Y aun así no deja de ser grato el hecho de que las balas de percal de la burguesía inglesa hayan traído en ocho años al imperio más antiguo e inconmovible del mundo a los umbrales de una revolución social, revolución que, en todo caso, tendrá importantísimas consecuencias para la civilización.

Carlos Marx[1]

¿Podemos considerar justa la afirmación de que la fase capitalista de desarrollo de la economía nacional es inevitable para los pueblos atrasados que se encuentran en proceso de liberación y entre los cuales ahora, después de la guerra, se observa un movimiento en dirección al progreso? Nuestra respuesta ha sido negativa. Si el proletariado revolucionario victorioso realiza entre estos pueblos una propaganda sistemática y los Gobiernos soviéticos les ayudan con todos los medios a su alcance, es erróneo suponer que la fase capitalista de desarrollo sea inevitable para los pueblos atrasados (…) Entre la burguesía de los países explotadores y la de las colonias se ha producido cierto acercamiento, debido a lo cual muy a menudo —y quizás incluso en la mayoría de los casos—, la burguesía de los países oprimidos, pese a prestar su apoyo a los movimientos nacionales, lucha al mismo tiempo de acuerdo con la burguesía imperialista, es decir, del lado de ella, contra todos los movimientos revolucionarios y las clases revolucionarias.

V. I. Lenin[2]

La historia moderna de China es la crónica de los incansables y continuos intentos de sus masas desposeídas por transformar la sociedad. Estas soportaron sobre sus espaldas una cruel combinación de explotación feudal y burguesa, perpetrada por una criminal asociación entre su oligarquía nacional y los diferentes poderes imperialistas. Las páginas más temibles de la opresión colonial se escribieron con la sangre de millones de hombres, mujeres y niños chinos, pero de sus espantosas condiciones de vida brotó una inagotable fuente de energía revolucionaria que les permitió levantarse una y otra vez para volver a intentar cambiar su realidad.

A pesar de las limitaciones del programa de quienes asumieron la dirección del movimiento revolucionario, incluyendo a Mao, las masas desposeídas consiguieron arrancar el poder, en la segunda mitad del siglo XX, a sus enemigos de siempre: una triple alianza formada por el capitalismo extranjero y la burguesía y los terratenientes chinos. Semejante epopeya revolucionaria les ha otorgado el derecho a ocupar un lugar de honor en la historia de la lucha por la emancipación de la humanidad al lado de los comuneros del París de 1871 o el proletariado ruso de 1917. No solo acabaron con el capitalismo y los restos feudales en el país más poblado del planeta, pocos años después, en la Guerra de Corea, asestaron la primera derrota militar a la potencia imperialista más poderosa que se ha conocido en la historia.

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La historia moderna de China es la crónica de los incansables y continuos intentos de sus masas desposeídas por transformar la sociedad. 


Si el pronóstico que Marx realizó en 1850 tardó tiempo en cumplirse, nadie puede cuestionar que la lucha de clases china ha sido un factor determinante en la historia del siglo XX. Hoy, en el umbral de un nuevo siglo, a pesar de la victoria inicial de la contrarrevolución capitalista, no albergamos dudas de que proletariado chino, inmensamente más numeroso y poderoso que en el pasado, retomará sus tradiciones revolucionarias cumpliendo con las palabras escritas en El Manifiesto Comunista: “la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios”[3].

Al margen del indudable interés histórico y académico de los acontecimientos acaecidos en China desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, China supone para los marxistas una inagotable escuela de estrategia revolucionaria. La experiencia china es, por ejemplo, una contundente condena de aquellos que defienden para la revolución venezolana que no se trasciendan los límites de la propiedad capitalista y la “democracia burguesa”. Ayer y hoy, en China o en América Latina, se presenta la misma encrucijada, un enfrentamiento irreconciliable entre capitalismo y socialismo. En China, al igual que en la actualidad en Venezuela, no había un camino intermedio. Cuando este se intentó recorrer la aventura acabó en una cruel derrota. O las masas de los países sometidos al yugo del imperialismo aplastan al capital, o el capitalismo aplastará al pueblo revolucionario. Esa es una de las grandes lecciones que nos aporta la historia de la revolución china. Los trabajadores, campesinos y pobres urbanos que levantan hoy la bandera de la revolución bolivariana, han demostrado madurez más que de sobra para transformar la sociedad en líneas socialista. Ahora, la responsabilidad recae sobre los hombros de la dirección revolucionaria.

I. El surgimiento del capitalismo en China

Tradiciones revolucionarias milenarias

En Occidente hemos sido educados en una visión imperialista de la historia de Asia. ¿Qué joven y trabajador europeo o norteamericano, no tienen una imagen estereotipada del campesino chino, menudo, callado y servil, prácticamente oculto tras un enorme y circular sombrero de paja? Sin embargo esa imagen, interesada y clasista, es engañosa.

El carácter del pueblo chino está moldeado por las duras condiciones que siempre soportó. Si este pueblo consiguió levantar una de las civilizaciones más duraderas y vastas que ha conocido la historia de la humanidad se debió, en una parte decisiva, al trabajo sacrificado, paciente y colectivo que el campesino chino fue capaz de emprender y soportar. El avance hacia el norte y el oeste, que permitió adquirir al imperio unas dimensiones grandiosas, se logró gracias al empeño de los primeros pobladores, que ante unas condiciones naturales adversas, avanzaron sobre desiertos, bosques y pantanos, permitiendo el florecimiento de la agricultura.

Las masas campesinas chinas forjaron su carácter en unas condiciones de vida extremadamente difíciles, haciendo de la frugalidad, la disciplina y la colectividad del trabajo sus señas de identidad. Pero, no es menos cierto, que en ellas también nació, y desde bien temprano, un profundo e instintivo sentimiento de odio contra los ricos y poderosos: “un pueblo verdaderamente grande que sabe no solo llorar su esclavitud secular, no solo soñar con la libertad y la igualdad, sino también luchar contra los opresores ancestrales de China”[4].

Ya en los albores del siglo VII, campesinos de Shantung, Jopei y otras zonas, se levantaron contra sus muchas cargas y la crueldad de los funcionarios corrompidos. A partir del año 611 esos levantamientos crecieron hasta abarcar a cientos de miles de habitantes en todo el país, hundiendo finalmente el imperio Sui, en el año 618.

En el siglo XI, las tropas mongoles, lideradas por Genghis Khan, penetraron en China. Devastaron implacablemente las zonas ocupadas y exterminaron en masa a muchos de sus habitantes, pero también se enfrentaron a la combatividad del campesinado, que sostuvo contra el invasor prácticamente un siglo de lucha sin cuartel. En 1341 estallaron rebeliones en más de trescientos aldeas de las actuales provincias de Shantung y de Jopei, y hacia mediados del siglo XIV la revuelta comenzó a extenderse por todo el país. Entre los años 1335 y 1359, las fuerzas campesinas llamadas Ejército del Turbante Rojo, dirigidas por Liu Fu-tung y Jan Lin-er, barrieron el norte. El curso inferior del río Yangtsé fue tomado por Chang Shi-chen y Fan Kuo-sen, dos marineros que conducían pequeños botes utilizados para el transporte de la sal. El primero, con 10.000 hombres bajo su mando, fue especialmente severo con los ricos. En el curso medio del río, el jefe del levantamiento fue un vendedor ambulante de telas, llamado Sü Shou-juí que en 1358, con la ayuda de Chen Yu-liang, hijo de un pescador, ocupó cinco provincias.

Otra de las más destacadas revueltas campesinas, se desarrolló durante la primera parte del siglo XVII en la provincia de Shensi. Azotadas por el hambre, las tropas allí acantonadas, a quienes se les debían más de treinta meses de sueldo, se levantaron y saquearon la tesorería local. Este suceso, se convirtió en ejemplo y provocó el estallido de rebeliones que se extendieron a buena parte del país. Dondequiera que llegaban los representantes de la rebelión recababan el apoyo popular para ejecutar a aristócratas, altos oficiales y terratenientes, con el fin de repartir sus propiedades entre los pobres. Finalmente, y tras casi veinte años de resistencia, la rebelión fue sofocada.

La penetración imperialista: opresión y modernidad

Difícilmente podríamos entender la dinámica de la revolución china, sin conocer antes sus antecedentes históricos. Éstos marcaron profundamente la conciencia y determinaron el papel en la revolución de todas sus clases. Nobles y terratenientes perpetuaron el sistema de explotación feudal de la tierra durante siglos, hasta el punto, que solo fueron definitivamente derrocados a mediados del siglo XX. La burguesía nativa fue siempre escasa y débil, dependiente desde su nacimiento de la tutela del imperialismo, lo que la situó, en los momentos decisivos, al lado de la contrarrevolución. La gran masa de campesinos pobres, sojuzgada y explotada hasta límites inhumanos, poseedora de una inagotable energía revolucionaria, constituyó, en un país de base agraria, uno de los motores fundamentales de la revolución. Y, por supuesto, el proletariado, poco numeroso pero forjado por las más avanzadas técnicas de producción capitalista introducidas por el imperialismo, desafió al sistema desde los mismos inicios de su aparición como clase.

En los siglos que precedieron la historia contemporánea china, los campesinos pobres despojaron a los grandes terratenientes en varias ocasiones; sin embargo, invariablemente, fueron vencidos y las tierras volvieron a concentrase nuevamente en pocas manos. El aislamiento en el que los sucesivos emperadores y dinastías sumergieron a China durante siglos, no impidió levantamientos y rebeliones campesinas, pero sí facilitó la perpetuación del régimen imperial. El movimiento del campesinado pobre no carecía de ambiciones revolucionarias, pero por su papel en la producción no fue capaz de dotarse de un programa político acabado para la transformación social. Intentaron una y otra vez abordar la tarea de destruir el viejo régimen, pero no disponían de una alternativa viable para construir un mundo nuevo.

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En los siglos que precedieron la historia contemporánea china, los campesinos pobres despojaron a los grandes terratenientes en varias ocasiones. 


Mientras tras los muros milenarios y aparentemente impenetrables de la Gran Muralla, las relaciones de producción y, por ende, el conjunto de la sociedad permanecía en un aparente impasse histórico, el resto del mundo cambiaba profundamente. El joven capitalismo nacido en Europa desarrollaba las fuerzas productivas a una escala nunca antes conocida en la historia de la humanidad. En las primeras décadas del siglo XIX, el nuevo modo de producción alcanzó tal grado de madurez que se vio obligado a buscar nuevos mercados para sus abundantes y competitivas manufacturas, así como nuevas fuentes de abastecimiento de materias primas. La consolidación y expansión del capitalismo europeo supuso el principio del fin del sistema imperial. Apoyados en su superioridad económica, los agentes del capital apostados en Asia, disponían de los instrumentos económicos, políticos y militares necesarios para abrir las puertas de la Gran Muralla.

Instintivamente, la corte china siempre miró con recelo y miedo a los comerciantes europeos. Trató de mantenerlos a distancia a través de la imposición de estrictas limitaciones en su actividad económica. Temían que el comercio con las potencias extranjeras permitiera el desarrollo de los comerciantes chinos, alimentando así un poder económico y político independiente de la aristocracia. Las razones de esta hostilidad fueron planteadas por Marx: “La primera condición para la conservación de la China antigua era el completo aislamiento. Pero al propiciar Inglaterra un fin violento a este aislamiento, debió seguir la desintegración, tan seguramente como la de cualquier momia cuidadosamente preservada en un féretro herméticamente sellado cuando se la pone en contacto con el aire”[5].

Frente a todas las resistencias de la corte, mercancías como el té o la seda, se erigían como esmeraldas apetecibles a las que los comerciantes europeos no pensaban renunciar. La decisión en los centros del poder económico de las metrópolis europeas estaba tomada: China se abriría al comercio.

La penetración del capitalismo jugó un papel enormemente progresista arrastrando a China a la modernidad, no es menos cierto que ello fue posible a través de métodos mafiosos y absolutamente crueles, basados en la rapiña más despreciable. Los emisarios del capitalismo británico encontraron en el opio el instrumento principal para su “misión civilizadora”. Convirtieron esta droga en una mercancía más, gracias a la cual pudieron acceder al resto de los productos y materias primas de China sin tener que recurrir permanentemente al pago en dinero. La corrupción y degradación social que este tipo de “transacción comercial” trajo consigo, alimentó el desarrolló una gran mafia contrabandista, dispuesta a superar cualquier barrera arancelaria o disposición jurídica. De casi 300 toneladas a principios del siglo XIX, la importación de opio pasó a aproximadamente 3.000 toneladas en 1838.

En un intento de detener el crecimiento monstruoso del comercio y consumo de opio, fue enviado a Cantón a mediados 1839 en calidad de “comisario imperial” Lin Tse-hsu. Para hacer valer su autoridad, nada más tomar posesión del cargo, requisó 1.300 toneladas de opio que hizo quemar durante veinte días consecutivos entre manifestaciones populares de júbilo.

Sin embargo, los comerciantes ingleses no estaban dispuestos a permitir que su negocio fuera clausurado. Quedaron a la espera de algún incidente que permitiese justificar el inicio de la guerra contra China, hasta que finalmente lo encontraron. El capitán Elliot, que actuaba como representante directo de la reina Victoria de Inglaterra, dio refugio en la sede de los comerciantes británicos a un marinero inglés borracho que acababa de asesinar a un vendedor ambulante chino y se negó a entregarlo a las autoridades nativas. El siguiente paso de los británicos fue su traslado a la isla de Honk Kong, ante la expectativa de un conflicto armado. En otoño comenzaron las hostilidades y, en el verano de 1840, la marina inglesa atacó las costas chinas, si bien no consiguieron ocupar Cantón gracias a la defensa de la ciudad organizada por Lin. La corte imperial, sin embargo, no se sentía lo suficientemente fuerte y propuso un acuerdo a los imperialistas a la vez que licenciaba al heroico Lin, que moriría en el exilio.

Los ingleses, al contrario que la pusilánime aristocracia china, no se conformaron con una compensación por la destrucción del opio. Apostaron por una victoria militar incontestable que obligase a las autoridades nativas a concesiones mayores destinadas a permitir su definitiva conquista económica. La desigualdad de los contendientes trascendía el mero terreno militar. Se trataba del enfrentamiento entre los representantes de dos modelos de sociedad diferentes. El bando imperial estaba encabezado por una clase que asistía a la decadencia histórica de su modo de producción. La bancarrota social y económica de su sistema sumía a sus defensores en un sentimiento de derrota y pesimismo hacia el futuro. Por el contrario, al frente de las fuerzas imperialistas se encontraba una clase en ascenso, capaz de desarrollar las fuerzas productivas, destinada a controlar el mundo entero.

En los dos años siguientes los británicos ocuparon Shanghái, Ningpó y las cercanías de Amoy. Finalmente, el 29 de agosto de 1842, la corte firmó el tratado de Nankín, el primero de muchos acuerdos en los que se otorgarían inmensas concesiones a los imperialistas. El tratado permitió la apertura al comercio internacional de los puertos de Cantón, Amoy, Fuchow, Ningpó y Shanghái, la cesión de la isla de Hong Kong a los británicos y el pago de una indemnización multimillonaria por el opio confiscado. Además, los ciudadanos británicos responsables de delitos ante la justicia china solo podrían ser juzgados por autoridades consulares.

Este tratado creó las condiciones para que el capital extranjero se convirtiese en el elemento decisivo de la economía china, gracias a su dominio sobre las ciudades portuarias y la limitación del uso de aranceles para la protección de productos nativos. Las consecuencias también se dejaron sentir en las ambiciones manifestadas por otras potencias, dispuestas a luchar por su porción en el saqueo. Dos años después del tratado de Nankín, sin necesidad de combatir y con la sola amenaza a la dinastía manchú, Francia y EEUU consiguieron los mismos privilegios que Gran Bretaña. China se había “integrado” en el mercado mundial. 

El final de una época: la revuelta Taiping[6] 

La última gran revuelta campesina del siglo XIX, la revolución Taiping, una oleada de levantamientos que sacudió China durante veinte años a partir de 1850, tuvo una enorme trascendencia no solo por su profundidad y extensión, sino porque amenazó directamente al dominio colonial. El nuevo papel que le había sido impuesto a China se convirtió dialécticamente en causa de la rebelión, demostrando cómo la irrupción de las potencias capitalistas lejos de acarrear estabilidad, agudizó las contradicciones de la sociedad provocando un mayor sufrimiento a las masas. De hecho, fue la penetración imperialista en las últimas décadas del siglo XIX, la que gestó las condiciones objetivas que hicieron del siglo XX chino una época revolucionaria de difícil parangón histórico.

Volviendo a 1850, la sangría financiera provocada por las indemnizaciones de guerra, recayó sobre las espaldas de los campesinos y artesanos. El resentimiento del pueblo contra la dinastía Ching se alimentó tanto de los desorbitados impuestos, como de la actitud cobarde y sumisa de la corte ante los agresores extranjeros. La chispa que hizo brotar la revuelta fue el levantamiento de la aldea de Chintien, situada en el suroeste. Su dirigente fue el revolucionario e intelectual Hung Hsiu-chuang. No era la primera vez que un intelectual se ponía a la cabeza de las revueltas populares, aunque en esta ocasión la novedad estribaba en las ideas propuestas por Hung, de clara influencia occidente. En un discurso teñido de cristianismo, Hung llamaba a la hermandad, la justicia y la igualdad y así, en 1851 en una aldea cerca de Kuangtung, proclamó el “Celeste Reino de la Gran Paz”, traducción de Taiping Tien-kuo. Hung consiguió aglutinar decenas de miles de campesinos dispuestos a combatir, gracias a que sus objetivos, a pesar de toda su parafernalia mística y religiosa, eran extremadamente tangibles para los oprimidos: proclamó en su reino una ley agraria contra los terratenientes, incluyendo la confiscación de las tierras de los ricos propietarios y la garantía para cada cultivador de una parcela de tierra suficiente para vivir. El régimen Taiping llegó a abarcar un centenar de millones de personas, reuniendo un ejército de un millón de hombres. Las tropas de la corte imperial eran demasiado débiles para lucha contra el entusiasmo revolucionario de los Taiping.

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Grabado representando la la revuelta Taiping. 


En un primer momento, los occidentales vieron la revuelta Taiping con simpatía, sopesando la posibilidad de convertirlo en un vehículo para cristianizar China, pero rápidamente comprendieron que, dada su base social y objetivos, este régimen acabaría rechazando la dominación extranjera. La inicial neutralidad de los imperialistas se transformó en una clara intervención militar a favor de la dinastía, a la que aprovisionaron con armamento moderno. La represión fue inmisericorde, decenas de miles de muertos y la destrucción de numerosas obras hidráulicas para el cultivo. Incluso después de la revolución de 1949, se podía reconocer las aldeas reprimidas en esta época por su escasa población y miseria.

Aunque de una forma extremadamente amarga, de esta derrota se desprendió una valiosa conclusión para el futuro: en su lucha por la emancipación, el campesinado pobre chino no encontraría en las filas del capital extranjero ningún aliado, sino un cruel verdugo. Esta conclusión será igualmente válida, pero en sentido inverso, para los chinos ricos —aristócratas, terratenientes, comerciantes y futuros burgueses—. A pesar de las disputas que pudieran mantener con sus “jefes” extranjeros, siempre actuarían unidos a ellos ante la amenaza de un movimiento que desafiara su derecho de explotar al pueblo chino.

Nuevas potencias imperialistas se suman al saqueo

A pesar del aplastamiento del movimiento Taiping, el desmoronamiento del régimen imperial seguía su curso. El poder central era débil y se resquebrajaba, alimentando tendencias centrífugas. Por un lado, un sector de la élite china más prospera se convirtió en la agencia local de los imperialistas extranjeros: eran los llamados “compradores” de los blancos. Por otro, comerciantes extranjeros empezaban a detentar facultades anteriormente exclusivas de las autoridades estatales chinas: reclutaron milicias locales y comenzaron a controlar las aduanas. A todo ello, había que sumar el fortalecimiento de una vieja y conocida figura de la sociedad china: los señores de la guerra. Grandes propietarios rurales se habían transformado en prepotentes militaristas al mando de ejércitos privados, que vivían a caballo entre la sublevación contra el poder central, con quién no querían compartir impuestos ni ninguna clase de riqueza arrancada al pueblo y, la necesidad de reprimir centralizadamente las gigantescas revueltas campesinas, que ponían en cuestión tanto las prebendas del poder central como las suyas propias.

La debilidad de la corte imperial estimulaba a su vez el avance de los poderes imperialistas. Éstos últimos provocaron una nueva guerra por sucesos absolutamente secundarios como el tratamiento recibido por la bandera británica o el destino de un misionero francés. Fuerzas anglo-francesas ocuparon Cantón en 1857 y el puerto de Taku en 1858. Impusieron a la dinastía manchú los tratados de Tientsín, que preveían la apertura de otros dos puertos y todo el valle de Yangtsé al comercio, el derecho de las potencias extranjeras a enviar naves de guerra a los puertos chinos, de los particulares extranjeros a viajar por todo el país y el de los misioneros a desarrollar tareas de evangelización. También Rusia y EEUU obtuvieron tratados beneficiosos.

Japón se auto invitó al festín, usando métodos similares. Los expansionistas japoneses penetraron militarmente en Corea, en aquel entonces protectorado chino. El 1 de agosto de 1894 estalló la guerra, que tuvo previsibles y ruinosos resultados para China. El siguiente paso fue la invasión japonesa de Manchuria, que desorganizaría la marina china. Finalmente, China sufrió la imposición de un nuevo tratado que sancionó el protectorado japonés de Corea, la apertura de nuevos puertos a Japón, la cesión de la isla de Formosa y el pago de indemnizaciones equivalente a dos años de ingresos fiscales.

El cuerpo vivo de la precaria nación china se convirtió en el botín de la rapiña imperialista: rusos, franceses, británicos, japoneses, estadounidenses y alemanes se disputaban las riquezas del país y sojuzgaban al pueblo chino con absoluta impunidad. Esta situación animó a capitalistas extranjeros a realizar nuevas inversiones, aprovechando el bajo precio de la mano de obra y las materias primas, así como la cobertura económica y jurídica que les garantizan las bases imperialistas que sus compatriotas habían establecido. La pusilanimidad y docilidad del régimen oficial chino hizo que las potencias extranjeras optaran por él frente a las diferentes fuerzas rebeldes. La clase dirigente nativa, aterrorizada todavía por el recuerdo de la sublevación de los Taiping, prefirió aceptar la presencia de las potencias extranjeras que, aunque la situaba en una posición de humillación, garantizaba a la vez sus propiedades latifundistas.

Un capitalismo débil y dependiente

No podemos perder de vista el hecho clave de que China se integró en el mercado mundial como colonia de las grandes potencias imperialistas. Este aspecto marcó decisivamente las características fundamentales y las perspectivas del capitalismo chino. Su desarrollo no fue el producto de unas condiciones económicas y sociales locales ya maduras para la transformación de la sociedad. Por el contrario, el modo de producción capitalista se fraguó en China de la mano del capital extranjero, no de una ascendente burguesía nacional capaz de obtener su poder político de su posición clave en la economía. Como resultado, las diferentes clases poseedoras chinas, feudales o burguesas, estarían condenadas a una dependencia y subordinación absolutas respecto a las potencias imperialistas.

Los representantes del capital extranjero habían asumido el papel preponderante en todos los aspectos de la vida social china, gracias al control de los sectores decisivos de la economía, tanto en los más avanzados de la producción (industria, ferrocarriles, minería, textil) como en el comercio. De este modo se imposibilitó el nacimiento de una burguesía autóctona emprendedora e independiente, dando lugar a una clase incapacitada, prácticamente desde su nacimiento, para dirigir la sociedad. En su mayoría, los capitalistas chinos estaban condenados a ser “compradores”, y por tanto obedientes subordinados de las empresas extranjeras. Aunque de su seno nacerían demócratas revolucionarios como Sun Yat-sen, su debilidad y dependencia económica la condenarían a ser mera intermediaria en la opresión ejercida por el capital extranjero sobre las masas pobres de su país.

Los grandes terratenientes no tuvieron nada que temer, ya que las amenazantes tradiciones revolucionarias del campesinado chino, combinadas con la debilidad del capitalismo nacional, hicieron que ni los capitalistas extranjeros ni la burguesía local tuvieran la más mínima intención de modernizar el campo y llevar a cabo la liquidación de la propiedad territorial de los grandes señores feudales. Así, los métodos de explotación feudal pervivieron en el campo conviviendo con el desarrollo de la explotación capitalista en las ciudades.

Esta dinámica se vio fortalecida por el fracaso estrepitoso de los diferentes intentos de reforma política. Inevitablemente, la decadencia y miseria en la que vivía el país animó a una parte de los sectores acomodados, provenientes en su mayoría de las capas ilustradas, a intentar aplicar toda una serie de reformas destinadas a modernizar China. Pero las reformas se enfrentaron a dificultades que no podían superarse gracias a la voluntad y las buenas intenciones. Los reformistas carecieron tanto del poder económico como de la valentía revolucionaria necesarios para llevar a la práctica sus ideas de progreso.

Kang Yu-wei, un cantonés ilustrado, se convirtió en uno de los primeros exponentes de estos sectores. Sus ambiciones de modernidad influenciaron en el emperador Kuang Hsu, consiguiendo que en 1898 se dictaran 40 edictos de corte reformista con el objetivo de garantizar, entre otras cuestiones, la equidad en los exámenes para el acceso al funcionariado estatal, la occidentalización de la educación, la renovación del ejército o el establecimiento de una banca central. Pero detrás de este programa no se encontraba una fuerza revolucionaria burguesa como en la Francia del siglo XVIII, ni tampoco las masas oprimidas, a la cuales los reformistas chinos temían y evitaban. El proyecto, que no llegó nunca mucho más allá del papel, finalizó drásticamente con el golpe palaciego de la “emperatriz viuda” Tzu-hsi, quien hizo que todo volviera a la vieja normalidad.

Sin embargo, esta realidad era tan solo una cara de la moneda. El atraso del capitalismo chino además de imprimir un determinado carácter político a su clase dirigente, también determinó la fisonomía de su joven proletariado. Trotsky desarrolló esta idea en uno de sus discursos a los jóvenes estudiantes de la Universidad Comunista de los Trabajadores de Oriente: “(...) A primera vista parece haber una contradicción histórica en el hecho de que Marx haya nacido en Alemania, el más atrasado de los grandes países europeos durante la primera mitad del siglo XIX, exceptuando desde luego, a Rusia. ¿Por qué, en el siglo XIX y a principios del siglo XX, Alemania produjo a Marx y Rusia a Lenin? ¡Esto parece ser una anomalía evidente! Pero es una anomalía que se explica mediante la llamada dialéctica del desarrollo histórico. Con la maquinaria y los textiles ingleses, la historia proporcionó el factor de progreso más revolucionario. Pero esta maquinaria y estos textiles sufrieron un lento proceso de desarrollo en Inglaterra, y, en su conjunto, la mente y la conciencia del hombre son sumamente conservadoras.

“(…) Pero cuando las fuerzas productivas de las metrópolis, de un país de capitalismo clásico, como Inglaterra, tienen acceso a países más atrasados, como Alemania en la primera mitad del siglo XIX y XX, y hoy en día en Asia; cuando los factores económicos explotan de un modo revolucionario, rompiendo el orden antiguo; cuando el desarrollo deja de ser gradual y “orgánico” y toma la forma de terribles convulsiones y cambios radicales en las concepciones sociales anteriores, entonces es más fácil que el pensamiento crítico encuentre una expresión revolucionaria, siempre y cuando existan previamente los requisitos teóricos necesarios en el país de que se trate.

“Por eso Marx apareció en Alemania en la primera mitad del siglo XIX; por eso Lenin apareció aquí en Rusia y por eso observamos lo que a primera vista parece una paradoja, que el país con el capitalismo más antiguo, más desarrollado y próspero de Europa —me refiero a Inglaterra— es la cuna del partido “laborista” más conservador.

