Los acontecimientos de los últimos meses han vuelto a subrayar el gran cambio operado en la correlación de fuerzas mundial. Ni la guerra comercial, ni la matanza perpetrada en Gaza, ni la agresión imperialista contra el Líbano e Irán han debilitado a China. Mientras la decadencia de EEUU se hace todavía más visible con esta orgía de violencia, el músculo económico, político y diplomático del gigante asiático se refuerza.
La transformación del orden mundial capitalista, al que con tanta ferocidad se resiste Washington, está estrechamente relacionado con el liderazgo creciente de China en todas las esferas. Un avance impulsado en tres momentos cruciales de los últimos veinte años: durante la Gran Recesión de 2007/08, en la Pandemia de 2020, y tras la guerra imperialista de Ucrania. Ahora, la crisis desatada por la brutal intervención militar de Washington y Tel Aviv en Oriente Medio va a provocar un nuevo punto de inflexión. El objetivo de desalojar a China de un área de importancia geopolítica extraordinaria se convertirá en su contrario.

Recientemente los organismos económicos internacionales reconocían que el PIB chino aumentó un 5% en 2025, mientras el de EEUU lo hacía en un 2,1%, siete décimas menos que 2024 (2,8%), y el de la UE en un 1,5%. “La República Popular sigue centrada en subir peldaños en la cadena de valor añadido, y han destacado, entre otros, los incrementos en la producción de artículos vinculados a los avances tecnológicos, como los drones (suben un 37,3%), impresoras 3D (un 52,5%), robots industriales (28%) y los coches de nuevas energías (25,1%). Este tipo de vehículos ya superan el 50% del total de las líneas de producción”[1].
No citamos estos datos por hacer un ejercicio de propaganda, sino porque demuestran que los sucesivos ataques norteamericanos contra la economía china han fracasado uno tras otro.
Una crisis de liderazgo y credibilidad que no se detiene
Que la gran superpotencia mundial, dirigida por un ultraderechista fanático y errático, decida emplear toda la violencia de la que es capaz para sostener su hegemonía no es precisamente un síntoma de fortaleza. Asesinar a decenas de miles de personas, sembrar la destrucción indiscriminadamente y poner al mundo entero ante el abismo de una crisis energética y alimentaria sin precedentes en décadas, está minando la credibilidad de Washington y las bases de su dominio.
La guerra contra Irán es más de lo mismo, y no hará más que acelerar el desapego de numerosos países respecto a EEUU. Es el caso de India y otras naciones del sudeste asiático, duramente golpeadas por la interrupción del suministro de gas y petróleo y que viven grandes estallidos huelguísticos y motines sociales.
La Administración Trump quizá pretenda repetir lo que hizo con la guerra de Ucrania, cuando impusieron sanciones al gas ruso y obligaron a Alemania y otros países europeos a comprar GNL norteamericano a precios muy superiores a los que venían pagando a Rusia. Las consecuencias de esta jugada son bien conocidas: la recesión de la economía germana y un estancamiento prolongado en la UE, por eso es improbable que los intentos de coacción de Washington tengan efecto en unos países asiáticos en pleno proceso de expansión económica, en la inmensa mayoría de los casos estrechamente ligado a la economía china.

