En estos días conmemoramos el noventa aniversario del golpe militar fascista del 18 de julio de 1936, cuando la mayoría de los generales y altos mandos del ejército español, que habían jurado fidelidad a la república y formaban parte del Estado Mayor, se sublevaron para imponer una dictadura sangrienta. Pero esto es una parte de aquella historia. Aquel caluroso sábado de 1936 fue también el inicio de un levantamiento proletario y de una revolución asombrosa, solo comparable con el Octubre bolchevique de 1917.
Durante tres años, los obreros en armas llevaron a cabo una profunda transformación revolucionaria contra el capital, y combatieron a un poderoso enemigo respaldado por la maquinaria militar y económica de la Alemania hitleriana y la Italia de Mussolini. Aquella página memorable que nuestra clase escribió conmocionó a la vanguardia obrera de todos los continentes, que también derramó generosamente su sangre luchando en las Brigadas Internacionales.
El estudio de la revolución social y la guerra civil es una obligación para todos los militantes comunistas y revolucionarios en el momento actual. No se trata de un ejercicio de nostalgia, o de erudición académica. Por el contrario, asimilar las lecciones de aquellos acontecimientos cobra una enorme importancia ante el avance de la extrema derecha y el gran signo de interrogación que planea sobre la “democracia” capitalista. Nuevamente, una disyuntiva histórica se coloca ante las masas oprimidas: o somos capaces de derrocar el orden de la burguesía y sus guerras imperialistas, o la amenaza del fascismo puede cobrar aún más fuerza.
Este primer artículo pretende situar lo que fueron aquellas jornadas de lucha en las calles, la traición de los gobernantes republicanos, el asalto a los cuarteles con armamento improvisado y la voluntad de decenas de miles de obreros y obreras dispuestas a todo, empezando por el sacrificio de sus vidas, para derrotar a Franco y a la burguesía. Seguirán nuevos artículos sobre los diferentes puntos de inflexión que marcaron la guerra y la revolución, proponiendo un análisis marxista para entender aquellos acontecimientos.

Los republicanos y el golpe militar. Relato de una traición
La atmósfera política desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 revelaba la situación extrema que había alcanzado la lucha de clases. La salida militar-fascista no fue una improvisación de un grupo de militares, sino una acción preparada sistemáticamente que contó con el apoyo del conjunto de la burguesía, los terratenientes y los banqueros de todo el país, y fue ejecutada por una casta de oficiales mimada por los diferentes Gobiernos republicanos.
Individuos destacados de la oligarquía, como Luis Oriol (tradicionalista y banquero), que fletó un barco desde Bélgica con 6.000 fusiles, 150 ametralladoras pesadas, 300 ligeras, 10.000 bombas de mano y 5 millones de cartuchos financiaban y armaban sin tapujos las fuerzas de la contrarrevolución. Los carlistas tradicionalistas, que habían organizado una Junta Militar desde San Juan de Luz, adiestraban a las fuerzas de choque de los Requetés a la luz del día. En las altas esferas del ejército los preparativos militares para aplastar la revolución se desarrollaban con rapidez. La Unión Militar Española, la organización reaccionaria de los oficiales, se fortaleció con la entrada en sus filas del general Goded y aceleró todos los planes para el levantamiento militar. Por otra parte, la CEDA empezó a descomponerse, con una fuga considerable de seguidores y militantes, especialmente de las Juventud de Acción Popular (JAP), hacia Falange española. La derecha política formaba en el bando de los golpistas sin disimulo.
En un momento en que la conspiración golpista se urdía sin tapujos, la reacción de los dirigentes republicanos, y del ala de derechas del PSOE, fue intentar formar un Gobierno de “unidad nacional” que disuadiese a los golpistas de llevar a cabo sus planes:
“Gil Robles — escribe Burnett Bolloten— recuerda que en abril y en mayo hubo conversaciones entre Miguel Jiménez Fernández, representante del ala liberal de la CEDA, Miguel Maura y Julián Besteiro, con el conocimiento de Prieto —la figura central en esos ‘proyectos’— y de Azaña, para discutir la idea de un Gobierno de concentración nacional”[1].
Parece que José Larraz, presidente de la Editorial Católica, propietaria de El Debate, portavoz de la CEDA, también visitó a Prieto y se aludió en la conversación a la posibilidad de incluir en ese Gobierno a la CEDA. Pero Gil Robles opinó que lo mejor sería una coalición de gobierno que incluyera a republicanos, socialistas “moderados”, y elementos de centro, que contará con el apoyo parlamentario de derecha. En una entrevista, Gil Robles alegaba que “aparte del absoluto descrédito en que nos encontraríamos frente a nuestros electores, no parecía lógico suponer que las masas del Frente Popular pudieran transigir con nuestra colaboración ministerial. Cuando la entrada de la CEDA en el Gobierno [en 1934] había provocado (…) el movimiento revolucionario de octubre”[2].

La posición de los republicanos de derechas, supuestamente “fieles aliados” del Frente Popular, no dejaba lugar a dudas. Miguel Maura publicó una serie de artículos en el diario El Sol (entre el 18 y 27 de junio) en los que abogaba abiertamente por una dictadura republicana: “La dictadura que España requiere hoy es una dictadura nacional, apoyada en zonas extensas de sus clases sociales, que llegue desde la obrera socialista no partidaria de la vía revolucionaria hasta la burguesía conservadora que haya llegado ya al convencimiento de que ha sonado la hora del sacrificio y del renunciamiento en aras de una justicia social efectiva (…) Dictadura dirigida por los hombres de la república, por republicanos probos que antepongan el interés supremo de España y de la república a toda mira partidista o de clase…” (El Sol, 23 de junio).
Su intento vano por salvar la república burguesa los llevaba directamente a fortalecer a la reacción y enfrentarse con la mayoría de los trabajadores y campesinos sin tierra, hartos de palabrerías y retórica parlamentaria desde el 14 de abril de 1931.
Si esta era la atmósfera entre los republicanos de derechas y los moderados, y los socialistas dispuestos a integrar ese supuesto Gobierno de concentración nacional, las posiciones políticas en la dirección de la Internacional Comunista estalinizada, y en la cúpula del PCE, no era mucho mejor.
En su libro sobre la historia del PCE en la guerra civil, Fernando Hernández Sánchez reseña informaciones significativas de aquellos “confusos primeros días”:
“En los días previos a la sublevación militar el PCE y la Comintern mantuvieron constantemente contactos radiados. El 13 de julio ‘Luis’ Codovilla elevó un mensaje a Manuilski en el que, tras valorar como enormemente grave la situación creada por los asesinatos del teniente Castillo y del líder reaccionario Calvo Sotelo, y asegurar que los comunistas españoles contribuirían a reforzar el Frente Popular y apoyar la posición del Gobierno, consideraba, sin embargo, que el principal peligro del momento procedía de los líderes anarquistas de prolongar las huelgas con la idea de confrontar a los trabajadores con el Gobierno y la actitud provocativa de los grupos fascistas que sembraban la violencia en las calles. Coincidía con ello con la apreciación de Casares Quiroga y del presidente de la república, Azaña, que recelaban más de una situación insurreccional multifocal del anarcosindicalismo que de una sublevación militar, con el consiguiente cálculo erróneo acerca del verdadero origen del peligro y sus posteriores consecuencias catastróficas…”[3].
