recuperar la iniciativa.
Mientras aplica su agenda colonial en Venezuela e intenta hacerse con el control de Cuba, lanzando la agresión más brutal en décadas, intensifica la presión imperialista sobre los gobiernos de la izquierda institucional de México, Brasil y Uruguay, a la vez que busca seguir sumando países al “Escudo de las Américas”, la alianza de gobiernos latinoamericanos de derecha y ultraderecha creada por Trump en marzo para intentar llevar adelante sus planes y combatir la influencia china en el continente
Pero una característica común a las victorias electorales de los peones ultraderechistas de Trump es que van acompañadas de una polarización extrema, que anuncia una intensa lucha de clases en todo el continente.
En el momento de conocerse los resultados, miles de jóvenes salieron a las calles en Cali y Bogotá contra el ascenso de la extrema derecha. Esta movilización y el resultado tan ajustado de la segunda vuelta demuestran que millones de oprimidos entienden el peligro que representa este ultraderechista y están dispuestos a enfrentarlo.
Pero tanto Gustavo Petro, actual presidente, como Iván Cepeda, llamaron rápidamente a la calma y a depositar toda la confianza en el escrutinio electoral. Es decir, en el Estado colombiano. Sin embargo, el escrutinio ha dejado los resultados tal cual fueron publicados la noche electoral. La variación ha sido de 624 votos más para de la Espriella y 400 menos para Cepeda. La distancia entre ambos cambia en un 0,004%.
La insistencia de Petro y Cepeda en sembrar ilusiones en el escrutinio, a la vez que han hecho un llamamiento a un “acuerdo nacional” con la extrema derecha, justificado por la igualdad en los resultados, ha sido un tremendo error y es consecuencia de las mismas políticas de entrega y sumisión que han llevado a dilapidar el enorme apoyo e ilusiones que generó hace cuatro años la victoria de Gustavo Petro.
Las promesas de Petro de cambios profundos se han ido diluyendo en una agenda que ha buscado la paz social con una de las burguesías más violentas, corruptas, mafiosas y antidemocráticas del continente. Esto ha abierto el camino a De la Espriella, quien ya ha dicho que va a “destripar a la oposición” y a adoptar un programa ultraliberal contra la clase obrera y los campesinos pobres, en la misma línea que Milei.
Es necesario abordar una profunda reflexión entre la izquierda colombiana si queremos derrotar, desde ya, a este fascista. Hay que extraer las conclusiones de los errores del Pacto Histórico en el gobierno y levantar la resistencia antifascista contra De la Espriella, Trump, Uribe y compañía.

La experiencia del gobierno reformista
El marxismo siempre ha explicado que el terreno electoral es el más difícil para derrotar los planes de la burguesía. La clase que controla las reglas del juego, a los árbitros, y que concentra el poder económico y político pone toda la carne en el asador cada cuatro años para garantizar que sus representantes siguen en el poder institucional. En el caso colombiano esto ha llevado incluso al exterminio de un partido político entero, como fue el caso de la Unión Patriótica, con alrededor de 6 mil militantes asesinados a finales de los 80 y principios de los 90.
Solo en contextos de fuerte lucha de clases y un cambio en la correlación de fuerzas se generan las condiciones para que los representantes políticos de la burguesía sean derrotados electoralmente y se imponga el sentir de las masas. Este fue el caso de las elecciones de 2022, en las que Gustavo Petro se convirtió en el primer presidente de izquierdas de Colombia, tras el periodo prerrevolucionario que se vivió en el país durante 2019-2021.
En respuesta a la sorprendente derrota de Cepeda en la primera vuelta, un candidato de conciliación y a la derecha respecto a Petro, la dirección del Pacto Histórico se justificó con el fraude, la injerencia yankee y las presiones que existen en el terreno electoral. Aunque estas artimañas son reales y no deben ser infravaloradas, no son nuevas en Colombia. Y frente a ellas, la izquierda pudo ganar las anteriores elecciones.
El punto diferencial es que el balance del gobierno Petro es un balance de decepción, reformas a medias, autojustificación y pactos con la derecha, que ha minado fuertemente las ilusiones entre sectores de su base social que se movilizaron hace cuatro años con la expectativa de conseguir un cambio radical en sus condiciones de vida. En esta declaración no tenemos espacio para entrar en detalle, pero como hemos advertido en anteriores materiales, la táctica de Petro de llenar su gabinete con políticos rebotados de la derecha ha sido un tiro en el pie. Esperando lograr acuerdos puntuales con diferentes bancadas legislativas de derechas para sacar adelante sus reformas y establecer alianzas con lobbies y grandes empresarios, Petro se ha encontrado con la cruda realidad. Su gobierno ha estado totalmente aislado en el Congreso, perdiendo la mayoría de las votaciones; ha sido constantemente torpedeado por el alto funcionariado y además ha sido salpicado por continuos escándalos de corrupción o violencia machista.
Los escándalos no han sido lo único que ha generado desilusión. En la práctica, ninguna de las principales promesas electorales de campaña, medidas fundamentales para una clase trabajadora y un campesinado profundamente empobrecidos y sumergidos en la economía informal, se han llevado adelante. Aunque el salario mínimo ha sido incrementado en un 60% por el gobierno y ha crecido la inversión en enseñanza pública profesional, el punto de partida era tan bajo y la inflación tan elevada que la sensación entre las masas es de haberse quedado igual, o peor.