Tampoco es casualidad el cambio de actitud de la población europea hacia China, señalado en numerosas encuestas de opinión, y que discurre en paralelo al genocidio en Gaza y a la guerra contra Irán. Como tampoco lo es la nueva posición de muchos Gobiernos europeos, empezando por el de Pedro Sánchez.
A pesar del entusiasmo mostrado por la UE a los planes de rearme del presidente norteamericano, o el servilismo en acuerdos comerciales humillantes, la resistencia de los Gobiernos de Gran Bretaña, Italia, Francia y otras naciones a dar carta blanca a la nueva aventura militar en Irán revela el temor a sus consecuencias políticas, económicas y en la lucha de clases. Por supuesto, tampoco es baladí en esto las declaraciones y los actos de la Administración Trump abogando por la ruptura de la UE para crear áreas bajo su influencia directa con Gobiernos ultraderechistas amigos. Todavía no está escrita la última palabra, pero la influencia de China sobre Gobiernos europeos que hasta hace muy poco eran fieles aliados de los EEUU no se puede menospreciar.
Pólvora mojada
El segundo mandato presidencial de Trump (2025) se abrió con una nueva andanada de medidas económicas y comerciales dirigidas contra China, continuando y profundizando los ataques realizados en su primer mandato (2017-2021) y que fueron mantenidos e incluso reforzados bajo la Administración del demócrata Joe Biden (2021-2024).
Pero esta segunda incursión ha resultado igual de fallida que la primera. La gran arma de Trump contra China, los aranceles del 2 de abril de 2025, fecha bautizada pomposamente como “Día de la Liberación”, tuvieron que ser drásticamente reducidos tras la decisión de Beijing de suspender indefinidamente la exportación de tierras raras, un conjunto de minerales imprescindibles para la industria norteamericana y cuyo suministro depende en más de un 80% de productores chinos.
Pese a este grave tropiezo, Trump no cejó en su empeño y, a través de presiones de todo tipo a sus aliados y socios comerciales, trató de perjudicar en todo lo posible las exportaciones y el comercio chinos.
Vano intento. Los primeros resultados visibles de esta política han sido, como ya ocurrió en su primer mandato, un daño mayor a la economía norteamericana que a la economía china. En 2025 China registró un superávit comercial récord de 1,2 billones de dólares pese a que las exportaciones dirigidas a Estados Unidos cayeron un 20%. Por el contrario, el déficit comercial global de Estados Unidos (bienes y servicios) alcanzó los 901.500 millones de dólares en 2025 (904.000 millones de 2024), pero si tomamos exclusivamente la balanza comercial de bienes, el déficit batió un nuevo récord: 1,24 billones de dólares.

Trump gobierna para una plutocracia avariciosa que le respalda en su ofensiva imperialista porque se está haciendo de oro: en 2025 los beneficios empresariales se incrementaron en un 13,6%, hasta alcanzar el récord histórico de 3,41 billones de dólares. Y aquí se plantea una pregunta importante. ¿Cómo es posible alcanzar semejantes cifras con una economía estancada y con crecimientos de la productividad que de ninguna manera las explican?
Trump no solo ha lanzado una guerra exterior, también ha iniciado una guerra sin cuartel contra la clase trabajadora estadounidense que está sufriendo una agresión en sus salarios directos, con recortes sangrantes en los servicios públicos, con una política impositiva que penaliza a los ingresos más bajos y amnistía impuestos a los millonarios… Se está produciendo un trasvase fabuloso de plusvalía a la plutocracia de Wall Street, que se robustece con el saqueo de las arcas públicas y la capacidad de EEUU de detraer recursos del resto del mundo.
Haciendo un poco de historia, es ampliamente conocido que los acuerdos de Bretton Woods sentaron las bases del dominio financiero de EEUU y la indiscutida hegemonía del dólar como moneda de intercambio y de reserva global. La enorme recuperación económica que siguió a la Segunda Guerra Mundial permitió que la extracción de enormes recursos en todos los continentes por parte de EEUU se afianzase. La posterior caída de la URSS y la restauración del capitalismo en el antiguo bloque estalinista dio de nuevo alas a esa hegemonía, sobre todo desde el punto de vista político.
Pero aquellos acontecimientos, que fueron presentados en todos los medios de comunicación, en universidades, en una interminable lista de libros y artículos, y en las organizaciones de la izquierda reformista… como el triunfo inapelable sobre el comunismo, sentaron las bases para la actual crisis de EEUU.
Las tendencias objetivas a la sobreproducción fueron sorteadas en los años noventa del siglo pasado con una deslocalización masiva de la producción industrial de EEUU y de Europa hacia China. Millones de despedidos, reconversiones industriales salvajes y una pérdida constante de productividad, eran compensados en los balances de los grandes monopolios occidentales gracias a los retornos formidables que obtenían de deslocalizar sus empresas en China —con unos costes de producción sustancialmente reducidos gracias a una mano de obra mucho más barata—, mediante la profundización de la globalización económica, y a través del control de los mercados financieros. De esta manera EEUU consiguió durante bastante tiempo que el mundo financiase a mínimo coste su deuda interna, tanto pública como privada, y que los flujos monetarios globales pasasen por sus mercados e inflasen las sucesivas burbujas especulativas.