“En los países orientales, el progreso del capitalismo no es ni gradual, ni lento, ni de ninguna manera “evolutivo”, sino drástico y catastrófico, frecuentemente mucho más catastrófico que aquí en la antigua Rusia zarista”[7]. 

II. La caída del Imperio y la revolución nacional democrática

Rebelión ‘boxer’: estalla la lucha antimperialista

Tan explosiva era la situación creada por la convivencia de la vieja opresión feudal y la nueva explotación capitalista, que las masas chinas, ahora también impregnadas de un profundo sentimiento antiimperialista, presentaron batalla a pesar de carecer de una dirección por parte de su burguesía. El siglo XX nacerá marcado por el despertar del conjunto de Asia. En Persia, Turquía o la India, millones de seres humanos fueron sacudidos por el saqueo colonial y lanzados a la insurrección. Una vez más, la vieja burguesía europea tuvo la oportunidad de demostrar su carácter reaccionario, situándose en las barricadas del atraso, el oscurantismo y la opresión feudal.

Este proceso de rebeldía de dimensiones continentales fue protagonizado en China por un levantamiento campesino y antiimperialista surgido en 1900, y que trascendió en Occidente con el nombre de los pugilistas o boxer, calificativo que procedía de una incorrecta traducción del término chino I-Ho-Tuang, nombre de la sociedad que lideró el levantamiento. Su correcta traducción al castellano es una verdadera declaración de intenciones: El puño de justicia y la concordia.

El surgimiento de esta rebelión reflejaba todo el odio y el resentimiento de las masas chinas hacia la burguesía imperialista. Las misiones religiosas extranjeras, escondidas tras la coartada de una actividad civilizadora y evangelizadora desinteresada, eran en realidad instrumentos de dominación cultural, judicial y económica de las potencias imperialistas. Pisoteaban sin miramientos los derechos, costumbres y sentimientos del pueblo chino, se apropiaban de la tierra de los campesinos y establecían sus propios tribunales de justicia en las iglesias, interfiriendo en la jurisdicción china. No es de extrañar que el poderoso movimiento antiimperialista de los I-Ho-Tuang empezase como una revuelta contra los misioneros extranjeros.

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Grupo de guerreros boxer. 


Los imperialistas intentaron ocultar el significado progresista del movimiento, al que calumniaban describiéndolo como un estallido alimentado por el atraso y un ciego odio hacia todo lo extranjero, particularmente hacia la civilización europea.

En aquellos años solo algunos marxistas interpretaron correctamente aquellos acontecimientos. Lenin respondió enérgicamente a las mentiras de la propaganda imperialista desde un punto de vista clasista: “¡Sí! Es verdad que los chinos odian a los europeos ¿pero a qué europeos odian y por qué? Los chinos no odian al pueblo europeo, jamás han tenido disputa alguna con él. Odian a los capitalistas europeos y a los Gobiernos que obedecen a los capitalistas. ¿Cómo pueden los chinos evitar odiar a aquellos que vinieron a China con el único propósito de obtener provecho; que han utilizado su cacareada civilización con los únicos fines del engaño, el saqueo y la violencia; que han desatado la guerra contra China con el objeto de comerciar con el opio para envenenar al pueblo; y a aquellos que hipócritamente realizan su política de saqueo bajo el disfraz de la difusión del cristianismo?”[8].

Este certero análisis nos permite entender la rápida extensión del movimiento. En todas partes su llamada a combatir la agresión extranjera encontraba una rápida y calurosa respuesta entre las masas. En mayo y junio de 1900, tres importantes zonas, Jopei, Paoting y Tientsín, cayeron en poder de la I-Ho-Tuang. El movimiento de agitación llegó hasta los suburbios de la capital, Pekín, amenazando el poder político de la oligarquía dominante.

La corte empezó a sentir terror ante la dimensión alcanzada por la rebelión e intentó una maniobra de alianza con el movimiento I-Ho-Tuang, con el propósito de controlarlo en beneficio de sus intereses particulares. Creyeron que su carácter antiimperialista serviría de contrapeso frente a las insoportables presiones ejercidas por las potencias extranjeras y que podrían mellar su filo revolucionario y antidinástico. La monarquía pretendió cambiar el lema original del movimiento, “contra la dinastía, expulsad a los extranjeros”, por “viva la dinastía, expulsad a los extranjeros”.

Las potencias extranjeras, preocupadas ante el nuevo panorama, comenzaron a reforzar su presencia militar naval y terrestre. Tras su propio lema, “el hombre blanco frente a la barbarie”, desembarcaron una fuerza de 20.000 hombres que se dirigió a Pekín. La agresión extranjera y la fuerte presión ejercida por los I-Ho-Tuang, obligaron al Gobierno de la dinastía Ching a declarar la guerra a los imperialistas. Pero a la vez que lo hacían, pedían servilmente perdón: “No es que la corte estuviera mal dispuesta para ordenar la eliminación de estos rebeldes —escribió el Gobierno a las legaciones extranjeras— pero se hallaban muy cerca y temíamos que de haber actuado precipitadamente al respecto, las legaciones no hubieran contado con la protección adecuada y que, por ende, se hubieran originado mayores desgracias (...) Esperamos que los países extranjeros comprenderán”[9]. Interesante confesión, que demostraba cómo por encima de las contradicciones entre los imperialistas y la dinastía Ching, estaba su unidad frente a los explotados. El sector de los supuestos reformistas burgueses llegó incluso más lejos, pidiendo una acción militar conjunta con las fuerzas extranjeras para sofocar la revuelta.

El 14 de agosto, un cuerpo punitivo unificado de potencias extranjeras encabezado por el general alemán Waldersee, entró en Pekín y la saqueó salvajemente, convirtiendo esta antigua y hermosa ciudad en un infierno de asesinato, robo, incendios y violaciones. Tropas de nacionalidad alemana, japonesa, inglesa, estadounidense y rusa, repitieron esta criminal actuación en varias ciudades. Una vez más, la corte imperial inició negociaciones de rendición y si éstas duraron casi un año, no fue por la capacidad del trono chino para dilatar el proceso, sino por los desacuerdos entre los ladrones imperialistas en el reparto del botín. Finalmente se firmó el llamado “Protocolo de 1901” que incluyó una indemnización de 450 millones de tales (333 millones de dólares). Para garantizar dicho pago, las potencias asumieron el control de las aduanas chinas e impuestos tan importantes como el de la sal. De esta forma, la clase dirigente china perdería una fuente fundamental de ingresos, lo que a su vez propició una explotación aún más inmisericorde del campesinado chino por parte de la oligarquía nativa.

Nace el movimiento democrático burgués

El abismo social cada vez más profundo en el que se sumergía la sociedad despertó la sensibilidad política de un sector de jóvenes hijos de familias más o menos acomodadas. En su mayoría intelectuales, soñaban con una patria fuerte y moderna, de la que sentirse orgullosos. Algunos tuvieron además la oportunidad de viajar a Europa y EEUU, donde quedaron profundamente impresionados por el grado de desarrollo social y económico alcanzado, convirtiendo estos países en el espejo al que debía mirar China.

Entre todos ellos brillará con luz propia Sun Yat-sen. Nacido en 1866, se crio en una familia campesina que detestaba los privilegios de la burocracia imperial y despreciaba a los dirigentes que habían llevado al país a una postración absoluta frente al imperialismo. Obligado a emigrar, entró en contacto con el desarrollo de la técnica y la ciencia occidental, por la cual sentirá auténtica admiración, considerándola el instrumento más eficaz para liberar a China de su atraso secular. Su aspiración era convertir al gigante chino en una nación moderna y una avanzada democracia. En torno a estas ideas y a su figura se estableció un primer círculo de intelectuales y jóvenes nacionalistas.

El programa político de Sun fue tomando una forma cada vez más definida. En 1904 escribió: “El poder manchú es como un edificio que se desmorona. Su estructura está completamente podrida. Ninguna fuerza exterior podrá impedir su caída”[10]. En julio de 1905, en una conferencia celebrada en Tokio bajo el liderazgo de Sun, se fusionaron los principales grupos contrarios a la dinastía manchú, bajo el nombre de Tung Meng Jui —cuya traducción es Liga Revolucionaria—, y lanzaron el famoso manifiesto de los tres principios del pueblo: independencia, soberanía y bienestar. Desde su perspectiva, las tareas de la revolución china serían restaurar el Estado nacional, confiando el gobierno solo a chinos, crear instituciones republicanas con derechos democráticos para todos los ciudadanos y mejorar el reparto de la riqueza. En definitiva, un programa democrático burgués de carácter republicano, sin olvidar y destacar que sus autores explicaban que dicho programa solo podría ser aplicado a través de una revolución violenta.

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Sun Yat-sen, padre del movimiento democrático burgués en China. 


En su declaración política, los nacionalistas burgueses no dejaban de hacer llamadas a la “revolución popular”, incitando a las masas a levantarse para derrocar el Gobierno Ching y establecer un “Estado nacional independiente”, un “Estado popular democrático”. Estas consignas conectaron no solo con sectores de la burguesía, especialmente los jóvenes acomodados y los intelectuales, también se convirtieron en un referente político para amplias masas populares.

La monarquía percibió claramente el peligro que implicaba este discurso, que conectaba con el ambiente insurreccional que existía en la sociedad. Los efectos catastróficos de las sanciones derivadas de la derrota en la última guerra habían provocado 45 alzamientos populares en 1903, 90 en 1904, 85 en 1905 y muchos más en los años siguientes.

Las masas derrocan al emperador

Conocedora del peligro que le acechaba, la dinastía intentó una maniobra desesperada. Anunció su propia transformación en un régimen constitucional, pero este cambio cosmético no detuvo el ascenso revolucionario. Una vez comprobada la inutilidad de la treta, la corte imperial optó por volver a una línea abiertamente reaccionaria. Su aislamiento social aumentó su dependencia del imperialismo, al que necesitaba contentar por cualquier medio. Otorgó concesiones ferroviarias en toda China a grupos financieros ingleses, norteamericanos y japoneses entre otros. Esta maniobra añadió más combustible incendiario: la nueva humillación ante los extranjeros desató una ola de protestas en torno a la campaña en “defensa de los derechos ferroviarios”.

El ambiente social se siguió caldeando. En 1906 hubo 160 revueltas populares, llegando a 284 en 1910. Si bien la principal fuerza de masas de estos levantamientos fue el campesinado, también los obreros y pequeños comerciantes jugaron un papel destacado. La desautorización del aparato estatal de la monarquía aumentaba día a día. Hubo una negativa popular a pagar impuestos, asaltos a los depósitos de cereales, intentos de expulsión en las diferentes localidades de los misioneros y destrucción de fábricas y comercios propiedad de extranjeros. Decenas de miles de personas participaron, por ejemplo, en el asalto a los depósitos de arroz de Changshá o en las luchas contra los impuestos en Lai-yang. Solo gracias al apoyo de los imperialistas el Gobierno manchú pudo sofocar estos levantamientos y restablecer temporalmente el orden.

Era evidente que había llegado el momento de la Liga Revolucionaria: las masas con su acción revolucionaria habían creado el contexto social que Sun necesitaba para aplicar su programa. Sin embargo, la Liga no fue capaz de unificar la lucha a escala nacional, de fusionar y sincronizar la movilización de los campesinos, obreros y comerciantes, no supo dar una dirección centralizada al movimiento. Tampoco tuvo la habilidad de marcar objetivos concretos por los que luchar. Finalmente, 1910 acabó todavía con la monarquía en el poder.

A pesar de las carencias más que evidentes de la dirección, las contradicciones de la sociedad china seguían empujando hacia una salida revolucionaria. El ambiente continuaba siendo extremadamente favorable a la insurrección, y cualquier chispa podía reavivar el incendio. Por fin, el 10 de octubre de 1911, grupos revolucionarios de la provincia de Jupei, en unión con la Liga Revolucionaria, consiguieron sublevar la guarnición de Wuchang, que, levantada en armas, tomó Janchou y Janyang, otras dos secciones de lo que hoy es la triple ciudad de Wujan. Derrocaron al Gobierno feudal local y proclamaron un Gobierno republicano. Este levantamiento se convirtió rápidamente en el ejemplo a seguir, produciéndose una reacción en cadena. En poco más de tres semanas, del 20 de octubre al 18 de noviembre, 17 de las 21 provincias chinas proclamaron su independencia. En las cuatro restantes, el Gobierno de la dinastía agonizaba hundido en su propia impotencia.

Las masas estaban dispuestas a todo. En la provincia de Jupei se inició el reclutamiento de soldados revolucionarios. En las zonas en que había enfrentamientos armados, mujeres y niños cruzaban las zonas de fuego para llevar alimentos y té a las tropas republicanas.

La revolución triunfó finalmente gracias a la iniciativa de las masas, que fueron capaces de sobreponerse a las carencias de la dirección. De hecho, Sun Yat-sen, que se encontraba en EEUU cuando estalló la revolución, una vez enterado de su triunfo no demostró ninguna prisa en regresar. Prefirió dirigirse a los capitalistas de las democracias europeas, solicitando a los gobernantes occidentales y a los hombres de la City londinense ayuda para construir una democracia moderna en China. Sun no podía o no quería admitir que tras la máscara democrática y civilizada de Europa estaban los intereses imperialistas del gran capital que necesitaban una China esclavizada y postrada.

El 1 de enero de 1912 comenzó oficialmente la era republicana, declarada en Nankín por el Gobierno Provisional de la República de China con Sun Yat-sen, ya de vuelta en el país, como Presidente Provisional. Inmediatamente, Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Japón y otras potencias extranjeras, ignorando las ingenuas peticiones de Sun, amenazaron al Gobierno Provisional de Nankín enviando barcos de guerra y tropas por el curso del Yangtsé.

La decisión y frescura que las masas habían demostrado para acabar con la podredumbre del pasado eran atributos de los que sus líderes carecían por completo.

Sin solución de continuidad, los dirigentes del movimiento republicano aceptaron participar en negociaciones auspiciadas por el imperialismo, haciendo todo tipo de concesiones. Finalmente, el 12 de febrero de 1912 se produjo la abdicación del último emperador chino a cambio de que, solo dos días después, Yuan Shih-kai fuera nombrado nuevo presidente de China. El personaje en cuestión, un viejo y conocido reaccionario, monárquico hasta el triunfo de la revolución, contaba con un terrible currículo a su espalda. Fiel representante de los intereses de terratenientes, compradores y burgueses, a la vez que antiguo sirviente de las potencias extranjeras, había colaborado en el aplastamiento del movimiento reformista de 1898 y la represión sangrienta de los I-Ho-Tuang. Así pues, cuando el 11 de marzo se proclamó la Constitución, supuestamente inspirada en los principios republicanos de Sun, este ya era un ex presidente.

Una revolución que no cambia nada

El emperador había sido derrocado, pero ¿que había cambiado más allá de los muros de la corte? Si al mando seguían los de siempre, ¿cómo se podía esperar una política por parte del nuevo Gobierno sustancialmente diferente a la del anterior? Al igual que el nuevo presidente, los fieles del antiguo régimen se desembarazaron con pasmosa facilidad de su anticuado uniforme monárquico, para pasear con ostentación y orgullo ante las masas su nueva chaqueta republicana. Ellos, a diferencia de quienes se agrupaban en torno al programa democrático burgués de Sun, entendían que el emperador era, en última instancia, un factor secundario. Se podía renunciar a él, mientras lo fundamental, es decir, las palancas económicas y políticas del país, siguieran en las mismas manos. En resumen, ayer monárquico y hoy republicano pero, siempre, un privilegiado.

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Yuan Shih-kai, presidente de China tras el derrocamiento de la monarquía. 


Esta aparente contradicción entre la procedencia social de un individuo y su actitud favorable ante el nuevo Gobierno republicano, se podía trasladar, aunque en sentido contrario, a las masas chinas. El odio del pueblo a la dinastía era el reflejo de su rechazo a siglos de explotación y opresión. Su entusiasmo republicano representaba la expresión de su aspiración a una vida digna, a una sociedad más libre, justa e igualitaria. El problema se plantearía, con toda su crudeza, cuando la nueva república burguesa demostrara su incapacidad para satisfacer ninguna de estas aspiraciones.

La elección de un parlamento, una de las mayores conquistas que el nuevo régimen republicano debía traer, pronto se vio frustrada. En primer lugar por los requisitos necesarios para votar: más de 21 años cumplidos, habitar no menos de dos años en la circunscripción electoral dada, pagar impuestos directos y poseer bienes por encima de un valor determinado. Además, no había posibilidad de elección directa: los compromisarios electos finalmente serían los que elegirían al presidente. En palabras de Lenin: “Tal derecho electoral indica ya la alianza del campesinado acomodado y la burguesía, con la ausencia o la impotencia absoluta del proletariado”[11].

Con el objetivo de participar en el nuevo parlamento, la Liga Revolucionaria se transformó en un nuevo partido: el Kuomintang, fundado en 1912. La dirección del nuevo partido nacionalista y la candidatura a las elecciones, sin embargo, no recayó sobre Sun Yat-sen, sino sobre un joven educado en las universidades norteamericanas, Sun Chiao-jen, situado políticamente a la derecha de los fundadores de la Liga Revolucionaria. Finalmente, el Kuomintang obtuvo la mayoría en las elecciones restringidas de febrero de 1913, pero, cuando su candidato se dirigía a Pekín para presentar su candidatura a la presidencia, fue asesinado por los sicarios de Yuan Shih-kai.

Mientras que cualquier atisbo de participación democrática era aplastado, los señores de la guerra, siniestro legado de la monarquía, lejos de debilitarse se fortalecieron frente al poder central, convirtiéndose a su vez en instrumentos cada vez más perfeccionados al servicio de las diferentes potencias imperialistas. La China encabezada por Yuan estuvo en manos de los gobernadores militares de cada una de las provincias, que cultivaron relaciones directas con los notables de sus zonas y los capitalistas extranjeros. Los ejércitos de estos militaristas crecieron gracias al reclutamiento de campesinos desesperados, convertidos en mercenarios dedicados a la rapiña contra la población rural. Mientras, en las filas del ejército chino cundiría la desmoralización por la falta de paga y vestimenta a resultas de unas arcas estatales vacías.

El fortalecimiento de los señores de la guerra dificultó a su vez la formación y desarrollo de una burguesía nacional fuerte. Por una parte, los recursos extraídos de la explotación del campo quedaron retenidos en sus manos, imposibilitando su reinversión en la industria. Por otra, la débil industria nacional, que a duras penas hacía circular sus mercancías por la inexistente capacidad de compra de las masas rurales, debió soportar el pago de los impuestos y tributos que cada señor de la guerra imponía en “sus” fronteras, sin olvidar la competencia en condiciones de franca inferioridad con las mercancías producidas por las potencias imperialistas.

El balance de las conquistas del régimen republicano no podía ser más desolador. Ninguna de las tareas fundamentales de la revolución democrático burguesa fue llevada a la práctica con éxito. La independencia nacional no solo seguía en entredicho debido a que el dominio de los imperialistas permaneció intacto, sino que la propia existencia de China como unidad nacional se desvanecía por la actuación cada vez más desafiante de los señores de la guerra. Cualquier aspiración de instaurar un sistema de parlamentarismo burgués a imagen y semejanza de Occidente, fue cortada de raíz con el asesinato del candidato más votado en el primera convocatoria electoral. La reforma agraria quedó totalmente descartada, así lo garantizaron tanto el nuevo presidente, Yuan Shih-kai, y sus sucesores en el Gobierno central, como los señores de la guerra en las diferentes regiones, en ambos casos directos beneficiarios de los expolios cometidos por los terratenientes. Para concluir, no se crearon condiciones económicas favorables para el desarrollo de una fuerte burguesía nacional.

La revolución de 1911 demostró que las contradicciones irresolubles de la sociedad China habían preparado el terreno para una transformación profunda. Sin embargo, no hubo una clase capaz de dirigir la sociedad a un estadio de mayor progreso y desarrollo. La burguesía china, a pesar de su juventud, había surgido tarde en la escena de la historia. Le había tocado nacer en el periodo de decadencia imperialista del capitalismo, lo cual la despojaba de su capacidad revolucionaria. La dirección de la transformación social debería ser asumida por otra clase. El proletariado ruso se encargó de probar solo seis años después que, incluso en los países atrasados donde el capitalismo todavía no había alcanzado su pleno apogeo, era la única clase que al frente del conjunto de los oprimidos, y especialmente del campesinado pobre, podía liderar estos cambios revolucionarios.

Aunque en el momento de la caída de la monarquía el proletariado chino estaba empezando a nacer y se encontraba políticamente huérfano de dirección, ya apuntaba un porvenir prometedor: las inversiones del capital extranjero y el contexto de la lucha de clases internacional, lo hicieron crecer en número y en capacidad revolucionaria.

III. La semilla del comunismo germina en China

China y la Primera Guerra Mundial

En las últimas décadas del siglo XIX, el desarrollo alcanzado por el capitalismo había empujado a la burguesía de los países europeos más desarrollados a la conquista de nuevos mercados y proveedores de materias primas en el mundo. Pero el planeta parecía no ser lo suficientemente grande para satisfacer su voracidad. El capitalismo alemán, que por su desarrollo tardío había llegado con retraso al “reparto” de las colonias, no se conformaba con un papel de segunda fila. Otro tanto podía decirse de Japón. Las contradicciones entre las grandes potencias alcanzaron tal grado de tensión que desembocaron en un conflicto armado a escala mundial: en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial.

Durante la primera etapa de la guerra se desencadenó una potente ola de chovinismo ante la que cedió vergonzosamente la dirección de la Segunda Internacional. Situándose al lado de los intereses de cada una de sus burguesías nacionales, los dirigentes socialdemócratas asumieron una responsabilidad criminal, justificando la matanza entre hermanos de clase. Solo un pequeño puñado de revolucionarios resistió. Comprendieron no solo el carácter imperialista de la guerra, también previeron que los desfiles jubilosos en defensa de la patria serían sucedidos por el despertar revolucionario de la clase obrera.

Dentro de este reducido grupo destacaron inquebrantables revolucionarios como Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo. Esta última escribió numerosos textos contra la matanza imperialista, en los que la profundidad teórica no estaba reñida con el apasionamiento: “Cubierta de vergüenza, deshonrada, chapoteando en sangre, nadando en cieno: así se encuentra la sociedad burguesa, así es ella (…) como peste para la cultura y la humanidad: así se muestra en su verdadera figura al desnudo (…) La guerra mundial ha transformado las condiciones de nuestra lucha y, sobre todo a nosotros mismos. No se trata de que las leyes fundamentales del desarrollo capitalista o de la guerra a muerte entre el capital y el trabajo hayan sufrido una desviación o apaciguamiento (…) Pero el ritmo de desarrollo ha recibido un poderoso impulso con la erupción del volcán imperialista; la violencia de los enfrentamientos en el seno de la sociedad, la magnitud de las tareas que se presentan al proletariado socialista a corto plazo, todo esto hace aparecer como un dulce idilio a todo lo que había venido ocurriendo hasta ahora en la historia del movimiento obrero”[12]. La Primera Guerra Mundial, partera de la revolución en Rusia y Alemania, abonó también el terreno para que germinara la semilla del comunismo en tierras asiáticas.

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Soldados chinos en la Primera Guerra Mundial. 


En el tablero de esta guerra, a China le correspondió ser parte de un botín colonial que despertó las ambiciones japonesas. Las potencias que habían asaltado China en primer lugar, Gran Bretaña, Francia y Rusia, estaban empeñadas en su enfrentamiento con Alemania, dejando, temporalmente, el campo libre a Japón y EEUU en el continente asiático. El imperialismo japonés despreciando cualquier tipo de pretensión diplomática, utilizó métodos expeditivos. El 18 de enero de 1915, Yuan Shih-kai, que por aquel entonces ya había sido nombrado presidente vitalicio, fue despertado en plena noche por el ministro de Guerra japonés. Este le presentó, respaldado por la flota de acorazados del ejército japonés, las llamadas “21 peticiones”, demandas destinadas a convertir China en un protectorado del Imperio del Sol Naciente. A pesar del rechazo inicial, las “21 peticiones” fueron aceptadas por Yuan el 25 de mayo tras un segundo ultimátum.

El presidente chino, monárquico convencido hasta que los imperialistas lo colocaron al frente de la república tras la revolución de 1911, creyó llegado el momento de volver al que consideraba el mejor de los Gobiernos. En diciembre de 1915, amparándose en la intervención japonesa, intentó restaurar la monarquía dentro de la cual había reservado para sí el papel de monarca. Pero sus intenciones no resultaron del agrado de un buen número de republicanos que, si bien evitaron la “resurrección” de la monarquía, permitieron la continuidad de Yuan como presidente de la república hasta su muerte en 1916.

El despertar rojo

La decepción provocada por los escasos resultados de la revolución de 1911, hizo que un sector de la intelectualidad buscara nuevos horizontes revolucionarios. Entre ellos surgió la figura extraordinaria de Chen Tu-hsiu, futuro primer secretario general del Partido Comunista de China (PCCh).

Nacido en 1879 en el seno de una familia de funcionarios empobrecidos, Chen accedió a una buena educación que le facilitó una plaza como profesor en la universidad de Pekín así como la posibilidad de viajar. Sus cocimientos académicos fueron puestos, desde muy temprano, al servicio del pueblo. Junto a su incansable labor revolucionaria, destacó en su lucha por la conversión de la lengua china hablada en lengua escrita, con el objetivo de evitar que los textos fueran patrimonio exclusivo de una élite intelectual.

Sus primeros pasos en política los dio como editor de la revista Juventud Nueva, que inició su irregular publicación en 1915. En ella se defendieron ideas tan avanzadas para la China del momento como la libre aceptación del matrimonio entre los esposos. A principio de los años veinte, debido a su destacado papel como dirigente revolucionario, se vio obligado a exiliarse, siendo Francia uno de sus destinos. Este hecho, hasta cierto punto accidental, jugó un papel decisivo en su formación comunista, permitiéndole acceder a la literatura socialista y estudiar en profundidad la historia de la lucha de clases francesa. Posteriormente explicaría que Francia, por encima de la cuna de Saint-Just y Robespierre, era el país de la Comuna de 1871 y las jornadas de junio de 1848, la tierra de la revolución obrera.[13]

Otro joven, Li Ta-chao jugó también un papel decisivo en la introducción del marxismo en China. Se trataba de un intelectual, proveniente de una familia campesina empobrecida, que se sumó al movimiento de la Juventud Nueva. Fue uno de los primeros en levantar la bandera del leninismo al calor del triunfo del Octubre ruso. En su texto titulado Victoria de la gente común, publicado en noviembre de 1918, predice que “de ahora en adelante el mundo se convertirá en el mundo del pueblo trabajador” y que “la revolución rusa de 1917 es la precursora de la revolución mundial del siglo XX”. En La victoria bolchevique, publicado más o menos en la misma época, describía de forma entusiasta el significado de la revolución proletaria mundial llamando al pueblo chino a seguir el ejemplo de la “revolución al estilo ruso”, a destruir, mediante acciones revolucionarias de masas, las fuerzas reaccionarias nacionales y extranjeras que lo oprimían.

Chen y Li Ta-chao eran los exponentes más destacados del proceso de efervescencia que vivían los estudiantes universitarios. Otras revistas similares a Juventud Nueva surgieron en diferentes universidades, aglutinando el descontento de la juventud ilustrada. Asociaciones juveniles y estudiantiles se propagaron por todo el país, transformándose en provincias en grupos culturales y políticos. Estas asociaciones fueron la cuna, la primera experiencia política, de los futuros fundadores del movimiento comunista chino. En la escuela de la ciudad de Changsha, se constituyó también una asociación de estas características, cuyo presidente era un joven, todavía desconocido, llamado Mao Tse-tung.