La perspectiva de los dirigentes estalinistas no solo era errónea, sino que probaba como su esquema frentepopulista de pactar con los republicanos burgueses y renunciar a la lucha por el socialismo para vencer al fascismo, estaba al margen de la realidad.
Mientras se aceleraban los acontecimientos, el presidente Casares Quiroga consentía que los militares planificasen a la vista de todo el mundo el golpe faccioso. Julio Busquets, reconocido miembro de la Unión Militar Democrática en los años de la transición, explica la actitud del Gobierno del Frente Popular en aquellos momentos decisivos:
“Cuando el golpe de Estado era inminente y la UMRA (Unión Militar Republicana antifascista) había hecho acopio de toda la información al respecto, se entrevistaron con Casares Quiroga, jefe del Gobierno, para exponerle la gravedad de la situación y exigirle una respuesta inmediata. La reunión tuvo el lugar el 16 de julio y se le pidió que aplicara las siguientes medidas:
1- Pasar a disponibles forzosos a diferentes militares entre los cuales se encontraban los generales Franco, Goded, Mola, Fanjul y Varela, los coroneles Aranda y Alonso Vega, el teniente coronel Yagüe, y el comandante García Valiño.
2- La rápida inspección de todas las guarniciones por parte de delegados gubernativos, que informasen a la tropa de los graves riesgos de insurrección.
3- Creación de seis unidades especiales con personal y mandos de total confianza, con sede en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Bilbao, destinada a abortar cualquier insurrección militar en sus zonas de influencia.
4- La detención inmediata y depuración de los miembros sospechosos de pertenecer a la UME (Unión Militar Española).
5- Disolución del ejército, en último caso, con el fin de abortar el golpe…

Confundiendo deseos con realidades, Casares Quiroga afirmó que no había peligro de insurrección y se negó a aplicar ninguna de las medidas que le planteó la UMRA. Argumentó que estas pondrían verdaderamente en contra de la república a todo el ejército y que lo que pretendían los militares de la UMRA era desplazar a los militares citados en el escalafón para ocuparlo ellos. Obviamente, Casares Quiroga temía en ese momento más una insurrección revolucionaria de izquierdas que un golpe de derechas...”[4].
Confirmando la contemporización con los responsables del complot fascista, Azaña destinó al general Mola a Pamplona, donde el 14 de marzo se hizo cargo del gobierno militar y del mando de la 12 Brigada de Infantería. ¡Así era como defendían la “legalidad democrática” los republicanos, ascendiendo, mimando y favoreciendo a los militares golpistas!
Los preparativos en los cuarteles se combinaban con las acciones terroristas de las bandas fascistas de la Falange, especializadas en asesinar trabajadores y atacar los locales de los partidos y los sindicatos obreros. En ese ambiente, cuando el secreto del golpe había dejado de serlo y el Gobierno era plenamente consciente de lo que se preparaba, los dirigentes republicanos no movieron un solo dedo para prevenirlo, neutralizarlo y aplastarlo utilizando los medios de los que disponían. Es más, su actitud permitió a los golpistas ganar un tiempo precioso y tomar la iniciativa.
En aquellos momentos de máxima gravedad, el Gobierno republicano actuaba con felonía, como prueba la nota oficial que trasladaron a la opinión pública días antes del alzamiento: “El ministro de la Guerra se honra en hacer público que toda la oficialidad y clases del ejército español, desde los empleos más altos a los más modestos, se mantienen dentro de los límites de la más estricta disciplina, dispuestos al cumplimiento exacto de sus deberes. Los militares españoles, modelos de abnegación y lealtad, merecen de todos sus conciudadanos el respeto, el afecto y la gratitud que se deben a quienes han hecho, en servicio y defensa de la patria y de la república, la ofrenda de su propia vida si la seguridad y el honor lo exigen”.
Finalmente, el 17 de julio la Guarnición de Marruecos se levantó en armas y el resto de las circunscripciones militares telegrafiadas por Franco pusieron en marcha todos los operativos previamente planificados. Aunque el Gobierno republicano tenía un conocimiento exhaustivo del levantamiento militar, se negó en redondo a tomar ninguna medida para evitar su extensión. Durante 48 horas dejaron todo el terreno libre a los golpistas: sin movilizar las fuerzas leales del ejército e impartir una sola orden sensata, mostraron una oposición visceral a la entrega de armas a los trabajadores.
El Gobierno no hizo públicas las noticias del golpe militar hasta las nueve de la mañana del día 18, y entonces tan solo emitió una nota “tranquilizadora” asegurando que tenía bajo control la situación. A las 15.15 horas de ese día, cuando el Gobierno tenía ya cumplida información del alcance del levantamiento y Sevilla había sido casi tomada por los golpistas, dio a conocer una nueva declaración, más deshonesta si cabe que las anteriores:
“El Gobierno habla de nuevo para confirmar la absoluta tranquilidad de toda la Península. El Gobierno reconoce los ofrecimientos de ayuda que ha recibido (de las organizaciones obreras) y aunque los agradece, declara que la mejor ayuda que se puede dar al Gobierno es garantizar la normalidad de la vida cotidiana, para dar un alto ejemplo de serenidad y confianza en los medios de fuerza militar del Estado. Gracias a las medidas de previsión aprobadas por las autoridades, puede considerarse que ha sido disuelto un amplio movimiento de agresión contra la república; no ha encontrado apoyo en la Península y solo ha logrado partidarios en un sector del ejército de Marruecos (…) Estas medidas, junto con las órdenes habituales a las fuerzas en Marruecos que se esfuerzan en vencer el alzamiento, nos permiten afirmar que la acción del Gobierno será suficiente para restablecer la normalidad”[5].
¿A quién temía más la “burguesía republicana”, fiel aliada del Frente Popular? ¿A los fascistas o a las masas revolucionarias?
Los políticos republicanos se habían opuesto desde abril de 1931 a febrero de 1936, como así hicieron constar en el acuerdo del Frente Popular, a cualquier medida socialista. Había reprimido con saña las luchas de los trabajadores y se había negado en redondo a realizar ninguna transformación social profunda, empezando por la reforma agraria y la liquidación de la propiedad terrateniente; por supuesto, mantuvieron y promocionaron a los militares africanistas y derechistas que habían ganado sus medallas bajo la monarquía alfonsina. ¿Por qué iban a armar a los trabajadores si lo que más odiaban era la revolución?

Ante la absoluta falta de acción por parte de Casares Quiroga, las calles de Madrid y Barcelona eran ya un hervidero el sábado 18 de julio. Miles de militantes, especialmente de los grupos de combate de la CNT estaban en permanente vigilia, haciendo acopio de información y armas, y planificando el cerco a los principales cuarteles. La actitud del Gobierno republicano provocó el rechazo frontal de las masas, conscientes de su juego sucio.
El periodista anarcosindicalista, Eduardo de Guzmán, testigo presencial de aquellos hechos, los reseña en su extraordinario libro La muerte de la esperanza:
“Impresiona el aspecto de la Puerta del Sol. Vacía, adormilada bajo el calor bochornoso a las cuatro de la tarde, se ha convertido a las seis en un hervidero humano. De Ventas, de Pacífico, de Chamberí, de los barrios de Extremadura y Toledo, llegan los tranvías abarrotados de trabajadores excitados y vociferantes; las bocas del metro arrojan, una tras otra, incesantes oleadas de obreros nerviosos y airados. La multitud no cabe ya en las amplias aceras y empieza a invadir las calzadas, dificultando la circulación. Millares y millares de personas acuden desde todas las barriadas a pedir armas en tono cada vez más imperioso y amenazante.
