De nuevo en mayo Grecia ha estado en el epicentro de la lucha de clases en Europa. Por un lado, se mantiene la sucesión —sin un fin a la vista— de ataques y recortes a las conquistas sociales y condiciones de vida de los trabajadores; y por otro, la combatividad de la clase trabajadora sigue mostrando el único camino para hacer frente a esos ataques: la organización y la movilización.

 

Esto ha sido así desde el mismo Primero de Mayo. Este año el gobierno decidió trasladar la jornada festiva al día 7, alegando que coincidía con la Semana Santa ortodoxa. Los sindicatos respondieron convocando una huelga general para el Primero de Mayo.
Pero donde el pulso ha llegado más lejos ha sido en el conflicto educativo. Un conflicto que ofrece muchas lecciones sobre la situación actual, el ambiente entre la clase obrera y qué tácticas y métodos necesitamos para hacer frente a los ataques de la burguesía, en Grecia y en cualquier otro país
En el marco de los paquetes de “ajuste”, el gobierno incluyó una serie de ataques a los trabajadores de la enseñanza: entre otros, eliminar la contratación que se hace cada mes de septiembre de entre 10.000 y 15.000 profesores (en la práctica, despido de profesores interinos y más alumnos por clase), aumento de la jornada laboral y la posibilidad de traslados forzosos del profesorado.
El sindicato de los trabajadores de la enseñanza (OLME, en cuya dirección hay miembros de todos los partidos, su presidente es del derechista Nueva Democracia) en un primer momento no impulsó la huelga, y cuando lanzó la propuesta de huelga para el 17 de mayo propuso que se votara en urnas y no en asambleas; tradicionalmente, todo el profesorado de secundaria tiene el derecho de participar en esas asambleas y las decisiones que en ella se tomen son vinculantes. Desde los centros se impuso la convocatoria de asambleas.

El gobierno profundiza en la represión

Cuando la huelga aún no había sido votada, el gobierno lanzó un órdago a los trabajadores: invocó la Ley de Movilización Civil de 1974, una suerte de reclutamiento forzoso que en la práctica supone la derogación del derecho a huelga bajo penas de arresto o despido. Esta ley se usó en enero contra la huelga de los trabajadores del Metro de Atenas y en febrero contra la huelga de los trabajadores de la marina mercante. El gobierno daba un paso más en la represión al utilizarla antes incluso de que la huelga hubiera sido convocada, un dato que indica también el rumbo que ha tomado la burguesía en Grecia.
El primer ministro Samarás declaró públicamente que prefería el derrocamiento del Gobierno antes que ceder ante el profesorado. Como tantas veces hemos explicado, cuando la lucha de clases alcanza un punto determinado, el látigo de la represión, en vez de paralizar la voluntad de lucha, se convierte en un acicate. Precisamente estas palabras de Samarás convertían una movilización en un principio “sectorial” en un conflicto social abierto contra el Gobierno, con la posibilidad real de tumbarlo —el  educativo es un sector con tradición de movilizaciones combativas, la huelga que protagonizaron en 2006 se mantuvo durante 25 días y la de 1997 durante nueve semanas—.
El Gobierno griego pasó de las palabras a los hechos y la policía comenzó a visitar a profesores en sus casas, entregándoles las notificaciones que amenazaban con el despido si no iban a trabajar el 17 de mayo.
La respuesta del movimiento fue una manifestación de apoyo al profesorado el 13 en Atenas, paros de tres horas en solidaridad convocados por los principales sindicatos (ADEDY y GSEE), de cuatro horas de los controladores aéreos… y una participación masiva en las asambleas del profesorado con una votación aplastante a favor de la huelga indefinida a partir del 17 de mayo (92%). En muchos casos, la sensación de fuerza era tal que los trabajadores salían en manifestación improvisada al finalizar las asambleas, también fueron numerosos los profesores que votaban a favor de la huelga con la notificación del gobierno en la mano.

¿Por qué se desconvocó la huelga?

Al proceso de convocatoria de huelga sólo le quedaba una formalidad: que la dirección del sindicato ratificara la decisión de las asambleas. En una tensa reunión de doce horas la dirección del sindicato maniobró lanzando una nueva pregunta (“¿hay condiciones para hacer huelga?”) a los representantes allí reunidos que llegaban con un mandato claro de las asambleas. Retorció los argumentos para acabar diciendo que la mayoría quiere hacer huelga pero la mayoría también cree que no hay condiciones, por lo que la huelga quedaba desconvocaba. La dirección del sindicato cedía así a las presiones del gobierno. Esto podía ser lógico viniendo de los sectores que militan en Nueva Democracia, incluso en el PASOK; lo trágico es que después de que los trabajadores demostraran que estaban dispuestos a llegar hasta el final, dirigentes sindicales de Syriza se sumaran a esta maniobra.
A pesar de las declaraciones que hicieron denunciando la movilización forzosa decretada por Samarás, tanto la dirección de Syriza como del Partido Comunista (KKE) en el momento decisivo cedieron a las presiones de la burguesía. El KKE se había posicionado contra la huelga planteando que era una forma de lucha excesiva. En la decisión de Syriza parece que pesó su temor a que la convocatoria fuera a perjudicar sus expectativas de ganar las elecciones si el frágil Gobierno griego cae, lo cual es un grave error. Capas cada vez más amplias de trabajadores, jóvenes, parados... están sacando la conclusión de que sólo una lucha decidida, hasta el final, es lo que puede detener la sangría de las “políticas de austeridad”. Cuanto más coherente sea la actitud de los dirigentes de Syriza y el KKE con estas aspiraciones, mejores posibilidades tendrán, también, en el terreno electoral.
La clase obrera aprende de su experiencia. En Grecia ha aprendido de cada huelga general en la que ha participado, de cada golpe que ha recibido. En esta ocasión ha podido el “miedo” de los dirigentes, pero no de los trabajadores. Estos extraerán lecciones de esta movilización y de cómo ha acabado. La lucha sigue.


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