Hasta finales de 1917, las inquietudes revolucionarias de estos jóvenes los animaron a sostener una valiente actitud de desafío al poder establecido, pero todavía carecían de un programa político claro. Sabían lo que no querían, sin embargo, aún no eran capaces de formular un sistema político alternativo. Prueba de ello es que se proclamaban dirigentes de una “revolución cultural” en lucha por la “ciencia y la democracia”.

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Chen Tu-hsiu, primer secretario general del Partido Comunista chino y Li Ta-chao jugaron un papel decisivo en la introducción del marxismo en China. 


La victoria de la Revolución Rusa, que sacudió la conciencia de millones de hombres y mujeres en todo el mundo, provocó una honda impresión en los jóvenes nuevos de China. Al calor de su experiencia, algunos dirigentes de los círculos revolucionarios chinos superaron la abstracción y falta de contenido de clase de sus ideas. Se demostraba en la práctica una vieja y valiosa idea del internacionalismo proletario: la victoria de la revolución social en cualquier país es una conquista para el conjunto del movimiento obrero mundial. Los efectos de la revolución trascendieron las fronteras de la antigua Rusia zarista. La revolución rusa no solo ganó al programa de la revolución socialista a los pueblos sometidos por el yugo del zarismo, conquistó para las ideas comunistas la mente de millones de personas en todo el mundo. Como a Lenin le gustaba insistir, para las masas es más importante una onza de práctica que una tonelada de teoría. Pues bien, ya existía la prueba material, el ejemplo vivo y palpable. Este extraordinario acontecimiento, jugó un papel enormemente progresista en el movimiento revolucionario chino. El carácter indiscutiblemente clasista y socialista de la revolución rusa, permitió la diferenciación entre los elementos genuinamente revolucionarios y los liberales. No olvidemos que se trataba de un movimiento compuesto por intelectuales que carecía de campesinos u obreros en sus filas. Pronto, el marxismo se convirtió en el eje que centró las polémicas de los jóvenes nuevos.

El movimiento 4 de mayo: los estudiantes y la clase obrera entran en escena

El injusto tratado impuesto por Japón no solo alimentó el sentimiento antiimperialista entre las masas oprimidas de China, sino el resentimiento contra los dirigentes burgueses nativos que demostraban una vez más su incapacidad manifiesta para defender la independencia nacional. Los jóvenes agrupados en torno a la revista Nueva Juventud, popularizaron el lema “en el exterior luchar por la soberanía; en el interior suprimir a los traidores”.

La gota que colmó el vaso de la insatisfacción llegó con el final de la Primera Guerra Mundial. Los mandos aliados, reunidos en la Conferencia de Paz de París, iniciaron las conversaciones destinadas a fijar un nuevo reparto de las colonias que reflejase el resultado de la contienda militar. A pesar de que China se había situado en su bando durante la guerra, los aliados decidieron conceder a Japón los derechos sobre Shantung que anteriormente tenía la ahora derrotada Alemania. La noticia se recibió con gran indignación, desatando una frenética agitación en escuelas y universidades.

El 4 de mayo de 1919, coincidiendo con el momento en que se hizo definitiva la decisión por parte de los aliados, estudiantes universitarios de Pekín se manifestaron en la Plaza de Tiananmen, llamando a la población a movilizarse contra los acuerdos de Versalles y exigiendo el castigo de los traidores projaponeses. En la lista de los colaboracionistas se encontraban altos dignatarios gubernamentales: el ministro de Comunicaciones, Tsao Ru-lin, firmante de las “21 demandas”; el director de la Casa de la Moneda, LuTsung-yü, ministro de China en Japón cuando se firmaron las “21 demandas”; y el entonces embajador de China en Japón, Chang Tsung-siang, que había entregado numerosos derechos ferroviarios a Japón.

Los estudiantes, no satisfechos con la manifestación, prendieron fuego a la residencia de Tsao Ru-lin y, ese mismo día, propinaron una paliza a Chang Tsung-siang. La policía intervino, golpeando y deteniendo a muchos de los participantes. Pero el movimiento, lejos de amedrentarse, respondió con una nueva demostración de fuerza: el 20 de mayo organizó una nueva manifestación, a la que se sumaron estudiantes de secundaria, maestros y profesores. Japón decidió entonces intervenir directamente. El 21 de mayo el ministro japonés en Pekín advirtió al Gobierno chino que si no tenía más eficacia en la represión del movimiento estudiantil, “provocaría serios conflictos entre ambos países”. La represión con la que respondieron las amedrentadas autoridades chinas, nuevamente, no tuvo otro efecto que el de avivar la movilización. En los siguientes días la lucha se extendió a otros 200 centros de estudio fuera de Pekín. En respuesta, el 1 de junio se proclamó la ley marcial, y el día 3 ya eran más de mil los estudiantes detenidos.

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Los cuatro grandes protagonistas del Tratado de Versalles: Lloyd George (Gran Bretaña), Vittorio Orlando (Italia), George Clemenceau (Francia) y Woodrow Wilson (EEUU). 


El 5 de junio, al conocerse en Shanghái que el Gobierno había arrestado a cientos de estudiantes, parte de los obreros de cinco hilanderías de algodón, tres de ellas de propiedad japonesa, se declararon en huelga. La burguesía de Shanghái, bajo la fuerte presión de los estudiantes, los obreros y los empleados de comercio, también cerró sus empresas el 5 de junio. El 6 y el 7, más obreros se sumaron a la huelga. Shanghái, con más de cien mil trabajadores, era la ciudad industrial más importante de China.

La participación del movimiento obrero hizo que la lucha diera un salto cuantitativo y, más importante si cabe, cualitativo. Era la actividad económica, el control de la producción industrial, lo que ahora estaba en juego. Prueba de ello es que el Gobierno se vio obligado a anunciar la libertad de todos los estudiantes arrestados el 7 de junio. Pero eso no fue suficiente para aplacar al movimiento. La huelga continuó extendiéndose, el 10 de junio afectaba ya a trabajadores portuarios, ferroviarios y obreros del transporte, con lo que el número de huelguistas llegó a los cien mil. Quedaron paralizadas las líneas ferroviarias Shanghái-Nankín y Shanghái-Janchov. Británicos y franceses decidieron entonces que era necesaria su intervención y enviaron barcos de guerra a Shanghái. Querían estar preparados para una posible intervención militar si el movimiento iba aún más lejos. La burguesía china, si bien había suspendido la actividad económica de sus empresas, hacía insistencia en la necesidad de una “resistencia moderada”, no “violenta”, para evitar ofender a los imperialistas.

Los movimientos huelguísticos se extendieron por todo el país. Los ferroviarios en las provincias de Jopei, Chechiang y Chiangsí, abandonaron el trabajo, y los de Tientsín se prepararon para hacerlo. Las huelgas estudiantiles se generalizaron. Los comercios de muchas ciudades cerraron sus puertas.

Finalmente, la presión de masas obligó al Gobierno a forzar la dimisión de de Tsao Ru-lin, Chang Tsung-siang y LuTsung-yü. Obligó también a la delegación china en la Conferencia de Paz de París a negarse a firmar, el 28 de junio, el Tratado de Versalles.

El movimiento de masas cosechó un extraordinario triunfo. Después de esta incontestable victoria, los obreros y estudiantes volvieron a su rutina habitual. Pero, bajo la aparente normalidad con la que se desenvolvía su vida, se había producido un cambio profundo. Los vertiginosos acontecimientos que se concentraron en dos meses habían dejado huella en su conciencia. La clase obrera había sido sin duda el factor clave para que el régimen chino y los imperialistas retrocedieran. El proletariado chino había experimentado en la práctica su fuerza, su unidad, su capacidad para paralizar el sistema productivo; en definitiva, el inmenso poder que albergaba en su seno.

La fundación del Partido Comunista Chino

El movimiento de los intelectuales renovadores estaba definitivamente escindido. En un sector se encontraban quienes, convencidos de la necesidad de una transformación radical del mundo de la cultura, mantenían una posición conservadora respecto a la estructura de la sociedad. En el otro, en el ala más revolucionaria, la revolución socialista de octubre en Rusia y la actividad de la Internacional Comunista, entre 1919 y 1921, provocaron un tremendo impacto. Se convencieron de la necesidad de transformar los seminarios de estudio en grupos de militantes políticos sobre los que fundar el Partido Comunista. Esta tarea fue estimulada y facilitada además por el desarrollo industrial de China.

Las grandes potencias hacía tiempo que no se conformaban con el saqueo de las materias primas, querían beneficiarse de las riquezas naturales y de la abundante mano de obra barata. Sus inversiones desarrollaron grandes industrias que se concentraron en la cuenca del Yangtsé, en la ciudad de Shanghái, en el área de Cantón/Hong-Kong, y las minas de la zona de Hunán. Las pocas cifras que disponemos de esta época, hablan de entre 1,5 y 2 millones de obreros. Todos ellos sometidos a una asfixiante y doble explotación por parte de la oligarquía nativa y el capital extranjero.

En marzo de 1920 llegaron a China los primeros representantes de la Internacional Comunista para establecer contacto con los círculos revolucionarios del país. En mayo del mismo año, el círculo Shanghái se transformó en la primera agrupación comunista. En poco tiempo, grupos similares se constituyeron en Pekín, Wujan, Changshá, Cantón y Chinán. Por fin, el 1 de julio de 1921 se fundó el Partido Comunista de China en Shanghái. Sus sesiones se celebraron inicialmente en una escuela femenina, vacía es ese momento por las vacaciones escolares. Acabaron sin embargo, en una barca sobre un lago, único refugio que los jóvenes comunistas encontraron para escapar de la policía. La cifra exacta de delegados no es conocida con exactitud, pero en opinión de algunos de los asistentes hubo 12 o 14 personas, en representación de no más de medio centenar de afiliados. Chen Tu-hsiu fue nombrado secretario general y el partido decidió orientarse a la actividad sindical entre los obreros.

Los primeros logros del comunismo chino fueron muy modestos numéricamente. Pero las condiciones objetivas del capitalismo corroboraron una de las leyes de la dialéctica menos conocidas, pero enormemente valiosa para quienes asumen la tarea de construir un partido revolucionario. Al igual que de la cantidad surge la calidad, de la calidad surge, llegado el momento adecuado, la cantidad. El PCCh, que en 1921 no contaba con más de 50 afiliados, tendría inicialmente un crecimiento lento: alrededor de 500 militantes en 1923 y menos de un par de miles en 1925. Con el estallido de la segunda revolución se producirá el gran salto, llegando a sumar 60.000 afiliados en 1927. Si es cierto que la historia nunca se repite de la misma manera, estamos ante un valioso ejemplo para los que hoy empeñamos nuestros mejores esfuerzos en la construcción de una genuina organización comunista. Un núcleo de cuadros marxistas con voluntad revolucionaria, fusionado con el movimiento vivo de las masas y capaz de aprovechar las oportunidades que le brinda el despertar de la revolución, puede ganar el derecho a formar parte de la dirección del movimiento, convirtiéndose en su ala más consecuente. Si además, comprende y domina en profundidad la genuina teoría marxista, podrá conducir a las masas a la victoria.

Luchas sindicales que anticipan una explosión revolucionaria

Entre el verano de 1921 y la primavera de 1923 se desarrolló una enorme agitación sindical al calor de la explotación imperialista. El movimiento creció con sorprendente rapidez. El Primero de Mayo de 1922 marcharon 100.000 obreros por las calles de Shanghái y el doble de esa cantidad lo hicieron en Cantón. Algunos informes en la prensa burguesa destacaron la aparición de banderas rojas en los barrios obreros de Wuchang, Hanyan y Hankow. En los grandes centros industriales estallaron más de 100 huelgas en las que participaron más de 300.000 obreros. Dentro de este auge huelguístico, destacó especialmente la huelga de dos meses protagonizada por los marineros de Hong Kong. Movilizados por mejoras salariales, consiguieron finalmente obligar a los británicos a reconocer a su sindicato, además del aumento de sus salarios.

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Cartel de conmemoración de la fundación del PCCh. 


El Primero de Mayo de 1922 se celebró también la primera conferencia nacional de los sindicatos, dirigida por los marineros triunfantes, en representación 230.000 afiliados. En Shanghái, a comienzos de 1923, unos 40.000 obreros estaban organizados en 24 sindicatos. En el centro y norte de China la organización obrera giró alrededor de los ferroviarios que, en 1924, llevaron a cabo su conferencia nacional. La lucha se estaba transformando en organización, posibilitando el nacimiento de sindicatos de masas. Los comunistas jugaron un importante papel en este proceso, situándose a la cabeza del joven proletariado chino. Entre otros, Li Li-san y Liu Shai-chi, inauguraron en Junán el Círculo Obrero de las minas de Anyuan, que dirigió exitosas luchas.

A principios de 1923 se produjo un dramático acontecimiento que golpeó la conciencia de miles de trabajadores. Las circunstancias que acompañaron la fundación del Sindicato General de Obreros Ferroviarios de la línea Pekín-Hankow, demostraron el carácter feroz y sangriento de la lucha entre el trabajo asalariado y el capital desde sus más tempranos inicios. Al tratarse de una vía férrea clave por atravesar China de norte a sur, dicha organización sindical se convirtió nada más nacer en un enemigo estratégico para los capitalistas. Al tener noticia de tal acontecimiento, el señor de la guerra Wu Pei-fu, el más poderoso en aquel momento, reaccionó prohibiendo el sindicato, arrestando a sus dirigentes y ocupando las sedes de la organización. Los trabajadores contraatacaron audazmente con una huelga general en toda la línea. En respuesta, la mañana del 7 de febrero, los mercenarios de Wu Pei-fu asesinaron a 35 trabajadores e hirieron a muchos más. El líder del sindicato, Li Hsiang-chien, fue decapitado ante sus compañeros por negarse a ordenar la vuelta al trabajo. La “masacre del 7 de febrero”, con su brutalidad y crueldad extrema, sumió a los obreros en el terror pero, al mismo tiempo, les enseñó el auténtico rostro del capitalismo en China, acabando con cualquier esperanza de que bajo dicho sistema se pudiera acceder a algún tipo de derecho democrático o justicia social. Se preparaban así futuras luchas cargadas de un alto contenido revolucionario.

China se acercaba al estallido de una nueva explosión revolucionaria y, a diferencia de anteriores ocasiones, el proletariado estaba lo suficientemente maduro para jugar un papel independiente, incluso como para asumir la dirección revolucionaria. Los dirigentes comunistas chinos contaban, en teoría al menos, con la ventaja de haber sido precedidos por la experiencia victoriosa de sus hermanos soviéticos. No era indispensable, como si lo fue en el Octubre ruso, la genialidad teórica de Lenin en sus Tesis de Abril, o la anticipación brillante de la revolución permanente de Trotsky. Las líneas generales del programa de la revolución china ya habían sido escritas, aún más, demostradas en la práctica, con el triunfo de Octubre.

IV. La naturaleza de clase de la Revolución rusa

Lecciones de Octubre

Nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción, decían siempre Marx y Engels, burlándose con justicia de quienes aprendían de memoria y repetían sin haberlas digerido, “fórmulas” que, en el mejor de los casos, solo podían trazar las tareas generales, que necesariamente cambian en correspondencia con la situación económica y política concreta de cada periodo particular del proceso histórico.

(…) Según la fórmula antigua resulta que: tras la dominación de la burguesía puede y debe seguir la dominación del proletariado y el campesinado, su dictadura. Pero en la vida misma ya ha sucedido de otra manera: ha resultado un entrelazamiento de lo uno y lo otro, un entrelazamiento extraordinariamente original, nuevo, nunca visto.

Lenin, Cartas sobre táctica[14]

Este fue el método que permitió a Lenin orientarse en medio de la vorágine revolucionaria de 1917. Marx había planteado que las condiciones idóneas para la revolución socialista habían madurado en los países capitalistas más desarrollados. Sin embargo, la Rusia zarista de 1917, en la que se habían constituido los sóviets de obreros y soldados, era un país atrasado. La clase obrera no alcanzaba el 10% de la población total, lo que implicaba que la mayoría aplastante de sus habitantes eran campesinos que vivían bajo formas de explotación semifeudal. Es más, las masas revolucionarias tras derrocar al Zar en febrero de 1917, habían entregado el poder a los representantes políticos de la burguesía a través de sus organizaciones mayoritarias en esos momentos, mencheviques y socialistas revolucionarios. Pero como a Lenin le gustaba repetir parafraseando al Fausto de Goethe: “La teoría es gris, amigo mío, pero el árbol de la vida es eternamente verde”[15].

Efectivamente, la revolución que se había producido durante el mes de febrero en Rusia era una revolución democrático-burguesa. Sus objetivos eran el derrocamiento de la monarquía y el establecimiento de una democracia parlamentaria, la reforma agraria y la resolución de la cuestión nacional, a lo que había que sumar la paz para poner fin a tres años de carnicería imperialista. Pan, paz y tierra eran las reivindicaciones de las masas que acabaron con el zarismo.

Pero la burguesía rusa, elevada al poder a pesar de carecer de cualquier mérito revolucionario, demostró rápidamente su absoluta incapacidad para llevar a la práctica las tareas que la historia le había asignado. Ligada por mil y un lazos económicos y familiares a los terratenientes, no podía ni pensar en abordar el reparto de la tierra. Dependiente del capital de las grandes potencias imperialistas, carecía de la independencia necesaria para retirar las tropas rusas de las trincheras de la guerra imperialista. Acosada por una clase obrera revolucionaria que esperaba del nuevo Gobierno salarios dignos, una jornada laboral de 8 horas y que se negaba a ser carne de cañón en la contienda militar, la burguesía rusa miraba hacia los sectores más reaccionarios del viejo régimen zarista en busca de una bota militar con la que aplastar al proletariado. A este panorama se sumaba el despertar del campesino sin tierra, que, atraído por el estímulo de la revolución en las ciudades, reivindicaba cambios radicales en la propiedad de la tierra y el reparto de la misma ocupando masivamente las haciendas de los terratenientes.

Los hechos demostraban que la sociedad rusa estaba ya algo más que madura para la transformación social. Sin embargo, la clase a quién históricamente correspondía asumir la dirección política del país para llevar a cabo la modernización de la sociedad, se negaba a jugar tal papel. A su lado, otra clase, el proletariado, no solo había entregado el gobierno a la burguesía, también había constituido sus propios órganos de poder, los sóviets de obreros y soldados, cuyas atribuciones, si bien no eran contempladas por la ley y el Estado burgués, eran reconocidas por las amplias masas de la población.

¿Qué hacer en semejante situación? “El quid está en saber si los Sóviets deben tender a convertirse en organizaciones de Estado (…) o bien los Sóviets no han de seguir esa tendencia, no han de tomar el Poder, no han de convertirse en organizaciones de Estado, sino que deben seguir siendo ‘organizaciones de combate’ de una ‘clase’ (según dijo Mártov, adecentando con estos inocentes deseos el hecho de que, bajo la dirección menchevique, los Sóviets eran un instrumento de subordinación de los obreros a la burguesía)”[16].

Los mencheviques, es decir, el ala reformista del movimiento obrero ruso, no tenían dudas al respecto. Su razonamiento era simple: si el carácter de la revolución era burgués, no cabía otra alternativa más que dejar la dirección de la misma en manos de la burguesía. Por tanto, el proletariado debía limitarse a dar un apoyo subordinado a los dictados de ésta. Gracias al triunfo de la revolución burguesa, en un futuro difícil de determinar, una vez alcanzada la madurez necesaria del capitalismo en Rusia, llegaría el momento del poder obrero y no antes. Cualquier otra alternativa suponía, en términos mencheviques, una desviación de la teoría marxista. Consecuentemente, los reformistas rusos no solo no traspasaron en ningún momento los límites del marco capitalista, sino que llegado el momento de elegir entre el ascenso revolucionario de las masas o la contrarrevolución burguesa, no dudaron en situarse en la barricada del capital. “Los socialrevolucionarios y mencheviques, esclavos de la burguesía, atados a su dueño y señor, dieron su consentimiento a todo: se prestaron a que fuesen llamadas a Petrogrado tropas reaccionarias, a que se restableciese la pena de muerte, a que se desarmase a los obreros y a las tropas revolucionarias, a las detenciones, a las persecuciones, a las suspensiones de periódicos sin mandamiento judicial”[17].

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Cartel bolchevique. 


En lo que respecta a los bolcheviques, las cosas no estuvieron claras desde el primer momento, a pesar de la falsificación monstruosa que la propaganda estalinista hizo de aquel periodo posteriormente.

Lo cierto es que con una parte fundamental de su dirección en el exilio, los dirigentes bolcheviques que permanecían dentro de Rusia liderados desde mediados del mes de marzo por Kámenev y Stalin, no supieron reaccionar correctamente. En la edición de Pravda del 7 de marzo se podía leer: “Por supuesto, no nos cuestionamos la caída del dominio del capital, sino solamente la caída del dominio de la autocracia y del feudalismo”[18]. Difícil apreciar en estas declaraciones diferencias de fondo entre el menchevismo y la postura de aquellos que representaban la dirección del bolchevismo dentro de Rusia.

Lenin, a pesar de que su obligado exilio suizo lo separaba miles de kilómetros del epicentro de la acción, fue capaz de comprender la naturaleza de aquellos acontecimientos revolucionarios de una manera mucho más profunda y certera. Partiendo de un punto de vista marxista a la hora de analizar el papel de cada clase en la revolución, llegó a elaborar una línea de actuación para el partido que poco o nada tenía que ver con la defendida por Kámenev y Stalin.

El innegable papel jugado por Lenin en 1917 es una brillante y contundente respuesta a aquellos sectarios que, utilizando prejuicios provincianos, exigen que los revolucionarios se encuentren físicamente presentes en la revolución para tener derecho a opinar. Lenin no llegaría a Rusia hasta abril de 1917, después de once años de ausencia y, sin embargo, su estudio concienzudo de los acontecimientos y su genialidad política le permitieron jugar un papel absolutamente clave para el triunfo de la revolución. Desde el primer momento no albergó la menor confianza en el Gobierno burgués surgido del triunfo en febrero. Tan pronto como el 4 de marzo escribió: “El nuevo Gobierno no puede dar a los pueblos de Rusia ni la paz, ni el pan, ni la plena libertad. Y por eso, la clase obrera debe continuar su lucha por el socialismo y por la paz, debe aprovechar para ello la nueva situación y explicársela a las más amplias masas populares. El nuevo Gobierno no puede dar la paz porque representa a los capitalistas y terratenientes y porque está atado por medio de tratados y compromisos financieros a los capitalistas de Inglaterra y Francia. La socialdemocracia de Rusia, manteniéndose fiel al internacionalismo, deberá por ello, ante todo y sobre todo, explicar a las masas del pueblo, que anhelan la paz, la imposibilidad de conseguirla con el Gobierno actual”[19]. El 6 de marzo telegrafió desde Estocolmo: “Nuestra táctica: absoluta desconfianza; ningún apoyo al nuevo Gobierno; sospechemos especialmente de Kérenski; armar al proletariado es la única garantía; elecciones inmediatas a la Duma de Petrogrado; ningún acercamiento a los demás partidos. Telegrafíen esto a Petrogrado”[20]. Sin embargo, bajo la dirección de Kámenev y Stalin, los delegados bolcheviques en el Sóviet aplicaban la política contraria. Votaron en más de una ocasión con los mencheviques. Así fue por ejemplo en el caso del manifiesto menchevique titulado A los pueblos del mundo, sobre el que Lenin comentaría: “El manifiesto del Sóviet de Diputados Obreros no contiene una sola palabra imbuida de conciencia de clase. ¡Todo es hablar! Hablar y adular al pueblo revolucionario es lo que siempre ha arruinado las revoluciones”[21].

Al calor del debate que sobre estas diferencias se abrieron en el seno del partido, es fácil de entender la actitud extremadamente crítica de Lenin contra los dirigentes de su propio partido. “Contesto: las consignas y las ideas bolcheviques han sido en general, plenamente confirmadas por la historia, pero concretamente las cosas han sucedido de modo distinto a lo que (quienquiera que fuese) podía esperarse; han sucedido de modo más original, más peculiar, más variado. Ignorar, olvidar este hecho sería parecerse a aquellos viejos bolcheviques que más de una vez jugaron ya un triste papel en la historia de nuestro partido, repitiendo sin sentido una fórmula aprendida de memoria, en lugar de estudiar la peculiaridad de la nueva situación, de la realidad viva”[22].

Exactamente igual ocurrió respecto a la actitud ante la guerra imperialista. Stalin y Kámenev defendían en Pravda una posición abiertamente conciliadora con el Gobierno Provisional, muy alejada de la de Lenin: “Nuestra consigna no debe ser un ‘¡Abajo la guerra!’ sin contenido. Nuestra consigna debe ser: ‘Ejercer presión sobre el Gobierno Provisional con el fin de obligarle (...) a tantear la disposición de los países beligerantes respecto a la posibilidad de entablar negociaciones inmediatamente (...). Entretanto, todo el mundo debe permanecer en su puesto de combate”[23].

 Lenin contestó debidamente a esta capitulación: “El punto central es la actitud ante la guerra. Cuando lees sobre Rusia, lo que destaca es el triunfo del defensismo, la victoria de los traidores del socialismo, el engaño de las masas por la burguesía (...). Nuestra actitud hacia la guerra no se puede permitir la más mínima concesión al defensismo, incluso con el nuevo Gobierno, que continúa siendo imperialista (...). Hasta nuestros bolcheviques demuestran cierta confianza en el Gobierno. Esto solo se explica por la intoxicación de la revolución. Es la muerte del socialismo. Compañeros, vosotros tenéis una actitud confiada hacia el Gobierno. Si eso es así, nuestros caminos se separan. Prefiero permanecer en minoría (…)”[24].

Afortunadamente, el partido bolchevique no era solo su dirección; su base militante, genuinamente proletaria, tenía mucho que decir. De hecho, para tener una visión completa de la situación, es necesario conocer qué opinaban los obreros del partido. Después de unos días de confusión inicial empezaron a recuperar un sano instinto de independencia de clase expresando, en el momento decisivo, los años de paciente formación política durante el periodo previo al estallido revolucionario. Si bien es cierto que Lenin nunca había negado el carácter burgués de la revolución que estaba por venir en Rusia, no lo es menos que había educado al partido en la desconfianza más absoluta hacia la burguesía y en la necesidad imperiosa de mantener siempre la independencia política y organizativa de la clase obrera. Y esa educación política no tardó en aflorar.

El propio Comité de Redacción de Pravda no tuvo más remedio que publicar una enérgica protesta de los obreros bolcheviques de base ante la línea editorial: “Si el periódico no quiere perder la confianza de los barrios obreros, debe sostener la antorcha de la conciencia revolucionaria, por mucho que moleste a la vista de las lechuzas burguesas”[25].

Las aspiraciones expresadas por los obreros bolcheviques de barriadas como Vyborg, divergían de las ideas defendidas por la dirección con la que convivían en la misma ciudad, mientras convergían con las posturas que Lenin expresaba a miles de kilómetros de Rusia. Como demostrarían posteriormente las revoluciones china o española, las masas se encontraban mucho más a la izquierda que su dirección, tanto en su proceder como en sus demandas.

De hecho, serán los obreros, el latir de las fábricas dentro del partido bolchevique, los que dando su apoyo a Lenin permitirán la reorientación política del partido. Sin la participación consciente de la vanguardia obrera, un partido revolucionario se aleja del sentir de las masas proletarias, renuncia a impregnarse de su disciplina, de su conciencia de clase, de sus tradiciones. Sin un programa correcto no se hubiera podido tomar el poder, pero sin los obreros bolcheviques Lenin no hubiera podido dotar al partido de dicho programa.

