Durante todo el siglo XX, las garras de Estados Unidos controlaron América Latina. El imperialismo norteamericano actuó como si todo país al sur de su frontera fuera su patio trasero: expoliando riquezas, organizando golpes de Estado, apoyando a dictadores militares, aplastando en sangre a los pueblos y descarrilando políticamente experiencias revolucionarias. Todo esto les brindó ventajas importantes para colocarse y mantenerse como la potencia hegemónica mundial.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. El imperio de las barras y estrellas ha experimentado un fuerte retroceso en el continente frente al empuje y la fortaleza del capitalismo chino. Pero, igual que ha sucedido con la guerra en Ucrania, sería un error plantear que EEUU ha sido definitivamente desbancado de América Latina. Al contrario. Washington no renunciará tan fácilmente a posiciones que considera estratégicas, y Donald Trump lo está demostrando.

El segundo mandato de este fascista que ocupa la Casa Blanca está marcado por una agresividad extrema. Amenazas intervencionistas para “recuperar el canal de Panamá”, el despliegue de tres buques destructores –equipados con misiles guiados y 4.000 soldados a bordo– en las inmediaciones de las costas venezolanas y el Caribe, la extorsión económica a través de los aranceles… Trump busca reconquistar la influencia militar y política sobre el territorio latinoamericano apoyándose en los gobiernos reaccionarios y pro-imperialistas de la zona mientras aplica una política racista y totalitaria contra la población migrante en casa.

USA ha experimentado un fuerte retroceso en América Latina frente a los avances del capital chino. Pero sería un error plantear que EEUU ha sido definitivamente desbancado de la zona. No renunciará tan fácilmente a posiciones que considera estratégicas. 

“La competencia entre las grandes potencias ha vuelto”

“La competencia estratégica que viene de fuera, no el terrorismo, es ahora la principal preocupación en la seguridad nacional de Estados Unidos. Tras haber sido descartada como un fenómeno del siglo pasado, la competencia entre las grandes potencias ha vuelto”. Con estas palabras resumió el exsecretario de Defensa, James Mattis, el espíritu que regiría la política exterior de EEUU.

Que el bloque chino-ruso ocupe la principal de las preocupaciones de la burguesía norteamericana y sus representantes es normal. Su desesperación es proporcional a los pasos colosales que el imperialismo chino ha dado en la región. En el año 2000, las exportaciones latinoamericanas al mercado asiático eran de menos del 2%. Del 2000 al 2008 el comercio entre ambos creció un promedio anual del 31%. Actualmente, 23 de los 33 países se han sumado a algún plan de la Nueva Ruta de la Seda (NRS). El 13 de mayo, en la Cuarta reunión ministerial del Foro China-CELAC (la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), Xi Jinping anunció cinco nuevos programas de cooperación: una línea de crédito de 66.000 millones de yuanes, el reforzamiento de la estrategia de la NRS, y el aumento de las importaciones en productos de calidad. Todo esto llega después de que el año pasado se superara por primera vez en la historia los 500.000 millones de dólares en volumen comercial entre China y América Latina.

Para un sector fundamental de los estrategas norteamericanos esta situación es intolerable, porque dominar América Latina significa controlar sus ricos recursos, sus materias primas, el litio, el petróleo, el oro, el cobre… y obtener mano de obra barata. Y de ese poderío económico es de donde también surge la influencia histórica que EEUU mantiene sobre las cúpulas militares de la región, sectores del ejército y de las burguesías nacionales del hemisferio que actúan como sus títeres.

Por eso Trump tiene claro que hay que recuperar el terreno perdido y que si hace falta, morirán matando. El Make America Great Again de este imperialista despiadado persigue un objetivo: disciplinar al mundo, volver a colocar América Latina bajo la bota yanqui y castigar a los socios que se atrevieron a cuestionar quién es el verdadero amo.

Guerra comercial e intervencionismo militar

El presidente norteamericano está utilizando la extorsión económica y la guerra comercial, así como su fuerza militar, para reposicionarse en el continente. No podemos olvidar que, a pesar de que el régimen de Beijing está desafiando abiertamente el liderazgo estadounidense gracias al desarrollo de sus fuerzas productivas, EEUU continúa siendo el primer socio comercial de América Latina y cuenta con cerca de 750 bases militares en más de 80 países del mundo y 173.000 tropas desplegadas.

La aplicación de las promesas arancelarias con las que Trump llegó de nuevo al despacho Oval no podrá frenar ni revertir la decadencia de la economía norteamericana, pero pretende crear la máxima tensión y sumir a las empresas y países más dependientes de la exportación de sus productos a EEUU en situaciones límite. Es decir: extorsionar sin piedad a sus propios aliados. Esto es lo que ha provocado que algunos Gobiernos latinoamericanos hayan tenido que ofrecer compensaciones para que esos aranceles se vean atenuados. Primero fue México: o se militariza la frontera o aranceles del 25%. Claudia Sheinbaum agachó la cabeza y envió 10.000 efectivos de la Guardia Nacional al paso fronterizo. Así también ha sucedido con Colombia, Costa Rica y Panamá, que han accedido a que las autoridades migratorias estadounidenses deporten a migrantes a sus territorios.

