El 17 de abril el gobierno de Francia bloqueó por varias horas el paso de trenes en la frontera con Italia, en respuesta a las medidas del gobierno Berlusconi de conceder permisos temporales a los miles de inmigrantes provenientes del norte de África. Posteriormente ambos mandatarios se reunían en Roma para llegar a un acuerdo y decidir acciones conjuntas frente al “problema” de la inmigración, solicitando la revisión del llamado Tratado de Schengen. El 11 de mayo el gobierno danés (una coalición de liberales y conservadores), escudándose en el combate contra las mafias anunciaba el restablecimiento de los controles fronterizos que afectaría el paso de Dinamarca a Alemania, pero también a los puertos y al puente gigante de Oresund, que une Suecia y Dinamarca. Esta medida sin precedentes representa un punto de inflexión en la política migratoria y fronteriza de los gobiernos de la UE, sumergida en una crisis histórica.

En este año, desde el estallido de la revolución en el mundo árabe, se calcula que 1.600 inmigrantes perdieron la vida intentando cruzar el Mediterráneo. A las costas italianas han llegado más de 25.000 inmigrantes tunecinos en unos pocos meses. Muchos de ellos fueron hacinados en la pequeña isla de Lampedusa en condiciones miserables, esperando para ser deportados y desperdigados por la península.
A partir de ese momento se inició una avalancha de declaraciones y acusaciones entre los gobiernos de Francia e Italia. Berlusconi denunció la “catástrofe humanitaria” de los miles de inmigrantes exigiendo que la UE se hiciera cargo dándoles millones de euros, y hasta amenazó con la ruptura. El gobierno italiano, atizado por la derechista Liga Norte, decidió otorgar permisos temporales y pasar el “problema” a sus vecinos, que no tardaron en criticar dicha medida unilateral. El conflicto en el paso de trenes fronterizo ha servido para sentar a los gobiernos derechistas de ambos países y sellar la paz con un acuerdo: endurecer los controles fronterizos y machacar a los inmigrantes en sus respectivos países. Inmediatamente después, el gobierno francés se lanzó de nuevo a realizar redadas masivas contra los inmigrantes en los suburbios de París. Hay que tener en cuenta que en 2012 hay elecciones y la popularidad de Sarkozy —como la de Berlusconi— está por los suelos, así que este capítulo representa otra oportunidad para reforzar un discurso más duro, agrupar a su base electoral y recuperar apoyos que se les están escapando por la derecha. De hecho, Marine Le Pen, nueva presidenta del partido francés de extrema derecha Frente Nacional, trató de sacar tajada de este conflicto de forma inmediata. En Lampedussa, ante los inmigrantes y las cámaras declaró: “Tengo mucha compasión por vosotros, pero Europa ya no dispone de las capacidades para acogeros, ya no tenemos capacidad financiera”.

Hacia la modificación del Tratado de Schengen

El golpe de efecto de la decisión danesa de cerrar las fronteras, antes mencionado, seguramente tiene como objetivo marcar la línea para la próximo Consejo Europeo, que se celebrará el 24 de junio, donde probablemente se den pasos en la modificación del Tratado de Schengen. Con este tratado, teóricamente, se eliminaron las fronteras entre los países miembros de la UE y se permitía la libre circulación de ciudadanos, aunque en el mismo ya se incluía la base legal para restablecerlas en distintos casos, como por ejemplo una “seria amenaza al orden público o a la seguridad interior”, utilizado por Francia en el caso de los trenes provenientes de Italia durante el mes de abril. Lo que se pretende ahora es facilitar todavía es ampliar mucho más los supuestos en los que se podrá cerrar las fronteras. El propio Barroso ha sido muy claro al respecto: “El restablecimiento temporal de las fronteras es una posibilidad entre otras que, a condición de estar sometido a criterios concretos y bien determinados, podría constituir un elemento para reforzar la gobernanza del Acuerdo de Schengen” (énfasis nuestro).
Estas decisiones no son fruto de la casualidad. La demagogia antiinmigrante en auge en todo el continente no tiene otro origen que la crisis brutal del capitalismo y el tambaleo del proyecto de unidad europeo. Mientras todas las burguesías se unen para hacer frente común contra la clase trabajadora y la juventud, a su vez cada burguesía nacional tiene su propia agenda para intentar salir de la crisis mejor parada y a costa de las demás. La propia “crisis de los pepinos” también hay que enmarcarla dentro de las tensiones comerciales existentes entre los países de la UE.
La socialdemocracia sin una alternativa de clase, en la práctica, está plegándose a todas las decisiones, incluso con dirigentes socialdemócratas que utilizan el mismo lenguaje que la derecha contra la “inmigración descontrolada”. Este fracaso de la política de los dirigentes reformistas es lo que está abonando el terreno para la desilusión de su base social y el crecimiento de los partidos de extrema derecha.
Ante esta embestida brutal, los trabajadores y jóvenes estamos respondiendo con la lucha país tras país. Para golpear todos juntos y hacerlo de manera eficaz es necesario dar un paso adelante. Por ello es clave la coordinación de todas las luchas a nivel europeo y también con las revoluciones en los países árabes. La explicación de que tenemos el mismo enemigo, que somos una clase internacional y somos mayoría frente al capitalismo es un punto fundamental que deben defender nuestras organizaciones sindicales y políticas de la izquierda. Organizar a los trabajadores independientemente de su nacionalidad, raza o religión, con papeles o sin papeles, es una tarea inaplazable. La consigna del momento es luchar todos unidos para que no paguemos su crisis. ¡Tenemos fuerza para cambiar las cosas!


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