— ¡Debíamos empezar, gritan algunos, por colgar a los traidores que nos las niegan!
La rotunda negativa de Casares a facilitar elementos de combate a los trabajadores mientras la rebelión militar salta de una ciudad a otra, se les antoja una traición. Equivale a entregarles inermes a merced de sus enemigos tradicionales. Con la llegada de cada nueva bandada de gentes crecen los gritos y la indignación. Muchos oradores improvisados arengan aquí y allá a la muchedumbre. Todos miran hacia el Ministerio de Gobernación y levantan los puños crispados”[6].
Para completar el abandono de la legalidad democrática que decían defender, Martínez Barrio, republicano de derechas y nombrado por Azaña el mismo 18 de julio para sustituir a Casares Quiroga al frente del Gobierno, centró sus esfuerzos en formar un Gobierno cívico-militar que diera cabida a los militares golpistas. Todo, con el beneplácito de Azaña.
En una conversación telefónica entre Martínez Barrio y el general golpista Emilio Mola, el jefe de Gobierno trató de conseguir su apoyo. Este fue el contenido de la misma: “En este momento los socialistas están dispuestos a armar al pueblo. Con ello desaparecería la república y la democracia. Debemos pensar en España. Hay que evitar a toda costa la guerra civil. Estoy dispuesto a ofrecerles a ustedes los militares, las carteras que quieran y en las condiciones que quieran”. Pero el general sublevado respondió con desprecio: “Si yo acordase con usted una transacción habríamos traicionado ambos a nuestros ideales y a nuestros hombres. Mereceríamos que nos arrastrasen”[7].
Cuando se perpetraba esta traición y el golpe militar estaba en su apogeo, las direcciones del PCE y del PSOE hicieron pública una nota significativa:
“El momento es difícil, pero no desesperado. El Gobierno está seguro de poseer los medios suficientes para aplastar esta tentativa criminal. En el caso de que estos medios fuesen insuficientes, la república tiene la promesa solemne del Frente Popular. Este está decidido a intervenir en la lucha a partir del momento en que la ayuda le sea pedida. El Gobierno manda y el Frente Popular obedece”[8].
Palabras que indicaban que en la cúspide de los partidos socialista y comunista la situación no era mejor que en los círculos gubernamentales.
Insurrección obrera
Conscientes del enorme peligro a que se enfrentaban, los obreros, los campesinos y de entre ellos la juventud revolucionaria, no esperaron las órdenes y las consignas de los representantes gubernamentales —por otra parte, inexistentes— y se lanzaron a apropiarse de las armas y asaltar los cuarteles.
No fue el Gobierno republicano, en el que los dirigentes reformistas del PSOE y los líderes estalinistas habían confiado ciegamente, el que derrotó el levantamiento militar. Una vez más fue la acción independiente de la clase trabajadora, el heroísmo, la decisión y audacia de miles de obreros que, con los métodos de la lucha de clases, la huelga general y la insurrección armada abortaron el triunfo inmediato del golpe fascista.
Companys, presidente de la Generalitat y líder de la Esquerra Republicana, a pesar de ser otro “aliado confiable”, al igual que Azaña en Madrid, también se negó a distribuir armas entre los trabajadores de Barcelona. Pero numerosos militantes anarcosindicalistas estaban preparados para responder. El historiador catalán Pelai Pages describe así aquellos momentos:
“Desde hacía tiempo se había formado un Comité de Defensa confederal en Barcelona, con la misión de asumir la dirección de la lucha obrera contra una previsible acción del ejército. Hombres como Durruti, García Oliver, Ascaso, Jover y Gonzalo Sanz formaban parte de este organismo y solo esperaban el mínimo movimiento de las tropas para movilizar las masas confederales ya preparadas.
La noche del 18 al 19 de julio —tras conocerse los acontecimientos de Marruecos y de otras guarniciones militares— fueron muchos los militantes obreros que no fueron a dormir a sus casas, y se pasaron la noche de vigilancia en los cuarteles o durmiendo en la sede de su sindicato o de su partido (…) En la madrugada del domingo día 19, en el momento mismo en que el ejército empezó a salir a la calle, las sirenas de los barcos del puerto de Barcelona y de las fábricas —de acuerdo con el testimonio de García Oliver— empezaron a sonar para dar la señal de alarma. Y la ciudad se empezó a cubrir de barricadas y se empezaron a generalizar los combates en las calles (…)
Los primeros enfrentamientos de aquel día se produjeron en la plaza de Cataluña, donde habían llegado soldados procedentes del cuartel de Pedralbes. Los tres escuadrones que bajaron del cuartel de la Travesera fueron parados por guardias de asalto y por un buen número de paisanos en la plaza del Cinc d’Ors, la confluencia entre el Paseo de Gracia y la Diagonal. De hecho, esta fue la primera victoria de la jornada, en un combate que duró prácticamente dos horas y que obligó a los soldados a replegarse”[9].
Militantes de la CNT-FAI y del POUM asaltaron armerías, tiendas de caza, obras en construcción en busca de dinamita, requisaron las armas que los fascistas ocultaban en sus casas, así como todos los automóviles que pudieron encontrar. Con este escaso material se enfrentaron, en una lucha desigual desde el punto de vista militar, a las tropas que los fascistas movilizaron. Los escenarios fueron muchos: plaza de Cataluña, plaza de España, la brecha de San Pablo, la avenida Icaria, en el Ensanche, la plaza de la Universidad, la Maestranza de San Andreu, el cuartel de Atarazanas…
El arrojo y la valentía mostrada por los trabajadores desmoralizó a los soldados, muchos de los cuales abandonaron su posición, y sus armas, para pasarse al bando del pueblo. A pesar de los cientos de obreros que murieron (algunos historiadores hablan de 450 muertos y unos 2.000 heridos), en la tarde del 19 de julio cayó preso el general Goded, después del cerco al cuartel de Atarazanas.
El pueblo en armas había derrotado la sublevación en toda Catalunya ante la pasividad del Gobierno de la Generalitat que quedó suspendido en el vacío, sin ninguna base segura en la que apoyarse. “Los combates habían durado unas treinta y seis horas” señala Abel Paz, “el pueblo de Barcelona, sin armas e incluso contra la voluntad del Gobierno autónomo de la Generalitat, había vencido a los militares y se hallaba prácticamente en la situación de dueño y señor de la ciudad”[10].

Una situación parecida se vivió en Madrid, donde miles de obreros y jóvenes reagrupados el mismo 18 de julio, comenzaron la tarea del armamento. Trabajadores socialistas, comunistas, anarquistas, poumistas, levantaron barricadas en las zonas claves de la ciudad, requisaron y asaltaron los depósitos de armas que pudieron y se arrojaron a la conquista del Cuartel de la Montaña que pasó, después de horas de intenso combate, a manos de los obreros.
La misma dinámica se repitió en cientos de pueblos y ciudades importantes del país: Valencia, Gijón, Málaga, Santander, Bilbao, Badajoz, Cáceres... En otras plazas como Sevilla, Oviedo y Zaragoza, los fascistas tuvieron que emplearse a fondo en una represión salvaje contra los obreros que, con las pocas armas que pudieron conseguir, intentaron abortar la sedición. En todas estas ocasiones, los trabajadores fueron traicionados por la actitud condescendiente de los líderes republicanos con los mandos militares: en el colmo de su estupidez pensaban que los responsables de las guarniciones respetarían su juramento de fidelidad a la república.
