El 16 de enero la publicación británica Nature, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, avanzaba la noticia de que probablemente la actual ola de Covid en China habría alcanzado su pico en los últimos días de diciembre y ya estaría remitiendo.

Aunque el artículo señala la deficiencia de los datos hechos públicos por la autoridades chinas e informa de que el estudio de la Universidad de Southampton que ha llegado a esta conclusión aún no ha sido sometido a la revisión por pares, es muy significativo que Nature haya decidido descolgarse de la campaña de presagios catastrofistas en la que se implicó la mayor parte de los medios de comunicación occidentales tras el anuncio, a principios de diciembre, del final de la política de “COVID cero”.

Las campañas propagandísticas contra el régimen de Beijing usando la COVID como excusa no son una novedad. Desde el inicio mismo de la pandemia, cuando se hablaba del “virus chino” y se insinuaba su origen en un laboratorio secreto de la ciudad de Wuhan, los medios de propaganda del imperialismo occidental han intentado aprovecharla en su guerra contra el Gobierno chino, como un arma más en la lucha por la hegemonía mundial.

Por eso es importante no dejarse condicionar por esta manipulación informativa y evitar extraer conclusiones precipitadas, y en gran medida equivocadas, de este empacho de propaganda occidental, como les ha sucedido a algunos grupos que se proclaman marxistas.

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Los medios de propaganda del imperialismo occidental han intentado aprovechar desde el principio la pandemia en su guerra contra el Gobierno chino, como un arma más en la lucha por la hegemonía mundial. 


¿Por qué la campaña contra las políticas de “COVID cero”?

Antes de que se volcasen en atacar el final de las medidas de “COVID cero” y en anunciar la inminencia de millones de fallecimientos, la prensa occidental dedicó durante muchos meses sus mejores esfuerzos precisamente a denigrar esa política y a anunciar todo tipo de catástrofes a causa de la tozudez de los gobernantes chinos en mantenerla.

Ya en octubre de 2020, transcurridos los primeros meses de pandemia con un saldo de muertos espeluznante en países como Estados Unidos, Reino Unido o Brasil, el Financial Times, portavoz de la oligarquía británica, anunciaba que las estrictas medidas adoptadas por China, que permitieron reducir el número de muertes a su mínima expresión, podrían estar condenadas al fracaso.

Transcurrió más de un año y, mientras que en los países occidentales el saldo de muertos y dañados de forma permanente por la COVID seguía aumentando, en China no había trazas del supuesto “fracaso” de sus medidas. Aun así, el Financial Times no dio el brazo a torcer. El 14 de noviembre de 2021 ponía, sin disimularlo, sus esperanzas en que la variante Delta desbordase las medidas del Gobierno de Xi Jinping y borrase la vergüenza de que mientras que en China solo 5.000 personas habían fallecido por COVID, en el democrático y moderno Reino Unido la irresponsable política de “inmunidad de rebaño” había provocado ya más de 200.000 muertes.

Pero por si estos pronósticos volvían a fallar, el propio FT abrió una nueva línea de ataque, pronto replicada por lo más granado de la prensa occidental. Ya no se trataba de muertes, ahora el problema era que “la política de COVID cero de Beijing está dañando los negocios internacionales y la gobernanza global”[1].

La campaña contra el “COVID cero” se convirtió en un lugar común en la prensa occidental. Solo en el mes de mayo del pasado año el semanario The Economist, uno de los mejores representantes del capitalismo global, le dedicó cada semana un espacio destacado. El día 7, denunciaba “la locura del cero-COVID” y como “las políticas erráticas de China están aterrorizando a los inversores”. El 14 señalaba que “la política de COVID cero ha sido una plaga para las empresas chinas”. Y el 26 de mayo dedicaba al tema un editorial que, bajo el título de “Cómo Xi Jinping está dañando la economía china” concluía que “este año, China puede tener dificultades para crecer mucho más rápido que Estados Unidos por primera vez desde 1990, tras la masacre cerca de la Plaza de Tiananmen”.

