¡Pasemos a la ofensiva, luchemos hasta derribar al Gobierno!

Hace una semana, el día 19 de junio, la contrarreforma laboral fue rechazada en la votación plenaria de la Asamblea de la República. Aparte de los partidos que forman el Gobierno, PSD y CDS-PP, solo Iniciativa Liberal (IL) votó a favor.Sin duda es una victoria rotunda de la clase trabajadora, fruto de su enorme participación en dos huelgas generales masivas y de su movilización en las calles. Asimismo, supone una derrota incontestable del gobierno, que fracasa en su intento de llevar adelante su principal ataque para llevar a cabo una agenda estratégica de la patronal.

El voto en contra de la extrema derecha de Chega fue una sorpresa. Este partido al servicio de la burguesía se vio obligado, para mantener su estabilidad interna y garantizar una ventaja electoral futura, a doblegarse ante la fuerza de la clase trabajadora, que rechazó de forma unánime el conocido como “Paquete Laboral”, incluidas las capas políticamente más atrasadas que forman parte de sus bases y de su electorado.

Ahora es necesario aprovechar el momento y golpear mientras el hierro está caliente, avanzando hacia una movilización ascendente, que incluya nuevas jornadas de huelga, y convertir esta gigantesca derrota del gobierno en una palanca para hacerlo caer.

Lecciones de la lucha

La huelga general del 11 de diciembre del año pasado tuvo un impacto extraordinario[1]: una participación de tres millones de trabajadores, la mayor huelga general de la historia del país. La confianza de la clase trabajadora en su propia fuerza y en la posibilidad de alcanzar la victoria estaba en su punto más alto. Habría sido perfectamente posible derrotar la contrarreforma laboral, sin que llegara siquiera a votarse en el Parlamento, si las direcciones sindicales hubieran aprovechado ese impulso para convocar en un breve plazo una nueva huelga general, aumentando su duración y comenzando de inmediato a organizarla desde la base en todos los centros de trabajo. Pero no fue eso lo que ocurrió.

Las direcciones sindicales concentraron sus esfuerzos en las negociaciones a puerta cerrada en la Concertación Social, una herramienta del Estado burgués cuyo objetivo es precisamente alejar a los sindicatos de la lucha en las calles y en los centros de trabajo. La clase trabajadora quedó sumida en un limbo durante casi medio año, desaprovechándose su enorme disposición a luchar y a construir una nueva huelga general.

Por su parte, el Gobierno y la patronal aprovecharon ese tiempo para prepararse para el nuevo enfrentamiento. Llevaron a cabo una intensa campaña de presión sobre la dirección de la UGT —que se había visto obligada a secundar a la CGTP el 11 de diciembre debido a la presión de sus bases— con el fin de volver a alinearla con sus posiciones. Cuando la CGTP decidió finalmente convocar una nueva huelga para el 3 de junio, la UGT ya no la secundó.

Y, a pesar del empleo de métodos burocráticos por parte de la dirección de la CGTP, del boicot de la UGT y del acoso de la patronal contra los trabajadores que se organizaban para participar en la huelga, el seguimiento volvió a ser masivo. En el sector público fue abrumador: huelga total en el Metro de Lisboa y en los ferrocarriles, y superior al 85 % en Carris y en el Metro de Oporto, paralizando la inmensa mayoría del transporte público; más del 75 % entre los trabajadores municipales; un 80 % entre los médicos y un 75 % entre el personal de enfermería; y más del 50 % entre el profesorado y el personal no docente de los centros educativos.

En el sector privado, la participación paralizó las principales fábricas de los polígonos industriales de norte a sur del país: en Braga, Bosch; en Leça do Balio, Super Bock; en Alhandra, Cimpor; en Palmela, Autoeuropa y la mayoría de las fábricas que abastecen su producción; en Sines, la refinería de Petrogal y muchas otras fábricas… ¡y la lista continúa! El informe de la CGTP y la relación elaborada por Avante sobre el seguimiento de la huelga no dejan lugar a dudas: millones de trabajadores paralizaron innumerables empresas, escuelas, hospitales y servicios municipales, demostrando una vez más su impresionante fuerza.

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Fue la participación masiva de la clase trabajadora en las dos huelgas generales la que derrotó el Paquete Laboral. ¡Hay fuerza y voluntad para derribar también al Gobierno y conquistar derechos! 

