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El lunes 10 de mayo, aviones israelíes comenzaron una operación de bombardeo en la Franja de Gaza, causando al menos 35 muertos, entre ellos 10 niños, y cientos de heridos. Esta ofensiva es parte de la política de castigo aplicada a los territorios ocupados, en especial a Gaza, que se ha traducido en el colapso de las condiciones de vida de la población. A la escasez de electricidad, agua potable o sistema sanitario se ha sumado en los últimos meses la negación de vacunas para los palestinos por parte de Israel.

El Estado israelí ha justificado la nueva operación militar en respuesta al lanzamiento de cohetes por Hamas contra ciudades israelíes, pero oculta de manera criminal lo ocurrido durante las semanas anteriores.

Mientras se repetían las manifestaciones de colonos israelíes de extrema derecha, se han incrementado las protestas contra la ocupación israelí, con el epicentro en la Jerusalén ocupada –contra el cierre de algunos accesos para los palestinos o en el barrio de Sheij Yarrah contra el desalojo de familias palestinas a favor de colonos israelíes–. En los últimos días los antidisturbios israelíes cargaron con brutalidad en el interior de la Mezquita de Al Aqsa, utilizando balas recubiertas de caucho, gas y granadas aturdidoras, causando 200 heridos el viernes 7 y 300 el lunes 10.

El Estado sionista se enfrenta a la mayor protesta árabe-israelí en su territorio en años.

La operación de castigo en Gaza se produce además en medio de la crisis política más profunda de la historia de Israel. Después de cuatro elecciones en apenas dos años aún no se ha podido formar un Gobierno mínimamente estable y Netanyahu afronta procesos judiciales que pueden significar su entrada en prisión. Ha perdido su oportunidad de formar Gobierno y ha dado alas a la actuación policial y a las marchas de colonos de las semanas anteriores para generar una situación de excepcionalidad. El factor de la política interior israelí, la crisis del régimen y del capitalismo sionista, se ha vuelto a cobrar su precio en vidas palestinas.

Asimismo, esta matanza destapa de nuevo la farsa del Gobierno estadounidense de Biden, un presidente al servicio de Wall Street que ha continuado la política exterior de Trump respecto a Israel. Su respaldo al Estado sionista es total y sin fisuras, y se ha limitado a repetir las mismas frases hipócritas usadas durante décadas: que “ambas partes” rebajen la tensión, equiparado a las víctimas con los verdugos.

El papel de la Unión Europea ha sido exactamente el mismo, dando cobertura a una nueva matanza del Estado sionista.

La izquierda y el movimiento obrero deben llamar a la movilización masiva para detener esta masacre.

¡Solidaridad con el pueblo palestino! ¡Alto a los bombardeos israelís!

¡Abajo el Estado capitalista sionista!

Por el internacionalismo proletario y la unidad de clase. Por una alternativa socialista.

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