La escuela de historiadores estalinista, en su necesidad de establecer una imagen de la dirección semejante a la de un oráculo infalible en el que se puede y, sobre todo, se debe depositar una fe ciega, nunca ha tenido mucho interés en explicar este capítulo de la historia de la Revolución rusa.

¡Todo el poder a los Sóviets!

Cuando a principios del mes abril Lenin llegó por fin a Rusia y defendió su programa para la revolución, se quedó en minoría de uno dentro del comité central. Llegaba la hora de sus Tesis de Abril, de “explicar a las masas que los Sóviets de diputados obreros son la única forma posible de Gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este Gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión solo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente, sistemático y tenaz y adaptado especialmente a las necesidades prácticas de las masas. (…) Mientras estemos en minoría, desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores, propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el Poder del Estado pase a los Sóviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia, las masas corrijan sus errores”[26].

Fuera del partido, ex marxistas como Plejánov calificaron públicamente el discurso de Lenin como “delirante”. Dentro de él, mejor dicho, en su dirección, la reacción no fue mucho mejor: “Las tesis de Lenin fueron publicadas exclusivamente como obra suya. Los organismos centrales del partido las acogieron con una hostilidad solo velada por la perplejidad. Nadie, ni una organización, ni un grupo, ni una persona, estampó su firma al pie de ese documento. Incluso Zinóviev, que había llegado con Lenin del extranjero, donde su pensamiento se había formado durante diez años bajo la influencia directa y cotidiana del maestro, se apartó silenciosamente a un lado”[27].

Los revolucionarios no pueden elegir ni el lugar, ni el momento, ni la forma en la que se producen los estallidos revolucionarios, solo pueden prepararse conscientemente para ellos. Las contradicciones que lentamente se van acumulando en el seno de la sociedad, llegado el momento preciso estallan, sin pararse a mirar si cumplen o no los requisitos preestablecidos en un manual. En 1917 el capitalismo se rompía por su eslabón más débil. Lejos del escenario clásico previsto por los grandes escritos marxistas, los bolcheviques se enfrentaban a la realidad concreta de una revolución en un país atrasado. Y era, precisamente en el atraso de Rusia, donde residía tanto el carácter peculiar como la clave de la revolución. Lenin supo comprenderlo.

El desarrollo del capitalismo en Rusia, en una época de decadencia imperialista, había permitido el crecimiento de una clase obrera que, aunque joven y numéricamente limitada, demostró una madurez y un instinto revolucionario muy avanzados. No olvidemos que este mismo proletariado había alumbrado los sóviets, al calor de los combates de la revolución de 1905.

En 1917 el proletariado había creado una situación de doble poder constituyendo, al lado del poder burgués, los sóviets de obreros y soldados. A la vez, esa misma dependencia de las potencias imperialistas extranjeras y ese mismo atraso, despojaban a la burguesía de cualquier nervio revolucionario. Lenin comprendía que la burguesía sería incapaz siquiera de llevar a cabo las tareas de la revolución democrático burguesa, y que solo contando con la acción revolucionaria del proletariado se podría superar el obstáculo de una burguesía abiertamente contrarrevolucionaria: “Nuestra revolución es burguesa, y por eso los obreros deben apoyar a la burguesía, dicen los Potrésov, los Gvózdev y los Chjeidze, como dijera ayer Plejánov. Nuestra revolución es burguesa, decimos nosotros, los marxistas, y por eso los obreros deben abrir los ojos al pueblo para que vea la mentira de los politiqueros burgueses y enseñarle a no creer en las palabras, a confiar únicamente en sus propias fuerzas, en su propia organización, en su propia unión, en su propio armamento”[28].

Lenin tampoco negó el carácter atrasado del capitalismo ruso ni la importancia del campesinado. Por el contrario, comprendió que la sed de tierra de los campesinos pobres era uno de los motores de la revolución. Pero a la vez no obviaba el hecho, como si hacían los mencheviques, de que dicha aspiración no podía ser satisfecha bajo la dirección de la burguesía. Llegó así a la conclusión de que solo la alianza de la clase obrera con el campesinado desposeído y expropiando de un solo golpe y a la vez a terratenientes y burgueses, se podría dar satisfacción a las demandas de las masas rusas. La posición leninista quedó perfectamente reflejada en sus Tesis de Abril: “se debe poner el Poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”, con el fin de llevar a la práctica el siguiente programa:

“- No una república parlamentaria (…) sino una república de los Sóviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba.

“- Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia.

“- La remuneración de los funcionarios, todos ellos elegibles y revocables en cualquier momento, no deberá exceder del salario medio de un obrero calificado.

“- En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los Sóviets de diputados braceros.

“- Confiscación de todas las tierras de los latifundios.

“- Nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los Sóviets locales de diputados braceros y campesinos. Creación de Sóviets especiales de diputados campesinos pobres. Hacer de cada gran finca (…) una hacienda modelo bajo el control de diputados braceros y a cuenta de la administración local.

“- Fusión inmediata de todos los bancos del país en un Banco Nacional único, sometido al control de los Sóviets de diputados obreros.

“- No ‘implantación’ del socialismo como nuestra tarea inmediata, sino pasar únicamente a la instauración inmediata del control de la producción social y de la distribución de los productos por los Sóviets de diputados obreros”.

Este programa, junto con una inquebrantable confianza en la capacidad de la clase obrera para extraer conclusiones de su propia experiencia, permitió a los bolcheviques pasar de ser una minoría en los sóviets, frente a mencheviques y socialrevolucionarios, a alzarse con la dirección de la clase obrera para llevar a la revolución al triunfo de octubre y a la expropiación de los capitalistas rusos, los terratenientes y sus aliados imperialistas. De este modo, en un país atrasado y de base campesina, se estableció el primer Estado obrero de la historia.

El programa de la IC para los países coloniales

Los obreros rusos habían dado el primer y decisivo paso hacia la dictadura del proletariado. Pero era eso, el primer paso. Para consolidar el poder obrero, para construir el socialismo, era necesario el triunfo de la revolución en otros países. Lenin nunca consideró la posibilidad de construir el socialismo en un solo país, mucho menos en uno tan atrasado como Rusia. Fue precisamente esa consideración política lo que explica por qué en las circunstancias más duras y terribles, en medio de la guerra civil y la invasión de 21 potencias imperialistas, los bolcheviques centraron todos sus esfuerzos en la construcción de la Internacional Comunista —IC o Comintern—.

El triunfo de Octubre permitió que la inexcusable tarea de construir una dirección revolucionaria unificada internacionalmente, tras la bancarrota definitiva de la Segunda Internacional, pudiera ser abordada.

En marzo de 1919 se realizó el I Congreso de la IC. En vida de Lenin, sus congresos mantuvieron una periodicidad prácticamente anual, celebrándose los primeros cuatro entre 1919 y 1923. En dichas reuniones se marcaban las perspectivas para la revolución mundial y las tareas que de ellas se derivaban para los comunistas. En los debates, los países coloniales fueron considerados un factor clave para la revolución mundial.

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Vladímir Ilich Uliánov, Lenin. 


El despertar de las masas de Asia a principios del siglo XX había sumado a la lucha contra la opresión a millones de hombres y mujeres que habían permanecido sumidos en la más negra y oscura dominación feudal durante siglos. Los revolucionarios de todo el mundo dieron una calurosa bienvenida a las nuevas tropas que se incorporaban al ejército de la revolución. Con su lucha, los campesinos chinos, turcos o persas, alimentaban la revolución en Occidente. Las ganancias obtenidas por los imperialistas en las colonias eran una fuente de estabilidad para los países capitalistas desarrollados. Por tanto, la pérdida del control de dichas colonias se traducía en fermento social y político en los centros neurálgicos de la producción capitalista. La Internacional Comunista valoró este hecho en las tesis de su II Congreso: “Las colonias constituyen una de las principales fuentes de las fuerzas del capitalismo europeo. (…) Sin la posesión de grandes mercados y de extensos territorios de explotación en las colonias, las potencias capitalistas de Europa no podrían mantenerse mucho tiempo. (…) La plusvalía obtenida por la explotación de las colonias es uno de los apoyos del capitalismo moderno. Mientras esta fuente de beneficios no sea suprimida, será difícil para la clase obrera vencer al capitalismo”[29].

La dirección de la IC, en los primeros años de su existencia, siempre consideró la lucha de los pueblos coloniales por la emancipación del yugo imperialista y la explotación feudal como una parte fundamental de la revolución proletaria mundial. Consecuentes con ello adoptaron las siguientes medidas: “En lo referente a los Estados y a las naciones más atrasados, donde predominan las relaciones feudales, patriarcales o patriarcal-campesinas, es preciso tener presente sobre todo:

“1) La obligación de todos los partidos comunistas de ayudar al movimiento democrático-burgués de liberación en esos países (…)

“4) La necesidad de apoyar especialmente el movimiento campesino en los países atrasados contra los terratenientes, contra la gran propiedad territorial, contra toda clase de manifestaciones o resabios del feudalismo, y esforzarse por dar al movimiento campesino el carácter más revolucionario, realizando una alianza estrechísima entre el proletariado comunista de la Europa Occidental y el movimiento revolucionario de los campesinos de Oriente, de los países coloniales y de los países atrasados en general; es indispensable, en particular, realizar todos los esfuerzos para aplicar los principios esenciales del régimen soviético en los países en que predominan las relaciones precapitalistas, por medio de la creación de ‘sóviets de trabajadores’, etc.;

“5) La necesidad de luchar resueltamente contra los intentos hechos por los movimientos de liberación, que no son en realidad ni comunistas ni revolucionarios, de adoptar el color del comunismo; la Internacional Comunista debe apoyar los movimientos revolucionarios en los países coloniales y atrasados, solo a condición de que los elementos de los futuros partidos proletarios, comunistas no solo por su nombre, se agrupen y se eduquen en todos los países atrasados en la conciencia de la misión especial que les incumbe: luchar contra los movimientos democrático-burgueses dentro de sus naciones; la Internacional Comunista debe sellar una alianza temporal con la democracia burguesa de los países coloniales y atrasados, pero no debe fusionarse con ella y tiene que mantener incondicionalmente la independencia del movimiento proletario incluso en sus formas más embrionarias (…)”[30].

He aquí el genuino programa leninista de la IC para los países coloniales. En él se aprecia con claridad que, incluso en aquellos países donde el desarrollo del capitalismo era tan incipiente que no permitía al proletariado asumir, por el momento, la dirección del movimiento revolucionario, el apoyo al sector democrático-burgués no implicaba la renuncia a la organización política independiente de la clase obrera. Por el contrario, las tesis de la IC remarcan que las hipotéticas alianzas temporales con el movimiento democrático-burgués debían ir obligatoriamente acompañadas de la preparación política del naciente proletariado, para la inexorable lucha contra su burguesía nacional.

En China, las líneas generales de este programa adoptaban ya formas definidas y concretas. Por un lado, el proletariado había empezado a construir sus primeras organizaciones clasistas a través de los sindicatos. Había hecho también una primera demostración de su fuerza de clase independiente con su intervención decisiva en el levantamiento de mayo de 1919. Es más, desde 1921 existían ya los primeros núcleos del Partido Comunista.

Desgraciadamente, en el corto periodo de tiempo transcurrido entre octubre de 1917 y el inicio de la segunda revolución china en 1925, en la tierra del Octubre Rojo se habían producido profundas transformaciones políticas. El aislamiento provocado por el fracaso de la revolución en Europa había propiciado el inicio de la burocratización del joven estado obrero soviético y de su dirección, el partido bolchevique. El programa revolucionario de Lenin fue sepultado bajo el ascenso del estalinismo. Estos acontecimientos determinaron el fracaso de la revolución china en 1925-27 y desarrollos posteriores.

La revolución traicionada

El primer Estado obrero de la historia concitó el terror y el odio del capitalismo a escala mundial. Ya no se trataba de promesas en boca de agitadores, había una demostración práctica: la burguesía había sido despojada del poder por la acción revolucionaria del proletariado. Desde el punto de vista burgués no hubo la menor duda o vacilación, tenían que aplastar al Gobierno obrero. Rápidamente, la guerra civil contra los rusos blancos, partidarios de los terratenientes y los capitalistas expropiados por la revolución, se convirtió en una guerra contra una intervención imperialista sin precedentes.

Veintiún ejércitos extranjeros cercaron militarmente al joven Estado soviético. La heroicidad de las masas rusas que de la nada levantaron el Ejército Rojo, una extraordinaria maquinaria militar revolucionaria comandada por León Trotsky, permitió el triunfo sobre los enemigos de Octubre. Pero por esta victoria se pagó un precio terrible. Petrogrado, corazón de la revolución, redujo su población de 2.400.000 habitantes en1917 a 574.000 en 1920. La movilización del ejército, la muerte en el frente y el hambre en las ciudades, que obligó a numerosas familias obreras a emigrar al campo, hizo descender entre 1917 y 1920 el número de obreros industriales de 3.000.000 a 1.240.000. Lenin llegó a afirmar que “como quiera que la gran industria capitalista ha sido destruida, y las empresas industriales no funcionan, el proletariado ha desaparecido. A veces ha figurado formalmente, pero desligado de las raíces económicas cabe preguntarse dónde está la clase obrera”[31].

Las masas rusas sumaban ya nueve millones de muertos en los diferentes enfrentamientos armados desde el estallido de la Primera Guerra Mundial. Entre los desaparecidos durante la guerra civil se contaban muchos de los mejores cuadros bolcheviques, que se situaron siempre de forma ejemplar en primera línea de fuego.

Así pues, la destrucción económica y el atraso cultural de la clase obrera, heredado de la vieja sociedad, obligó a los sóviets a recurrir a un sector de viejos burócratas zaristas para las tareas de administración del joven Estado obrero. A estas dificultades se sumaba ahora la desorganización de importantes industrias. Tan desesperada fue la situación creada por colapso industrial, que no había posibilidades de intercambiar productos manufacturados por alimentos en el campo, lo que obligó a los bolcheviques a enviar destacamentos armados para requisar el grano de los campesinos, inaugurando la etapa conocida como comunismo de guerra que se extendió desde 1918 hasta 1921.

Esta situación, prácticamente desesperada, encontró una esperanza de solución con la llegada de la noticia del levantamiento del proletariado alemán en diciembre de 1918. Rádek, enviado como delegado bolchevique a Berlín, escribió sobre la influencia de estos acontecimientos en Moscú: “Decenas de millares de obreros, estallaron en vivas salvajes. Yo no había visto nada igual. Luego por la tarde, obreros y soldados rojos desfilaban aún. La revolución mundial había llegado. Nuestro aislamiento había terminado”[32].

Alemania era un país clave para el futuro de la URSS. Con la ayuda de la avanzada industria alemana se podría haber llevado a cabo un desarrollo socialista de la agricultura soviética a través de la colectivización de la tierra, la introducción de la maquinaria y los avances técnicos occidentales. De esta manera hubiese sido posible multiplicar la productividad del trabajo agrícola. La Revolución alemana de 1918 pudo haber cambiado el curso de la historia de la URSS y del conjunto del mundo. Trágicamente, la revolución alemana fracasó. Su derrota no vino determinada por la falta de coraje revolucionario del proletariado alemán. Lo que impidió un triunfo como en Rusia fue la ausencia de un partido marxista fuertemente implantado entre la clase obrera y la traición de la socialdemocracia que, en colaboración con las fuerzas militares de la burguesía, asesinó a los dos líderes de la revolución: Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

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Comunistas de la Liga Espartaquista luchando en las calles alemanas. 


Después del fracaso alemán llegarían otros: Hungría, Bulgaria, Italia… La revolución en Europa quedaba aplazada, condenando temporalmente al Estado soviético al aislamiento.

“Si examinamos la situación a escala histórica mundial”, explicaba Lenin en 1918, “no cabe la menor duda de que si nuestra revolución se quedase sola, si no existiese un movimiento revolucionario en otros países, no existiría ninguna esperanza de que se llegase a alcanzar el triunfo final”[33]. Efectivamente, el socialismo no podía ser construido en las fronteras nacionales de la URSS con sus únicas fuerzas, aunque se tratara de un país con las dimensiones de un continente. Inevitablemente, la URSS seguiría cercada por el mercado mundial y la división internacional del trabajo, mucho más peligroso, como factor contrarrevolucionario, que los regimientos imperialistas.

El aislamiento soviético permitió que las viejas formas de administración de la sociedad de clases emergieran nuevamente a la superficie. Aunque la dirección bolchevique y el heroísmo de las masas aplastaron el intento de restauración capitalista de los guardias blancos y sus aliados imperialistas, no pudieron evitar que las fuerzas agazapadas del antiguo Estado zarista, todavía latentes, levantaran la cabeza y ocuparan posiciones claves. “Los burócratas zaristas han comenzado a pasar a las oficinas de los órganos soviéticos, en los que introducen hábitos burocráticos y para asegurar un mayor éxito en su carrera, se procuran carnés del PC de Rusia. (…) hemos hecho todo lo necesario por suprimir estas trabas, pero hasta hoy no hemos podido lograr que las masas trabajadoras puedan participar en la administración, además de las leyes, existe el problema del nivel cultural, que no puede ser sometido a ninguna ley”[34].

La situación económica también presentó enormes dificultades que obligaron a los bolcheviques a realizar concesiones a la economía de mercado. Las drásticas medidas instauradas bajo el llamado comunismo de guerra, una vez finalizada la guerra civil y expulsados los ejércitos imperialistas, tenían que ser superadas. Era indispensable reactivar la producción y asegurar la existencia de millones de explotaciones campesinas aisladas, duramente golpeadas por los requisamientos forzosos de la guerra. El objetivo de la Nueva Política Económica (NEP), aumentar la producción y la circulación de mercancías, solo podía alcanzarse saneando las relaciones entre el campo y la ciudad. Para ello se permitió a los campesinos comerciar con su producción agrícola. La NEP dio los resultados económicos esperados. Desde 1923 gracias al primer impulso desde el campo, la producción industrial se dobló en 1922 y 1923, y en 1926 se alcanzó el nivel de antes de la guerra. Pero estos datos económicos positivos venían inevitablemente acompañados de un alto precio político: el fortalecimiento de las tendencias burguesas en el campo.

La clase obrera soviética, limitada por su atraso cultural, agotada por los duros años de la guerra y frustrada por el fracaso de la revolución en Europa, obligada también a luchar por su mera subsistencia física, difícilmente contaba con las condiciones materiales necesarias para participar en la administración del Estado y dirigir en la práctica la nueva sociedad. El hueco dejado por la exhausta clase obrera en la dirección del Estado obrero fue ocupado por los supervivientes del viejo aparato estatal zarista y una nueva casta de funcionarios del partido.

El nuevo fracaso de la revolución alemana de 1923 alimentó aún más la desconfianza en los estratos superiores de la sociedad hacia el movimiento obrero y la posibilidad de una victoria revolucionaria en otros países. El partido bolchevique, diezmado por los años de la guerra, acusaba desde 1922 las ausencias cada vez más frecuentes de Lenin, carcomido por la enfermedad. Finalmente, Lenin murió en enero de 1924.

Las dramáticas condiciones impuestas a la revolución tras la toma del poder favorecieron la conformación de una nueva casta burocrática, integrada por quienes se encontraban al frente de los sóviets, del partido y el Estado. Con el paso del tiempo, este grupo que tenía en sus manos las palancas del poder, adquirió conciencia de sus propios intereses. Las formas de propiedad nacionalizadas y la planificación de la economía, fue respetada, ya que precisamente de ellas emanaba su posición de privilegio y poder. Pero, a la vez, la nueva casta dirigente comenzó a desarrollar una política, tanto en las fronteras interiores de la URSS como en el exterior, acorde con sus necesidades, aunque éstas entraran en contradicción con las de la clase obrera. A lo largo de un proceso traumático, que contó con la oposición decidida de los mejores cuadros bolcheviques, el estalinismo ascendente expropió el poder político a clase obrera. Había nacido el primer régimen de bonapartismo proletario de la historia.[35]

Solo comprendiendo los dramáticos procesos que dieron lugar al surgimiento del estalinismo, podremos entender el giro contrarrevolucionario que se produjo en la política exterior de la URSS a mediados de los años veinte y sus desastrosas consecuencias para la revolución china.

La funesta teoría del socialismo en un solo país, formulada por Stalin en otoño de 1924, acabó con la perspectiva internacionalista de la Internacional Comunista, creando las condiciones para terribles derrotas, tanto en los países capitalistas desarrollados como en las colonias. Esta doctrina representa la negación más rotunda del programa leninista. En cientos de escritos, Lenin siempre rechazó esta posibilidad, que entraba en absoluta contradicción con los fundamentos del socialismo científico. Nos conformaremos aquí con un cita de uno de sus trabajos: “Estamos lejos incluso de haber terminado el periodo de transición del capitalismo al socialismo. Jamás nos hemos dejado engañar por la esperanza de que podríamos terminarlo sin la ayuda del proletariado internacional. Jamás nos hemos equivocado en esta cuestión (…) Naturalmente, la victoria definitiva del socialismo en un solo país es imposible”[36].

La nueva casta dominante, liderada por Stalin, impregnada hasta la médula de un profundo escepticismo hacia la capacidad revolucionaria de la clase obrera fuera y dentro de sus fronteras, llegó a la conclusión de que se abría un periodo de estabilización capitalista a escala mundial. Tras una época turbulenta y complicada, el horizonte presentaba la oportunidad de construir el “socialismo” dentro de las fronteras nacionales de la URSS, lejos de los sobresaltos y las frustraciones de la revolución internacional.

Si en los primeros años posteriores a la toma del poder, la política exterior soviética se guio por el principio de que cualquier acuerdo con un país capitalista, fuera comercial, diplomático o militar era admisible siempre y cuando en ningún caso frenara o debilitara la acción revolucionaria del proletariado en ese país, la consolidación de la política estalinista supuso un giro de 180 grados.

La alianza con la burguesía china ocupó un lugar destacado en la nueva diplomacia soviética. Con el paso del tiempo, la dinámica de esta política contrarrevolucionaria llevaría a la firma del pacto Hitler-Stalin en agosto de 1939.

El Termidor soviético, la expropiación política de la clase obrera que tomó el poder en Octubre de 1917, necesitaba algo más que condiciones objetivas favorables, precisaba también destruir, borrar con saña todas las tradiciones de la política del bolchevismo y exterminar físicamente a los mejores militantes.

La nueva casta de burócratas primero arrinconó, y posteriormente exterminó, a quienes dentro del partido se opusieron a su política. Trotsky, dirigente de las revoluciones de 1905 y 1917 y fundador del Ejército Rojo, agrupó en torno a la bandera de la Oposición de Izquierdas a los militantes que no estaban dispuestos a renunciar al programa de Lenin. Decenas de miles de oposicionistas fueron despedidos de sus trabajos y detenidos, sometidos a duros interrogatorios y, más tarde, encarcelados y asesinados. Los métodos más crueles fueron necesarios para transformar la naturaleza política del partido bolchevique, hasta convertirlo en el brazo político de la contrarrevolución burocrática.

De esta manera nació una gran contradicción. Detrás de las banderas rojas del comunismo se agruparían millones de los mejores y más abnegados revolucionarios de todo el mundo, en una lucha incansable por construir la patria socialista soviética. Envueltos en esas banderas, proclamándose herederos políticos de Lenin, los dirigentes de Moscú defenderían y aplicarían una y otra vez una política contra la que Lenin se pronunció constantemente en toda su práctica revolucionaria.

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El Termidor soviético necesitaba borrar con saña todas las tradiciones de la política del bolchevismo y exterminar físicamente a los mejores militantes. 


V. La segunda revolución china: 1925-1927

El Partido Comunista Chino y el Kuomintang

En su I Congreso celebrado en 1921, el PCCh había decido orientarse al trabajo en las organizaciones sindicales. En algunas zonas los comunistas, a pesar de su reducido número y juventud, consiguieron convertirse en los dirigentes de las organizaciones de los trabajadores y los campesinos. El II Congreso, celebrado en 1922, abordó la cuestión de la alianza de los proletarios con otras fuerzas revolucionarias como los campesinos pobres y la pequeña burguesía, sin llegar a establecer una táctica precisa.

Finalmente, el III Congreso, celebrado en Cantón en junio de 1923, en el que participaron 30 delegados en representación de 432 afiliados, aprobó una alianza orgánica y estable con las fuerzas del nacionalismo burgués de Sun Yat-sen a través del Kuomintang. La argumentación política para semejante conclusión práctica era el carácter burgués de la próxima revolución china, que asignaría el papel dirigente a la burguesía. Se trataba de una vieja melodía, ya interpretada por los mencheviques entre febrero y octubre de 1917 en Rusia. La responsabilidad, de semejante acuerdo se encontraba lejos de Cantón, más exactamente en Moscú, donde la nueva política de la IC, dictada por la naciente troika formada por Stalin, Zinóviev y Kámenev, diseñaba las directrices de la política china. Tan es así, que dicho congreso no hizo más que ratificar una política decidida, aprobada y hecha pública seis meses atrás, en enero de 1923.

Esta deriva hacia una política abierta de colaboración de clases con la supuesta burguesía revolucionaria de los países coloniales, se vio impulsada por el giro que, en torno a estas mismas fechas, realizó el dirigente nacionalista burgués Sun Yat-sen. Este personaje, que encarnaba la revolución republicana de 1911, estaba defraudado por el papel conservador y reaccionario jugado por las potencias imperialistas en la política interior china, y profundamente impactado por el triunfo ruso de 1917. Dicho impacto, no provenía, desde luego, de las conquistas sociales soviéticas, ni mucho menos de la expropiación de la burguesía rusa. Lo que el padre del Kuomintang apreciaba del nuevo Estado obrero, era su capacidad para frenar la injerencia imperialista.

Sun se convenció de que una alianza con la URSS fortalecería las perspectivas de una nación China realmente independiente, hasta el punto que la alianza con los soviéticos podría convertirse en un buen contrapeso a las presiones imperialistas. Cuando en una de sus múltiples peripecias políticas fue desalojado de la presidencia de la República —a la que había llegado en la primavera de 1921 “empujado” por los cañonazos del señor de la guerra Chen Chiang-ming—, decidió romper definitivamente con sus viejos aliados, acercándose a la URSS y por ende al PCCh.

La combinación de todos estos acontecimientos, permitió que el 26 de enero de 1923, Sun Yat-sen y el diplomático soviético Adolf Ioffe, firmaran una alianza. El acuerdo significó importantes concesiones políticas al Kuomintang: “el sistema comunista, e incluso el de los sóviets no pueden ser introducidos en China, donde no existe ninguna condición favorable para su aplicación”[37]. En las negociaciones se discutió también la forma que asumiría la colaboración entre el PCCh y el Kuomintang. Sun se negó a una alianza entre partidos y no solo exigió, sino que consiguió que los representantes de la IC aceptaran que los comunistas chinos se afiliaran individualmente y acataran la disciplina del partido nacionalista.

El Comité Central del PCCh, guiados por el instinto clasista de su secretario general y máximo dirigente, Chen Tu-hsiu, rechazó este acuerdo, argumentando en su contra que con él se hipotecaría el futuro del partido, que ni siquiera podía contar con un periódico propio. Pero los representantes de la IC hicieron caso omiso a la opinión de la dirección de los comunistas chinos. Los jóvenes dirigentes del PCCh tenían un enorme respeto por la IC fundada por Lenin, lo que facilitó que finalmente terminara imponiéndose el criterio político de Moscú. Así fue como el III Congreso del PCCh, más por disciplina que por convencimiento, aprobó un manifiesto en el que se afirmaba que “el Kuomintang sería la fuerza central de la revolución nacional y asumiría su dirección”.