Incluso el Gobierno de Nicolás Maduro, más allá de su retórica llamando a “resistir al imperialismo yanqui”, ha abandonado en la práctica las políticas antiimperialistas de Hugo Chávez, buscando acuerdos con petroleras y otras empresas estadounidenses expulsadas del país y ,para rebajar la tensión, también ha liberado a agentes venezolanos y estadounidenses detenidos por su implicación en acciones golpistas y terroristas.

Al mismo tiempo, la supuesta lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico está siendo utilizada para, en primer lugar, imponer un clima de terror entre la población migrante estadounidense a través del brazo del ICE, y por otro lado, para fomentar la presencia del ejército en sus países vecinos. Esto es lo que hay detrás de los ejercicios militares en diversas zonas de Latinoamérica.

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El presidente norteamericano está utilizando la extorsión económica y la guerra comercial, así como su fuerza militar, para reposicionarse en el continente. 

Milei, Noboa, Boluarte… Títeres de EEUU, enemigos de la clase obrera

Desesperados por la influencia de China, el imperialismo norteamericano busca recomponer su dominio por todos los medios políticos y económicos. Y para ello está utilizando el apoyo que le brinda la derecha latinoamericana. Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador o Dina Boluarte en Perú, a todos les une su amor por “la libertad, la propiedad privada y contra el socialismo”.

El mandatario argentino no ha tardado en poner en marcha el programa de pesadilla, a favor de la clase dominante y el capital financiero, que prometió para descargar un duro golpe contra la clase obrera: privatizaciones, recortes, ataques a los derechos democráticos, represión contra la protesta social, contra los pensionistas, las mujeres y el colectivo LGTBI… Una política en el nombre de Trump, del FMI y del espíritu santo, que se está saldando con espanto para el pueblo argentino. En los seis primeros meses de gobierno, cayeron en la pobreza 29.000 personas al día[1].

Pero Milei, al igual que Trump, no son intocables ni invencibles. La Ley Ómnibus ha sido respondida con un levantamiento de masas y huelgas generales[2] que han demostrado que el imperialismo yanqui y los capitalistas argentinos no lo tendrán tan fácil. De hecho, la efervescencia social se ha traducido en una gran crisis de Gobierno. Mientras Argentina se encamina hacia las elecciones legislativas del 26 de octubre –unos comicios de medio mandato que definen la renovación parcial del Senado y la Cámara de Diputados–, los escándalos de corrupción, la estafa de las criptomonedas y su política de motosierra, ha provocado una caída en la popularidad y que la cifra de insatisfechos por cómo marchan las cosas en el país aumente a un 61%[3].

La pata de la triada reaccionaria se encuentra en Ecuador. El imperialismo norteamericano se apoyó en el colapso económico y la ola de violencia que sacudía el país para apoyar al régimen de Noboa como un socio fiable, imponiendo un régimen que se apoya en la cúpula del ejército para militarizar buena parte del país y aplicar políticas cada vez más autoritarias. En pocos meses ya ha anunciado un recorte del gasto público histórico, la reducción de 20 a 14 ministerios que podrían afectar a 70.000 trabajadores y el despido directo de 5.000 funcionarios. El Fondo Monetario Internacional manda.

En el caso de Perú, Boluarte fue aupada a la presidencia gracias al golpe de Estado organizado por la oligarquía peruana y EEUU. Esta usurpadora, que ha afirmado que la “pena de muerte es una responsabilidad histórica” y que bañó en sangre el levantamiento popular que la repudiaba, cuenta con un ridículo 2% de aprobación. Mientras cerca de 10 millones de peruanos no cubren sus necesidades básicas y casi dos millones tienen un ingreso mensual inferior a los 62 dólares, Boluarte ha regalado el país a los Estados Unidos.

Como la historia demuestra, la dominación estadounidense se ha pagado con la opresión del pueblo latinoamericano. Los títeres de EEUU y las fuerzas de la contrarrevolución quieren imponer la sumisión total a la clase trabajadora, los jóvenes, los campesinos pobres y comunidades indígenas que luchan contra el expolio de sus territorios. Han tomado posiciones en países clave de la región y son una amenaza muy grande. Pero la pregunta no es sólo cómo derrotar los planes de estos reaccionarios ahora, sino en por qué han podido recuperar esas plazas.

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La dominación estadounidense se ha pagado con la opresión del pueblo latinoamericano. Los títeres de EEUU quieren imponer la sumisión total a la clase trabajadora, los jóvenes, los campesinos pobres y comunidades indígenas. 

Reforma o revolución. Las experiencias de Bolivia y Chile

Desde 2018 varios países latinoamericanos han vivido crisis revolucionarias o grandes movilizaciones de masas que desembocaron en la formación de Gobiernos de izquierda en la mayoría de ellos. En Chile en 2019, en Colombia en 2021, Perú en 2023, Ecuador, Honduras, Nicaragua… las huelgas generales e insurrecciones contra la pobreza galopante pusieron en jaque a los Gobiernos capitalistas. Las masas, mediante la acción directa, crearon asambleas populares, comités de lucha, primeras líneas de autodefensa y de disputaron el derecho a la burguesía a dirigir la sociedad. Se podía conquistar una salida revolucionaria, pero los dirigentes de la izquierda reformista, en muchas ocasiones, sabotearon la lucha y la desviaron hacia el terreno electoral y parlamentario.