Con trucos y engaños, los facciosos neutralizaron a los gobernadores y alcaldes republicanos de estas ciudades y estos a su vez lograron que los dirigentes obreros se fiaran. Como escribe Antony Beevor, “allí donde los obreros se dejaron convencer por un gobernador civil aterrado ante la perspectiva de provocar el levantamiento de la guarnición local, perdieron la partida y hubieron de pagar el titubeo con sus vidas. Pero si demostraban enseguida que estaban preparados y dispuestos para asaltar los cuarteles, entonces se les unía la mayoría de los guardias de asalto y otras fuerzas de seguridad y conseguían que la guarnición se rindiese”[11].
Incluso un historiador liberal británico tiene que reconocer que fue la acción de las masas lo que hizo fracasar el golpe fascista. De esta manera la clase obrera española volvió a escribir una página imborrable de su gran historia: lo que pretendía ser un triunfo aplastante de la contrarrevolución, se transformó en el inicio de la revolución socialista.
Los mandos militares golpistas habían previsto una victoria fulgurante que les permitiese en pocos días consolidar su dominio sobre la península. En realidad, cuarenta y ocho horas después del golpe, los militares habían sufrido un sonoro fracaso:
“Entre el 18 de julio y el primero de agosto de 1936 —escribe Abraham Guillén—la situación política y estratégica del ejército fascista era desesperada. Tenían solamente parte de la meseta y del noroeste de España y una pequeña cabeza de puente en Andalucía. Así pues, el frente norte de los generales golpistas estaba separado del sur. Franco y Mola no tenían sus fuerzas reunidas sino separadas lo cual significaba una gran desventaja estratégica.
Los republicanos ocupaban, en el mes de julio, las zonas más industrializadas, más ricas y de mayor densidad de población de España: Vasconia, Asturias, Valencia, Madrid y Cataluña. Como desventaja geoestratégica, el frente republicano estaba separado por dos zonas geográficas: una formada por Asturias y Vasconia (con el reducto de Oviedo), entre Castilla La Nueva y el mar Cantábrico, con una ancha cabeza formada por parte de Aragón y Navarra. La otra, por las regiones del noreste (Cataluña y parte de Aragón), Levante (Valencia y su región), Murcia, casi toda la costa andaluza mediterránea, la región del Centro, Extremadura y parte de Huelva (…) La mayor parte de la población, los recursos financieros, las fábricas militares y la flota de guerra, en julio de 1936, estaban en manos de los republicanos (...)”[12].
El Gobierno republicano volvió a dejar clara su incapacidad y negligencia para hacer frente a la situación creada tras el 18 de julio. Azaña disponía de importantes reservas de oro y, aunque el embargo real de venta de municiones a la España republicana no fue impuesto hasta el 19 de agosto, durante ese mes no se compró apenas armamento.
Renunciando a la ofensiva y a desplazar el máximo de contingentes militares hacia Extremadura para frenar el avance de las tropas franquistas desde Sevilla; en lugar de concentrar todo el fuego de la marina leal y la aviación contra el traslado de tropas desde Marruecos a la península... el Gobierno republicano no adoptó ninguna medida coherente en los decisivos días de finales de julio:
“Sin flota de guerra, sus fuerzas africanas (moros y legionarios), tropas profesionales de choque, difícilmente podrían ser trasladadas a la península, pues gran parte de la marina de guerra española había sido tomada por los soldados y suboficiales republicanos. La guarnición de Sevilla, la base naval de San Fernando y otras posiciones en Andalucía, en poder de los sublevados, no podrían resistir una ofensiva si no llegaban en su auxilio los batallones africanos, incapaces de cruzar el estrecho de Gibraltar, no teniendo flota de guerra, ni una fuerza aérea de combate y transporte.
Pero Franco consiguió pasar el estrecho de Gibraltar con la ayuda de la aviación alemana: el día 5 de agosto de 1936 transportó a la península desde África, 2.500 soldados con todos sus equipos; entre julio y agosto de ese año, llegaron 10.500 soldados más gracias a la cooperación de la aviación germana. Destacando la importancia del arma aérea alemana en la campaña de Franco desde África hasta las puertas de Madrid, Hitler dijo en julio de 1942: ‘Franco tendría que haber hecho un monumento a los viejos Junkers 52 que les trasladaron desde África a España 10.500 hombres en julio y 9.700 más en septiembre de 1936’…”[13].

¿Cómo fue posible que Franco pudiera realizar semejante puente aéreo desde Marruecos hasta el suroeste de Andalucía sin que el Gobierno republicano hiciese nada por impedirlo?
En realidad, toda la flota de guerra pudo haber sido movilizada hacia el estrecho y utilizada contra este desembarco de tropas. Pero esto no ocurrió y la razón fundamental hay que buscarla en el miedo del nuevo Gobierno republicano de Giral de provocar una reacción contraria de Gran Bretaña, que exigía vehementemente que la guerra civil española no interfiriese en la “libertad” de navegación del estrecho. En las palabras del historiador Gerald Howson:
“El 20 de julio, los barcos de guerra republicanos que surcaban el Estrecho de Gibraltar habían abandonado sus bases sin esperar a aprovisionarse y pusieron rumbo a Tánger con la orden de comprar combustible, alimentos y agua. Franco amenazó con bombardear el puerto si se atendía su petición, y las compañías petroleras, con la aprobación de la comisión internacional que tenía el mando del puerto, se negaron a vender. Los barcos se dirigieron a Gibraltar y pidieron de nuevo que se les permitiera comprar petróleo y suministros.
Las autoridades y los mandos navales y militares del Peñón, que mantenían relaciones cordiales con los terratenientes españoles de la zona desde hacía muchos años —habían sido invitados a fiestas y cacerías en sus latifundios—, se sintieron horrorizados a la vista de barcos de guerra tripulados por marineros desaliñados que intercambiaban saludos con el puño en alto (…) No había motivos legales para prohibir a las compañías petroleras del peñón vender carburante a la marina de un Gobierno con el que se seguían manteniendo relaciones amistosas; así que seguía en pie el problema de cómo evitar esta venta. Problema que vino a solucionar el intento de unos aviones de Franco de bombardear los barcos de guerra, que estaban anclados en el golfo de Algeciras. Las compañías alegaron entonces que el riesgo que entrañaba la venta de su producto era demasiado grande, y los barcos republicanos no tuvieron más remedido que zarpar rumbo a Málaga, dejando el Estrecho temporalmente desprotegido (…)
Poco después de este incidente, fondeaba en la boca del golfo el buque de guerra británico Queen Elizabeth para disuadir de ulteriores intentos de intromisión. Cuando el acorazado republicano Jaime I volvió de Málaga para bombardear Algeciras, se le ordeno regresar, y las tropas nacionalistas de la población, que ya no se necesitaban para su defensa, pudieron unirse a la columna de nacionales que avanzaba desde Jerez de la Frontera en dirección a Ronda y Granada. Sin embargo, el 5 de agosto un convoy nacionalista de pequeños barcos pasó por delante del Queen Elizabeth y desembarcó en Algeciras a dos mil soldados junto con una batería de obuses de 105 mm.
