El Gobierno de Giorgia Meloni se está consolidando como un socio fiable ante Bruselas y Washington, desarrollando una política de guerra abierta contra la clase trabajadora, aplicando un programa de ajuste salvaje y medidas autoritarias que buscan hundir las condiciones de vida de las masas a niveles de posguerra.
Pero con lo que no contaba esta neofascista es con la emergencia de una potente resistencia obrera y juvenil que expresa un fuerte giro a la izquierda y una nueva etapa de lucha de clases.

Capitalismo salvaje, autoritarismo y miseria
El ataque de la extrema derecha no es solo económico, es profundamente político. Meloni pretende liquidar lo que queda de la democracia parlamentaria mediante el llamado "Premierato". Esta reforma constitucional, que busca la elección directa del primer ministro para vaciar de poder al Parlamento, es una copia del modelo autocrático de Orbán en Hungría. El objetivo está bastante claro, concentrar todo el poder en manos del Ejecutivo para aplastar cualquier disidencia.
El programa de Meloni se sostiene sobre una realidad material devastadora, Italia es el único país de la OCDE donde los salarios reales son inferiores a los de 1990[1]; una tendencia que la propia Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha señalado como un retroceso salarial sin precedentes en el G20. Con una inflación que ha devorado un mes de salario anual a cada trabajador[2], Meloni ha respondido con unos "Presupuestos de Guerra" criminales. Mientras 5,7 millones de italianos malviven en la pobreza absoluta[3], el Gobierno ha blindado un gasto militar récord que para 2026 rozará los 35.000 millones de euros[4]. Meloni no solo financia la guerra imperialista y el genocidio en Gaza, sino que los utiliza como el pretexto perfecto para el desmantelamiento de los servicios públicos y de la renta de ciudadanía.
Palestina como detonante de la lucha de clases
Sin embargo, aplicar este programa no está siendo un camino de rosas para el Gobierno. La solidaridad con el pueblo palestino ha actuado como el gran catalizador del descontento social acumulado durante años. Las históricas huelgas generales del 3 de octubre y el 28 de noviembre[5] demostraron que la lucha contra el genocidio en Gaza ha sido capaz de romper la paz social y el dique de contención que la burocracia sindical había impuesto.

Estas movilizaciones, lideradas por el sindicalismo combativo y sectores de vanguardia como los estibadores de Génova —que bloquearon activamente el envío de armas a Israel—, fueron las que prepararon el terreno y obligaron a la CGIL a sumarse a la convocatoria del sindicalismo combativo del 3 de octubre y a convocar la huelga del 12 de diciembre contra los presupuestos de guerra. Los trabajadores italianos han comprendido de forma clara que la lucha contra su propia explotación es inseparable de la lucha contra la barbarie imperialista.
Un código penal para un Estado policial
Ante este despertar, la respuesta de la neofascista Meloni es prepararse para la represión salvaje. El DDL 1660 o "Paquete de Seguridad" es la prueba.
No estamos ante una ley más, sino ante un código penal de guerra contra los oprimidos. Convierte los bloqueos de carreteras y piquetes obreros en delitos penales de hasta dos años de cárcel, introduce el delito de "resistencia pasiva" en cárceles y centros de migrantes, permite el encarcelamiento de mujeres embarazadas y otorga impunidad a la policía para portar armas personales fuera de servicio.
Inspirada en la ofensiva trumpista y decidida a usar la mano dura para amedrentar y paralizar el movimiento, esta respuesta es también la de un Gobierno que teme la organización de la clase trabajadora y la juventud, que han dado una lección magistral de solidaridad internacionalista y de lucha los últimos meses, retomando sus mejores tradiciones.
Este escenario de polarización extrema ha puesto al desnudo la bancarrota de la burocracia sindical.
Crisis en la CGIL y el auge del sindicalismo combativo
La dirección de la CGIL actúa hoy como el último dique de contención del sistema, lo que está provocando su mayor crisis de legitimidad en décadas. Se estima que pierde una media de 5.000 afiliados al mes[6]. Son 45.000 trabajadores en un año los que han roto su carné, hartos de una política de conciliación de clases que en los últimos 30 años solo les ha servido para gestionar su miseria y retroceder.
Pero esta caída no es sinónimo de desmovilización, al contrario. Mientras el sindicato tradicional se vacía, los sindicatos alternativos y combativos como USB, COBAS y CUB cobran cada vez más fuerza porque plantean una alternativa real a la paz social de Maurizio Landini y de su podrida camarilla. La respuesta de esta burocracia ha sido la de maniobrar convocando un congreso que se extiende hasta finales de 2027 para evitar que la oposición interna cristalice en una alternativa real antes de las próximas elecciones[7].

No debemos engañarnos por la calma superficial de las últimas semanas. La situación en Italia es profundamente volátil y el descontento es una olla a presión que va a estallar de nuevo. Las jornadas de huelga del otoño han servido para que una capa cada vez más extensa de la vanguardia sea consciente de su fortaleza, pero no han bastado para frenar a Meloni.
Pero la fuerza para hacerlo está ahí, es necesario escalar el conflicto. La forma de asestar un gran golpe a este Gobierno neofascista es mediante la convocatoria de una huelga general de 48 horas que paralice la producción y el país, organizada desde abajo, a través de comités de lucha en todos los centros de trabajo, con asambleas democráticas.
Los sindicatos alternativos cuentan hoy con una autoridad política conquistada sobre la base de la lucha de los últimos meses. Tienen ante sí una oportunidad histórica para avanzar y situarse como la dirección combativa que la clase obrera reclama. Y deben aprovechar esta oportunidad histórica.
No cabe duda de que cada vez más trabajadores y trabajadoras italianas desconfían de esta izquierda reformista integrada en una gobernabilidad totalitaria, y buscan una alternativa que rompa con este escenario. Los acontecimientos nacionales e internacionales han colocado a Italia en el epicentro de la lucha de clases y de la reconstrucción de una izquierda clasista y revolucionaria.
Notas:
[1]Los salarios italianos vienen cayendo desde 1990 y en los últimos tres años cada trabajador ha perdido mil euros: estas son las verdaderas razones
[2]Italia presume de crecimiento mientras las familias se aprietan el cinturón
[3]Italia, la pobreza absoluta crecerá en 2023. Informe ISTAT
[4]Se prevé que el gasto militar “puro” aumente en mil millones en 2026 para Italia
[5]Italia. Una huelga general histórica contra las políticas de la extrema derecha de Meloni



















