Durante los meses de mayo y junio Bolivia vivió un levantamiento obrero y campesino que puso contra las cuerdas al Gobierno oligárquico de Rodrigo Paz, títere del imperialismo estadounidense.

Mediante su autoorganización y acción directa, millares de oprimidas y oprimidos organizaron manifestaciones masivas y más de un centenar de bloqueos de carreteras que paralizaron sectores importantes de la economía. La rebelión popular derrotó varios intentos de la clase dominante de aplastarla recurriendo al ejército, la policía e incluso a la acción de bandas paramilitares fascistas.  

Solo la decisión de los dirigentes de la Central Obrera Boliviana (COB) de negociar con el Gobierno, incumpliendo el “Pacto de No Traición” (denominado así por sus propias bases, y que les comprometía a no negociar por separado y sostener la batalla hasta echar a Paz) pudo dividir al movimiento, frenar la lucha en las calles y permitir a la clase dominante, paralizada durante semanas, recuperar su confianza y unidad interna.

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Durante los meses de mayo y junio Bolivia vivió un levantamiento obrero y campesino que puso contra las cuerdas al Gobierno oligárquico de Rodrigo Paz, títere del imperialismo estadounidense.

La traición de la burocracia sindical se ha visto enormemente facilitada por la actuación escandalosa de la izquierda institucional latinoamericana. Lula apoyó abiertamente a Paz e incluso envió ayuda desde Brasil y denunció las protestas. El entonces  presidente colombiano, Gustavo Petro, y la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum criticaron con la boca pequeña la represión pero llamaron a mantener la estabilidad y a la negociación, y el expresidente colombiano incluso se ofreció como mediador.

A esta forma de actuar de la dirección de la COB y de la izquierda reformista se sumaron otros actores y dirigentes, como los de la Federación de Juntas Vecinales (FEJUVE) o la Confederación de Nacionalidades Indígenas (CIDOB): mientras suscribían acuerdos con el Gobierno este utilizaba ese balón de oxígeno para reprimir con dureza a los campesinos, trabajadores y colectivos de base que se negaban a levantar las protestas, y perseguía y encarcelaba a activistas por el “delito” de participar en las asambleas, cabildos abiertos y comités de bloqueo.

Recientemente, la Fiscalía General de Bolivia ha emitido órdenes de detención contra más de 300 manifestantes, acusándoles de “terrorismo”. De ellos 150 ya han sido imputados. El saldo represivo abarca 22 víctimas mortales, 88 personas heridas y 520 detenidas, según datos oficiales de la Defensoría del Pueblo. Pero la cifra real probablemente será bastante más alta.

Desde Izquierda Revolucionaria Internacional exigimos la liberación inmediata y sin cargos de todas las personas detenidas, y nos solidarizamos con las víctimas de la represión y sus familias. Una solidaridad que hay que completar con un análisis serio de las lecciones que plantea la rebelión boliviana a los revolucionarios de América Latina y de todo el mundo.

Un capitalismo débil y atrasado

Los sectores más ultraderechistas de la oligarquía querían sangre. Exigían, y siguen haciéndolo, que el estado de excepción se aplique hasta las últimas consecuencias para infligir una derrota decisiva a las masas que tarden años en olvidar. Pero, en plena crisis revolucionaria, un medio de la burguesía internacional como The Economist recordaba a la burguesía boliviana lo ocurrido en 2003, cuando decretaron el estado de excepción para aplastar el levantamiento contra las medidas neoliberales de  Gonzalo Sánchez de Lozada, masacrando a decenas de manifestantes. El resultado fue radicalizar unas protestas que arrasaron con el Gobierno, y obligaron a Lozada a exiliarse abriendo un nuevo proceso revolucionario en el país.

El temor a que una represión salvaje e indiscriminada hiciese estallar la furia de las masas a un nivel incluso superior al de los últimos meses ha hecho que, al menos de momento, dentro de la clase dominante se imponga la táctica de ir combinando la represión contra los sectores más combativos con la negociación y el acuerdo con las burocracias reformistas.

Para conseguir la complicidad de la COB y desactivar la lucha en la calle, Paz ha retirado algunos de los decretos que causaron más indignación y anunciado bonificaciones económicas a trabajadores y campesinos de distintas regiones y sectores. Pero se trata de maniobras tácticas. La burguesía está decidida a escalar la ofensiva contra los derechos democráticos y sociales y el Gobierno ya está preparando varias leyes que incluyen las medidas retiradas bajo otros nombres y sumando incluso nuevos ataques.

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El temor a que una represión salvaje hiciese estallar la furia de las masas ha hecho que, al menos de momento, la clase dominante prefiere ir combinando la represión contra los sectores más combativos, con la negociación con la burocracia reformista.

La debilidad invita a la agresión. Alguno de esos nuevos ataques afecta directamente a la propia COB, como modificar el actual sistema de descuento de las cuotas sindicales (un golpe a la financiación de los sindicatos) o la promoción de una nueva central abiertamente pro patronal.