Entre tanto, después de ser conocida por Franco la decisión de Hitler de enviar ayuda, el general Kindelán, jefe de la aviación nacionalista, se le permitió utilizar la central telefónica de Gibraltar para poner conferencias a Lisboa, Berlín y Roma con objeto de coordinar la operación. Como Gibraltar era el centro de comunicaciones británico más importante del continente europeo y probablemente se hallaba sometido al preceptivo reglamento en materia de seguridad y control, lo normal es que el hecho fuera conocido por el almirantazgo de Londres y, por ende, por el ministro de Marina, Sir Samuel Hoare…”[14].
De esta manera, la mayoría de la flota republicana, que fue tomada por los marineros durante las primeras horas del golpe tras un duro enfrentamiento contra los oficiales facciosos, fue inutilizada como arma de guerra en el momento más importante. El papel que jugó la democrática Gran Bretaña, igual que la democrática Francia a la hora de boicotear la lucha contra los fascistas españoles está fuera de duda. La clase capitalista británica y francesa sabía muy bien lo que se hacía, y su posición de No Intervención, en la práctica se transformó en una intervención descarada para ayudar a que Franco pudiera movilizar todos sus recursos militares y económicos.
Todos estos hechos confirmaban lo obvio: la “democracia” no es más que una palabra apreciada por la burguesía siempre y cuando los intereses del gran capital estén garantizados; pero los líderes republicanos y estalinistas se imaginaban que, haciendo concesiones a los imperialistas, británicos o franceses, podrían conseguir su apoyo a la causa de la España leal. Los acontecimientos se encargarían de refutar esta desastrosa política.

La revolución se extiende
En los días inmediatamente posteriores al alzamiento fascista, la dirección de la Internacional Comunista bajo control de Stalin envió diferentes telegramas al Buró Político del PCE planteando cual debía ser su actuación.
El texto del 22 de julio, encabezado con el epígrafe máximo secreto, planteaba:
“Tras examinar la alarmante situación creada por la conspiración fascista en España, os aconsejamos: 1. Conservar intactas, al precio que sea, las filas del Frente Popular, ya que cualquier escisión sería utilizada por los fascistas en su lucha contra el pueblo (…). 2. Detención inmediata de los dirigentes parlamentarios [ligados a la conspiración] (…) Depurar de enemigos del pueblo, de arriba abajo, el ejército, la policía y las organizaciones responsables. Privar a la aristocracia, oculta tras los conspiradores, de todos los derechos de ciudadanía y confiscar todas sus propiedades (…) 4. Es necesario adoptar con la mayor urgencia medidas preventivas contra los intentos saboteadores de los anarquistas, tras los cuales se oculta la mano de los fascistas”.
El 23 de julio, Dimitrov envió otro informe, más extenso, en dónde enfatiza los objetivos de la lucha:
“En la presente etapa no deberíamos asumir la tarea de crear soviets y de tratar de establecer una dictadura del proletariado en España. Eso constituiría un error fatal. Así pues, debemos decir: actuar bajo la apariencia de defensa de la república; no abandonar las posiciones del régimen democrático en España en ese momento, cuando los trabajadores tienen las armas en la mano ya que eso tiene una gran importancia para alcanzar la victoria sobre los rebeldes. Deberíamos aconsejarles que sigan adelante con esas armas, como hemos hecho en otras situaciones, procurando mantener la unidad con la pequeña burguesía y los campesinos, y con los intelectuales radicales, consolidando y reforzando la actual etapa de la república democrática (…) Ni que decir tiene que los camaradas españoles están sometidos a muchas tentaciones. Por ejemplo, Mundo Obrero se ha apropiado del magnífico edificio de Acción Popular. Es estupendo. Pero si nuestra gente comienza a confiscar fábricas y empresas, y a causar estragos, la pequeña burguesía, los intelectuales radicales y parte del campesinado pueden apartarse de nosotros, y nuestras fuerzas no son todavía suficientes para una lucha contra los contrarrevolucionarios (…)”[15].
Las indicaciones de Dimitrov chocaban completamente con la situación real que el levantamiento de los trabajadores había abierto. Un ambiente de fervor revolucionario se apoderó de las masas obreras. Ellas y solo ellas organizaron la resistencia armada al fascismo y evitaron un triunfo rápido de Franco.
En Barcelona, donde el poder estaba en manos de los obreros cenetistas, rápidamente se organizaron columnas de milicianos en dirección a Zaragoza para reconquistar la ciudad y, en cuestión de días, miles de voluntarios estaban disponibles y resueltos a luchar en los frentes más amenazados[16].
Ronald Fraser retrata aquellos momentos en su gran obra sobre la revolución y la guerra civil:
“Al bajar por el paseo de Gracia, Josep Cercós, metalúrgico de la juventud libertaria, vio que se estaban agrupando camiones, hombres y unos cuantos militares. Era la columna Durruti que se disponía a salir con el objetivo de capturar Zaragoza. Cercós no sabía nada de ello y ni en sueños se le había ocurrido partir para el frente aquel día. Los camiones ya estaban llenos. Sin pensárselo dos veces, decidió ir a la estación de Francia. Estaba seguro de que otra columna haría el viaje en tren. Llevaba el fusil que había conseguido en el parque de artillería de Sant Andreu y le quedaban 25 o 30 cartuchos. Al poco rato de llegar a la estación, un tren entró en ella, como se había imaginado, y todo el mundo subió a él, abarrotándolo sin formar grupos ni organizarse de ninguna manera. Antonio Ortiz, del grupo ‘Nosotros’, iba al mando, al parecer, llevando consigo a un comandante y un par de capitanes del ejército en calidad de consejeros. Trabó amistad con un asturiano que no llevaba ningún arma de fuego y que no consiguió una hasta que un compañero cayó muerto en Aragón. ‘Todos éramos obreros. Había una fiebre tremenda por llegar a Zaragoza y conquistarla…’
Utilizando transportes improvisados, miles de hombres salían de Barcelona hacia el oeste. Hombres que en la mayoría de los casos jamás en la vida habían manejado un fusil y que, si tenían suerte de conseguir uno, partían con el propósito de ‘liberar’ Zaragoza, Huesca y Teruel, las tres capitales provinciales de Aragón, que habían caído en manos de los militares…”[17].

Al frente de aquella fuerza armada revolucionaria que se dirigió a tierras aragonesas estaba Buenaventura Durruti. En pocas semanas, Durruti y sus columnas transformaron cada pueblo por el que pasaban o conquistaban en una plaza fuerte de la revolución social.
El 24 de julio de 1936, en pleno auge revolucionario en Catalunya, Durruti fue entrevistado en Barcelona por el periodista Van Passen, del diario The Toronto Daily. La entrevista refleja fielmente el estado de ánimo que se respiraba entre el proletariado de todo el país:
“V. Passen: ¿Considera ya aplastados a los militares rebeldes?
Durruti: No, todavía no los hemos vencido. Ellos tienen Zaragoza y Pamplona, ahí es donde están los arsenales y las fábricas de municiones, tenemos que tomar Zaragoza y después saldremos al encuentro de las tropas compuestas de legionarios extranjeros que ascienden desde el sur mandados por el General Franco. Dentro de dos o tres semanas nos encontraremos entregados en batallas decisivas.