Una desindustrialización orgánica y el carácter especulativo de su economía, que alcanza proporciones desmesuradas en la gigantesca burbuja de la IA, ha sido el resultado de este proceso histórico. Revertir esta dinámica, llevar a cabo el programa de MAGA y reestablecer el viejo poderío industrial de los EEUU, no es una operación sencilla. Implicaría inversiones multimillonarias en capital fijo y cerrar industrias estadounidenses en China y en otros países que siguen siendo muy rentables para sus propietarios. Y todo esto ¿a cambio de qué? Para los grandes monopolios es mucho mejor seguir obteniendo beneficios estratosféricos de la bolsa, de los programas de rearme, del mercado inmobiliario, de invertir activos en otras partes del globo, y de las generosas medidas fiscales de sus amigos de la Casa Blanca.
Por eso Trump no ha tenido más remedio que recurrir a todo tipo de presiones para obligar a sus aliados y socios a seguir financiando la deuda norteamericana, a seguir alimentando con sus inversiones la especulación bursátil, y a seguir adquiriendo, con un sobreprecio cada vez más abusivo, hidrocarburos y armas “made in USA”.
Los aranceles que no pudieron imponerse a China han recaído finalmente en países supuestamente “amigos”. Acuerdos comerciales como el alcanzado por Trump con varios países africanos vinieron precedidos de ataques con misiles en Nigeria o con ataques y masacres a la población civil de Congo por parte de grupos armados organizados y financiados por Ruanda con apoyo logístico occidental. Por último, la agresión a Venezuela y la guerra contra Irán para apoderarse de su petróleo y sus riquezas minerales es un serio aviso del camino emprendido por el imperialismo yanqui.
Pero la violencia, que es consustancial al dominio imperialista, tiene sus límites objetivos como estamos comprobando en estos momentos con la errática estrategia de Trump en Oriente Medio. Lejos de consolidar su posición, Washington se enfrenta a problemas de enorme envergadura: si mantienen la agresión acelerarán un shock energético global, y el distanciamiento aumentará con sus aliados de las monarquías del Golfo Pérsico. Conseguir a bombazo limpio lo que la productividad de la economía no puede lograr, es una aventura arriesgada. Puede fortalecer a tus adversarios, y eso es lo que está ocurriendo con China.

El capitalismo de Estado y los problemas de la acumulación
Los resultados de la decisión adoptada por el Partido Comunista chino a finales de la década de los 70 de abandonar el sistema de economía planificada y restaurar progresiva y ordenadamente el capitalismo, manteniendo palancas económicas fundamentales en manos del Estado, ha tenido unos resultados asombrosos en términos de desarrollo de las fuerzas productivas.
Pero la restauración capitalista, aun en una forma singular y muy especial de capitalismo de Estado[2], conlleva la aparición de los elementos de crisis inherentes a ese modo de producción. La acumulación de capital en manos privadas, bajo las condiciones de un mercado globalizado e interconectado como nunca antes en la historia, genera inevitablemente la tendencia a la sobreproducción que Marx explicó magistralmente en El Capital. Por potentes que sean los mecanismos de centralización y control económico que el aparato dirigente del PCCh se ha reservado, China no puede escapar de la dinámica creada por la búsqueda incesante del máximo beneficio empresarial.
El documento de “Recomendaciones del Comité Central del PCCh para el 15º Plan Quinquenal”, aprobado el pasado 23 de octubre por la dirección del partido, ha puesto sobre la mesa, con una claridad desacostumbrada en los textos oficiales, los problemas que la fase actual de desarrollo del capitalismo monopolista ha creado. Señalaremos dos de ellos.
El primero es la debilidad de la demanda interna. A pesar del espectacular crecimiento de los salarios desde 2010, sin comparación con ningún otro país del mundo, y del desarrollo de una extensa “clase media” con una notable capacidad de consumo, la demanda interna está quedando rezagada respecto al crecimiento global de la economía china, y la tendencia en los últimos tiempos es hacia un mayor debilitamiento.
El consumo de los hogares chinos se sitúa ligeramente por debajo del 40% del PIB. En otros países capitalistas desarrollados, esa magnitud se acerca al 55% en la UE y Japón, al 68% en EEUU, o al 50% en Corea del Sur.
La depresión del consumo de los hogares está directamente relacionada con la caída del precio de la vivienda tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria en 2021. Aunque la movilización de recursos fue formidable, gracias al abultado superávit y a los altos niveles de centralización e intervención estatal, y se evitaron las consecuencias catastróficas que se vivieron en el mundo capitalista occidental tras la crisis inmobiliaria de 2007, lo que no es ningún detalle, la lenta digestión del exceso de millones de viviendas construidas que se han quedado sin vender sigue siendo un problema de difícil solución.