El Gobierno trató rápidamente de ocultar el éxito de la huelga desviando la atención mediática hacia el Parlamento, al fijar ese mismo día el debate parlamentario para el 18 de junio. También pudo contar con la complicidad de la policía para reprimir violentamente a los manifestantes en Lisboa y con la de los medios de comunicación burgueses, que abrieron sus informativos de las 20:00 repitiendo la reaccionaria retórica de la «violencia de la extrema izquierda» y del «seguimiento residual» de la huelga.

Ante estas provocaciones, la dirección de la CGTP debería haber respondido de inmediato convocando una huelga general para los días 18 y 19 de junio, aumentando su duración y su combatividad. Una vez más, dejó pasar la oportunidad.

Fue esta falta de una estrategia consecuente [2] en la dirección de la CGTP lo que proporcionó un balón de oxígeno al Gobierno durante varios meses y, en última instancia, facilitó la demagogia de Chega para situarse en una posición desde la que pudiera rechazarlo y atribuirse el papel de defensor de los derechos laborales de los trabajadores. Algo que no puede ser más falso.

Chega es un partido fascista, financiado por la gran burguesía para impulsar sus intereses e incrementar la extracción de plusvalía a los trabajadores mediante la destrucción de los derechos democráticos y laborales y de sus organizaciones. Su primer programa político, con el que concurrió a las elecciones de 2019 y que posteriormente fue suavizado, incluía la destrucción de los sindicatos de clase y la completa liberalización del mercado de trabajo, unas propuestas cuyas consecuencias prácticas no diferían demasiado de las de la contrarreforma laboral.

De hecho, al aprobar junto con el Gobierno de la AD las leyes de Nacionalidad, de Extranjería y de Retorno[3], Chega ya ha puesto ese programa en práctica contra los trabajadores inmigrantes, negándoles la nacionalidad y empujándolos a una precariedad permanente, cuando no directamente a la esclavitud. ¿Por qué, entonces, votó en contra de la contrarreforma?

La respuesta es clara: por oportunismo y cálculo electoral. La huelga general del 11 de diciembre, impulsada por el sector más consciente de la clase trabajadora, no solo puso de manifiesto el enorme rechazo a la contrarreforma, sino que obligó a que el debate público se centrara en este punto, frustrando las esperanzas del Gobierno y de Chega de sacarlo adelante sin apenas atención.

Incluso los sectores políticamente más atrasados de la clase trabajadora, que constituyen parte de la base y del electorado de Chega, comprendieron que esta contrarreforma supondría un ataque brutal contra sus derechos. Ante esta presión, Ventura y el resto de la dirección de Chega ya no pudieron mantener su postura crítica hacia la huelga general («no necesitamos huelgas generales en Portugal (...) necesitamos trabajo»), viéndose obligados a admitir que la contrarreforma supondría una «barra libre para los despidos».

Ante un electorado y unas bases que habían asumido la falsa retórica «prolaboral» de los dirigentes de Chega, el coste político de permitir la aprobación de la contrarreforma habría sido demasiado elevado, poniendo en riesgo no solo la trayectoria ascendente del partido en el terreno electoral, sino incluso su propia cohesión interna.

Ventura logró convencer a sus financiadores burgueses de que, si querían asegurar victorias a largo plazo, debían tragarse por el momento este sapo. Y, de hecho, para los sectores de la burguesía que dependen principalmente de mano de obra inmigrante —como la agricultura, la construcción, los hoteles y la hostelería—, las leyes racistas aprobadas por la AD y Chega ya habían supuesto, en buena medida, el «Paquete Laboral» que buscaban.

Al esperar hasta el último minuto para anunciar su sentido de voto, Chega sorprendió al PSD y maximizó el impacto del golpe, además lo hizo en la víspera de su congreso. De un solo movimiento, Chega debilita al Gobierno y disputa, contra un PSD desgastado, la posición de herramienta electoral de la burguesía más reaccionaria para, en el futuro, llevar adelante sus ataques.

El Gobierno intensifica sus ataques. ¡Es necesario aprovechar su derrota y pasar a la ofensiva hasta derribarlo!