A pesar de su inicial acatamiento, Chen Tu-hsiu no lograba reconciliarse con esta política, e intentó en varias ocasiones convencer a Moscú de la necesidad de sacar al PCCh del Kuomintang. En octubre de 1925, propuso al ejecutivo de la IC comenzar a preparar la salida de los comunistas, al punto de que en junio de 1926, el Comité Central del PCCh aprobó formar un bloque con el Kuomintang como organización independiente. Invariablemente, todas estas propuestas fueron rechazadas por los dirigentes de la Internacional.

Fue precisamente en ese periodo donde se establecieron las bases políticas para la inmediata derrota de los comunistas chinos. Mientras Chen Tu-hsiu, defendía la independencia de clase de los comunistas chinos, siguiendo la política adoptada por el II Congreso de la IC, desde la tierra de Octubre, y en nombre del leninismo, se le imponía la traición a su auténtico legado. Este error no partía de un equívoco, ni podía ser achacable a la falta de preparación política de la IC. La actitud de los comunistas ante la burguesía de las colonias había sido establecida reiteradamente en los documentos programáticos de la IC, la mayoría escritos por Lenin, y en numerosos trabajos del fundador del Estado soviético: “La cuestión ha sido planteada en los siguientes términos: ¿podemos considerar justa la afirmación de que la fase capitalista de desarrollo de la economía nacional es inevitable para los pueblos atrasados que se encuentran en proceso de liberación y entre los cuales ahora, después de la guerra, se observa un movimiento en dirección al progreso? Nuestra respuesta ha sido negativa. Si el proletariado revolucionario victorioso realiza entre estos pueblos una propaganda sistemática y los Gobiernos soviéticos les ayudan con todos los medios a su alcance, es erróneo suponer que la fase capitalista de desarrollo sea inevitable para los pueblos atrasados (…) Entre la burguesía de los países explotadores y la de las colonias se ha producido cierto acercamiento, debido a lo cual muy a menudo —y quizás incluso en la mayoría de los casos—, la burguesía de los países oprimidos, pese a prestar su apoyo a los movimientos nacionales, lucha al mismo tiempo de acuerdo con la burguesía imperialista, es decir, del lado de ella, contra todos los movimientos revolucionarios y las clases revolucionarias. (…) como comunistas, debemos apoyar y apoyaremos los movimientos burgueses de liberación en las colonias solo en el caso de que estos movimientos sean verdaderamente revolucionarios, solo en el caso de que sus representantes no nos impidan educar y organizar en un espíritu revolucionario a los campesinos y las grandes masas de explotados. Si no se dan esas condiciones, los comunistas deben luchar en esos países contra la burguesía reformista (…) hasta en los países que casi carecen de proletariado se puede también despertar en las masas el deseo de tener ideas políticas propias y de desplegar su propia actividad política (…) Se comprende perfectamente que los campesinos, colocados en una dependencia semifeudal, puedan asimilar muy bien la organización soviética y sean capaces de ponerla en práctica”[38]. Si no fuera porque este discurso de Lenin fue pronunciado dos años y medio antes de la firma de la alianza con el Kuomintang, perecería una intervención hecha ex profeso para rechazar las condiciones de dicho acuerdo. Con su nefasta política, Stalin no solo traicionaba el programa del bolchevismo, no solo ignoraba las decisiones adoptadas por la IC, también había empezado a cavar la tumba en la que sería sepultada la segunda revolución china.

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Cadetes academia militar de Whampoa. 


La colaboración con el Kuomintang parecía no tener límite. Sun envió a Moscú una delegación militar, encabezada por Chiang Kai-shek, para estudiar la táctica y la organización de las fuerzas armadas soviéticas. Por otra parte, la URSS envió a Cantón en 1923 un grupo de consejeros soviéticos, encabezados por Borodin. Entre tanto algunos militantes del PCCh ya habían ingresado en el Kuomintang, eso sí, como individuos.

El 20 de enero de 1924 comenzaron las sesiones del primer congreso del Kuomintang, que aprobó el ingreso de los comunistas con dos condiciones: acatar la disciplina de dicho partido y no criticar públicamente su política. A los pocos meses, se creó la academia militar de Whampoa, cuyos programas de estudios fueron elaborados, en gran parte, por consejeros militares soviéticos. Su objetivo era crear una fuerza armada revolucionaria unificada para derrotar a los señores de la guerra y unificar el país. La dirección de la academia fue confiada a Chiang Kai-shek, figura en ascenso dentro del Kuomintang. No deja de ser una ironía cruel que Chiang Kai-shek, futuro responsable de la matanza de cientos de miles de revolucionarios chinos, así como cerebro y ejecutor de cinco “campañas de exterminio” contra el PCCh, recibiera parte de su adiestramiento militar de manos del ejército soviético.

La realidad política y social de China en la segunda década del siglo XX, sometida a un régimen encabezado por los títeres del imperialismo y los señores de la guerra, con el predominio de relaciones de producción precapitalistas en el campo y bajo la amenaza permanente a su integridad territorial, obligaba a los comunistas chinos a buscar aliados entre aquellos que combatían a estas fuerzas reaccionarias. El movimiento liderado por Sun Yat-sen reivindicaba la lucha contra la opresión extranjera, la unidad nacional y la modernización del país. Los comunistas no se oponían a esos objetivos. Sin embargo, como explicaba Trotsky, colaboración no significa sumisión. La colaboración política suponía la igualdad de las partes y el acuerdo mutuo, unidad en la acción pero libertad de organización, de agitación y propaganda política.

Pero este no era el caso en China. El proletariado no llegaba a acuerdos con sectores de la burguesía y la pequeña burguesía para poner en marcha un plan de lucha contra las fuerzas imperialistas y militaristas de los señores de la guerra, como hubiera sido legítimo. Desde la nueva dirección estalinizada de la IC, se les obligaba a someterse a los dictados del Kuomintang y a aceptar su programa, en unas circunstancias en las que era absolutamente imprescindible trazar con claridad las líneas en las que se desarrollaría la próxima revolución china y, precisamente por ello, salvaguardar el programa y la organización independiente del proletariado, su derecho a presentarse ante las masas como una clase con su propia política y fines, diferenciada de la burguesía y la pequeña burguesía.

1925: el ascenso revolucionario

A medidos de los años veinte, las condiciones de vida de las masas chinas eran insoportables. De los 300 millones de personas que vivían de la tierra, el 50% carecía de cualquier tipo de propiedad y otro 20% tenía parcelas demasiado pequeñas para satisfacer sus necesidades. La concentración de la tierra era extrema: el 13% de la población rural poseía el 81% de la tierra.

Los campesinos pobres eran obligados a entregar entre el 40 y el 70% de sus cosechas dependiendo de la zona en la que habitaran. A ello se sumaban las reminiscencias feudales, que los obligaban a prestar servicios sin pago a los “señores”. En la ciudad la vida no era mucho más agradable para los proletarios. Si datos oficiales cifraban en 46 dólares mensuales los ingresos mínimos para la subsistencia de una familia de cuatro miembros, el salario promedio en la industria era de 10 dólares al mes. Los sectores más explotados ganaban incluso menos, la paga diaria de mujeres y niños que trabajaban en la industria textil era de 12 centavos. A la explotación se sumaba el trato humillante, propio de animales, que los trabajadores recibían: una de las reivindicaciones más sentidas por los trabajadores textiles fue la prohibición de los azotamientos con los que públicamente eran castigados. Junto a mejoras salariales y a un trozo de tierra del que poder vivir, las masas chinas se levantarían también en defensa de su dignidad, de su derecho a vivir como seres humanos libres merecedores de respeto.

En enero de 1925 el PCCh celebró el IV Congreso, y aunque contaba en estas fechas con poco más de mil afiliados, muchos de sus militantes ocupaban posiciones claves en los recién nacidos sindicatos. De hecho, fue la protesta por el asesinato del comunista Ku Sheng-jung, dirigente de una de las manifestaciones de los trabajadores de las hilanderías de Shanghái, el detonante de un movimiento de masas que acabaría en huelga general.

En el Kuomintang también se habían producido cambios. Sun Yat-sen había fallecido ese mismo año, hecho que ayudó a consolidar el ascenso de Chiang Kai-shek y a debilitar a los sectores más vinculados con la experiencia revolucionaria de 1911.

A mediados de febrero se iniciaron importantes huelgas por mejoras salariales en las hilanderías de Shanghái controladas por los capitalistas japoneses. Pero no solo los trabajadores tenían quejas de la actuación de los imperialistas. El consejo comunal de la ciudad, controlado por los representantes de las potencias extranjeras, había aprobado una serie de ordenanzas en materia aduanera y portuaria que perjudicaban directamente a la burguesía china del sector textil, único rama de la producción en la que el capital chino tenía un peso importante. El asesinato de uno de los manifestantes y las lesiones provocadas a muchos otros, despertó una ola de indignación. Estudiantes universitarios, que habían comenzado a reunir fondos para las familias de las víctimas, fueron arrestados por la policía de la “Concesión Internacional” de la ciudad, en manos de británicos, norteamericanos, japoneses y otros.

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Los campesinos pobres eran obligados a entregar entre el 40 y el 70% de sus cosechas dependiendo de la zona en la que habitaran y se veían obligados a prestar servicios sin pago a los “señores”. 


Las huelgas de protesta, dieron lugar a enfrentamientos con los centinelas japoneses, que el 15 de mayo dispararon en el interior de las fábricas asesinando a una docena de obreros. El 30 de mayo se produjeron manifestaciones de estudiantes y obreros, cargadas de odio hacia a los imperialistas. En esta ocasión fueron diez los manifestantes asesinados. El 4 de junio los muertos superaban el centenar, y la agitación en Shanghái se transformó en una oleada general de huelgas: cerca de 200.000 trabajadores habían abandonado el trabajo en las fábricas extranjeras. En estas circunstancias el PCCh multiplicó por diez su afiliación.

En la segunda mitad de junio el espíritu de rebelión llegó a Cantón, produciéndose en la ciudad manifestaciones multitudinarias de solidaridad con trabajadores de Shanghái. Las tropas de las potencias extranjeras atacaron una manifestación de 100.000 personas el 23 de junio, provocando cincuenta muertos. La radicalización alcanzó grados extremos y la dominación extranjera quedó suspendida en el aire. Así, el 1 de julio de 1925, gracias al movimiento del proletariado cantonés, los dirigentes del Kuomintang proclamaron en Cantón un Gobierno nacional cuyo objetivo sería unificar China bajo un régimen nuevo y unitario. Para lograr semejante tarea fundaron el Ejército Nacional Revolucionario, dirigido por los oficiales adiestrados en la academia militar de Whampoa.

Hong Kong también se contagió del movimiento revolucionario, estallando una huelga en las que participaron 200.000 trabajadores portuarios e industriales y que se prolongaría durante 16 meses. Se trató de una de las huelgas más largas conocidas en la historia del movimiento obrero mundial. La movilización general en Hong Kong, entre el 19 de junio de 1925 y el 10 de octubre de 1926, puso en la práctica el poder en manos de los piquetes obreros, del comité de huelga y los cadetes militares revolucionarios de Cantón. Su combatividad y duración alimentó una ola de solidaridad que recorrió todo el país. La clase obrera no se limitaba a participar en la revuelta general contra opresión imperialista. Asumía en la lucha un papel protagonista con los métodos revolucionarios tradicionales del proletariado. Demostraba un carácter de clase independiente frente a la burguesía y, por la propia dinámica de la revolución, se situaba ante el poder.

Los trabajadores chinos no pretendían con su lucha expulsar a los explotadores imperialistas para ceder el poder a sus explotadores nativos, luchaban para mejorar sus condiciones de vida, para aumentar su salario, reducir su jornada laboral y conseguir plenos derechos sindicales y políticos. Así, las huelgas no se limitaron a las empresas extranjeras, y empezaron a extenderse a las de propiedad china.

La burguesía cantonesa estaba totalmente aterrorizada. No era para menos; los comunistas, situados en primera línea de combate, habían organizado piquetes armados en Cantón. El 20 de marzo de 1926, Chiang Kai-shek, fiel representante de los intereses de la clase a la que pertenecía, proclamó la ley marcial e hizo arrestar a numerosos dirigentes comunistas y consejeros soviéticos, registrando también las sedes de los sindicatos y las misiones soviéticas. Gracias a un ambiente revolucionario claramente ascendente, se consiguió que los arrestados fuesen liberados. En este incidente se mostró el papel que las diferentes clases de la sociedad china estaban destinadas a jugar en la revolución. La clase obrera, como vanguardia, organizaría junto con el campesinado las fuerzas combatientes más decididas de la revolución social. La burguesía, arrastrando tras de sí a la pequeña burguesía y a pesar de su resentimiento por la postración a la que la sometía la dominación imperialista, preferiría soportar los grilletes de sus hermanos de clase extranjeros frente a la amenaza real del triunfo de un Octubre chino.

Moscú apoya las medidas contrarrevolucionarias de Chiang Kai-shek

El poder de Chiang se consolidaba cada día más en el seno de un Kuomintang aterrorizado por el potencial revolucionario demostrado por la clase obrera. A mediados de mayo de 1926, el II Congreso del Kuomintang aprobó una batería de medidas, políticas y organizativas, destinada a debilitar la lucha obrera. A partir de entonces, los comunistas no podían ocupar más de un tercio en los órganos dirección y ningún comunista podía ser nombrado para puestos directivos en el ejército o el Gobierno. También se decidió que los comunistas no podían organizarse como fracción dentro del Kuomintang y se exigió la lista detallada de todos los afiliados al PCCh. Respecto a la IC, todas sus directrices deberían ser comunicadas a una comisión mixta del Kuomintang y el PCCh. Además, la reunión del Comité Central ejecutivo del Kuomintang recortó los derechos sindicales, estableciendo el arbitraje obligatorio en las huelgas y la prohibición de la reivindicación de la jornada laboral de 8 horas.

La dirección de la IC aceptó los ataques del régimen de Cantón dirigido por el Kuomintang. Borodin, representante de la troika moscovita en China, amenazó a los asesores rusos que disgustasen a Chiang con la destitución y sustitución por colegas más amables. No en vano, a principios de ese mismo año, el buró político del PC ruso, con el voto en contra de Trotsky, había aprobado la admisión en la IC del Kuomintang como partido simpatizante y nombrado a Chiang Kai-shek miembro de honor del Presidium de su Comité Ejecutivo. Poco más de un año después de aceptar dicho honor, Chiang, asesinará a decenas de miles de comunistas.

Semejante política no se basaba ni en la dinámica real del movimiento revolucionario, en claro ascenso, ni en el sentir de los comunistas chinos. De hecho, en esos mismos días se había celebrado el tercer congreso de los sindicatos chinos, que agrupaban ya 500.000 afiliados, reflejando el ambiente de confianza existente entre la clase. Por su parte, los dirigentes del PCCh, propusieron responder a las medidas reaccionarias del Kuomintang con un movimiento de masas. Chen Tu-hsiu, expresó con claridad su oposición a la táctica de la IC, y, su postura fue respaldada por el pleno del Comité Central del PCCh reunido a finales de junio de 1926. Era al menos la tercera ocasión, desde la firma de la alianza con el Kuomintang en 1923, en que la dirección china se oponía a la política de la IC.

Chen advirtió a los dirigentes de Moscú sobre la gravedad de la situación y solicitó una discusión general para revisar la política de alianzas con el Kuomintang. Así mismo solicitó encarecidamente a los líderes de la IC que al menos una parte del armamento soviético quedara en manos de los comunistas y no de las tropas del Kuomintang. La IC no solo hizo oídos sordos, sino que redactó un informe en el que rechazaba los argumentos del comité central chino.

Trotsky, que hasta ese momento había centrado la mayor parte de su atención política a la lucha contra la consolidación de la burocracia estalinista dentro del PC ruso y sometido ya, junto a sus camaradas de la Oposición de Izquierdas, a una persecución brutal, se involucró de lleno en esta polémica. Frente al papel de dirigente de la revolución con el que Stalin investía a la burguesía china, Trotsky explicaba que ésta misma burguesía estaba predestinada a apoyar la contrarrevolución: “Sin embargo, es posible que el autor del artículo tenga en mente, en el antiguo estilo martinovista, la siguiente perspectiva: primero, la burguesía nacional completa la revolución nacional burguesa, por medio del Kuomintang que, con la ayuda de los mencheviques chinos, estará lleno de sangre obrera y campesina. Culminada esta etapa, llamémosla menchevique, de la revolución nacional, llega la hora de la etapa bolchevique: el PC se retira del Kuomintang, el proletariado rompe con la burguesía, gana al campesinado y dirige el país hacia la “dictadura democrática de obreros y campesinos (…) Seguir la política de un PC pendiente de entregar obreros al Kuomintang es preparar el terreno para la instauración de la dictadura fascista en China (...) La revolución nacional, en el sentido de lucha contra la dependencia nacional, está sometida a una dinámica de clase (…) la burguesía china, no desea un febrero chino por temor a que desemboque en un octubre o un semioctubre chino”[39].

El 5 junio de 1926, Chiang Kai-shek fue nombrado comandante en jefe del Ejército Nacional Revolucionario. Un mes después, el 9 de julio, las fuerzas del régimen de Cantón partieron en dirección al norte para iniciar su tarea de unificar el país. En seis meses derrotaron completamente a Wu Pei-fu, caudillo militar feudal respaldado por Inglaterra y Estados Unidos, que había tomado bajo su control las provincias centrales de Hunán, Jopei y Jonán. Otra columna aplastó a Sun Chuan-fang, señor de la guerra apoyado por EEUU y Gran Bretaña, que había dominado las provincias orientales de Fuchién, Chachiang, Chiangsí y Anjuí. Ante este movimiento victorioso, otros señores de la guerra locales empezaron a ver en el Kuomintang un posible ganador y, carentes como siempre de cualquier escrúpulo o respeto por las alianzas que previamente habían establecido, se acercaron a él. Estos pactos iban mucho más allá del plano militar, obligaban a una clara renuncia en el programa social y político. Éstos militaristas locales, al margen de por quién apostaran como vencedor en la contienda, por su ligazón con el viejo régimen de propiedad de la tierra necesitaban la garantía de poder seguir explotando de forma inmisericorde al campesinado para mantener sus prebendas. De estas oscuras alianzas, participó también Stalin. Este fue el caso con Feng Yu-hsiang, señor de la guerra que dominaba una de las áreas de la franja noroccidental del país, quien, a través de los contactos iniciados con Borodin, se adhirió al Kuomintang en agosto de 1926 y firmó una alianza con la URSS que le aseguró el envío de material militar soviético. Antes de que se cumplieran diez meses, Feng rompería de forma sangrienta sus acuerdos con Moscú.

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Chiang Kai-shek. 


La actitud clasista del campesinado en la revolución

En el campo, el fermento social alcanzaba también altas temperaturas, la revolución cantonesa se convirtió en la inspiración que precisaba. Ya en 1921, un intelectual comunista, Peng Pai, había iniciado tareas de organización entre los campesinos logrando agrupar, en el ecuador de la década de los 20, una fuerza de casi 100.000 campesinos en las zonas de Haifeng y Lufeng, que apoyaron al régimen de Cantón. En la zona de Hunán, otro dirigente comunista, Mao Tse-tung, había organizado ligas campesinas que en agosto de 1926 agrupaban a decenas de miles de campesinos. En 1927 las asociaciones campesinas sumaban dos millones de campesinos.

Estas organizaciones imponían la reducción de los alquileres de la tierra, de las tasas de usura y los impuestos. Se constituyeron también auténticos tribunales populares que juzgaron a propietarios y nobles. El ascenso revolucionario en el campo acrecentó aún más las tensiones de clase entre la base social de la revolución y el Kuomintang, ya que numerosos oficiales eran propietarios de tierras, procedían de familias propietarias o de familias cuyos privilegios provenían de la vieja estructura social del campo. Aunque sobre el papel se adquirió el compromiso de que solo se debía confiscar la propiedad de aquellos que fueran enemigos del Kuomintang, cuando los campesinos chinos iniciaron la lucha atacaron a una clase, la clase propietaria que los explotaba de forma milenaria, sin importarle su parentesco o no con el Kuomintang.

La actitud clasista del campesinado chino contrastaba con la criminal política estalinista. Cuando el campesinado iniciaba la revolución agraria atacando los intereses del Kuomintang, el PCCh se encontraba atado por una alianza estratégica con Chiang Kai-shek. Este, mucho más consecuente en la defensa de los intereses de su clase que la IC dirigida por Stalin y Bujarin, favoreció la actividad de las bandas contrarrevolucionarias de la Asociación Antibolchevique, colocando a un buen número de sus miembros en puestos de dirección que dependían de Chiang.

En cualquier caso, era tal el odio a los terratenientes y a los imperialistas que la marcha hacia el norte de las tropas del Kuomintang fue un éxito imparable, provocando a su paso una ola revolucionaria. Por lo general al frente de la vanguardia militar estaban los mandos educados en la academia de Whampoa, algunos de ellos pertenecientes al PCCh. Los obreros, a través de sus sindicatos, jugaron un papel crucial en facilitar la ocupación de las zonas urbanas y el abastecimiento de las tropas, proporcionando además guías locales al Ejército Nacional Revolucionario. En Hunán, los sindicatos se extendieron a varios distritos, aumentando su afiliación de 60.000 a 150.000 obreros. En Wuhan llegaron a contar con 300.000 afiliados después del avance del ejército nacionalista.

A mediados de junio de 1926 cayeron las capitales de Hunán y Changa. El 16 de septiembre las tropas del Kuomintang entraron en la gran ciudad de Hankow, acogidas triunfalmente por la población. La amurallada ciudad de Wuchang se tomó el 8 de octubre.

Sin embargo, Chiang estaba más preocupado que contento por la creciente marea revolucionaria que su avance militar había desatado. Era evidente el papel decisivo que la clase obrera y el campesinado habían jugado en la conquista de las ciudades, tanto que en muchas áreas del país empezaban a querer ser algo más que tropas de asalto en la batalla contra el imperialismo y los señores de la guerra. En varias zonas, la población convirtió la bienvenida a las tropas nacionalistas en un levantamiento contra los señores feudales, los terratenientes y los usureros. El PCCh lideraba además el movimiento sindical y varias zonas campesinas, y cada día se hacía más evidente que la política de la IC distaba mucho de la aplicada por las masas en la práctica.

Como respuesta a este ascenso revolucionario incontenible, Chiang prohibió las huelgas y las manifestaciones, y envió expediciones al campo para someter a los campesinos insurrectos. Chen Tu-hsiu apoyándose en estos hechos, volvió a insistir al Ejecutivo de la Internacional Comunista. Aunque estaba de acuerdo en mantener una alianza con el Kuomintang frente a los señores de la guerra y el imperialismo, consideraba necesario liberar al PCCh de la disciplina del Kuomintang y permitir su existencia y acción independiente. El Ejecutivo de la Internacional no solo rechazó su propuesta, sino que Bujarin, mano derecha de Stalin, ratificó la necesidad “de mantener un frente nacional revolucionario único” ya que “la burguesía comercial desempeña actualmente un papel objetivamente revolucionario”[40].

La política de la IC no podía ya merecer el calificativo de errónea. El carácter reaccionario de la política de Chiang, sus lazos con la burguesía y los terratenientes, sus medidas antiobreras y represivas contra el movimiento campesino, se había manifestado más que de sobra. La persistencia estalinista respecto a la colaboración de clase con la burguesía china, se había transformado ya en una política abiertamente contrarrevolucionaria.

En noviembre, las tropas de los señores de la guerra contrarios al Kuomintang, se vieron obligadas a refugiarse en la zona Chiang, donde, acertadamente, estimaron que encontrarían la protección naval y terrestre de las potencias imperialistas. Estas últimas, temiendo la pérdida del control sobre Shanghái y Nankín, centro de sus intereses económicos, se decidieron a intervenir abiertamente. Las cañoneras extranjeras que patrullaban el Yangtsé abrieron fuego contra la población civil. A pesar de ello, en marzo de 1927, ambas ciudades fueron liberadas.

Así pues, a principios de 1927, la triple ciudad de Wuhan, compuesta por Hankow, Hanyang y Wuchang, se convirtió en la nueva capital del régimen nacionalista. Los acontecimientos se sucedían vertiginosamente. Si el 1 de enero se completaba el traslado de los órganos gubernativos desde Cantón, dos días después, el 3 de enero, miles de obreros y de estudiantes ocupaban la concesión inglesa.

En semejantes condiciones, algunos representantes de las potencias extranjeras, especialmente los del imperialismo estadounidense, optaron por una vía distinta a la de las cañoneras para desviar a la revolución de sus objetivos. Iniciaron conversaciones para desarrollar una alianza con sectores del Kuomintang.

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Lenin y Trotsky. 


A su vez, a pesar de que no había trascurrido siquiera un año desde que el Kuomintang aprobara que los comunistas no pudieran participar en el Gobierno, se produjo un giro de 180 grados, y en marzo de 1927 pasaron a formar parte del Gobierno de Cantón dos ministros comunistas. Este cambio de política no fue producto del giro hacia posiciones socialistas de los líderes nacionalistas, sino más bien de todo lo contrario. Asustados ante la posibilidad de un desbordamiento revolucionario de las masas, la dirección burguesa del Kuomintang decidió poner a dos comunistas al frente de las carteras de Agricultura y Trabajo. ¿Quién mejor que ellos para disciplinar a las masas y obligarlas a respetar los límites del capitalismo y de la propiedad del terrateniente? Los ministros “comunistas” harían el trabajo sucio de la burguesía. El ministro de Agricultura, se empeñó en detener el levantamiento agrario y el ministro de Trabajo aceptó todos los decretos antiobreros de Chiang. ¿Qué otra cosa se podía esperar? Reconciliar los intereses de la burguesía y los terratenientes con los de la clase obrera y el campesinado sin tierra era imposible, alguien tenía que ceder. Los “ministros comunistas” aconsejados por la IC, exigieron, cuando no impusieron, grandes concesiones a las masas revolucionarias.

La insurrección de Shanghái

Shanghái era una ciudad decisiva y, en su avance hacia este enclave estratégico, las tropas lideradas por Chiang Kai-Shek habían encontrado dificultades en enero de 1927.

Los sindicatos intentaron realizar una insurrección armada con el objetivo de abrir las puertas de la ciudad al Ejército Nacional Revolucionario. La tentativa fracasó, sin embargo la represión no fue lo bastante fuerte como para postrar al movimiento obrero de la ciudad. En la segunda quincena de febrero, los obreros volvieron a intentarlo. Esta vez la huelga fue más masiva. Si el primer día fueron 150.000 los huelguistas, llegaron a 360.000 el 22 de febrero, cuarto día de huelga. El siguiente paso fue la formación del Comité Revolucionario provisional de los ciudadanos de Shanghái, cuyas tareas serían el Gobierno de la ciudad y la organización de la insurrección armada. Este segundo intento fue derrotado también, pero tampoco esta vez el fracaso significó el abandono de la lucha. Los dirigentes comunistas Chu En-Lai, Chao Shinh Yen, Ku Shun Chang y Lo Yi Ming, preparaban ya un nuevo asalto, para el que organizaron piquetes y dieron instrucción militar a 2.000 militantes comunistas.

El espíritu de lucha de los obreros perecía incombustible, y cuando se organizó el levantamiento alcanzaron la victoria. El 21 de marzo de 1927, los sindicatos de Shanghái convocaron una huelga en la que participaron 800.000 trabajadores, obligando el cierre de todas las fábricas. La amplitud de la respuesta y las lecciones extraídas de los anteriores fracasos, transformaron la huelga en una insurrección general, esta vez sostenida por miles de milicianos armados. Bajo sus órdenes se tomó la comisaría de policía y el arsenal, y se llenó de barricadas la ciudad. Se ocuparon edificios y servicios públicos, se cortaron las comunicaciones ferroviarias y telefónicas. Se formaron seis batallones de tropas revolucionarias y se proclamó el Gobierno de los ciudadanos. La noche del 22 de marzo de 1927, la mayor ciudad de China no solo había sido liberada por la insurrección de las masas obreras, sino que estaba en poder del PCCh, que se encontraba al frente de 5.000 obreros armados que integraban las milicias obreras.