Entre el campesinado, que representa el 30% de la población, a pesar de la reforma agraria que entregó 703 mil hectáreas de tierra a personas que en el pasado fueron despojadas por los grupos armados, la pobreza extrema sigue siendo la norma; y en muchos casos, se siguen viendo obligados a cultivar coca bajo presiones de mafias y el ahogamiento que ejercen los monopolios de la producción y distribución agraria.
Tampoco se llevaron adelante medidas democráticas clave, como por ejemplo en un aspecto central como la cuestión feminista, en donde la creación del Ministerio de Igualdad fue un sonoro fracaso, ni se tomaron medidas contra la represión, como la prometida desarticulación del odiado ESMAD (escuadrón móvil antidisturbios) o garantizar la integridad de los líderes sociales y sindicales (de 2022 a 2025 fueron asesinados 410 activistas).
Estas políticas desmovilizaron a los movimientos sociales que se desarrollaron en el estallido de 2021, justificando que se podría tomar diplomáticamente, vía institucional, el estado burgués, pero este los escupió sin ningún inconveniente.
“Firmes por la Patria”, la política de mano dura y el debate sobre la seguridad
La violencia política y la inseguridad en Colombia es el pan de cada día para millones de personas. La fusión total entre los capitalistas financieros, los grandes terratenientes y las mafias que ejercen el narcotráfico y la minería irregular crean un ambiente propicio para que la juventud marginada y empobrecida se vea envuelta en la dinámica de violencia extrema. El debate sobre la criminalidad ha sido central en esta campaña, incluso un candidato uribista fue asesinado en vivo y en directo, para beneficio de la derecha. De hecho, hay muchas incógnitas respecto a quién estaba detrás de los perpetradores. De igual manera se han sucedido diferentes atentados en los que han muerto decenas de personas inocentes.
Este ha sido el eje de la campaña de Abelardo de la Espriella y su movimiento Firmes por la Patria. Una vuelta al uribismo/paramilitarismo, hablando de destripar a la izquierda y aplicar un estado de terror contra las clases populares, siguiendo el modelo Bukele. De la Espriella, formado en el entorno del uribismo duro y de las AUC —el mayor grupo paramilitar del país— se erigió como una cara independiente de Uribe, derrotado políticamente tras el levantamiento del 2021, pero con el plan de ejercer de la manera más brutal el dominio capitalista.

Frente a la problemática real de la seguridad en el país, el Pacto Histórico ha basado su campaña en golpes de efecto, lugares comunes y trivialidades propias de sus compañeros de la Internacional Progresista que han llevado a desastre tras desastre. Su campaña, Por la Vida, ha pivotado en torno a sembrar ilusiones poco argumentadas de una clara victoria en la primera vuelta electoral y discursos vacíos. Pero en la práctica, el gobierno Petro ha entrado en la dinámica de la derecha, militarizando las zonas más conflictivas y entregando el Ministerio de Defensa a las Fuerzas Armadas. No explicar que la alternativa a la violencia es dotar a la juventud y al campesinado de una perspectiva de vida decente, basada en el acceso a la enseñanza pública y de calidad y a un mercado laboral regular con condiciones dignas ha sido una renuncia trágica, que ha dejado toda la iniciativa en este aspecto central a De la Espriella.
Construir una izquierda revolucionaria para derrotar a Trump y De la Espriella
Tras señalar los errores que han llevado a esta derrota debemos responder a varias preguntas que se hacen muchos activistas de la izquierda ¿La experiencia de este gobierno progresista ha generado desilusión y desmovilización entre algunos sectores? Sí, es evidente. ¿Es cierto que la mayoría de la población colombiana se ha vuelto de ultraderecha? No, para nada. Esta idea, que probablemente utilizarán las direcciones del Pacto Histórico para justificar su negativa a encabezar las movilizaciones contra el nuevo gobierno, tenemos que combatirla. El escenario es de polarización absoluta y de cientos de miles de personas movilizadas por la izquierda.
Si comparamos el resultado reciente de las elecciones colombianas con los triunfos de la extrema derecha en el continente veremos una notable diferencia. Milei derrotó en el 2023 al candidato peronista por más de 10 puntos porcentuales y casi 3 millones de votos. En Chile, el fascista Kast superó a la candidata del PCCh por un 17%. El resultado en esta cita electoral en Colombia demuestra que las capas movilizadas no han sido derrotadas ni se van a su casa.
Incluso en Chile, Bolivia y Argentina, donde la derecha y ultraderecha lograron victorias electorales amplias, las masas están tomando las calles contra su agenda de ataques y sometimiento a Washington.
La campaña electoral del Pacto Histórico ha sido sacada adelante sobre la base de activistas que se han organizado, en algunos casos, al margen de su propio partido, que ha priorizado la actividad en las redes sociales. Haber movilizado la mayor votación de izquierdas de la historia en contra de los dirigentes reformistas, las bandas paramilitares, la injerencia imperialista y la propaganda capitalista es un reflejo de que el proceso de toma de conciencia de las masas colombianas no ha retrocedido.
Para volver a tener una correlación de fuerzas favorables y responder a De la Espriella y su programa político de ultraderecha, el primer paso es organizar un debate honesto y profundo para hacer un balance de la experiencia de gobierno y los errores cometidos. A la vez debemos levantar un frente único contra este títere de Trump, que responda en las calles a su política de terror y neoliberalismo salvaje, y dotarnos de un programa revolucionario que plantee la expropiación de los latifundios, bancos y grandes empresas para poner estos recursos bajo control de la clase trabajadora y que sean una herramienta para transformar la vida del pueblo.
Relegar cualquier batalla a las citas electorales ha sido un error trágico. Es la hora de la lucha.



