A corto plazo, la traición de la burocracia sindical ha permitido al Gobierno recuperar parcialmente el control de la calle. Pero todos los factores que impulsaron la crisis revolucionaria en mayo se mantienen.

Tras el fracaso de 20 años de Gobiernos del MAS y Evo Morales a la hora de tomar medidas socialistas decisivas y enfrentar a la oligarquía, la victoria de Paz en las presidenciales de 2025[1] sigue sin resolver ningún problema de fondo.

La profunda crisis económica que vive Bolivia hunde sus raíces en el carácter parasitario de su clase dominante y, como en el caso del resto de burguesías latinoamericanas, en su papel de suministradora de materias primas y mano de obra barata para el imperialismo estadounidense, y colaboradora sumisa en sus planes para frenar la penetración de China.

El espejismo de crecimiento económico que vivió Bolivia entre 2006 y 2012 gracias al boom de las exportaciones gasísticas no tardó en hacerse añicos, y en destrozar la idea utópica de construir una Bolivia en beneficio del pueblo sin derrocar el poder de los capitalistas. La onda expansiva de la crisis capitalista mundial de 2008-2009, que en América Latina se expresó virulentamente a partir de 2013, redujo espectacularmente las exportaciones de gas boliviano de  6.011 millones de dólares en 2014 a 2.050 millones en 2024.

Desde entonces la economía no ha levantado cabeza. Aunque Bolivia está en el corazón del triángulo del litio, las perspectivas de que éste alimentase un nuevo ciclo expansivo se han visto seriamente cuestionadas. Las inversiones han llegado con cuentagotas y no han modificado lo más mínimo las precarias condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población.

Todos estos factores han provocado una crisis profunda, marcada por el surgimiento de un mercado paralelo de divisas que dispara la inflación. La proyección para todo 2025 se superó en cinco meses. Para 2026 se prevé un incremento de la inflación interanual del 20%. En octubre de 2025, cuando ganó Paz, 2,2 millones de personas (19 % de la población) padecían inseguridad alimentaria.

Paz ganó la presidencia oponiéndose a la agenda trumpista de Tuto Quiroga, su rival en segunda vuelta; hablando de “capitalismo para todos”, ayudas al autoempleo y los pequeños propietarios e incluso a los sectores populares. En cuanto tomó posesión aplicó la única agenda posible bajo el capitalismo boliviano: acató son mayor problema las órdenes de los empresarios y latifundistas locales, las multinacionales imperialistas y la Casa Blanca.

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A corto plazo, la traición de la burocracia sindical ha permitido al Gobierno recuperar parcialmente el control de la calle. Pero todos los factores que impulsaron la crisis revolucionaria en mayo se mantienen.

Lecciones de la crisis revolucionaria

Bolivia es el espejo en que se ve toda América Latina. Los planes de saqueo y dominación del imperialismo yanqui y las burguesías latinoamericanas han provocado y provocarán estallidos y crisis revolucionarias en otros países. Por eso es importante recordar cómo se ha desarrollado esta crisis.

En pocas semanas las diferentes reivindicaciones sectoriales confluyeron en un movimiento insurreccional con una reivindicación central unificada: echar a Paz y su Gobierno de oligarcas.

La presión obligó a los dirigentes de la COB, que ya habían frenado la lucha en enero de 2026  suscribiendo un acuerdo rápidamente incumplido por el Gobierno, a convocar huelga general indefinida.

Con esta maniobra pretendían calmar el malestar de sus bases y arrancar alguna concesión que les permitiese recuperar la vía negociadora. Pero como es conocido, sabotearon la huelga que decían estar dispuestos a convocar: no organizaron asambleas en los centros de trabajo y se dedicaron a echar jarros de agua fría y dar largas a las exigencias de las bases de un plan de lucha serio, discutido y votado en asambleas.

La indignación social pasó por encima de estas maniobras. Las masas tomaron con las dos manos la convocatoria. Retomando experiencias de insurrecciones anteriores, impusieron la paralización de actividades en buena parte de la economía mediante los bloqueos. Los sectores más precarizados y golpeados de la juventud, la clase obrera y el campesinado fueron la vanguardia del movimiento: impulsaron las asambleas y cabildos abiertos autoconvocados, organizaron las manifestaciones más combativas y los piquetes en las carreteras.

También es importante subrayar la falsedad, como hacen algunos análisis interesados, de que la clase obrera de los centros productivos más importantes se mantuvo pasiva e indiferente. Miles de trabajadores afiliados a la COB, del sector minero, fabril, magisterial y otros, participaron en cabildos y bloqueos; protagonizaron abucheos masivos a dirigentes y organizaron acciones espontáneas para desactivar diferentes maniobras burocráticas de sus dirigentes[2] que, ya en mayo y comienzos de junio, buscaban pactar con Paz. Diferentes colectivos de trabajadores votaron resoluciones exigiendo organizar y extender la huelga general indefinida[3]

Las masas han hecho todo lo que estaba en sus manos para conseguir la victoria, pero el factor decisivo para el actual desenlace ha sido la actitud de la burocracia sindical de la COB, que ha logrado imponer una estrategia de acuerdo enfrentándose a su base militante y a la voluntad de millones.