Esta incontestable victoria y la magnífica demostración de capacidad revolucionaria del proletariado chino, constataban el papel dirigente que correspondía al movimiento comunista en la revolución. Sin embargo el triunfo fue desperdiciado de forma dramática y absurda en pocos días por los graves errores de la dirección.

La cruel derrota de la revolución

Un día después de tomar el poder, el PCCh abrió las puertas de Shanghái a Chiang Kai-shek, quien recibió el tratamiento propio de un héroe revolucionario. Tal y como se desarrollaron los acontecimientos en los días siguientes, es factible pensar que durante el mismo desfile triunfal, sino antes, Chiang ya había diseñado el plan para aplastar a las mismas masas obreras que habían hecho posible su entrada en la ciudad.

Recién llegado a Shanghái, el 27 de marzo, Chiang, en coordinación con la burguesía compradora, aterrorizada por el avance revolucionario de la clase obrera, puso en marcha la maquinaria contrarrevolucionaria. Gracias al dinero recaudado entre la burguesía china, pudo gastar decenas de miles de yuanes en contratar asesinos que se hicieron pasar por obreros. Los infiltrados atacaron los piquetes de los trabajadores el 12 de abril, circunstancia aprovechada por Chiang que, con el pretexto de impedir enfrentamientos entre los trabajadores, ordenó que los piquetes fueran desarmados. Fue el primer paso del golpe de Estado.

Encolerizados por esta sucia maniobra, los obreros y estudiantes de Shanghái se declararon en huelga general. El 13 de abril, después de un gigantesco mitin de protesta, 100.000 manifestantes se dirigieron al cuartel general del Ejército Expedicionario del Norte, para exigir la libertad de los obreros detenidos y la devolución de sus armas. Las tropas de Chiang Kai-shek abrieron fuego sobre los manifestantes, asesinando a más de 100 e hiriendo a muchos más.

Inmediatamente después se aplicó la ley marcial y se disolvieron los sindicatos y las organizaciones revolucionarias. El 18 de abril, Chiang proclamó un nuevo Gobierno nacional, que declaró su firme determinación anticomunista. Era evidente que el golpe había contado con una cuidadosa preparación. Los hombres de la mafia, adiestrados durante años como rompehuelgas, fueron lanzados contra los piquetes obreros y las organizaciones sindicales. Miles de revolucionarios muertos sembraban las calles de Shanghái. Tan macabra tarea fue facilitada gracias a las listas que, un año antes, el PCCh había entregado al Kuomintang en cumplimiento de los acuerdos de la IC con Chiang. Este nuevo y contundente golpe fue profundamente acusado por el movimiento.

Pocos días después, se celebró el V Congreso del PCCh, iniciado en Wuhan el 27 de abril. Este encontró un partido numéricamente mucho más fuerte, contaba ya con 60.000 miembros. A pesar de ello, la gravedad de los errores cometidos había decidido la suerte de la revolución. De hecho, los dirigentes comunistas no eran en absoluto conscientes del peligro que los amenazaba. No tomaron ninguna medida defensiva en previsión de posibles ataques de los líderes nacionalistas burgueses de Wuhan. Por el contrario, se encontraban confiados porque se trataba de la supuesta “ala de izquierdas” del Kuomintang, el sector “revolucionario” de la burguesía china, con quienes compartían el Gobierno. Este espejismo rápidamente se desvaneció. La contrarrevolución, no respetó los límites de Shanghái, llegando a Wuhan unas semanas después del congreso. El 15 de julio, el Gobierno Nacional, dirigido por la burguesía nacionalista, rompió formalmente las relaciones con los comunistas. Los ministros comunistas fueron excluidos del Gobierno, las organizaciones sindicales y campesinas prohibidas, el PCCh ilegalizado y perseguido. El general nacionalista Wang Ching-wei, siguiendo los pasos de Chiang Kai-shek en Shanghái, inició la carnicería en Wuhan, desde la eliminación de las organizaciones populares hasta el asesinato en masa de trabajadores y militantes comunistas.

Por su parte, el señor de guerra Fen Yu-hsiang, viejo conocido de Borodin, delegado de la IC en China, colaboró activamente en la masacre. El antes amigo de la URSS no dudó ni un solo instante en cambiar de amistades. Al fin y al cabo nunca se trató de ideas, sino de cómo mantenerse en el poder. La ingente ayuda militar de la que Moscú lo había provisto pocos meses antes, fue puesta al servicio de Chian Kai-shek para asesinar y detener comunistas. Se calcula que la represión que siguió en los tres años posteriores a la revolución de Shanghái, se cobró la vida de un millón de revolucionarios.

En la lucha entre la revolución y la contrarrevolución en China, el papel del imperialismo fue muy claro. Desde principios de abril, se situaron en la zona de Shanghái 22.000 soldados y marinos británicos, estadounidenses, japoneses, franceses e italianos con ocho naves de guerra británicas, trece estadounidenses y catorce japonesas. En el resto de puertos chinos se llegaron a contabilizar otras 130 naves de guerra extranjeras. Era algo más que una amenaza. La revancha imperialista por la toma de Nankín a finales de marzo de 1927, costó la vida a 2.000 civiles de esta ciudad. Si bien es cierto que la represión más cruenta y sistemática, la que garantizaría el aplastamiento definitivo de la revolución, la llevaron a cabo fuerzas nativas, la comunión de intereses contrarrevolucionarios entre Chiang y los representantes de las potencias extranjeras, se consumó tras la masacre de Shanghái.

Todos los representantes del imperialismo en China se comprometieron a apoyar un régimen nacionalista anticomunista. Se hizo realidad la perspectiva que Trotsky había trazado para la nefasta política de la IC: “Seguir la política de un PC dependiente de entregarle obreros al Kuomintang es preparar el terreno para la instauración de una dictadura fascista en China”[41].

La dirección estalinista condujo con su política hacia una terrible derrota al proletariado chino. Fue el primer acto de un drama que se repetiría posteriormente en Alemania en 1933 y en la revolución española de 1936-1939.

Pero si la dirección del partido es decisiva en la victoria, no lo es menos en la derrota. Un buen mando militar no solo está obligado al estudio concienzudo de las tácticas ofensivas, también debe conocer el arte de replegarse en la derrota con el menor coste posible para su ejército. Lenin se enfrentó en muchas ocasiones a la derrota y al aislamiento, pero supo reagrupar sus fuerzas sacando todas las conclusiones necesarias. Pero este método era un libro cerrado con siete llaves para los nuevos burócratas que dirigían la Internacional Comunista.

La derrota de Shanghái podría haber servido para extraer conclusiones, para estudiar y corregir honestamente los errores. De haber sido así, hubiera sido posible una retirada ordenada de las fuerzas, la ruptura inmediata con el Kuomintang, la prevención de nuevos ataques por parte de la burguesía y sus bandas contrarrevolucionarias. Los dirigentes de la IC podrían haber protegido a los militantes comunistas chinos, preservar a los cuadros y dar el paso a la clandestinidad donde fuera necesario, adaptando el partido a las nuevas circunstancias creadas por el triunfo de la contrarrevolución. Sin embargo, después del triunfo sangriento del golpe de Estado de Chiang el 12 de abril de 1927, el octavo plenario del Comité Ejecutivo de la IC reunido a finales de mayo de ese mismo año, siguió proclamando que era deber de los comunistas chinos permanecer en el “Kuomintang de izquierda”. Con este nombre, los hombres de Stalin se referían al sector del Kuomintang que gobernaba en las zonas donde aún no habían iniciado la represión. Este nuevo y fatal error quedaría al descubierto solo un mes y medio después, a mediados de julio, con la masacre de Wuhan. Pero, desgraciadamente, este no sería tampoco el último de los errores de la IC que los revolucionarios chinos pagarían con su sangre.

La Comuna de Cantón: una derrota ‘made in Stalin’

El 7 de agosto de 1927, ya en la clandestinidad, se reunió el comité central del PCCh. Este, cumpliendo órdenes de Stalin, destituyó a Chen Tu-hsiu como secretario general, quién ni siquiera estaba presente en la reunión, bajo la acusación de que “su” política de capitulación había propiciado la derrota Shanghái. Borodin fue reemplazado como delegado de la IC en China por Neumann y Lominadzé. Semejante actuación no podía ser más ajena a los métodos del partido bolchevique en vida de Lenin.

En primer lugar, sino fuera por el carácter trágico de la situación, movería a risa la acusación esgrimida contra Chen Tu-hsiu. Irónicamente se acusaba a Chen de capitulación, el mismo hombre que había propuesto insistentemente a la dirección de la IC la independencia política de los comunistas respecto al Kuomintang. En segundo lugar, porque tal y como se demostraría en breve, cesar dirigentes sin abrir un debate sobre los supuestos errores cometidos, no permitirían ni la recuperación del partido ni la del movimiento. En realidad todas estas maniobras, típicas del método estalinista, perseguían ocultar la responsabilidad de los dirigentes de la IC en la derrota sangrienta de la revolución, mientras permanecían impunes en sus despachos de Moscú.

Tras el cese fulminante de su secretario general, la dirección de los comunistas chinos se vio obligada a virar 180 grados adoptando una línea ultraizquierdista, supuestamente destinada a “mantener la tensión revolucionaria” a través del llamamiento a levantamientos e insurrecciones.

Esta nueva política era consecuencia directa de la negativa de Stalin a reconocer la derrota de la revolución china. Después de la esclarecedora experiencia de la masacre de Shanghái y Wuhan, parece seguro que su posición estaba determinada exclusivamente por cuestiones de prestigio. Cualquier interés en esclarecer las causas del fracaso podría comprometer su reputación de líder infalible.

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Comunistas ejecutados tras la derrota de la Comuna de Canton, en 1927. 


La colaboración con el Kuomintang se hizo insostenible después de la experiencia de Wuhan. Ignorando todo lo ocurrido, los dirigentes estalinistas de la IC emplazaron a los comunistas chinos a tomar el poder. A pesar de que la revolución estaba en una fase de claro descenso, se acordó la preparación de la insurrección en Cantón, ciudad en la que el movimiento comunista todavía era fuerte.

El levantamiento debía iniciarse con el amotinamiento de las tropas del Ejército Nacional Revolucionario que todavía simpatizaban con los comunistas. Efectivamente, algunos de los militares que habían recibido adiestramiento de instructores soviéticos en la academia de Whampoa, no solo simpatizaban con la causa comunista sino que ingresaron en el partido. Sin embargo, para aprovechar esta circunstancia, era necesario que estos individuos que no confiaban en la dirección de la burguesía nacionalista, encontraran en el PCCh una dirección independiente y decidida. Una dirección que no estuviera sometida a las maniobras de elementos políticamente vacilantes que en los momentos decisivos, atemorizados por los cambios dramáticos que acompañaban a la revolución, se pasaban con armas y bagajes al bando contrarrevolucionario. De hecho, fue la traición de un militar del Kuomintang lo que obligó a adelantar la insurrección, introduciendo elementos de desconcierto e improvisación.

Al alba del 11 de diciembre de 1927, militares comunistas organizados por Yeh Chien-ying, iniciaron la insurrección en coordinación con la “guardia roja”. Es probable que participaran activamente hasta 20.000 personas. Los insurrectos ocuparon la ciudad y proclamaron un “régimen soviético”, al que llamaron “Comuna”. Sin embargo, a pesar del empecinamiento de los jefes de Moscú, las masas acusaban ya el cansancio y las derrotas previas, y el levantamiento quedó aislado. El 14 de diciembre las tropas contrarrevolucionarias del Kuomintang habían sofocado la insurrección y 8.000 comunistas yacían muertos en las calles de Cantón.

Cuando el experimento fracasó dolorosa y estrepitosamente, la dirección china, previamente aconsejada por Moscú, calificó de aventura putschista su propia táctica. En esta ocasión también se pretendió distraer la atención de los verdaderos responsables a través del linchamiento del “cabeza de turco” correspondiente. El sucesor de Chen Tu-hsiu en la secretaria general, Chu Chiu-pai, fue fulminantemente cesado.

Trotsky y la revolución china

No será hasta el VI Congreso, en julio de 1928, cuando la IC renuncie a la consigna de insurrección armada para China. Pero este cambio táctico no será producto más que de la constatación, con más de un año de retraso, de la muerte de la segunda revolución china. Los máximos dirigentes de la IC no solo no reconocieron ninguno de sus errores, sino que intentaron evadirse de sus responsabilidades culpando a otros de la derrota.

En ese mismo congreso, Bujarin, ideólogo de Stalin y padre de la teoría del socialismo en un solo país, hizo el siguiente balance: “Podemos ahora aclarar ciertos problemas fundamentales de la revolución china. Como es sabido, el PCCh ha sufrido una grave derrota. Es un hecho indiscutible. Y es legítimo preguntarse si esta derrota no deriva de una táctica errónea adoptada por la IC en la revolución china. ¿No ha sido justo, tal vez, constituir un bloque con la burguesía? ¿Ha sido ese, tal vez, el pecado capital, el error esencial, que determina todos los demás y que progresivamente conduce a la derrota de la revolución china? En general, el error no se sitúa en la línea fundamental de la orientación táctica, sino en los actos políticos y en la línea práctica efectivamente adoptados en China (…) el error fue que nuestro partido chino no comprendió el cambio de la situación objetiva, la transición de una etapa a otra. Así, por ejemplo, se podía durante un cierto tiempo marchar de concierto con la burguesía nacional-revolucionaria, pero al llegar un cierta etapa era necesario prever los cambios que sobrevendrían próximamente (…) A consecuencia de este error, nuestro partido ha desempeñado, a veces, el papel de traba al movimiento de masas, de traba a la revolución agraria y de traba al movimiento obrero (…) Después de una serie de derrotas, el partido corrigió sus errores con bastante energía. Pero esta vez, como suele pasar bastante a menudo, ciertos camaradas cayeron en el extremo opuesto: no prepararon la insurrección seriamente, dieron pruebas incuestionables de tendencias putschistas, de aventurerismo de la peor especie”[42].

La salvación a toda costa del prestigio de los dirigentes rusos se convertiría en un fin en sí mismo. Como ocurriría en todas las derrotas posteriores, los nuevos amos del Kremlin hurtaron cualquier posibilidad de un debate honesto al movimiento comunista internacional. La escuela de falsificación estalinista funcionaba ya a pleno rendimiento.

Pero no todos se sometieron a los dictados de Stalin. León Trotsky había levantado su voz, desde el primer momento, contra estas teorías ajenas al marxismo que preparaban el camino para las derrotas más crueles.

A finales de 1922 Stalin organizó su bloque dentro del Politburó, formando una troika con Kámenev y Zinóviev, y obtuvo, a principios de 1923, la mayoría en el Comité Central del PCUS. En octubre de ese mismo año, Trotsky declaraba una fracción en el partido para defender el programa de Lenin: la Oposición de Izquierda (OPI).

La Oposición presentó batalla política contra todas y cada una de las desviaciones burocráticas de la fracción mayoritaria del aparato tras la desaparición de Lenin. Se opuso con firmeza a la teoría del socialismo en un solo país y denunció los tremendos peligros que implicaba el llamamiento al enriquecimiento del campesino rico. Defendió incesantemente la necesidad de desarrollar la industria soviética, en oposición frontal al programa estalinista del socialismo a paso de tortuga.

En lo que se refiere a la revolución china, Trotsky se incorporó en plenitud de facultades al debate con el proceso revolucionario ya iniciado. Dos factores decidieron esta circunstancia. Por un lado, que el centro de la batalla contra el oportunismo estalinista estuviera situado dentro de la propia URSS, lo que requería de su máxima atención y concentración. Por otro, la propia situación de la Oposición de Izquierdas. En 1926, se constituyó la llamada Oposición Unificada o Conjunta, sobre la base de la unión de la Oposición de Izquierda y la Oposición de Leningrado, liderada por Zinóviev y Kámenev tras su ruptura con Stalin. La Oposición Unificada se rompió de 1927, momento en el que Zinóviev y Kámenev capitularon ante Stalin.

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Nikolai Bujarin. 


Mientras existió la Oposición Unificada, Trotsky mantuvo importantes diferencias con Zinóviev, entre otras por el apoyo que este último manifestaba a la concepción estalinista del papel dirigente de la burguesía china en la revolución. Fueron años muy duros para Trotsky, que llego a encontrarse en minoría, incluso, entre sus compañeros de la vieja Oposición de Izquierda. Así lo reflejó su correspondencia con Preobrazhenski, destacado dirigente bolchevique y compañero de Trotsky, que nunca llegó a asimilar la posición marxista sobre el papel del proletariado en la revolución colonial.

Los acuerdos con Zinóviev y Kámenev, finalmente frustrados, y las vacilaciones que también surgieron en las filas de los oposicionistas de izquierdas, limitaron durante un tiempo la capacidad de acción de Trotsky. Preguntado acerca de por qué la Oposición no hizo pública su opinión en contra de la permanencia del PCCh en el Kuomintang, Trotsky respondió: “Usted tiene razón cuando afirma que en la segunda mitad de 1927 la OPI rusa todavía no exigía abiertamente que el PC se retirara del Kuomintang. (…) Personalmente me opuse resueltamente a que el PC entrara en el Kuomintang e igualmente a que se aceptara el ingreso del Kuomintang en la Comintern desde el comienzo, o sea desde 1923. Rádek siempre se alineaba con Zinóviev en mi contra (…) Ahora puedo decir sin temor a equivocarme que cometí un error al hacer una concesión formal en esta cuestión”[43]. Las actas de las reuniones de la IC dan fe de su oposición. En cualquier caso, cuando Trotsky se introdujo de lleno en la polémica sobre China, lo hizo no solo con valentía y claridad, sino con acierto. Sus advertencias acerca de la traición de la burguesía se convirtieron en realidad.

La revolución permanente

A pesar de la extraordinaria crueldad de la represión, era inevitable que la lucha de clases volviera a resurgir en China. Situado ante esta perspectiva, Trotsky intentó extraer todas las conclusiones de los acontecimientos pasados. Analizó la correlación de fuerzas entre las clases y elaboró el programa de la revolución en China basándose en la experiencia rusa de 1917. “La insurrección proletaria china solo puede desarrollarse, y se desarrollará, como revolución dirigida directa e inmediatamente contra la burguesía. La revuelta campesina china, mucho más que la rusa, es una revuelta contra la burguesía. En China no existe una clase terrateniente como clase independiente. Los terratenientes y la burguesía son lo mismo. La aristocracia del campo y los tuchun, contra los cuales se moviliza el campesinado, son el último eslabón de la burguesía y también de los explotadores imperialistas. En Rusia, la primera etapa de la Revolución de Octubre fue el enfrentamiento de toda la clase campesina con toda la clase terrateniente, y solo después de varios meses comenzó la guerra civil en el seno del campesinado. En China toda insurrección campesina es, desde el comienzo, una guerra civil de campesinos pobres contra campesinos ricos, es decir, contra la burguesía aldeana. El campesinado medio chino es insignificante. Casi el 80% de los campesinos son pobres. Ellos, solo ellos, desempeñan un papel revolucionario. No se trata de unificar a los obreros con el conjunto del campesinado, sino solamente con los pobres de la aldea. Tienen un enemigo común: la burguesía. Solo los obreros pueden conducir a los campesinos pobres al triunfo. Su victoria común no puede conducir a otro régimen que la dictadura del proletariado y únicamente ese régimen puede instaurar un sistema soviético y organizar un ejército rojo, que será la expresión militar de la dictadura del proletariado apoyada por los campesinos pobres.

“Los estalinistas afirman que la dictadura democrática, próxima etapa de la revolución, se convertirá en dictadura proletaria en una etapa posterior. Esta doctrina corriente en la Comintern, no solo para China sino también para todos los países de Oriente es una desviación total de las enseñanzas de Marx sobre el Estado y de las conclusiones de Lenin respecto de la función del Estado en una revolución”[44].

La cita anterior sintetizaba las ideas fundamentales de la teoría de la revolución permanente que Trotsky formuló durante la revolución rusa de 1905 y que coincidían plenamente con las Tesis de Abril de Lenin. En esencia, la teoría de la revolución permanente, tan denostada por los epígonos estalinistas en aquellos años, planteaba que, en la época contemporánea, la burguesía de los países atrasados es incapaz de llevar a cabo las tareas de la revolución democrático burguesa debido a su debilidad histórica y a su dependencia del capital imperialista. En esas condiciones es el proletariado, encabezando a la nación, especialmente a las masas de campesinos pobres, el que tiene en sus manos la resolución de estas tareas: la reforma agraria, el desarrollo industrial, la modernización de las infraestructuras y la solución a la cuestión nacional, entre otras. Para llevar a buen puerto estas medidas, el proletariado tiene que expropiar política y económicamente a la burguesía nacional y sus aliados, los grandes terratenientes y los imperialistas. La revolución empieza abordando las tareas democráticas y continúa con las socialistas, no existe por tanto una división artificial entre ambas. Por otro lado, la revolución, que empieza dentro de las fronteras nacionales, adquiere una dimensión internacional. La contención de la revolución proletaria en los límites de las fronteras nacionales no puede ser más que una fase transitoria, para sobrevivir necesita el concurso del triunfo socialista en los países más avanzados. Tal fue la experiencia de la revolución socialista de octubre en Rusia[45].

Mientras tanto, los comunistas chinos, ajenos todavía a estos debates en la IC y desconocedores de la posición de Trotsky, luchaban contra su exterminio físico en medio de una represión salvaje. La burguesía nativa, apoyada por los civilizados políticos de Occidente, pretendía aplicar un castigo ejemplar a quienes se habían atrevido a desafiar su poder. En Shanghái, los dirigentes sindicales fueron quemados en las locomotoras. En el campo, los jefes de las ligas campesinas eran públicamente acuchillados o asesinados a garrotazos. Especial saña hubo contra las mujeres revolucionarias. Ellas, coco con codo con sus compañeros, habían conquistado a través de la lucha su dignidad, poniendo en práctica la igualdad de derechos con el hombre. Su desafío a la postración absoluta a la que la cultura china las condenaba[46] fue castigado brutalmente. Fueron detenidas, torturadas y asesinadas, como el resto de sus compañeros, pero además, muchas de ellas fueron desnudadas y expuestas al escarnio público. Entre 1927 y 1933 fueron asesinados cuatro quintas partes de los revolucionarios profesionales y cuadros del partido. Pero pesar de la tremenda dispersión y de la destrucción del cuerpo vivo del partido, quedaron núcleos de resistencia, que en pocos años se transformaron en las bases rojas campesinas.

VI. Hacia la guerra campesina

Los comunistas se refugian en el campo

La contrarrevolución afectó más profundamente a los obreros que a los campesinos. Los obreros eran menos numerosos y estaban concentrados en los núcleos industriales. Los campesinos estaban protegidos, hasta cierto punto, por su número y por su dispersión sobre amplios territorios. En los enfrentamientos mantenidos durante la revolución, miles de campesinos habían obtenido armas y adquirido experiencia organizativa bajo la dirección de los comunistas. Además, una cantidad importante de obreros revolucionarios se había ocultado de la represión en el campo.

Estas circunstancias, permitieron el nacimiento de grupos guerrilleros rojos. Algunos soldados, de origen campesino que formaban en las filas de los ejércitos de la contrarrevolución burguesa, desertaron al bando campesino, unas veces en grupos y otras en compañías enteras. Así, a pesar de la derrota de la revolución, oleadas de movilización campesina se reprodujeron en diferentes provincias del país. Grupos de campesinos armados expulsaban o exterminaban a los terratenientes, con especial inclinación hacia los tuchuns o señores de la guerra. Cuando se deshacían de los poderosos, los campesinos tomaban el control del territorio. Ese fue el caso de Chingkangshan, una de las primeras bases rojas que el PCCh estableció en los últimos meses de 1927 gracias a las revueltas campesinas de la cosecha de otoño lideradas por un joven cuadro comunista llamado Mao Tse-tung.

Los dirigentes comunistas, siguiendo la línea ordenada por Moscú a su nuevo secretario general Chu Chin-pai, intentaron asaltar con grupos de campesinos armados algunas ciudades, pero invariablemente fracasaron. Mao, comprendió entonces la imposibilidad de la tarea ordenada por el partido, y ordenó la retirada hacia el interior. A finales de 1927, Mao se encontraba al frente de un puñado de fugitivos, pocos miles, pero esta cifra se incrementaba constantemente con la llegada de los que huían de la represión en sus aldeas. Reconociendo su precaria situación, se refugiaron en el macizo montañoso de Chingkanshan, una zona prácticamente inaccesible. En Cha-ling, en noviembre de 1927, a pesar del aislamiento, la escasa de población y unas condiciones materiales extremadamente precarias, se estableció un nuevo Gobierno formado por un “consejo del pueblo” y una “asamblea de obreros, campesinos y soldados”.

En esta misma época, surgieron los primeros enfrentamientos entre Mao y la dirección del PCCh. La IC insistía todavía en su la línea ultraizquierdista de insurrecciones urbanas a pesar del evidente ascenso de la reacción. En consonancia con esta política, el Comité Provincial de Hunán exigió a Mao el asalto de Changsha con los hombres de su base roja. Mao se negó a cumplir semejante orden.

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Un joven Mao Tse-tung. 


Mientras tanto, llegaron a su área muchos de los hombres que sobrevivieron a las derrotas sufridas en las ciudades. Tal fue el caso de Chu Teh tras el fracasado intento de tomar Swatow. En abril de 1928, los hombres de Mao y Chu Teh eran ya 10.000, gracias a la reconstrucción de las bases rojas de la zona de Chingkangshan. En octubre, en la reunión del II Congreso de las organizaciones del partido de las zonas libres, se aprobó una resolución redactada por Mao, que trazaba una línea estratégica basada en la guerrilla campesina alimentada por la lucha social en el campo y la extensión de “bases rurales rojas”. En esta resolución podemos empezar a comprender no solo la estrategia campesina de Mao, sino la verdadera naturaleza política de su discrepancia con Moscú. Mao consideraba errónea, y desde luego no le faltaba razón, la apreciación estalinista de que era el momento de asaltar las ciudades con las fuerzas del campesinado en armas. Sin embargo, en el fondo, había una coincidencia de gran calado político: Mao consideraba secundario, por no decir anecdótico, el papel de la clase obrera en la revolución china. Esta convergencia sobre la posición de las clases en la revolución China, al menos en lo que respecta a dos fundamentales como son el proletariado y la burguesía, quedará plenamente demostrada en el futuro, durante los años de resistencia contra la invasión japonesa. En ese momento, tanto Mao como Stalin, no pondrán ninguna objeción al papel dirigente de la burguesía en las ciudades, reeditando los nefastos acuerdos con el Kuomintang que dieron lugar a la derrota de la revolución de 1925-1927.

A pesar de discrepancias coyunturales, y aunque sea por diferentes caminos, Mao y Stalin llegarán a ponerse de acuerdo en lo fundamental: el programa de la revolución china no debía en ningún caso sobrepasar los límites del capitalismo.

A principios de la década de los treinta, el reflujo de la revolución en las ciudades permitió una cierta reanimación económica. Todo ello posibilitó a su vez el resurgimiento de la lucha huelguística, pero ésta se desarrollaría al margen del Partido Comunista. Sus dirigentes, incapaces de comprender las características de la nueva etapa, no ofrecieron a la clase obrera lo que necesitaba: consignas reivindicativas propias de un periodo de recuperación de la unidad y la confianza en sus propias fuerzas. Los sindicatos rojos, lanzados en ese momento por el PCCh en pleno furor ultraizquierdista, en consonancia con la política de la IC, agruparon no más de sesenta mil obreros. En el pasado, en el periodo de ascenso revolucionario, los dirigentes comunistas habían liderado organizaciones sindicales que agrupaban a casi tres millones.