V. Passen: ¿Dos o tres semanas?
Durruti: Dos o tres semanas o quizás un mes, la lucha se prolongará como mínimo todo el mes de agosto. El pueblo obrero está armado. En esta contienda el ejército no cuenta, hay dos campos: los hombres que luchan por la libertad y los que luchan por aplastarla. Todos los trabajadores de España saben que si triunfa el fascismo vendrá el hambre y la esclavitud. Pero los fascistas también saben lo que les espera si pierden, por eso la lucha es implacable. Para nosotros de lo que se trata es de aplastar el fascismo de manera que no pueda levantar jamás la cabeza en España. Estamos decididos a terminar de una vez por todas con él, y esto a pesar del Gobierno.
V. Passen: ¿Por qué dice usted a pesar del Gobierno? ¿Acaso no está luchando este Gobierno contra la rebelión fascista?
Durruti: Ningún Gobierno del mundo pelea contra el fascismo hasta suprimirlo. Cuando la burguesía ve que el poder se le escapa de las manos recurre al fascismo para mantener el poder de sus privilegios, y esto es lo que ocurre en España. Si el Gobierno republicano hubiese deseado terminar con los elementos fascistas, hace ya mucho tiempo que hubieran podido hacerlo y, en lugar de eso, temporizan, transigen y malgastan su tiempo buscando compromisos y acuerdos con ellos. Aun en estos momentos hay miembros del Gobierno que desean tomar medidas muy moderadas contra los fascistas. Quién sabe si aún el Gobierno espera utilizar las fuerzas rebeldes para aplastar el movimiento revolucionario desencadenado por los obreros.
V. Passen: ¿Entonces usted ve dificultades aun después que los rebeldes sean vencidos?
Durruti: Efectivamente. Habrá resistencia por parte de la burguesía que no aceptará someterse a la revolución que nosotros mantendremos con toda su fuerza.
V. Passen: Largo Caballero e Indalecio Prieto han afirmado que la misión del Frente Popular es salvar la republica y restaurar el orden burgués, y usted Durruti, usted dice que el pueblo quiere llevar la revolución lo más lejos posible, ¿cómo interpretar esta contradicción?
Durruti: El antagonismo es evidente. Como demócratas burgueses esos señores no pueden tener otras ideas que las que profesan. Pero el pueblo, la clase obrera, está cansada de que se le engañe, los trabajadores saben lo que quieren, nosotros luchamos no por el pueblo, sino con el pueblo, es decir por la revolución dentro de la revolución. Nosotros tenemos conciencia de que en esta lucha estamos solos y que no podemos contar nada más que nosotros mismos. Para nosotros no quiere decir nada que exista una Unión Soviética en una parte del mundo, porque sabíamos de antemano cuál era su actitud en relación a nuestra revolución. Para la Unión Soviética lo único que cuenta es tranquilizar, para gozar de esa tranquilidad, Stalin sacrifico a los trabajadores alemanes a la barbarie fascista, antes fueron los obreros chinos que resultaron víctimas de ese abandono. Nosotros estamos aleccionados y deseamos llevar nuestra revolución hacia delante porque la queremos aquí, en España, ahora y no quizá mañana después de la próxima guerra europea. Nuestra actitud es un ejemplo de que estamos dando a Hitler y Mussolini más quebraderos de cabeza que el Ejército Rojo, porque temen que sus pueblos inspirándose en nosotros se contagien y terminen con el fascismo en Alemania y en Italia, pero ese temor también lo comparte Stalin, porque el triunfo de nuestra revolución tiene necesariamente que repercutir en el pueblo ruso.
V. Passen: ¿Espera usted alguna ayuda de Francia o Inglaterra ahora que Hitler y Mussolini han comenzado a ayudar a los militares rebeldes?
Durruti: Yo no espero ayuda para una revolución libertaria de ningún Gobierno del mundo. Puede ser que los intereses en conflicto de imperialismo diferentes tendrán alguna influencia en nuestra lucha, eso es posible. El General Franco está haciendo todo lo posible para arrastrar a Europa a una guerra y no dudara un instante en lanzar a Alemania en contra nuestra. Pero a fin de cuentas yo no espero ayuda de nadie, ni siquiera en última instancia de nuestro Gobierno.
V. Passen: ¿Pueden ustedes ganar solos? Aun cuando ustedes ganaran, heredarían montones de ruinas.
Durruti: Siempre hemos vivido en la miseria y nos acomodaremos a ella durante algún tiempo, pero no olvide que los obreros somos los únicos productores de riqueza. Somos nosotros los obreros los que hacemos marchar las maquinas a las industrias, los que extraemos el carbón y los minerales de las minas, los que construimos ciudades. ¿Por qué no vamos pues a construir y aun en mejores condiciones para reemplazar lo destruido? La ruina no nos da miedo. Sabemos que no vamos a heredar nada más que ruina porque la burguesía tratará de arruinar el mundo en la última fase de su historia. Pero a nosotros no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Este mundo está creciendo en este instante”.

Al final de la entrevista, el periodista Van Passen reconoció: “Este hombre representa a una organización sindical que cuenta aproximadamente con dos millones de afiliados y sin cuya colaboración la republica no puede hacer nada incluso en el supuesto de una victoria sobre los sublevados. Yo quise conocer su pensamiento porque para entender lo que está sucediendo en España es preciso saber cómo piensan los trabajadores, por esa razón he interrogado a Durruti, porque por su importancia popular es un auténtico y característico representante de los trabajadores en armas. De sus respuestas resulta claramente que Moscú no tiene ninguna influencia, ni autoridad para hablar en nombre de los trabajadores españoles. Según Durruti ninguno de los Estados europeos se siente atraído por el sentimiento libertario de la revolución española, sino deseosos de estrangularla”.
Respecto a las capacidades militares de los militantes confederales, el trotskista estadounidense Felix Morrow señala al respecto:
“Los estalinistas han hecho mucha propaganda maliciosa con respecto a la supuesta debilidad de la actividad militar de los anarquistas. La apresurada formación de milicias, la organización de la industria de guerra, inevitablemente fueron descuidadas en manos no muy expertas. Pero en esos primeros meses, los anarquistas, apoyados por el POUM, compensaron sobradamente su inexperiencia militar con su amplia política social. En la guerra civil, la política es el arma determinante. Tomando la iniciativa, tomando las fábricas, animando al campesinado a tomar la tierra, las masas de la CNT aplastaron los cuarteles catalanes. Al marchar sobre Aragón como liberadores sociales, movieron al campesinado a paralizar la movilidad de las fuerzas fascistas. En los planes de los generales, Zaragoza, sede de la Academia Militar y quizá el mayor cuartel del ejército debería ser para el este de España lo que Burgos fue para el Oeste. En vez de eso, Zaragoza fue inmovilizada desde los primeros días…”[18].
El levantamiento armado de los trabajadores fue la señal inequívoca de un cambio dramático en la situación. En decenas de grandes y pequeñas ciudades, en centenares de pueblos, el poder real ya no se encontraba en los gobiernos civiles o ayuntamientos.
Las instituciones “legales” del Estado republicano habían dejado de funcionar y, en la práctica, el único poder real existente era el de los obreros en armas y sus organizaciones, que inmediatamente empezaron a formar y desarrollar sus comités y sus milicias. Los tribunales de justicia fueron sustituidos por tribunales revolucionarios, y la policía, disuelta en la práctica, fue reemplazada por las patrullas de control integradas por militantes de los sindicatos y los partidos obreros.