La dirección sindical, asustada de una crisis revolucionaria en ascenso, ha vuelto a repetir el mismo papel que han jugado en otras circunstancias similares. Han actuado como una fuerza paralizante y desmoralizante, y ha permitido a la burguesía un margen de maniobra valiosísimo para derrotar al movimiento.

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En Bolivia miles de oprimidos y oprimidas han llegado a la conclusión de que para acabar con el capitalismo hay que aplicar una política de independencia de clase y socialista, y construir una dirección revolucionaria alternatica a los reformistas.

Evidentemente este desenlace también ha puesto encima de la mesa otra carencia fundamental y que debe ser resuelta en el próximo periodo: la necesidad de construir un partido revolucionario con una masa crítica y militancia suficiente para intervenir en las asambleas, cabildos abiertos y comités de bloqueos planteando un programa, una táctica y una estrategia para la unificación de todos estos órganos en una asamblea revolucionaria, y establecer un Gobierno de los trabajadores para expropiar a la oligarquía y llevar adelante la revolución socialista.

Como ocurrió en otras crisis revolucionarias saboteadas por las direcciones reformistas y burocráticas, hay sectores de la izquierda militante enormemente frustrados que intentan achacar este resultado a una supuesta “falta de madurez y conciencia” de las masas para luchar por el poder obrero. Obviamente estos análisis desprecian los hechos, la enorme resistencia mostrada por los campesinos, los trabajadores y la juventud a la santa alianza que han tejido, en los hechos, la burocracia sindical y la clase dominante, y fallan estrepitosamente cuando intentan hacer un balance de la auténtica correlación de fuerzas. En su intento de teorizar arrojan agua al molino de los reformistas y tranquilizan sus conciencias tomando la lección a la clase obrera, y concluyendo que no “aprueban” en la asignatura de “conciencia socialista”.

Trotsky respondió de forma contundente a estos “argumentos” en los años treinta en relación a la revolución española. En su artículo Clase, partido y dirección explicaba que la victoria no es el fruto de la “madurez” del proletariado, sino una tarea estratégica que depende de un programa, métodos y tácticas correctas por parte de los revolucionarios. Citamos su texto:

“La clase obrera se encuentra a menudo cogida de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna, la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del periodo precedente los cuadros revolucionarios sólidos, capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente”[4]

La conquista más importante de la insurrección boliviana es la conclusión profunda y ampliamente extendida entre miles de oprimidos y oprimidas de que el único camino contra el capitalismo y el imperialismo es nuestra autoorganización, una política de independencia de clase y socialista, y confiar solo en nuestras propias fuerzas mediante la acción directa. Y, como resultado de ello, la necesidad de construir una dirección alternativa a los reformistas y burócratas de la COB, la FEJUVE, etc.

Las fuerzas para construir esa dirección saldrán de la capa de miles activistas y líderes naturales que se ha forjado dirigiendo las asambleas, cabildos y comités de bloqueo y peleando dentro de la COB y otras organizaciones populares contra la burocracia.

Pero para agrupar y organizar esas fuerzas el primer paso es romper con las ideas del reformismo y la pequeña burguesía que plantean etapas intermedias, negociaciones con sectores de la burguesía, procesos constituyentes, apelando a una supuesta “falta conciencia”. Hay que plantear una política socialista sin ambigüedad, que explique claramente que el único camino es volver a tomar las calles, recuperar todos los embriones de órganos de poder obrero, desarrollarlos y pelear por una asamblea revolucionaria centralizada de delegados elegibles y revocables, y por la formación de un Gobierno de los trabajadores que nacionalice la banca, la tierra, los recursos gasíferos y minerales bajo gestión directa de la clase obrera.

No será fácil. El enemigo es poderoso y está dejando muy claro que está dispuesto a todo. Pero este es el único programa capaz de entusiasmar y unir en torno a un mismo objetivo a la clase obrera y el campesinado pobre, desbancar a la burocracia reformista, y movilizar con la bandera del internacionalismo al resto de oprimidos del continente frente a los ataques del imperialismo.

 

Notas:

[1] Tras 20 años de gobierno del MAS: La derecha vuelve al poder en Bolivia

[2] Una crisis revolucionaria sacude BoliviaUna crisis revolucionaria sacude Bolivia

[3] Insurrección en Bolivia: ¡Fuera Paz! ¡Todo el poder a los obreros y campesinos!

[4] Clase, partido y dirección. ¿Por qué ha sido vencido el proletario español?

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