La OPI, en clara discrepancia con la mayoría de la dirección de la IC, redactaba en septiembre de 1930 un manifiesto para China. En él explicaba su punto de vista sobre las tareas que el PCCh debía afrontar: “En esta coyuntura los comunistas chinos necesitan una política a largo plazo. No deben dispersar sus fuerzas entre las llamas aisladas de la revuelta campesina. El partido, débil y pequeño, no podrá controlar este movimiento. Los comunistas tienen que concentrar sus fuerzas en las fábricas y talleres y en las barriadas obreras para explicar a los obreros el significado de lo que está ocurriendo en las provincias, para levantar el ánimo de los cansados y los descorazonados, para organizar la lucha de los grupos obreros por la defensa de sus intereses económicos, para levantar las consignas de la revolución agraria y democrática. Solo este proceso de activación y unificación de los obreros permitirá al Partido Comunista asumir la dirección de la insurrección campesina, es decir, de la revolución nacional en su conjunto”[47].

Mao aumenta su influencia en el PCCh

El fracaso continuado de la táctica de la IC seguía devorando secretarios generales. Chu Chiu-pai, sustituto de Chen Tu-hsiu, fue sustituido a su vez por Li Li-san, tras el fracaso de Cantón, en el VI Congreso del PCCh celebrado en Moscú en 1928. Por su parte, a principios de 1929 Mao y Chu Teh, abandonaron su fortaleza montañosa y descendieron hacia Kiangsi. En marzo ocuparon Tungku y algunas semanas después Tingchow. Ambas ciudades permanecieron hasta 1934 como bases rojas. La lucha armada encabezada por Mao y Teh siguió avanzando extendiendo su influencia hasta Kiangsí y Hunán.

En aquella época, Li Li-san necesitaba que su línea política obtuviera resultados prácticos, pues la suerte de sus predecesores así lo aconsejaba. Impulsado por este motivo, decidió lanzar en el verano de 1930 las fuerzas armadas de las bases rojas sobre Nanchang y Changsha. En el plan se asignó a Mao y Chu Teh la toma de Nanchang. A pesar de sus reticencias, se lanzaron a la aventura, pero después de un día de duras batallas ordenaron la retirada. El asalto de Changsha corrió a cargo de Pen Te-huai, que al mando de sus hombres tomó la ciudad el 29 de julio, proclamando un Gobierno revolucionario presidido por Li Li-san, que sin embargo no se encontraba presente. La victoria fue efímera. El l4 de agosto, se vieron obligados a abandonar la ciudad. Resistiéndose a admitir su derrota, se ordenó volver a tomar la ciudad haciendo converger todas las fuerzas, incluyendo las de Mao y Teh. A mediados de septiembre era imposible no reconocer la imposibilidad de tomar la capital de Hunán y se abandonó esta aventura.

Pocos días después, regresaron de la URSS Chu Chiu-pai y Chou En-lai, anunciando el fin de la línea Li Li-san, y su salida de la dirección del partido. Después de la nueva purga, Li Li-san viajo a Moscú donde permanecería largo tiempo apartado del partido. Tras este nuevo cese, la intromisión de Moscú en la vida del PCCh se hará aún asfixiante.

En mayo de 1930 llegó a Shanghái el nuevo representante de la IC para China, Pavel Mif, acompañado de 28 discípulos chinos que habían sido formados en la Universidad de los Pueblos de Oriente de la URSS. Se trataba de un grupo de jóvenes de no más de 20 años sin ninguna experiencia concreta en la construcción del partido. Su declaración solemne de que su objetivo era la “bolchevización” del PCCh, les valió el nombre de los “28 bolcheviques”. Uno de ellos, Wang Ming, sustituyó en la dirección al defenestrado Li Li-san. Stalin demostraba con esta decisión que el PCCh no le merecía mayor consideración política que la de un mero destinatario de sus órdenes. Sin embargo, había elementos que escapaban al control directo de Moscú. Las bases rojas avanzaban en el campo mientras que en las ciudades solo se cosechan fracasos. Mao adquiría conciencia del aumento de su influencia y deseaba consolidarla.

A principios de enero de 1930, los órganos del partido de las bases rojas habían sido reestructurados, dando lugar a un comité central de las zonas rojas bajo el control directo de Mao. Lo que le preocuparía a Stalin no sería tanto la táctica diferenciada de Mao en esos momentos. Los zigzags y giros de 180 grados en la táctica y política de la IC, eran ya habituales tanto en China como a nivel internacional. Lo que verdaderamente preocupaba a la camarilla de Moscú era la existencia de dirigentes comunistas que no estuvieran directamente sometidos a su control e influencia. Stalin solo se fiaba de los dirigentes que él mismo había designado.

Involuntariamente, Chiang ayudaría en la tarea de encumbrar a Mao en el PCCh. El líder del Kuomintang, que seguía con enorme preocupación la ampliación de las zonas rojas lideradas por Mao, lanzó en otoño de 1930 la primera “campaña de aniquilamiento” de las bases comunistas en el campo en coordinación con los gobernadores de las zonas afectadas, empeñando en ello 11 divisiones que sumaban 100.000 hombres. La lucha duró solo tres días, tiempo en que tardó en producirse una victoria inequívoca de la fuerzas lideradas por Mao. Los rebeldes capturaron 10.000 prisioneros —3.000 de los cuales se integraron en las fuerzas rojas—, 6.000 fusiles y millones de municiones de las tropas del Kuomintang.

Inmediatamente después, en febrero de 1931, Chiang desarrolló la segunda “campaña de aniquilamiento”. Esta vez el saldo favorable para la fuerzas de Mao fueron 20.000 fusiles y otros tantos prisioneros, además de diez nuevos distritos que se sumaron a las zonas rojas. Chiang, convencido de la amenaza que esta situación suponía para su régimen, no se dio por vencido, y en julio de ese mismo año encabezó una fuerza de casi 300.000 hombres, destinada a acabar de una vez por todas con los insurrectos. La tercera campaña finalizó cuando en diciembre, en Ningtu, una división entera del Kuomintang se negó a obedecer las órdenes de sus mandos y se pasó con sus armas a las fuerzas revolucionarias. El saldo del triunfo obtenido sobre el Kuomintang era enormemente positivo: la “China roja” contaba con 21 distritos con una población de casi dos millones y medio de personas y un ejército de 30.000 hombres. El 7 de noviembre de 1931 se celebró el I Congreso de los “Sóviets” de toda China. Entre 1933 y 1934, las zonas rojas llegarían a albergar una población de casi nueve millones de habitantes.

En este proceso, la guerra campesina había operado como un poderoso imán sobre las tropas de los soldados del Kuomintang. El reparto de la tierra, en muchas de las zonas liberadas, pesaba más sobre la moral combatiente de los soldados nacionalistas que toda la demagogia anticomunista de Chiang Kai Chek. Esta fue la causa fundamental de las deserciones del ejército nacionalista.

El nacimiento de la Oposición de Izquierdas en China

Pero no todos los militantes del PCCh se situarían con una de estas dos líneas, la oficial de la IC o la alternativa guerrillera de Mao. Junto a los antiguos militantes que aún resistían en las ciudades integrados en el movimiento obrero, varios jóvenes fueron enviados en 1927 a estudiar en las universidades soviéticas. Así nació la primera oportunidad de que los textos e ideas de la OPI entraran en contacto con los comunistas chinos. Dos universidades rusas albergaban estudiantes chinos en Moscú: la Universidad de los Pueblos de Oriente y la Universidad Sun Yat-sen. El director de la primera era Choumiatsky, ferviente seguidor de Stalin, mientras que la otra estaba dirigida por Ioffe y Rádek, que en aquel entonces militaban en las filas de la Oposición. Adolf Ioffe, que había negociado los primeros acuerdos con Sun Yat-sen en 1923 que tan negativas consecuencias tendrían, se había mantenido fiel al combate librado por Trotsky contra la degeneración burocrática del PCUS convirtiéndose en un destacado dirigente de la Oposición hasta su muerte.

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León Trotsky dirigiéndose al Ejército rojo durante la guerra civil rusa. 


Gracias a la presencia de oposicionistas en la dirección de la universidad, numerosos estudiantes chinos se habían unido a la OPI. Finalmente, parte de este grupo de estudiantes fue enviado de regreso a China, donde organizaron una fracción llamada Nuestra Palabra, lo que permitió, por primera vez, la difusión en China de los documentos de la Oposición rusa.

Wang Fan-hi, miembro de la Oposición, estableció contacto con un grupo de trabajadores de Shanghái. Este grupo fue ganado para la Oposición a mediados de 1928. Wang estimaba que habían ganado casi a 150 de los 400 estudiantes de la Universidad Sun Yat-sen[48]. La organización era clandestina, aunque los documentos todavía podían circulaban con cierta facilidad.

Otro grupo de oposicionistas consiguió salir de Moscú en septiembre de 1929 y, al llegar a Shanghái, se unieron temporalmente al grupo Nuestra Palabra. Finalmente y de acuerdo con la orientación que habían decidido con los camaradas de la Oposición rusa, este segundo grupo notificó al comité central del PCCh que estaban dispuestos a reincorporarse a sus lugares dentro del partido. Los miembros de la Oposición comenzaron a trabajar en secreto dentro y fuera del partido, ocupando posiciones importantes en el aparato como cuadros formados en Moscú. Fue entonces cuando surgieron las primeras discrepancias en la OPI china, entre quienes estaba a favor de trabajar dentro del Partido Comunista y quienes, como era el caso de Liu Renjing, se negaban a ello. Así, el regreso desde Moscú de los sucesivos grupos traería consigo cierta confusión y división en la OPI china. El resultado fue que en 1929 había tres grupos oposicionistas entre los estudiantes que habían regresado de Moscú: Nuestra Palabra, el grupo Octubre, y el grupo Militant, que se formó a finales de 1929 con militantes que habían trabajado en el Partido Comunista Chino antes de ser expulsados.

Los distintos grupos de la Oposición, y especialmente el grupo que trabajaba como fracción en el Partido Comunista Chino, disfrutaban de cierta tolerancia por parte del PCCh. Por un lado, Moscú no conocía realmente la existencia de grupos de la Oposición en China y los líderes del PCCh estaban mucho más preocupados por las discrepancias y enfrentamientos surgidos entre Mif y Wang Ming, delegado de la IC y secretario general del PCCh respectivamente, con los restos de la vieja dirección que aún seguía en el partido, Li Lisan, Chou En-lai, Liu Shaoqi y Mao.

Esta situación dio un giro radical cuando Stalin conoció la existencia de oposicionistas chinos organizados y que Chen Tu-hsiu estaba en contacto con ellos, momento en el que se inició una frenética campaña de expulsiones en el PCCh. Propusieron a Chen que viajara a Moscú para “mantener discusiones”, con la posibilidad de acceder a un empleo dentro de la IC, “invitación” que Chen rechazó.

A finales de 1929, Chen Tu-hsiu recibió los documentos de la Oposición rusa traducidos. Su estudio le posibilitó una comprensión nueva y diferente de los acontecimientos de 1925-1927. La noticia de que Chen finalmente había ingresado en la Oposición provocó una profunda impresión en muchos militantes comunistas chinos, hasta el punto de transformarse en un auténtico acontecimiento dentro del PCCh. Se inició entonces una campaña de la IC contra el “centro liquidador de Trotsky-Chen”. La profundidad de la crisis fue tal que la dirección tuvo que expulsar a cientos de militantes que apoyaban a Chen. El propio Chen fue expulsado el 15 de noviembre de 1929.

En respuesta a esta nueva purga burocrática, Chen Tu-hsiu publicó el 10 de diciembre una Carta abierta a todos los compañeros del partido, en la que militantes del PCCh pudieron leer: “Desde que contribuí con mis camaradas a fundar el PC chino en 1920, he aplicado siempre fielmente la política oportunista de los dirigentes de la IC: Stalin, Zinóviev, Bujarin y otros, que ha conducido a la revolución china a un triste y vergonzoso fracaso. Aunque he trabajado sin descanso día y noche, mis deméritos son más grandes que mis méritos. (…) me daría vergüenza adoptar la actitud de camaradas responsables durante ese periodo, que se limitan a criticar los errores oportunistas del pasado excluyéndose ellos mismos”[49]. Rápidamente, Chen concitó el apoyo de destacados militantes. En menos de una semana, más de 80 veteranos cuadros comunistas chinos que habían tenido o aún tenían responsabilidades en el partido, publicaron un texto titulado Nuestra posición política. Se trataba de una declaración abiertamente favorable a Trotsky: “Si hubiéramos tenido la dirección política de Trotsky antes de 1927, quizás habríamos sido capaces de dirigir la revolución china por el camino de la victoria”. En la citada declaración, estos cuadros del PCCh se identificaban con las posiciones políticas defendidas por la Oposición de Izquierda para la revolución china: “Las tareas de la revolución democrático-burguesa china (independencia nacional, unidad estatal y revolución agraria) solo pueden realizarse con la condición de que el proletariado chino, en alianza con los pobres de la ciudad y la aldea y a la cabeza de esa alianza, tome el poder político. En otras palabras, la revolución democrático burguesa china solo puede llegar a su término y triunfo por la vía rusa, esto es, por vía de un Octubre chino”[50]. Los firmantes formaban parte de la fracción de Chen, conocida como la Fracción Proletaria, con su base fundamental en Shanghái. Entre otros estaban Peng Shuzi, antiguo secretario de organización del partido. El grupo nucleado en torno a Chen se desarrolló con rapidez, estableciendo grupos en Pekín, Tianjin, Wuhan, Sichuan y Ningpo, además de Shantung y Anhui. Algunos de sus militantes incluso formaron células en Hong Kong y Macao, agrupando a varios cientos de trabajadores.

Semejante avance para la OPI china, no fue bien recibido, sin embargo, por los grupos de antiguos estudiantes, quienes consideraban a Chen un “viejo oportunista”. El mismo día en que Chen fue expulsado del PC, el grupo Nuestra Palabra escribió a Trotsky denunciando su “oportunismo” y declarando su determinación a luchar contra él. Trotsky respondió con claridad: “Hoy recibí, por fin, una copia de la carta del camarada Chen Tu-hsiu del 10 de diciembre de 1929. Creo que esta carta es un documento excelente. Responde con posiciones claras y correctas a todos los problemas importantes; en particular, respecto de la cuestión de la dictadura democrática, la posición del camarada Tu-siu es absolutamente correcta. Cuando me escribieron [se refiere al grupo Nuestra Palabra] para explicarme por qué no podían unificarse con Chen Tu-hsiu, me señalaron que él seguía, aparentemente, apoyando la posición de la “dictadura democrática”. Creo que esta cuestión es decisiva, porque toda posición que no sea la de dictadura proletaria que dirige a los campesinos pobres equivale a la de dictadura democrática, que en realidad no es sino una nueva política kuomintanguista. ¡Aquí no puede haber concesiones! Pero de la carta del 10 de diciembre surge claramente que la posición del camarada Chen es correcta (…) ¿Cómo podemos ignorar a un revolucionario destacado como Chen Tu-hsiu, que rompe formalmente con el partido, luego es expulsado del mismo y anuncia por fin que está en un cien por ciento de acuerdo con la Oposición? ¿Acaso hay muchos militantes en el Partido Comunista con la experiencia de Chen Tu-siu? Cometió muchos errores en el pasado, pero es consciente de ellos. Tener conciencia de los propios errores del pasado es muy importante para los revolucionarios y dirigentes. ¡Tenemos muchos jóvenes en la Oposición que pueden y deben aprender del camarada Chen Tu-siu!”[51].

Los dirigentes de los diferentes grupos oposicionistas, algunos de ellos jóvenes inexpertos, se dirigían a Trotsky una y otra vez recabando su apoyo y la desautorización del resto. Por su parte, Trotsky insistía pacientemente en la necesidad de trabajar conjuntamente en la medida en que había un acuerdo general en los aspectos estratégicos. “Es norma de la Oposición Internacional no tomar partido por ningún grupo de la Oposición de Izquierda china, en contra de cualquier otro. La razón: no hay nada en nuestros materiales que permita suponer la existencia de diferencias tan importantes como para obligar a mantener la desunión (…) A la luz de lo anterior, ningún grupo de la Oposición de Izquierda china puede arrogarse el carácter de único representante de la Oposición de Izquierda Internacional ni atacar a los demás grupos (…) Es por eso que creemos necesario que estos cuatro grupos se unifiquen públicamente, con sinceridad, apoyándose en los principios comunes”[52].

Por fin, se llegó al acuerdo de celebrar una conferencia en Shanghái el 1 de mayo de 1931. Trotsky consideraba que “(…) después de estudiar los nuevos documentos llegué a la conclusión de que no existe la menor diferencia principista entre los diversos grupos que han emprendido la senda de la unificación. Hay matices tácticos que en el futuro, según se desarro­llen los acontecimientos, podrían llegar a constituir diferencias. Sin embargo, no existe razón para suponer que dichas diferencias de opinión coincidirán necesariamente con alineaciones anteriores”[53].

Las diferencias se centraron en la capacidad o no del Kuomintang para conseguir la unidad nacional. Todos los delegados presentes creían que solo la dictadura del proletariado podría resolver esta tarea, pero Chen no excluía la posibilidad de que pudiera haber algún otro tipo de solución. En cualquier caso, Chen retiró finalmente la formulación en disputa. Las otras resoluciones se aprobaron por unanimidad. Los delegados eligieron una dirección de ocho miembros, también por unanimidad. Aparentemente se habían superado las viejas divisiones personales, si bien algunos oposicionistas como Liang Ganjiao, Liu Yin y Ma Yufu abandonaron el movimiento.

Tres semanas después de la conferencia de unificación, la joven organización sufrió un terrible golpe gracias a la información que Ma Yufu había suministrado a los agentes especiales de la policía del Kuomintang. Chen Duxiu y Luo Han lograron escapar de las detenciones. La recuperación del trabajo fue corta ya que Chen Tu-hsiu y sus colaboradores fueron arrestados en 1932. Fue entonces cuando en nombre del PCCh, uno de los dirigentes estalinistas chinos, Bo Ku, exigió al Gobierno de Chiang Kai-shek la condena a muerte para quién había sido uno de los fundadores del marxismo en China.

Un régimen capitalista corrupto y dependiente

El septiembre de 1931, coincidiendo con la tercera “campaña de aniquilamiento”, se produjo el ataque japonés a Manchuria. Chiang temía más a la insurgencia campesina que al imperialismo japonés, y siguió por tanto centrando su atención militar sobre las zonas rojas. Entre junio de 1932 y marzo de 1933, el líder del Kuomintang lanzó la cuarta “campaña de aniquilamiento”. Esta vez movilizó a 500.000 hombres, y si bien no consiguió una clara victoria, si pudo destruir las importantes bases rojas de la zona Jupé-Jonán.

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Tropas japonesas entrando en Manchuria. 


Animado por este resultado, en otoño de 1933 comenzó la quinta “campaña de aniquilamiento”. En esta oportunidad, Chiang se había preparado a conciencia, contando con el asesoramiento de destacados dirigentes nazis alemanes. Chiang, que había aprendido de sus anteriores expediciones, reunió para la ocasión un millón de hombres. La táctica consistió en un asedio total que provocó una zona desierta en torno a los guerrilleros, con el objetivo de aislarlos y aniquilarlos. Con el paso de los días, las bases rojas se quedaron sin sal ni quinina, sumando 60.000 los hombres perdidos en el combate. A principios de octubre, a costa de grandes pérdidas, los hombres de Mao lograron romper en un punto el cerco del Kuomintang. Entre el 15 y 16 de octubre de 1934, 100.000 hombres, es decir, el grueso del ejército rojo, los cuadros del partido y los técnicos, escaparon al asedio. Acababan de iniciar la “Larga Marcha”.

El régimen del Kuomintang se había transformado en una maquinaria militar bonapartista al servicio de la burguesía, los terratenientes y los imperialistas extranjeros. En su política no había ningún rastro de modernidad, de soberanía nacional o de derechos democráticos. La base social del Kuomintang necesitaba perpetuar las formas de explotación tradicionales para mantener sus privilegios y, con ese objetivo, ejercía una represión de clase sistemática y permanente. Quienes hacía no más de cuatro o cinco años eran presentados por la camarilla estalinista como los dirigentes de la revolución, solicitaban ahora la ayuda de los carniceros nazis en su tarea de exterminio. Los generales alemanes que pasaron por China como Max Bauer, Von Seeckt y Von Falkenjhausen eran también portavoces de los monopolios alemanes en un nuevo intento de conquista económica. Así pues, gracias a esta macabra colaboración se desarrolló una lucrativa industria bélica para el capital alemán, encargada de mantener el aprovisionamiento de las tropas de Chiang.

Por otra parte, los señores de la guerra no solo no habían desaparecido sino que campaban a sus anchas en vastas zonas del país. Eran necesarios para el sistema, ya que garantizaban el saqueó de los recursos de los campesinos y la imposición de la paz social en las aldeas. De hecho, desde 1927 Chiang había establecido alianzas con muchos de ellos. Esto no solo impidió cualquier reforma agraria por más tímida que fuera, sino que eliminó también cualquier intento de control real por parte del Kuomintang del conjunto del territorio nacional, transformando en papel mojado la vieja aspiración nacionalista de la unificación nacional. En cualquier caso estas alianzas eran muy inestables, cada señor reivindicaba el mando absoluto sobre sus hombres sin ninguna injerencia del Gobierno, lo que producía enfrentamientos permanentes. Los militaristas locales mantenían una constante tendencia centrífuga, aunque nunca consiguieron acabar con la precaria supremacía de Chiang. En conjunto, Chiang y los señores de la guerra contaban, a principios de los años treinta, con una fuerza armada de dos millones de hombres.

Estas condiciones también tuvieron un profundo efecto en el capitalismo chino, que acentuó su carácter dependiente de la maquinaria burocrática y militar del Estado, ajeno a cualquier pretensión de libre competencia o desarrollo independiente del sector privado de la economía. El control absoluto de las palancas del poder estatal, permitió a Chiang, como buen bonapartista, usar el Estado chino en su único y estricto interés personal. Emprendedor y ambicioso, Chiang hizo con su matrimonio un buen negocio. Se casó con una de las hijas de Charlie Soong, individuo estrechamente ligado a los intereses del imperialismo estadounidense y que en 1930 dominaba la banca y bolsas chinas. Chiang concedió a su nueva familia y su círculo económico, posiciones predominantes en el régimen. Los Soong controlaban los cuatro bancos más importantes: Banco de China, Banco Central de China, Banco de Comunicaciones y Banco de los Agricultores, lo que implicaba la capacidad de emitir moneda de curso legal. Las relaciones diplomáticas, en un país dominado por el capital extranjero, adquirían una importancia estratégica, así que T. V. Soong, cuñado de Chiang, fue durante largo tiempo ministro de Asuntos Exteriores.

Con semejante poderes, el estrecho círculo de Chiang rápidamente se hizo con el control de la industria textil, negoció las inversiones extranjeras en sectores como la siderurgia, el transporte o los fletes marítimos, concediendo, como era de esperar, especial primacía a intereses estadounidenses.

La Larga Marcha: la supremacía definitiva de Mao en el partido

Mientras tanto, Mao se retiró con el objetivo de salvaguardar a sus hombres durante la espera de condiciones objetivas más favorables. Al frente de la resistencia contra el Kuomintang, quedaron los jóvenes de las “guardias rojas” y los más viejos con una misión suicida: resistir a un enemigo imbatible facilitando así que las fuerzas fundamentales del ejército rojo retrocedieran y escaparan. Gracias al heroísmo de estos muchachos y ancianos, que resistieron hasta su último aliento, se pudo iniciar la Larga Marcha.

Junto a Mao iban sus viejos compañeros Lin Piao, Ping-hui y Chu Teh. En su avance, el ejército guerrillero de Mao procuraba levantar a los campesinos de las aldeas contra los terratenientes, dejándolos armados en defensa de la tierra de la que se acababan de apoderar. Situaban así en la retaguardia una estela de milicias campesinas dispuesta a resistir el avance del Kuomintang.

En enero de 1935 se celebró la conferencia de Tsunyi, que reflejó en la dirección del partido los cambios que se habían producido ya en la práctica. El PCCh apenas sobrevivía en las ciudades debido a la trágica combinación de la represión y los errores de su política. Mientras tanto, los dirigentes comunistas que había desarrollado su actividad en el campo, a pesar de las derrotas sufridas, agrupaban un buen número de hombres. Independizado de Moscú por la lejanía geográfica de los centros dirigentes, Mao decidió reorganizar la dirección. El buró político amplió sus reuniones a los comandantes militares más importantes. Al frente de la mayoría, Mao repudió la línea Wang Ming y fue elegido presidente del PCCh.

La invasión japonesa determinó buena parte de la trayectoria de la Larga Marcha. En el sur todavía no había posibilidades de organizar la resistencia al invasor precisamente porque la lejanía de las tropas niponas no despertaba en el campesinado la necesidad de esa lucha como prioridad. Sin embargo, en el norte, donde los imperialistas japoneses avanzaban inexorablemente estableciendo regímenes autónomos de rapiña, había condiciones favorables para la intervención de los maoístas.

Se determinó, por tanto, marchar en dirección al norte, hacia la Gran Muralla. Esta decisión implicaba la superación de grandes obstáculos naturales en las agrestes zonas de Yunnan y Szechuan para evitar las zonas bloqueadas por el enemigo. El ejército guerrillero tuvo la oportunidad de demostrar su heroica capacidad de sacrificio y convicción revolucionaria. Atravesó pantanos y arenas movedizas, páramos carentes de cualquier tipo de alimento a excepción de hongos y algunas raíces, altas montañas e incluso glaciares. Los guerrilleros perdieron su equipamiento no solo por la necesidad de abandonarlo ante el excesivo peso, sino porque literalmente se lo comieron. Cinturones, cartucheras, refuerzos de mochilas y todo aquello con un posible valor nutritivo, excepto las indispensables correas de los fusiles, sirvió para evitar la muerte por inanición. Aun así los hombres fallecían por decenas, a veces por cientos.

La táctica y objetivos del desplazamiento provocaron en ocasiones enconados debates entre los máximos dirigentes. Tal fue el caso de Chang Kuo-tao, uno de los fundadores del PCCh, que enfrentado a Mao defendió que las fuerzas rojas debían permanecer en zonas agrestes del país como Sikang o el Tíbet. Si la propuesta de Chang Kuo tenía la ventaja de dificultar los ataques del enemigo, por los obstáculos naturales existentes en las zona citadas, traía aparejada una importante limitación: el carácter políticamente atrasado de las poblaciones aisladas que habitaban estas áreas, poco permeables al programa del PCCh, con las que los guerrilleros no podían prácticamente ni comunicarse por falta de un idioma común. Había aún otro elemento más importante si cabe en la propuesta de Chang Kuo. Este contaba con la presencia en la zona del señor de la guerra Sheng Shi-tsai, quién mantenía buenas relaciones con la URSS en aras de fomentar su independencia frente al Kuomintang.

Los dirigentes de la IC eran orgánicamente incapaces de aprender de la experiencia, y de nuevo confiaron en estos mercenarios reaccionarios carentes de escrúpulos. Esta nueva equivocación quedó en evidencia trágicamente en 1942, cuando este militarista decidió volver a pactar con el Kuomintang, dirigiendo, en prueba de arrepentimiento, la masacre de un gran número de militantes comunistas que en los años de resistencia japonesa habían colaborado en la administración de su región. Tras la polémica, un buen número de comandantes se posicionaron en apoyo de la línea defendida por Chang Kuo. Cuando Mao reinició la marcha, quedaran atrás una parte considerable de sus comandantes, como Chou En-lai, Lin Piao o Chu Teh.

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Mao durante la Larga Marcha. 


