El pasado jueves 30 de julio, cuando 50.000 hombres, mujeres y niños marroquíes entraron en Ceuta, todos los representantes de la llamada “democracia” occidental salieron en tromba a mostrar su airada indignación. Desde Finlandia hasta Italia, desde EEUU hasta Argentina, los gobernantes de derecha y extrema derecha elevaron sus protestas ante la “invasión” y callaron vergonzosamente ante el centenar de migrantes muertos ahogados en las aguas de la ciudad ceutí, y los miles que fueron tratados como alimañas, víctimas de los apaleamientos, de la sed y el hambre.
Cuando repasamos el listado de estas señoras y señores, mayoritariamente blancos, millonarios, fervientes creyentes, amantes de la familia y el orden, ya sean presidentes o presidentas de países, primeros o primeras ministras, portavoces parlamentarios o líderes de la oposición, en definitiva, la flor y nata de la “democracia” capitalista mundial, encontramos una interesante coincidencia: ellos y ellas fueron quienes planificaron, financiaron y pusieron en práctica el genocidio y la limpieza étnica contra el pueblo palestino, o lo aplaudieron a rabiar.
Ellos y ellas son los que han aprobado legislaciones racistas y xenófobas en sus países, los que lanzan campañas insistentes para criminalizar y deshumanizar a los migrantes, creando fuerzas policiales neofascistas como el ICE, o normas para establecer campos de concentración en terceros países a los que arrojar a miles de deportados de la UE.
¿Una invasión?
Si pudiéramos preguntar a alguno de los 58.000 niños huérfanos y a los más de 60.000 que han sido asesinados en Gaza por la maquinaria bélica sionista con el beneplácito de todos los poderes capitalistas occidentales[1], ¿cómo nos describirían la invasión que vino de Tel Aviv?
Seguramente, nos contarían que sus invasores eran soldados armados hasta los dientes llegando en vehículos acorazados tras brutales bombardeos, que los masacraban impunemente, que los cercaban por el hambre, la sed, y que sufrieron todo tipo de quemaduras y mutilaciones horrendas. Y que los mismos gobernantes que hoy protestan airadamente por lo ocurrido en Ceuta, jaleaban entonces a las tropas israelíes.

Nos señalarían que esa invasión, en efecto, no tuvo nada que ver con esos miles de personas, trabajadores, mujeres, jóvenes, muchos de ellos adolescentes, cuyo uniforme de guerra se compone de pantalones cortos y chanclas, y su transporte… flotadores de playa.
También nos dirían que sus invasores no se marcharon en uno o dos días. Que no venían huyendo de la pobreza y la represión de una dictadura, que no entraron en Gaza en busca de trabajo. Que en realidad llegaron para destruir los hospitales, las escuelas y los hogares que con tanto trabajo y esfuerzo construyeron las familias trabajadoras palestinas. Que no fueron los invasores quienes huyeron y que, a día de hoy, ellos son los desplazados en su propio territorio, superando el millón y medio.
Nos explicarían a su vez, que diez meses después de un “plan de paz” colonialista y fraudulento, más de 1.000 palestinos, muchos de ellos niños, han sido asesinados por esos mismos invasores y que su vida nunca volvió a la normalidad, que viven en un infierno porque no tienen un techo bajo el cual cobijarse, ni un colegio, que están desnutridos y que padecen sarna y mordeduras de ratas.[2]
Reservado el derecho de admisión: Turistas bienvenidos, pero los pobres no
Los reaccionarios del mundo dicen que son realistas, y que nuestra “sociedad del bienestar” no tiene suficiente riqueza, es decir, viviendas, sanidad, transporte, recursos hídricos, alimentos, etc… para permitir la libre entrada de migrantes.
Aunque es cierto que en esto son muy flexibles. Si la defensa de sus intereses requiere dedicar cientos de miles de millones a presupuestos militares, lo hacen a costa de lo que sea. Incluso si la producción capitalista en un momento dado hace que los empresarios exijan más mano de obra, entonces, obedeciendo a la voz de sus amos, abren un poco la puerta.
Y, por supuesto, si el extranjero no es pobre, y viene a gastar generosamente su dinero para enriquecer a los propietarios de hoteles, pisos turísticos, restaurantes, bares, cadenas de supermercados, inmobiliarias… entonces se produce la magia. Los turistas y los ricos sean de la nacionalidad que sean, son muy bienvenidos, pero el migrante pobre, ese que supuestamente se queda con nuestros empleos, con nuestras paguitas, que es el responsable del colapso los servicios sociales, ese es el enemigo. Peor que el diablo.