Los datos económicos desmienten radicalmente los pronósticos de The Economist. Mientras las potencias capitalistas occidentales se hundían en la recesión en 2020, el régimen de capitalismo de Estado de China consiguió mantener un crecimiento económico del 2,2%. En 2021 China creció un 8,1%, mientras que Estados Unidos lo hizo en un 5,9%, y en 2022 China creció un 3% mientras que Estados Unidos, con datos no definitivos del Banco Mundial, un 1,9%

Pero nada de esto va a alterar la rabiosa campaña antichina de la prensa occidental. Cualquier medio es bueno para fortalecer la decaída causa del imperialismo yanqui. A medida que Estados Unidos y sus aliados cosechan nuevos fracasos en la arena internacional, a medida que los intereses del imperialismo China avanzan de forma sostenida en el resto de Asia, África, América Latina e incluso en Europa, la propaganda occidental alcanzará nuevas cotas de fraude. Debemos estar preparados para ello.

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Mientras las potencias capitalistas occidentales se hundían en la recesión en 2020, el régimen de capitalismo de Estado de China tuvo un crecimiento económico del 2,2%. En 2021 China creció un 8,1%, mientras que Estados Unidos lo hizo en un 5,9%. 


¿A quién defiende el Gobierno chino y la burocracia del PCCh?

Las mentiras y medias verdades de la propaganda occidental en modo alguno hacen más verídica la propaganda del Gobierno chino, aunque es verdad que los hechos le favorecen. A pesar de que el levantamiento de la política de “COVID cero” haya ocasionado, según datos oficiales del propio Gobierno, 60.000 muertes, la protección de la salud pública frente a la pandemia en China, hasta el momento, da mil vueltas al desprecio por la vida humana demostrado por los Gobiernos y las clases dominantes de los países occidentales.

Pero no nos equivoquemos. Esta realidad no responde a un carácter más “progresista” o más “humano” del capitalismo chino, y mucho menos a la hipotética supervivencia de una supuesta herencia “socialista”. La nomenklatura y los nuevos ricos al frente del Partido Comunista Chino defienden los intereses de su propio capitalismo en la pugna por convertirse en la potencia imperialista hegemónica. Ello le obliga a disciplinar en ocasiones a sus propios oligarcas, como ha ocurrido con el fundador de Alibaba Jack Ma, y a realizar concesiones a los trabajadores para intentar conseguir una mayor cohesión social interna, necesaria para hacer frente al gigante norteamericano, sin alterar por ello la naturaleza plenamente capitalista de su sistema social. En el artículo que hemos publicado recientemente en nuestra web y en la revista Marxismo Hoy,  explicamos en profundidad todos estos asuntos.

Solo comprendiendo correctamente la naturaleza de la burocracia estalinista china y las especiales características de su capitalismo de Estado se entienden las razones de la política “COVID cero”. A finales de 2019 el aparato dirigente del PCCh se encontró de golpe con el brote de la pandemia en la ciudad de Wuhan. Sus primeros intentos de erradicarlo sin alarmar a la ciudadanía se estrellaron contra la dura realidad. La pandemia era imparable sin tomar medidas muy drásticas, nunca antes aplicadas, pero su avance, además de causar muertes y sufrimiento, debilitaría seriamente la autoridad del PCCh. Ante esta alternativa, la alta burocracia del partido y del Estado decidió utilizar todos sus resortes de poder para minimizar el riesgo de una catástrofe humana al mismo tiempo que mantenía en marcha las palancas fundamentales de su expansión económica.

Las exportaciones chinas se mantuvieron boyantes durante 2020, con un crecimiento del 3,6%, y en ese año se sentaron las bases para la fulgurante expansión de 2021, cuando sus ventas en el exterior crecieron casi un 30%. Este éxito se debió a que una gran parte de los confinamientos no se realizaron en los domicilios, sino en los centros de trabajo. Cientos de miles, probablemente millones, de trabajadores de las industrias clave permanecieron largos períodos sin salir del recinto de su empresa, sometidos a test diarios, para asegurar que la producción no se veía perjudicada.

Este sistema de “circuito cerrado” solo fue posible gracias a las especiales características del capitalismo chino, del entramado represivo del Estado, y de la mejora económica observada en los últimos años frente a la crisis de sus competidores internacionales, y que ha granjeado una mayor estabilidad política a Xi Jinping y el PCCh en comparación con los Gobiernos de EEUU y de la UE.

Por supuesto, grandes multinacionales occidentales, como Apple, se beneficiaron de estas medidas, pero hasta que las protestas de los trabajadores de su subcontratista Foxconn no salieron a la luz, la propaganda occidental no mencionó este tema. ¿Cerrar los bares de copas de Shanghái donde se divierten los ejecutivos de las multinacionales? ¡Un inaceptable atentado a la libertad! ¿Encerrar a los trabajadores durante meses en una fábrica? Pues… mejor cambiemos de tema.