Las crónicas que reflejan la situación de doble poder y la atmósfera que se respiraba en la capital catalana son numerosas. Por ejemplo, Vicente Guarnier, republicano moderado y jefe de la policía catalana en los momentos de la insurrección militar, describe así la tensión revolucionaria de esos días:
“Era punto menos que imposible restablecer la disciplina general y la de nuestras fuerzas de Orden Público, e incluso la Guardia Civil, que, embriagadas de entusiasmo, se habían contagiado del ambiente y en mangas de camisa tripulaban también los camiones embanderados y con letreros de las organizaciones, predominando las inscripciones ‘CNT-FAI’ (…) Los poderes públicos y las fuerzas políticas catalanas se mantenían aparentemente, pero, de hecho, era el proletariado quien había asumido toda la dirección política, habiéndose apoderado de grandes cantidades de materiales de guerra, no sin dejar de exhibir ciertas dotes de organización”[19].
En Madrid se vivía una atmósfera semejante. “Tampoco eran solamente los anarcosindicalistas” escribe Ronald Fraser, “quienes experimentaban la sensación de hallarse en plena sacudida revolucionaria. Narciso Julián, el ferroviario comunista madrileño, se sintió arrebatado por aquella oleada. ‘Era increíble, era la prueba práctica de lo que uno conoce en teoría: el poder y la fuerza de las masas cuando se echan a la calle. De pronto todas tus dudas se esfuman, dudas como hay que organizar a la clase obrera y a las masas, sobre cómo pueden hacer la revolución en tanto no se hayan organizado. De repente sientes su poder creador. No puedes imaginarte cuán rápidamente son capaces de organizarse las masas. Inventan formas de hacerlo que van mucho más allá de lo que jamás habías soñado o leído en los libros. Lo que ahora hacía falta era aprovechar esta iniciativa, canalizarla, darle forma…”[20].

Marx y Engels subrayaron que, en última instancia, el Estado son grupos de hombres armados en defensa de la propiedad privada. Después del 19 de julio, el Estado burgués en la España republicana había sufrido un golpe demoledor. Sin fuerzas armadas leales, sin instituciones con poder real, enfrentados al armamento de los trabajadores, Azaña y su Gobierno podían implorar, pero no gobernar[21]. ¿Se puede imaginar condiciones más favorables para la toma del poder y el establecimiento de una república socialista que organizase una guerra revolucionaria contra el fascismo?
Fernando Claudin, dirigente en esos momentos de la Juventud Socialista Unificada (JSU) lo reconoció sin ambigüedad muchos años después:
“Las jornadas de julio pusieron plenamente de manifiesto hasta qué punto la revolución proletaria había ‘madurado’ en España, hasta qué punto la correlación de fuerzas le era favorable. (...) El Estado republicano se derrumbó como un castillo de naipes y el comportamiento pasivo, vacilante, cuando no francamente capitulador, de las autoridades legales y de la mayor parte de los dirigentes de los partidos republicanos pequeñoburgueses, contribuyó no poco a los escasos éxitos de las fuerzas contrarrevolucionarias. Al cabo de los primeros días de combate la revolución no había vencido definitivamente, pero la correlación de fuerzas en el conjunto del país le era francamente favorable (...)”[22].
Azaña, Martínez Barrio y Giral quedaron literalmente arrinconados, incapaces de reaccionar ante la enérgica actuación de las masas y obligados a sancionar lo que en la práctica eran ya hechos consumados.
Una situación de doble poder se extendió por todo el país. En cada barrio, ciudad y pueblo, los partidos y los sindicatos organizaban sus propias milicias para defenderse y preparar el contraataque en el terreno militar. La vieja administración municipal de los ayuntamientos desapareció reemplazada por comités que representaban a todas las organizaciones antifascistas, aunque en la práctica integrados por una mayoría aplastante de delegados de los partidos y sindicatos obreros.
Al mismo tiempo, la revolución apuntó directamente hacia la disolución de las relaciones de propiedad capitalista mediante la incautación de miles de empresas y fábricas por parte de comités encabezados por militantes de CNT-UGT.
Esta situación alcanzó su máximo apogeo en el caso de Barcelona y Cataluña, donde los comités de CNT se entregaron a la obra colectivizadora de cientos de fábricas incautadas, así como al control de sectores estratégicos. Las empresas colectivizadas en Catalunya afectaban a ferrocarriles, tranvías, autobuses, taxis; transporte marítimo; compañías de energía y gas; compañías de agua; fábricas de ingeniería y montaje de automóvil; minas; fábricas de cemento; industrias textiles; industrial del papel; compañías eléctricas y químicas; industrias de alimentación; a estas ramas hay que añadir las imprentas, periódicos, hoteles, restaurantes, cines, teatros, y la municipalización de miles de viviendas de la burguesía. Inmediatamente, los obreros de la metalurgia comenzaron también la fabricación de material militar, que en pocos meses se transformó en una auténtica industria de guerra.
Igual ocurrió en el campo, donde la acción enérgica de miles de militantes confederales y ugetistas puso las tierras de los caciques y de los medianos propietarios en manos de las colectividades que se organizaron por todo el territorio republicano, y que en Aragón especialmente, pero también en Castilla-La Mancha y Andalucía adquirirían grandes dimensiones[23].
Las colectividades en el campo no solo fueron obra de la CNT, también la dirección de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT-UGT) estaba implicada de lleno, y la argumentaba ante el temor de que los pequeños campesinos pudieran convertirse en una amenaza para el desarrollo futuro de la revolución. Estas eran las palabras de un dirigente de la FNTT: “Colectividad…Colectividad. Es el único medio de salir adelante, porque con repartos, a estas alturas, no se debe ni pensar, porque las tierras no son iguales, y las cosechas son distintas en sus variedades, unas se pueden hacer mejor que otras, y sería volver a las andadas, de que unos, trabajando más, les sea la suerte adversa y no puedan comer, mientras que otros, por tener el santo de cara, vivan bien, y tengamos otra vez dueños y criados”[24].
La obra constructiva de la Revolución española, ampliamente estudiada, y en la que los anarcosindicalistas jugaron un papel esencial para su desarrollo y extensión (aunque no fueron los únicos), reflejaba ante todo las ansias de liberación social y emancipación de las masas trabajadoras.
Los obreros y campesinos sin tierra volvieron a salvar la situación durante el golpe militar, pero lo más llamativo de los meses que transcurrieron después de julio es que, a pesar de no existir una dirección con ideas claras y precisas de cómo coronar con éxito el movimiento, con una tendencia general a la colaboración de clases y la recomposición del Estado en las filas comunistas, socialistas de derecha y republicanas, con vacilaciones y concesiones innumerables por parte de los líderes de la CNT y la FAI, y sin una estrategia de coordinación y centralización de los comités obreros surgidos por toda la geografía, la Revolución española fue más lejos, en muchos terrenos, que la Revolución rusa de 1917 o la alemana de 1918-19.
La negación de este hecho, especialmente desde los órganos estalinistas oficiales, formó parte de una falsificación histórica de envergadura. Como dejó escrito Burnett Bolloten: “Aunque el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 fue seguido de una revolución social a gran escala en la zona antifranquista —en algunos aspectos, más profunda que la revolución bolchevique en sus primeras fases—, a millones de personas se les ocultó no solo su profundidad y magnitud, sino incluso su existencia, por medio de una política de duplicidad e hipocresía de la que no hay paralelo en la historia”.
Notas:
[1] Burnett Bolloten, Revolución y contrarrevolución. La guerra civil española. Alianza. Madrid 1997, p. 87.