Desde 2021 hasta finales de 2025 el precio de la vivienda ha caído un 21%, penalizando seriamente los ahorros de las familias invertidos en el sector inmobiliario. En cuanto a la inversión en el sector de la construcción, lleva ya varios años de contracción, con una reducción del 9,6% en 2023, del 10,6% en 2024, y del 17,2% en 2025, un grave problema para una actividad que llegó a representar un 30% del PIB.
Muy vinculada a este desajuste aparece una derivada que preocupa enormemente a las autoridades chinas y que es objeto de una intensa campaña en los medios de comunicación oficiales: la “involución”. Con esa denominación, el PCCh se refiere a la competencia descarnada entre empresas que conduce a bajadas de precios de tal magnitud que ponen en peligro no solo la capacidad de devolver créditos o afrontar ulteriores inversiones, sino incluso la supervivencia de las propias empresas.
La “involución” es la consecuencia de un exceso de capacidad productiva, una tendencia inherente a la acumulación capitalista que, además, se ha visto reforzada por el enorme suministro de crédito barato por parte de las autoridades económicas. Por el momento, el importante crecimiento de las exportaciones permite paliar significativamente el problema, pero sus causas estructurales permanecen, por lo que los llamamientos del PCCh a frenar las bajadas de precios obtienen resultados muy limitados.
El segundo problema planteado en los debates del nuevo Plan Quinquenal es un repliegue en la capacidad de inversión del sistema. Por supuesto, seguimos hablando de magnitudes que ya quisiera para sí al capitalismo occidental.
China sorprendió al mundo al ser capaz de mantener durante muchos años unas tasas de Formación Bruta de Capital Fijo superiores al 45%. Pero en los últimos tiempos se han reducido hasta un 40% en el último ejercicio, el nivel más bajo desde 2008.
Este repliegue, que se debe casi exclusivamente a un retroceso de la inversión privada, no es problemático por sí mismo, ya que sigue siendo muy superior a la de EEUU, la UE o Japón, que se sitúa en torno al 22% del PIB. El problema reside en otro punto.
La ratio entre el incremento de capital fijo y el correspondiente incremento del PIB ha aumentado de forma notable desde 2007, pasando de 3 a 9, lo que significa que ahora se necesita tres veces más capital para conseguir el mismo resultado final en el crecimiento económico.
El deterioro de la Productividad Total de los Factores también refleja esta situación. De un crecimiento anual del 2,8% en 2008 se ha pasado actualmente a un crecimiento anual del 0,7%.

Por supuesto, no se trata de un problema específicamente chino, sino que su origen reside en la naturaleza cíclica de la acumulación capitalista, que alterna periodos de expansión económica con otros de estancamiento o recesión, en los que cada ciclo, ya sea expansivo o recesivo, genera las condiciones para el siguiente.
No se trata, desde luego, de que la crisis amenace en lo más mínimo el ascenso chino, pero si, y eso es lo que preocupa al Gobierno de Xi Jinping, presenta un serio reto a la política de paz social y tregua en la lucha de clases que, tras la experiencia de la explosión de huelgas y rebeliones obreras de 2010-2011, el PCCh se ha esforzado por mantener.
No es más socialismo lo que brilla en China, es más capitalismo
El diagnóstico surgido de los debates sobre el Plan Quinquenal en el seno del PCCh es claro. Sostener el actual ritmo de crecimiento, mantener la paz social y hacer frente a los retos planteados en la esfera internacional por los desesperados intentos de EEUU de mantener su hegemonía a cualquier precio, requieren incrementar considerablemente los niveles de inversión.
Descartada la implantación voluntaria de una economía socialista planificada bajo control obrero, para la burocracia del PCCh se abre un único camino: abrir a la inversión privada, nacional o extranjera, áreas de actividad que hasta ahora se reservaban al sector estatal de la economía.
A la espera de conocer el texto definitivo del Plan, las directrices aprobadas por el PCCh son claras: mayor apertura al capital extranjero; mayor participación de la empresa privada en la investigación científica y tecnológica, así como en los sectores punteros; apertura financiera, para hacer de Shanghái un centro financiero internacional; internacionalización del renminbi, abriendo para ellos los mercados de capital y reforzando el sistema internacional de pagos en esa divisa.
Una formulación tan clara de la voluntad de reforzar el capitalismo chino puede parecer una novedad, pero la realidad es que muchas de estas medidas ya están en marcha desde hace algún tiempo.