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La nomenklatura y los nuevos ricos al frente del Partido Comunista Chino, no son mejores que sus homólogos occidentales, defienden los intereses de su propio capitalismo en la pugna por convertirse en la potencia imperialista hegemónica. 


La hipocresía occidental responde a un hecho incontestable. El auge de China se financió con masivas inversiones occidentales, que acudían atraídas por los bajos salarios y los bajos costes energéticos. Pero la burocracia china aprendió de la catástrofe de la disolución de la URSS y no se dejó aplastar por el peso de las inversiones extranjeras. Todo lo contrario: aprovechó el auge exportador para impulsar desde el aparato del Estado un capitalismo chino capaz de desafiar a sus dominadores. Por el momento, todo indica que el saldo de la pandemia, en términos de influencia mundial, ha sido claramente favorable a China.

La lucha desesperada de Estados Unidos por conservar su posición

Las perspectivas publicadas por los diversos organismos económicos prevén que esta ventaja china se mantendrá y respecto a Estados Unidos se incrementará al menos hasta 2025. El Banco Mundial prevé que China alcance este año un crecimiento del 4,3%, que ascenderá al 5% en 2024, mientras que para Estados Unidos la previsión es bastante más pesimista: 0,5% este año y 1,6% al año siguiente.

Consciente de su declive, Estados Unidos no está escatimando esfuerzos para mantener su predominio global. Medidas económicas -como el plan de Biden para estimular la inversión en suelo norteamericano con un paquete de subsidios multimillonarios a las empresas-, medidas militares -como el tratado AUKUS o el reforzamiento de su presencia militar en el mar de China Meridional- y, por supuesto, medidas propagandísticas, que las grandes cadenas de medios de comunicación se apresuran a repetir machaconamente.

Para su infortunio, Estados Unidos no puede declarar la guerra económica abierta a China sin poner en peligro sus propios intereses en ese país. El fracaso de las sanciones a Rusia, que han concentrado sus peores efectos en Europa Occidental, mientras que Rusia sale prácticamente indemne, son un aviso de lo que podría pasar si se pretende hacer lo mismo con China.

Por su parte, el gigante asiático busca consolidar su ventaja. Por eso ha decidido poner fin a sus políticas restrictivas, en parte para reactivar el consumo doméstico, que fue el principal perjudicado por las medidas de “COVID cero” y que es imprescindible para desarrollar una economía equilibrada y menos dependiente del sector exterior, y en parte por el riesgo de que las protestas obreras, como las de Foxconn o Guangzhou, pudieran deteriorar el prestigio del Gobierno y abrir una espita de expresión al descontento social que existe.

Por eso la campaña impulsada desde Washington es cada vez más rabiosa y más disparatada, y aumentan las presiones a los Gobiernos aliados, entre ellos el español. La exigencia de que se tomen medidas de control a los viajeros procedentes de China, a pesar de que la OMS lo consideró completamente innecesario y que otros organismos sanitarios han declarado que el riesgo de nuevas mutaciones proviene de Estados Unidos y no de China, es un ejemplo bastante elocuente.

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Consciente de su declive, Estados Unidos no está escatimando esfuerzos para mantener su predominio global, utilizando medidas tanto económicas como militares y ruidosas campañas propagandísticas. 


Todas las precauciones ante la campaña de desinformación antichina son pocas, como lo demuestra la manera en que la prensa occidental magnificó las protestas de los llamados “folios blancos”, jóvenes universitarios de clase media de las grandes ciudades que protestaban por las incomodidades del confinamiento, y las presentó como una fuerza capaz de hacer retroceder al Gobierno chino y forzarle a abandonar sus políticas. Indudablemente, antes o después, la burocracia del PCCh y la burguesía china se enfrentarán a un ascenso de la lucha de clases, pero su protagonista serán los trabajadores que han acumulado un enorme poder social y ya han dado muestras sobradas de lo que son capaces cuando se ponen en marcha.

El futuro está en la clase obrera china y no los hijos mimados de la burguesía. Las organizaciones de izquierda que, dando por buenas las falsedades de la propaganda imperialista, se han apresurado a presentar estas protestas inocuas como las “mayores de los últimos 30 años” han perdido el norte y están demostrando su completo abandono de las armas teóricas que nos proporciona el marxismo.

 

[1] FT 8 de noviembre de 2021


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