Hace unos días el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, declaró que la situación era insostenible porque la cifra de migrantes alcanzaba “el 70% de la población en Ceuta”[3]. Podría parecer una contradicción, pero lo que es una tragedia en Ceuta se convierte en un profundo motivo de alegría para otros representantes públicos, al menos para el regidor y los empresarios hosteleros de Chipiona, localidad que en este mes de agosto multiplica por 10 su población, pasando de 20.000 habitantes a 180.000: “son chipioneros y están como en casa", afirma orgulloso Luis Mario Aparcero, el alcalde la localidad gaditana. [4]
Alguno/a nos responderá que el turismo es un gran motor económico que hace crecer el empleo y la riqueza del país.
El problema es que la riqueza del turismo, como siempre pasa en el capitalismo, no llega a todos, es más, su acumulación se hace a costa de la explotación y la miseria de la mayoría. El empleo creado en este sector está marcado por bajos salarios, jornadas interminables, temporalidad y numerosas enfermedades profesionales. ¡Cuántos camareros y camareras, limpiadores y limpiadoras víctimas de esta precariedad cambiarían de profesión si tuvieran la oportunidad!
La situación ha llegado a tal punto que, en la Costa del Sol y Baleares, cada vez más personal docente y médico, quienes enseñan a nuestros hijos y nos curan cuando estamos enfermos, duermen en coches y caravanas ante el precio imposible de los alquileres. ¡Pero qué más da, si la especulación inmobiliaria se ha convertido en un eslabón fundamental de esta “invasión”!
Para el resto que no trabaja en el sector turístico las consecuencias son claras: encarecimiento insostenible de la vivienda, el alza de los precios de la alimentación y el ocio, la masificación y precarización de los servicios públicos, la suciedad y el ruido, la destrucción de los entornos naturales, restricciones en el consumo del agua… en definitiva, la desaparición en nuestros barrios y localidades de todo aquello que hace nuestra vida más digna.
Y este tsunami, que se lleva por delante muchos de nuestros derechos, no deja de crecer: en 2023 fueron 85,1 millones de turistas; en 2024, 93,8; en 2025, 96,8 y en 2026 estaríamos rozando los 100 millones.

Así pues, la causa de que las fronteras estén abiertas o cerradas no está determinada por la falta de medios o espacio, sino por el poder adquisitivo, por la pobreza o por la riqueza. Es una cuestión de clase.
La feroz campaña de deshumanización de nuestros hermanos y hermanas migrantes tiene un claro objetivo: dividirnos y confundirnos respecto al enemigo, inocularnos el veneno del racismo.
Se trata de que las trabajadoras y trabajadores que todavía disfrutamos de algunos derechos en unos pocos países, nos convenzamos de que el problema no son los ricos, sino los pobres.
Que pensemos a pies juntillas que Faten BenOmar el Azizi, una joven marroquí de 20 años, muerta en las aguas de Ceuta cuando intentaba alcanzar su sueño de jugar al fútbol profesional, es una amenaza. Que Mohamed Afasi de solo 9 años, Nada Al-Shiba de 14 años y Marwa Aheithour de 16, actualmente desaparecidos, llorados por sus madres y, desgraciadamente, con posibilidades de estar muertos, se lo merecían, porque menores como ellos son los responsables de la degradación y la masificación en la sanidad y la educación públicas, y no los recortes presupuestarios ni las políticas capitalistas. Porque nos van a reemplazar y son una amenaza para la soberanía de la patria.
Así se alimenta el fascismo, deshumanizando seres humanos, culpando a los inocentes, masacrándolos, y enalteciendo a dictadores sangrientos como Mohamed VI o Netanyahu.
Quienes crean que defendemos la solidaridad con quienes más sufren por una cuestión meramente emocional se equivocan. Es cierto, como afirmaba una veterana luchadora, “se puede ser buena persona y no ser comunista, pero no se puede ser comunista y no ser buena persona”. Pero es mucho más.
Todo, absolutamente todo lo que hemos conseguido, sea poco o mucho, se logró gracias a la unidad de los oprimidos frente a los opresores. Lo que nos une no es el pedazo de tierra en el que nacimos y que, por cierto, no elegimos; tampoco el color de nuestra piel, nuestro género o nuestra religión. Lo que decide en qué lado de la barricada estamos y con quién la compartimos, es si nuestro sustento proviene de nuestro trabajo o de explotar a otros seres humanos. Por eso es tan importante nuestra unidad como clase.
Lo único que nos puede salvar de esta crueldad que nos ahoga, de esta miseria y destrucción creciente que amenaza nuestra supervivencia física y moral, es la conciencia de que, si hubiéramos nacido en Marruecos, hubiéramos sido Faten y nuestros hijos Mohamed y Marwa.

Por eso no vale solo con señalar a Abascal o Feijóo, a la escoria fascista que piensa que en lugar de cien víctimas tendrían que ser miles. También la izquierda institucional y gubernamental, por más que en este caso sufra los golpes del trumpismo, del sionismo y de la dictadura marroquí, tiene una gran responsabilidad.
El Gobierno de Sánchez sigue participando de la Europa fortaleza, forma parte de los engranajes racistas de su legislación antiinmigración, de los objetivos imperialistas de la UE y de la OTAN. Y lo ha demostrado en estos acontecimientos blanqueando a la dictadura marroquí y hablando de “violación de la integridad territorial española”, que es otra forma de referirse a una invasión.
En Izquierda Revolucionaria, como hemos explicado en nuestra declaración, sabemos muy bien cuál es nuestra posición en la lucha de clases.
A las familias de todas las víctimas les transmitimos nuestro profundo pesar y nuestra solidaridad de clase. Las vidas de sus hijos, sus parejas, amigos y familiares son tan valiosas como las nuestras y, su dolor, tan profundo como es el nuestro cuando nos arrebatan a nuestros seres queridos. Porque no son migrantes, ni pobres, ni musulmanes, son parte de nuestra clase. Porque no somos fascistas, no somos burgueses, ni charlatanes que se dicen de izquierdas. Somos trabajadores conscientes, somos comunistas.
¡Arriba, parias de la Tierra!
¡En pie, famélica legión!
El mundo va a cambiar de base.
Los nada de hoy todo han de ser.
El género humano es la internacional.
[1] Huérfanos en Gaza: una crisis profundaa
[2] La barrera de arena que Israel levanta en Gaza para afianzar su división: "Pronto levantarán asentamientos"
[3] El Gobierno cifra en al menos 50.000 los migrantes que cruzaron la frontera y Ceuta eleva el dato a 60.000
[4] Chipiona multiplica por 10 su población en verano: "Hay más gente que en El Rocío y allí mandan de todo"



