[2] Íbid, p 87
[3] Fernando Hernández Sánchez, Guerra o Revolución. El Partido Comunista de España en la guerra civil. Ed. Crítica, Barcelona, 2010, p. 85.
[4] Julio Busquets, Ruido de Sables. Las conspiraciones militares en la España del siglo XX, Ed. Crítica, Barcelona 2003, p. 67.
[5] Reproducido en Claridad, 18 de julio de 1936.
[6] Eduardo de Guzmán, La muerte de la esperanza, VOSA, Madrid,2006, pp 79 y 80
[7] Burnett Bolloten, op. cit., p. 100.
[8] Vernon Richards, Enseñanzas de la revolución española, Campo Abierto Ediciones, Madrid, 1977, p. 26.
[9] Pelai Pagés, Cataluña en guerra y en revolución (1936-1939), Ediciones Espuela de Plata, Sevilla, 2007, pp. 46-49.
[10] Abel Paz, La guerra de España, paradigma de una revolución, Flor del Viento Ediciones, Barcelona 2005, p. 26.
[11] Anthony Beevor, La guerra civil española, Ed. Crítica, Barcelona, 2005, p.82.
[12] Abraham Guillén, El error militar de las izquierdas. Estrategia de la guerra revolucionaria. Ed. Hacer, Barcelona, 1980, p. 9.
[13] Ibíd., p. 10.
[14] Gerald Howson, Armas para España. La historia no contada de la guerra civil española, Ediciones Península, Barcelona 2000, pp. 61-62.
[15] Ambos textos, citados en Ronald Radosh, Mary R. Habeck y Gregory Sevostianov (eds), España Traicionada, Stalin y la guerra civil. Ed. Planeta, Barcelona 2002, pp. 41-45.
[16] Como muchos autores y testigos han reconocido, el paisaje de la ciudad sufrió una profunda transformación. Frank Borkenau escribe en su Diario de la revolución sobre las impresiones que recibió cuando llegó de Barcelona el 5 de agosto, cerca de la medianoche: “…Poca gente en el paseo Colón. Pero luego, al doblar la esquina de las Ramblas (la arteria principal del Barcelona), nos hemos llevado una sorpresa tremenda: ante nuestros ojos, de golpe, la revolución. Era sobrecogedor. Como si acabáramos de llegar a un continente distinto de todo lo que había visto hasta ahora. La primera impresión: obreros armados con fusiles al hombro, pero vestidos de paisano. Quizá un treinta por ciento de los hombres que había en las Ramblas llevaba fusiles, aunque no fueran policías ni militares uniformados. Armas, armas y más armas. Eran muy pocos los proletarios armados que vestían los nuevos y flamantes uniformes azul marino de las milicias (…) El hecho de que todos estos hombres armados se pasearan, marcharan o fueran en coche con la ropa de calle hacía aún más impresionante esta exhibición del poder que tienen los obreros de las fábricas. Evidentemente, la cantidad de anarquistas, reconocibles por sus insignias rojas y negras, era abrumadora. ¡Y ni un solo burgués! ¡Ya no había jovencitas bien vestidas ni señoritos modernos por las Ramblas! Tan solo obreros y obreras; ¡ni siquiera se veían sombreros! La Generalitat ha recomendado por radio a la gente que no los lleve porque podría parecer ‘burgués’ y causar mala impresión…” Frank Borkenau, El reñidero español, Ediciones Península, Barcelona, 2001 p. 94.
[17] Ronald Fraser, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española. Ed. Crítica, Barcelona, Vol. I, p. 160.
[18] Felix Morrow, Revolución y contrarrevolución en España. La guerra civil. Fundación Federico Engels, Madrid 2016
[19] Vicente Guarnier, Cataluña en la guerra de España, G. del Toro Editor, Madrid, 1975. pp. 139-141.
[20] Ronald Freser, op. cit., p. 185
[21] El golpe militar y la insurrección obrero que la neutralizó en las principales ciudades, provocó una desbandada de dirigentes republicanos. “En una conversación mantenida en junio de 1937 con el jurista republicano Ángel Osorio y Gallardo sobre el elevado número de republicanos ‘señalados y eminentes’ que habían abandonado España, el presidente Azaña lamentaba: ‘Todos se han ido sin mi anuencia, sin mi consejo y algunos (se los nombré)) engañándome (…) Del Gobierno que yo presidí en febrero [1936], ¿sabe usted cuantos ministros quedaron en España? Dos: Casares y Giral (…) De los embajadores ‘políticos’ que yo nombre, solo no ha venido a Valencia a saludar (…) y ponerse a las órdenes del Gobierno (…) Los demás se quedaron en Francia…” Bolloten, op. cit., p. 118.
[22] Fernando Claudín op. cit, p. 179.
Las declaraciones de los socialistas, incluso de los líderes comunistas reconocen esta situación. “El Estado se colapsó y la república se quedó sin ejército, sin policía y con su maquinaria administrativa diezmada por las deserciones y el sabotaje”, escribía Julio Álvarez del Vayo. “Todo el aparato del Estado quedó destruido y el poder pasó a la calle”, señaló Dolores Ibárruri, La Pasionaria.” Bolloten, op. cit., pp. 112-113.
En todas las regiones y ciudades, en los pueblos y localidades, surgieron los comités revolucionarios de los trabajadores para hacerse cargo de la situación: “A algunas de las cuestiones planteadas por la revolución catalana se les estaba dando respuesta en las condiciones distintas de Asturias. A menos de dos años de la insurrección de octubre, la región minera e industrial volvía a hallarse en plena revolución. Al principio, fue en muchos aspectos una repetición de la comuna de octubre. En los pueblos mineros, los obreros se hicieron cargo de las minas, enviaron hombres al frente, que distaba solo unos kilómetros, organizaron la distribución de alimentos y crearon sus propias patrullas obreras. Como en toda la zona del Frente Popular, el poder estaba disperso en decenas de comités locales…”. Ronald Fraser, op. cit., p. 329.
[23] Para conocer la labor colectivizadora de la Revolución española se puede consultar la amplísima bibliografía que existe al respecto. Entre la abundancia de títulos destacan algunas obras generales, entre las que citamos: Walter L. Bernecker, Colectividades y revolución social, Ed. Crítica, Barcelona 1982; Albert Pérez Baró, 30 meses de colectivismo en Catalunya, Editorial Ariel, Barcelona 1974 (según este autor al amparo de decreto de colectivizaciones de la Generalitat catalana se legalizaron 2.000 colectividades industriales y comerciales en Barcelona fundamentalmente, pero también en el resto de Catalunya aunque a un nivel menor); Frank Mintz, Autogestión y anarcosindicalismo en la España revolucionaria, Traficantes de sueños, Madrid 2006; A. Souchy-P.Folgare, Colectivizaciones. La obra constructiva de la revolución española, Editorial Pluma de Indio, Catalunya 2007; Antoni Castells Duran, El proceso estatizador en la obra colectivista catalana (1936-1939), Nossa y Jara Editores-Madre Tierra, Madrid 1996; Julián Casanova, Anarquismo y revolución social en la sociedad rural aragonesa (1936-1938), Ed. Siglo XXI, Madrid 1985; Antonio Gambáu Gil, Consejo de Defensa y movimiento colectivista de Aragón 1936-1939, Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón-Caspe, Caspe 2007
[24] Ibíd., p. 141.




