En su 43.º Congreso, celebrado el fin de semana del 20 y 21 de junio, el PSD cerró filas en torno a Montenegro y al resto de la actual dirección del partido. La ministra de Trabajo, Solidaridad y Seguridad Social, Palma Ramalho, responsable de las negociaciones de la contrarreforma, lejos de abandonar el cargo, recibió una de las mayores ovaciones del Congreso y confirmó que volverá a la ofensiva. Ya ha convocado una reunión de la Concertación Social para el 15 de julio.

Este fue el tono del Congreso: una auténtica declaración de guerra a la clase trabajadora, con Montenegro enumerando en la sesión de clausura una serie de ataques que el Gobierno pretende llevar a cabo, desde la privatización de la sanidad y los transportes hasta la precarización de los empleados públicos. Está claro que el rumbo del barco se mantiene firme y a toda máquina en dirección a la extrema derecha, y por ello el Congreso reforzó la dirección del partido con algunas de sus figuras más reaccionarias, entre ellas Carlos Moedas y Sebastião Bugalho, promovidos a vicepresidentes.

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En el Congreso del PSD el Gobierno declaró la guerra a la clase trabajadora. ¡Debemos aprovechar la dura derrota del Gobierno para pasar nosotros a la ofensiva! 

La táctica del Gobierno de ignorar esta enorme derrota continuó durante la última semana, con la total complicidad de los medios de comunicación burgueses y de los comentaristas políticos de derecha. Lamentablemente, también la izquierda institucional no solo está permitiendo que el Gobierno salga indemne de esta dura derrota, sino que además le está tendiendo la mano para que vuelva a levantarse.

El PS ha alcanzado un acuerdo con el PSD para aprobar la Prestación Social Única (PSU), que recortará ayudas sociales y obligará a las personas pobres a realizar trabajo forzoso como condición para poder acceder a unas ayudas mínimas, incluso en empresas privadas, lo que reducirá los salarios en general y aumentará la precariedad. El rechazo de la PSU —el mayor ataque generalizado a la clase trabajadora, especialmente a la más pobre, después de la contrarreforma— sería la segunda gran derrota del Gobierno en rápida sucesión, debilitándolo aún más y abriendo el camino a una crisis gubernamental. Esto es una nueva demostración de cómo, entre defender a los trabajadores o garantizar la estabilidad del régimen burgués, la socialdemocracia siempre elegirá lo segundo.

El propio secretario general de la CGTP, para quien hace dos meses, el 1 de mayo, el Gobierno era el «enemigo de los trabajadores», ahora nos dice que espera «que comprenda para quién debe gobernar». Los ataques y la normalización de la violencia contra los inmigrantes, las personas queer y toda la clase trabajadora; la privatización de la sanidad y la educación; las enormes transferencias de dinero público hacia el militarismo; el creciente autoritarismo y mucho más… no son un error, sino políticas llevadas a cabo de forma absolutamente calculada a instancias de la patronal, resultado de su necesidad de aumentar los beneficios a costa de nuestra miseria.

Este Gobierno ha adoptado y normalizado por completo el programa de la extrema derecha, empujando a la clase trabajadora y a sectores de la pequeña burguesía hacia una miseria creciente.

La CGTP debe aprovechar la gran victoria de la clase trabajadora —y la derrota del Gobierno—, no para darle oxígeno en negociaciones estériles, sino para pasar a la ofensiva y propiciar su caída. ¡No hay tiempo que perder!

Es necesario convocar ya una nueva huelga general acompañada de un calendario de movilizaciones contundentes en las calles, no solo para derogar todas las contrarreformas llevadas a cabo por el Gobierno —desde las leyes racistas de Nacionalidad, de Extranjería y de Retorno hasta la Prestación Social Única—, sino también para luchar por un programa capaz de garantizar una vida digna, aumentos salariales y el fin de la precariedad.

Para ello, es necesario dotar de aún más unidad y fuerza a la organización de la huelga general. Todos los sindicalistas, activistas y trabajadores deben poner sus energías en la creación de comités de huelga y cajas de resistencia en todos los centros de trabajo, donde se discuta de manera democrática un pliego de reivindicaciones ambicioso y un plan de lucha para derribar al Gobierno.

La clase trabajadora ya ha demostrado su enorme fuerza y voluntad para luchar contra el odiado gobierno de extrema derecha[4], y con los métodos adecuados será capaz no solo de derrotarlo, sino también de acabar con el podrido sistema capitalista.

¡Es el momento de pasar a la ofensiva para derribar al Gobierno!

¡Únete a Esquerda Revolucionária!

 

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