El ejemplo de Bolivia es muy significativo. En 2019, la derecha y ultraderecha boliviana, con el apoyo del imperialismo estadounidense, orquestó un golpe que terminó con la renuncia del presidente Evo Morales y un buen número de cargos públicos del MAS, partido que gobernaba el país desde hacía casi 15 años. La intentona militar fue derrotada gracias al levantamiento heroico de los trabajadores, jóvenes y campesinos contra el gobierno contrarrevolucionario de Añez. Sin embargo, la contrarrevolución seguía esperando su momento y a finales de junio de 2024 volvió a intentar imponerse. Una vez más, la clave de rápida derrota del golpe fue el pánico a la fuerza de los oprimidos y oprimidas que impusieron una huelga general indefinida.

¿Cómo es posible, entonces, que en las pasadas elecciones del 17 de agosto el MAS haya conseguido solo un 2% de los votos? Por primera vez en la historia, dos derechistas (Rodrigo Paz y el expresidente Jorge Quiroga) se enfrentarán en la segunda vuelta. El retroceso histórico del Movimiento al Socialismo va más allá de las escisiones entre las diferentes alas del partido, cuyos programas no son sustancialmente muy diferentes, o que Evo Morales llamara al voto nulo después de haber sido inhabilitado para su reelección –el 19% de los votos fueron de este tipo–. Este resultado tiene mucho que ver con la frustración que sus políticas han generado entre una gran capa de activistas y trabajadores que les auparon al poder.

Evo Morales llegó a la presidencia de Bolivia en 2006 como consecuencia del proceso de ascenso revolucionario continental que estremecía América Latina. La aplicación de diferentes reformas y medidas a favor de los más pobres permitió al MAS conseguir un apoyo masivo en las siguientes convocatorias electorales, pero, al mismo tiempo, se desaprovechó la oportunidad de utilizar toda esa poderosa fuerza para acabar con el poder de los oligarcas de verdad.

Los Gobiernos de Morales, y el posterior de Luis Arce, optaron por respetar los límites del capitalismo y se dedicaron a cortejar a sectores de la burguesía y de un aparato estatal plagado de elementos reaccionarios. El resultado, lo estamos presenciando.

Lo mismo podemos decir respecto a Chile. La presidencia de Gabriel Boric, que demostró el profundo giro a la izquierda que vivió el país, puede saldarse con el regreso de la extrema derecha en las próximas presidenciales. Ya hubo un primer destello de la catástrofe que posiblemente se consume en noviembre, con la victoria del ultraderechista José Antonio Kast en las elecciones al Consejo Constitucional, quien ahora se posiciona con un 27% de estimación de voto. Tras cuatro años de discursos vacíos y de mantener, en esencia, las políticas de Piñera (comprando el discurso xenófobo de la derecha y militarizando la frontera, declarando estados de excepción en los territorios mapuches del sur), las condiciones materiales de la población han continuado empeorando drásticamente.

Mientras los Gobiernos “de izquierdas”, como también sucede en Colombia con Petro, no tomen medidas revolucionarias para transformar radicalmente la vida de millones de pobres y desposeídos, le otorgarán un valiosísimo margen de maniobra al imperialismo norteamericano y a la reorganización de la derecha y la ultraderecha que esperan su momento para imponer su venganza.

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Si los Gobiernos “de izquierdas”, de Latinoamérica no toman medidas revolucionarias que cambien radicalmente la vida de millones de oprimidos, el imperialismo norteamericano, la derecha y la ultraderecha tendrán un gran margen de maniobra. 

Nuevos levantamientos están por llegar

América Latina seguirá siendo el escenario de una confrontación imperialista y de una lucha de clases descarnada. Con el regreso del magnate neoyorkino, la pugna por su control se intensificará y agudizará los choques entre las clases. La Administración Trump representa una seria amenaza para la clase trabajadora latina, tanto dentro como fuera de EEUU. Pero la clase obrera latinoamericana puede enfrentar y derrotar esta ofensiva imperialista y de las burguesías nacionales cómplices.

Las masas de América Latina han dado, siguen dando y darán nuevos ejemplos estremecedores de instinto, combatividad y conciencia. No viviremos tiempos tranquilos ni habrá margen para medidas tibias o terceras vías. Para que todos los levantamientos e insurrecciones que están por venir culminen con éxitos para nuestra clase, es urgente construir una izquierda que no renuncie a la lucha por el socialismo, que confíe en la fuerza de la clase obrera y en su capacidad para dirigir el mundo.

Notas:

[1] La fábrica más productiva de Javier Milei: 29.000 pobres por día

[2] Éxito de la huelga general de 24 horas contra Milei. ¡Continuar la lucha hasta echarlo!

[3] Alarma para Milei: las encuestas muestran el declive de su imagen y el aumento del descontento con su Gobierno

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