Las presiones del desarrollo capitalista, especialmente los requerimientos de la burguesía china para mejorar su posicionamiento en el mercado financiero, unidos a la presión de la actual coyuntura mundial y a las tensiones internas antes señaladas, han empujado al PCCh a allanar obstáculos a la acumulación de capital, reduciendo el papel efectivo de los instrumentos de control que existen en su sistema de capitalismo de Estado.
El Gobierno chino está actuando cada vez con más decisión en un terreno donde Washington aún conserva una clara hegemonía, aunque sin duda debilitada: los flujos financieros globales y la moneda que le permite dominarlos.
En mayo de 2025 un informe de la Reserva Federal norteamericana daba cuenta de la notable reducción de los préstamos nominados en dólares por parte de la banca china que, no lo olvidemos, es mayoritariamente estatal. Esta reducción se centraba en los países emergentes y rozaba en el momento del informe los 15 puntos porcentuales desde 2015.
A pesar del peso industrial y comercial de China, hasta fechas recientes solo el 30% de su comercio se hacía en yuanes, y el resto se hacía mayoritariamente en dólares. Esta circunstancia no solo generaba beneficios parasitarios para el sistema bancario norteamericano, el único que puede legalizar transacciones en dólares, a costa de China y sus socios, sino que daba a EEUU una gran capacidad de manipular los términos reales de los intercambios mediante operaciones en el mercado monetario. Todo indica que China está decidida a terminar con esta desventaja.
Un reciente informe de la universidad norteamericana William&Mary señala que el crédito oficial chino se canaliza cada vez menos hacia la ayuda al desarrollo y cada vez más hacia sectores estratégicos de los países más avanzados, con EEUU ocupando un destacado primer puesto.
En el desglose de créditos oficiales chinos publicado por esa universidad sorprende ver como destinatarios a empresas españolas como Iberia, Cepsa o Telefónica, o norteamericanas como Colgate, Walt Disney, General Motors o incluso la banca Morgan. Sin duda, las autoridades chinas han decidido que dedicar su superávit comercial a comprar deuda norteamericana era un mal negocio, y que era mucho más útil utilizar esa palanca financiera para empezar a construir una posición de control en la economía mundial.
En esta misma línea se encamina la reciente promoción del renminbi digital. Desde 2023 el número de transacciones en esta moneda virtual han crecido en un 800%, y desde enero de este año las autoridades chinas han dado pasos para ampliar el uso de esta moneda más allá de su papel como medio de pago, autorizando el pago de intereses en las cuentas en yuanes digitales, lo que implica que se abre un nuevo campo a la inversión financiera.
En el ámbito interno la apertura del sector financiero a las empresas privadas es un hecho. Las filiales de pago de Alibaba o Tencent, que fueron objeto en 2020 de duras sanciones por parte del regulador financiero chino y condujeron a un periodo de ostracismo para Jack Ma, el magnate propietario de Alibaba, ya operan en el mercado del crédito a las PYMES, precisamente lo que las autoridades chinas impidieron en aquel momento.

En conclusión, China está dando pasos muy decididos, y cada vez más audaces, para conquistar una posición en el mercado financiero que le permita disputar a EEUU su hegemonía. Sin duda alguna, lo visto con la guerra de Irán y el método de la coacción recurrente utilizado por Washington, otorga un gran margen a Beijing para seguir atrayendo a numerosos países con los que establecer acuerdos comerciales pagaderos en moneda china, y a los que conceder préstamos en moneda china. Pero otra cosa serán los impactos domésticos. Abrir a la inversión privada a áreas económicas y productivas reservadas hasta el momento al sector estatal tendrá consecuencias de gran alcance, y aumentará inevitablemente las contradicciones sociales.
Hasta ahora, China ha conseguido un equilibrio interno poderoso, directamente ligado al auge de su economía. Pero su avance como superpotencia en mundo marcado por la crisis, por la lucha a muerte por los mercados y las áreas de influencia geoestratégicas, abre incertidumbres evidentes. China no puede escapar a las leyes de la acumulación y la sobreproducción, y más tarde o temprano esto se reflejará con intensidad en un nuevo ascenso de la lucha de clases dentro de sus fronteras.
Notas:
[1] China esquiva los efectos de la guerra en Irán con un crecimiento del 5% en el primer trimestre
[2] Para un análisis a fondo del proceso de restauración capitalista en China consultar el trabajo de Bárbara Areal publicado en Marxismo Hoy, Un Bonaparte para conquistar el mundo. El capitalismo chino y la lucha por la hegemonía




