A finales de octubre de 1935, 7.000 de los 100.000 hombres que habían iniciado la marcha desde Kiangsí, llegaron a Shensí. El desarrollo de los acontecimientos, tanto el aislamiento de los guerrilleros en la zona del Tíbet como la consolidación de la base de Shensí, volvieron a dar nuevamente la supremacía Mao. Se convocó con urgencia una reunión de representantes de todas las fuerzas dirigidas por miembros del partido en la base de Shensí, en la que Chang Kuo fue destituido.

VII. Guerra contra el invasor japonés

El movimiento antimperialista renace

Tal y como Lenin había explicado en su texto El imperialismo, fase superior del capitalismo, a pesar de que en 1916 el mundo ya había sido repartido, ese hecho de ningún modo garantizaría la paz y el equilibrio mundial. Más tarde o más temprano, se desatarían luchas sangrientas por nuevos repartos.

Las ambiciones de un dominio militar directo sobre China por parte de Japón, no fueron abandonadas tras el fracaso cosechado durante la Primera Guerra Mundial y a finales de los años veinte el imperialismo nipón volvió a la carga con el llamado plan Tanaka.

La maquinaria militar japonesa se había puesto en marcha en septiembre de 1931 para establecer su dominio de Oriente. Entre 1927 y 1945 se desarrolló una durísima y abierta pugna entre el imperialismo norteamericano y el japonés por el control de China, lo que supuso una etapa de redoblado sufrimiento para las masas chinas. Los monopolios japoneses ya no se conformaban con la mano de obra semiesclava de sus hilanderías de Shanghái o las minas de Manchuria, querían transformar China en una fuente segura de materias primas y alimentos con los que para frente a unos planes expansionistas condicionados por el déficit minero y alimenticio de su archipiélago. Muchos notables chinos vieron en las “bayonetas japonesas” un buen instrumento para reprimir a sus compatriotas pobres, convirtiéndose de hecho en colaboracionistas. Por su parte, los sectores decisivos del Kuomintang estaban estrechamente vinculados a los intereses estadounidenses. En cualquier caso, el conjunto de los explotadores chinos seguían siendo títeres del imperialismo, la única diferencia era a qué potencia rendían pleitesía.

La penetración militar japonesa se inició en Manchuria, territorio clave por su riqueza minera y agrícola. Chiang, ocupado en sus campañas de exterminio comunista, ordenó a su general en la zona, Chuan Hsue-liang, que se retirara. Haber iniciado una confrontación con Japón hubiera significado no solo abandonar la represión anticomunista, sino iniciar una guerra de liberación nacional que hubiera puesto sobre la mesa la necesidad de un frente único nacional. Los generales del Kuomintang, por regla general, prefirieron siempre una rendición deshonrosa o un mal acuerdo ante los japoneses, que combatir al lado de los comunistas. Temían que una resistencia consecuente alentara una lucha de masas que desembocara, como antaño, en una lucha revolucionaria contra la burguesía, los terratenientes y sus aliados imperialistas.

Chiang se limitó a pedir el amparo de la Sociedad de Naciones, que, como era de prever, se limitó a una condena que careció de cualquier trascendencia práctica. Los capitalistas estadounidenses, si bien oficialmente formaban parte de un país opuesto a la invasión, no sufrieron ningún conflicto moral por lucrarse con la venta de sus mercancías a los invasores. Japón constituyó un Estado títere en Manchuria, Manchukuo, al frente del cual situó al último emperador de la dinastía manchú.

Un sector de la intelectualidad y el movimiento estudiantil se indignó con la abierta traición del Kuomintang. El movimiento antimperialista en las ciudades empezaba a resurgir. Esta dinámica llevó, pasado un tiempo, al cuestionamiento de la represión anticomunista. Los habitantes de las ciudades no entendían que las fuerzas militares nacionales se utilizarán para aplastar a compatriotas mientras los invasores extranjeros esclavizaban zonas cada vez más extensas del territorio chino. Este proceso fue alimentado además con la resuelta oposición al invasor de las bases rojas de Mao. El Kuomintang, atemorizado por este cuestionamiento, y con su máxima dirección favorablemente impactada por los métodos represivos del fascismo alemán, respondió con mano dura al movimiento estudiantil.

Mientras tanto, las tropas japonesas intentaban tomar el control de Shanghái, sometiendo la ciudad a un bombardeo salvaje. En estas circunstancias, algunos mandos de la XIX división del Kuomintang destacada en la zona, intentaron hacer frente al invasor, pero finalmente se impuso como prioritaria la represión anticomunista, y las tropas fueron trasladadas a la zona de Fukien. Los japoneses accedieron así a una cabeza de puente en el corazón de China. En una línea totalmente opuesta, tras el ataque a Shanghái el PCCh declaró la guerra a Japón en todas las zonas rojas.

La defensa de sus intereses de clase por encima de la salvaguarda de la soberanía nacional que practicaba la burguesía china, se reflejó con toda crudeza en los acuerdos firmados por el Kuomintang con las autoridades japonesas. Reconocieron la ocupación de Manchuria y Jehol y desmilitarizaron parte de la zona de Hopeh, clave por estar situada cerca de Pekín. Para Chiang y los notables de la China centro-meridional era una prioridad indiscutible lanzar la quinta “campaña de aniquilamiento” contra el movimiento comunista. Esta monstruosa política alimentaba la oposición al régimen chino. La XIX división trasladada a Fukien para tareas de represión interna a costa de desproteger Shanghái, se declaró en rebeldía y, desobedeciendo las órdenes del estado mayor, reanudó la resistencia antijaponesa en el otoño de 1933. Chiang no logró sofocar esta rebelión hasta la primavera de 1934.

Los japoneses siguieron avanzando, imponiendo la firma de dos nuevos acuerdos de rendición en 1935. El primero supuso la desmilitarización unilateral por parte de China de toda la provincia de Hopeh y la provincia de Chahar y, el segundo, comprometió a las autoridades chinas a sofocar cualquier movimiento antijaponés. A la vez hubo numerosos contactos promocionados por diplomáticos alemanes y japoneses destinados a conseguir un acuerdo antisoviético con el régimen de Nankín.

El golpe de Sian

Esta política de rendición sistemática ante el invasor, aumentaba día a día las simpatías de sectores cada vez más amplios de la intelectualidad y el movimiento estudiantil hacia los comunistas, si bien existían dos alas claramente diferenciadas. Una que aceptaba la colaboración con los comunistas como un mal menor o un paso obligado para acabar con las calamidades del régimen de Chiang y, otra, que estaba empezando a buscar una referencia revolucionaria.

Uno de los más importantes representantes de este último sector fue el reconocido artista Lu Hsun, traductor de Lunacharski y Gorki, aunque nunca llegó a afiliarse al PCCh. En la primavera de 1930 fundó con otros 50 escritores la Liga de Escritores de Izquierda, a la que se unieron organizaciones culturales del arte, el cine y el teatro. El programa de la Liga denunciaba tanto la opresión social interna como la explotación imperialista. Chiang, consciente de que una parte de la intelectualidad empezaba a reflejar en su producción cultural una crítica profunda de su régimen, endureció la represión cultural. A partir de 1934 lanzó una campaña por el regreso al confucionismo, es decir, la vuelta al conservadurismo moral y cultural de los nobles. Hubo también raptos, torturas y asesinatos al mejor estilo fascista.

Entre octubre y noviembre de 1935 los japoneses habían conseguido establecer en Jopei, cerca de Pekín, un régimen autónomo compuesto por grupos de notables colaboracionistas. La respuesta del movimiento estudiantil no se hizo esperar: el 1 de noviembre once asociaciones estudiantiles enviaron al congreso del Kuomintang un manifiesto en defensa de la libertad civil y una política decidida de resistencia frente al Japón. El 9 de diciembre hubo una manifestación en Pekín con varios millares de estudiantes. La habitual respuesta represiva del régimen, consiguió el efecto contrario al pretendido. La situación de aislamiento del PCCh en las ciudades, empezó a romperse a través de la intervención entre los jóvenes estudiantes.

A pesar de todo, el régimen chino seguía insistiendo en la represión anticomunista, hasta el punto de enviar tropas para impedir el paso de los guerrilleros cuando estos se dirigían a enfrentarse con los japoneses en la China septentrional y en Mongolia interior en la primavera de 1936. La táctica de Chiang contaba con que el inevitable enfrentamiento entre EEUU y Japón, permitiría, antes o después, liberar a China de la ocupación japonesa, quedando, eso sí, bajo la tutela estadounidense. De esta forma se libraría del invasor japonés sin necesidad de una amplia movilización social que podía traer aparejada un ascenso revolucionario.

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Propaganda japonesa durante la ocupación de China. 


La situación se hacía cada día más insostenible, extendiéndose la insatisfacción por esta política entreguista a sectores del propio ejército. En octubre, cuando Chiang se dirigía a Sian para convencer al general Chang Hsue-liang de la prioridad de la represión interna frente a la lucha contra la ocupación, se produjo una rebelión. Dicho general con el apoyo del señor de la guerra Yang Ju-cheng, era partidario de acabar con la represión y establecer una alianza antiimperialista con la URSS. En la noche del 12 de diciembre, se amotinaron las tropas, intentando arrestar a Chiang para juzgarlo por su traición a la patria. Este consiguió huir descalzo y en pijama, pero rápidamente fue capturado. Los dirigentes de las tropas en rebeldía, en colaboración con los militaristas locales, exigieron un Gobierno de coalición que incluyera al PCCh. La base de tropa reclamaba además la ejecución de Chiang. Si bien no hay pruebas documentadas, varios dirigentes comunistas afirman que en esos momentos llegó un mensaje urgente de Stalin a favor de la liberación de Chiang y la formación del frente popular chino, amenazando en caso contrario al PCCh con la ruptura de relaciones con la URSS. Lo cierto es que los acontecimientos que se desarrollaron con posterioridad, dan credibilidad a dicha afirmación.

A pesar de la postración en que Chiang se encontraba en ese momento, se abrieron negociaciones con el PCCh, que se desarrollaron entre el 17 y el 24 de diciembre de 1936. En nombre del PCCh participaron Chou En-lai, Yeh Chien-ying y Po Ku. Finalmente, Chiang fue liberado sin proceso ni condena, con el mero compromiso de renunciar a la represión interna y emprender la resistencia contra el invasor japonés. Distinta suerte corrió el general que encabezó la rebelión contra Chiang. Chang Hsue-liang fue arrestado y el señor de la guerra Yang Ju-cheng condenado.

En el transcurso de las negociaciones para establecer un Frente Popular chino, el PCCh realizó grandes concesiones a cambio de poco o más bien nada. No se creó ningún organismo que pudiera recibir la consideración de Gobierno de coalición y los presos políticos liberados debieron comprometerse a renunciar a sus ideales. En pago, los dirigentes comunistas se comprometieron a cambiar el nombre de República Soviética que ostentaban las zonas rojas por el de Región Autónoma, y el de Ejército Rojo por el de VIII Ejército. Los comunistas también aceptaron el régimen del Kuomintang como Gobierno oficial de China y la colaboración militar con las tropas oficiales en la lucha contra los japoneses. La política frentepopulista de Stalin se aplicaba a la perfección en China. Mao, de haberlo deseado, contaba con la independencia necesaria para oponerse a las directrices que llegaban de Moscú. Si no lo hizo fue porque su posición coincidía plenamente con la política de colaboración de clases propuesta por Stalin a través de los frentes populares.

La política frentepopulista de Mao

El cambio de nombres no era más que el reflejo del profundo giro a la derecha que se había producido entre los dirigentes comunistas chinos meses antes. En diciembre de 1935 se había celebrado en Wayaopao, localidad situada en la base de Shensí, una reunión con los miembros del comité central presentes en la zona para discutir la táctica del frente único contra la invasión japonesa. En dicha reunión, Mao hizo una encendida defensa de la alianza con los sectores de la burguesía nacional que se oponían a la invasión japonesa. Semejante coalición se basaría en la contención de la lucha de clases. “La burguesía nacional presenta un problema complejo”, afirmaba Mao, “Esta clase participó en la revolución de 1924-1927, pero luego, aterrorizada por las llamas de la revolución, se pasó a la pandilla de Chiang Kai-shek, enemigo del pueblo. La cuestión reside en si hay posibilidad de que, en las circunstancias actuales, esta clase sufra un cambio. Creemos que sí (…) Una de las principales características políticas y económicas de un país semicolonial es la debilidad de su burguesía nacional. Precisamente por esa causa, el imperialismo se atreve a abusar de ella, y esto determina uno de los rasgos de la burguesía nacional: no le gusta el imperialismo”[54]. Mao repetía el viejo discurso estalinista sobre la existencia de un sector de la burguesía nacional progresista. Con este análisis, Mao obviaba todas las lecciones de la derrota de la revolución de 1925-27. No obstante, no se trataba de una iniciativa personal de Mao o la política nacional del PCCh, sino la aplicación en China del programa de la IC estalinizada para todos los países a mediados de los años treinta: el frente popular. En esta ocasión además, el pacto con la burguesía no se limitaba a los países atrasados sometidos al yugo imperialista, sino al conjunto de Europa amenazada por el ascenso del fascismo. Semejante política causó estragos no solamente China. También malogró el heroico levantamiento del proletariado español contra el fascismo.

Inevitablemente, un pacto con la burguesía nacional china llevaba acompañado una renuncia en el programa del Partido Comunista Chino. Puestos a elegir, Mao optó por rebajar el programa. “Hay también un choque de intereses entre la clase obrera y la burguesía nacional (…) En el periodo de la revolución democrático-burguesa, la república popular no abolirá la propiedad privada que no sea imperialista o feudal y, en lugar de confiscar las empresas industriales y comerciales de la burguesía nacional, estimulará su desarrollo. Protegeremos a todo capitalista nacional que no respalde a los imperialistas ni a los vendepatrias chinos. En la etapa de la revolución democrática, la lucha entre trabajadores y capitalistas debe tener sus límites (…) Queda así claro que la república popular representará los intereses de todas las capas del pueblo, que se oponen al imperialismo y a las fuerzas feudales”[55]. El programa agrario también sufrió modificaciones en aras de atenuar la lucha contra los terratenientes: “En cuanto al Partido Comunista, ha estado siempre, en cada periodo, al lado de las grandes masas populares contra el imperialismo y el feudalismo; sin embargo, en el presente periodo, el de la resistencia antijaponesa, ha adoptado una política de moderación respecto al Kuomintang y a las fuerzas feudales del país, porque el Kuomintang se ha manifestado a favor de la resistencia al Japón”[56].

Este nuevo giro era difícil de asumir por la militancia comunista. No se trataba solo de la experiencia de la segunda revolución china, ahogada en sangre por el Kuomintang, sino de las cinco “campañas de aniquilamiento” que se habían sucedido desde entonces. En los escritos de Mao quedaron reflejadas estas reticencias de la militancia: “¿Por qué esos camaradas hacen una apreciación tan inadecuada? Porque, al examinar la actual situación no parten de lo fundamental, sino de un cierto número de fenómenos parciales y transitorios, el proceso de Suchou[57], la represión de huelgas, el traslado al Este del Ejército del Nordeste, la partida del general Yang Ju-cheng al extranjero, etc., y de este modo forman un cuadro sombrío. Decimos que el Kuomintang ha comenzado a cambiar, pero al mismo tiempo afirmamos que aún no ha efectuado un cambio completo. Es inconcebible que la política reaccionaria seguida por el Kuomintang en los últimos diez años pueda cambiar radicalmente sin nuevos esfuerzos, sin más y mayores esfuerzos de nuestra parte y del pueblo. No pocas personas, que se proclaman hombres de ‘izquierda’ que solían condenar violentamente al Kuomintang y en los momentos del Incidente de Sían abogaban por dar muerte a Chiang Kai-shek y por ‘forzar el paso de Tungkuan’, se asombran de que, apenas establecida la paz, se produzcan acontecimientos como el proceso de Suchou, y preguntan: ‘¿Por qué Chiang Kai-shek aún hace estas cosas?’ Esas personas deben comprender que ni los comunistas, ni Chiang Kai-shek son seres sobrenaturales, ni individuos aislados, sino miembros de un partido y elementos de una clase”[58].

Es difícil encontrar una forma más indecorosa y desleal de ocultar los crímenes del Kuomintang y la burguesía “nacional” china, para justificar las nuevas órdenes de Moscú a favor de la política frentepopulista.

En los aspectos esenciales, no existía ninguna diferencia entre el programa de Stalin y el de Mao: “La transformación de la revolución se efectuará en el futuro. La revolución democrática se transformará indefectiblemente en una revolución socialista. ¿Cuándo se producirá esta transformación? Eso depende de la presencia de las condiciones necesarias y puede requerir un tiempo bastante largo. (…) Es erróneo dudar de este punto y querer que la transformación se efectúe dentro de poco, como lo hicieron en el pasado algunos camaradas que sostenían que esta transformación comenzaría el mismo día en que la revolución democrática empezase a triunfar en las provincias importantes. Creían tal cosa porque no lograban ver qué tipo de país es China política y económicamente, porque no comprendían que, en comparación con Rusia, China encontrará más dificultades y necesitará más tiempo y esfuerzos para dar cima a su revolución democrática en los terrenos político y económico”[59].

La perspectiva del PCCh era una revolución democrático burguesa clásica. Mao consideraba necesaria una etapa antes de desbancar del poder a la burguesía: un régimen burgués que permitiera el desarrollo del capitalismo hasta alcanzar la madurez necesaria para ser transformado. Ni más ni menos que la postura de los mencheviques durante la Revolución rusa de 1917, que fue combatida frontalmente por Lenin.

Mao, siguiendo la estela de sus homólogos de los partidos comunistas del resto del mundo, se prodigó en inflamadas alabanzas a Stalin: “Este 21 de diciembre, el camarada Stalin cumplirá sesenta años (…) Felicitar a Stalin significa apoyarlo, apoyar su causa, la victoria del socialismo y el rumbo que él señala a la humanidad, significa apoyar a un amigo querido. Pues hoy la gran mayoría de la humanidad está sufriendo y solo puede liberarse de sus sufrimientos siguiendo el rumbo señalado por Stalin y contando con su ayuda (…) El amor y el respeto del pueblo chino por Stalin y su amistad hacia la Unión Soviética son profundamente sinceros; toda tentativa de sembrar discordias, toda mentira o calumnia serán en vano”[60].

Por otra parte, no ocultaba una notoria hostilidad hacia Trotsky y la OPI: “Resulta perfectamente evidente que, en la etapa actual, la revolución china sigue siendo, por su naturaleza, una revolución democrático-burguesa, y no es una revolución proletaria socialista. Solo los contrarrevolucionarios trotskistas cometen el disparate de afirmar que ya se ha consumado la revolución democrático-burguesa en China y que cualquier revolución posterior no puede ser sino socialista. (…) La revolución agraria que se desarrolla bajo nuestra dirección desde 1927 hasta hoy es también una revolución democrático-burguesa, porque está dirigida contra el imperialismo y el feudalismo, y no contra el capitalismo. Nuestra revolución mantendrá este carácter por un tiempo bastante largo”[61].

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Propaganda estalinista. Cartel de Stalin y Mao. 


La postura de la Oposición de Izquierdas

La agresión japonesa, iniciada en 1931, asumió un carácter sistemático y devastador a partir del verano de 1937. Con ello, se pusieron las bases para una guerra de liberación nacional a una escala cada vez más amplia.

En torno a la posición a adoptar en la guerra chino-japonesa, se abrió una agria polémica dentro de la OPI. Trotsky determinó en primer lugar el contenido de clase del enfrentamiento militar. Explicó cómo el carácter del régimen reaccionario de Chiang Kai-shek no anulaba el hecho de que China era la víctima de una agresión colonialista por parte de una potencia invasora. Una victoria de Japón significaría esclavitud para las masas obreras y campesinas y un atraso aún mayor para China, a costa del fortalecimiento del imperialismo japonés. Por el contrario, una victoria china desestabilizaría la sociedad japonesa y liberaría la lucha de clases en el país más poblado del mundo.

Mantener una posición pacifista o de derrotismo revolucionario, equiparando a China con Japón, era lo mismo que confundir una huelga obrera con un cierre patronal. Trotsky se situó firmemente al lado del pueblo chino en su lucha contra el invasor japonés. Desde luego, dicha postura, a diferencia de la mantenida por los dirigentes estalinistas de la IC y por el propio Mao, estaba lejos de albergar la menor esperanza en el régimen del Kuomintang. Trotsky alentaba a sus partidarios a colocarse en primera línea en la guerra por la liberación nacional, desplegando a su vez una enérgica agitación contra la incapacidad de la oligarquía gobernante para ganarla. Llegado el momento, no estaba descartado convertir la guerra contra el invasor en un levantamiento contra el corrupto régimen chino: “Debemos ganar prestigio e influencia en la lucha militar contra la invasión extranjera y en la lucha política contra las debilidades, las deficiencias y la traición internas (…) Es necesario empero, saber cuándo transformar la oposición política en insurrección armada”[62].

Esta posición no negaba la posibilidad de acuerdos militares con el Kuomintang, que permitieran coordinar acciones armadas contra el imperialismo japonés, siempre y cuando “al participar en la legítima y progresiva guerra nacional contra la invasión japonesa, las organizaciones obreras mantengan su total independencia política”[63].

Participar en la guerra de liberación nacional era fundamental, puesto que a través de ella las masas chinas despertarían nuevamente a la lucha por la transformación de la sociedad. Pero cuando Trotsky explicaba la necesidad de comprender cuando había llegado el momento de pasar de la oposición a la insurrección armada, no lo hacía en el mismo sentido que Mao, convencido como estaba este último de que la lucha por el socialismo formaba parte de un futuro lejano.

Por el contrario, Trotsky explicaba las debilidades y contradicciones que pesaban sobre el Kuomintang, un régimen de bonapartismo burgués. A diferencia de los regímenes fascistas de Hitler y Mussolini, coetáneos de Chiang, que contaban con un apoyo entre las masas de la pequeña burguesía y el campesinado, el Kuomintang carecía de base social: los campesinos chinos odiaban a Chiang. Era la dominación de la espada desnuda sobre la sociedad, un dictadura militar que solo podía mantenerse gracias a la dispersión de sus enemigos, obligada a oscilar entre la presión de los imperialistas y el movimiento revolucionario de las masas.

Por tanto, la situación existente en la China de principio de los cuarenta caracterizada por la extrema dependencia de su burguesía nacional respecto del capital extranjero; la ausencia de tradiciones revolucionarias independientes en el seno de la pequeña burguesía y la simpatía que los obreros y campesinos habían demostrado hacia la bandera roja con la hoz y el martillo, lejos de separar a China de la revolución socialista, la acercaban aún más. Evidentemente, el proletariado y el campesinado chino no contaban con las premisas económicas para una transición automática al socialismo, pero sí con la posibilidad de expulsar del poder a imperialistas, capitalistas y terratenientes, y sobre la alianza de la clase obrera y el campesinado bajo la dirección de la primera, establecer la dictadura del proletariado como en Rusia en 1917. La revolución socialista china se extendería como la pólvora por toda Asia y se convertiría, en palabras de Trotsky, en un régimen que “sería el vínculo político de China con la revolución mundial”[64].

El punto de vista de Trotsky respecto a la guerra se encontró con la incomprensión de un sector de los oposicionistas, dentro y fuera de China. La sección china de la OPI se estaba recuperando de los golpes de la represión burguesa y estalinista. Entre agosto y noviembre de 1937 fueron liberados muchos oposicionistas gracias a un decreto del Kuomintang que abrió las cárceles a todos los presos políticos condenados a menos de 15 años. Pero las discrepancias políticas y reticencias personales entre los diferentes grupos de oposición chinos, lejos de suavizarse, se enconaron con la guerra.

Wang Fanxi resumía así la situación: “En general, había tres posiciones políticas: la de Chen Tu-hsiu, que se puede definir como apoyo incondicional de la guerra de resistencia; la de Zheng Zhaolin, que se oponía a cualquier apoyo a la guerra, defendiendo que el conflicto chino-japonés era desde el principio una parte integral de la nueva guerra mundial, y la posición de la aplastante mayoría de los trotskistas chinos que se puede resumir como el apoyo a la guerra y la crítica de la dirección”[65].

La evolución política posterior de Chen no está del todo aclarada. Hay quienes afirman que en los últimos días de su vida giró hacia los principios de Sun Yat-sen. La falta de traducción de sus últimos artículos nos impide conocer que hay de cierto en esta acusación. Cansado y aislado, el viejo Chen empezó a acusar los golpes físicos y políticos que recibió a lo largo de toda su vida, especialmente sus últimos años de cárcel. Trotsky desarrolló una intensa campaña internacional para sacarlo de China, convencido del riego que corría su vida. A pesar de sus discrepancias o errores, Trotsky respetaba profundamente a este gran revolucionario. No parece una exageración afirmar, que de no haber sido por la degeneración burocrática de la URSS, Chen Tu-shiu podría haber sido el indiscutible dirigente del Octubre chino. Chen murió el 27 de mayo de 1942 en compañía de algunos de sus viejos camaradas comunistas.

El resto de la OPI china siguió sufriendo tanto la represión por motivos ideológicos como sus propias luchas fratricidas. Un sector encabezado entre otros por Pen Pi Lan y Peng Shu Tse, viejos oposicionistas que habían colaborado con Chen Tu-hsiu, fundaron al calor de la proclamación de la Cuarta Internacional, el Partido Comunista Revolucionario chino. Tras la toma del poder, previendo una represión similar a la ejercida por Stalin en la URSS, se refugiaron en Hong Kong, convirtiéndose en los principales dirigentes en el exilio de la sección china.

Incompetencia militar del Kuomintang y primeras victorias comunistas

La nueva fase de lucha contra el imperialismo japonés mostró de forma aún más evidente las limitaciones del ejército del Kuomintang para ganar la guerra de liberación nacional. La mayoría de sus altos mandos habían llegado a la cúpula militar por su furor anticomunista y no por méritos militares. Los soldados, muchas veces reclutados a la fuerza, estaban mal equipados, escasamente remunerados y pésimamente alimentados. A ello hay que añadir que las tropas de los señores de la guerra carecían de la movilidad geográfica necesaria para enfrentar al invasor, ya que los militaristas locales no estaban dispuestos a trasladar a sus hombres fuera de sus provincias ante el temor de un levantamiento campesino. De esta manera el avance japonés se volvía imparable.

Desde Pekín las tropas niponas dieron el salto a la zona controlada por los mongoles, cayendo en agosto Kalga, la mayor ciudad de esta región. Estos fracasos fueron aún más injustificables ante las masas a la luz de las primeras victorias comunistas.

El 25 de septiembre de 1937, en Shansí, las fuerzas dirigidas por líder maoísta Lin Piao, ahora rebautizadas como VIII Ejército, presentaron batalla. Una división japonesa fue aplastada, quedando en manos de los vencedores una gran cantidad de valioso armamento ligero. El material pesado que no podían transportar fue destruido.

Por encima incluso de su importancia militar, estas victorias tuvieron un enorme efecto político: se había demostrado que era posible derrotar el “ejército imperial”. Se acababa de inaugurar una nueva etapa realmente gloriosa para las fuerzas armadas lideradas por el PCCh, que se convertirían en un poderosa máquina de guerra capaz de derrotar a los ejércitos de la reacción.

Frente a la pasividad de las democracias burguesas con sede en Washington y en Londres, la URSS, en ese momento bajo la amenaza del pacto antisoviético firmado por Alemania y Japón, envió cinco escuadrillas de aviones y créditos por valor de 250 millones de dólares que fueron depositados en manos del Kuomintang.

Los japoneses, si bien aumentaban considerablemente la extensión geográfica de su ocupación, se enfrentaban a la hostilidad abierta de la población civil. Convencidos de la imposibilidad de contar con la aceptación de los habitantes nativos, decidieron prevenir cualquier intento de rebelión a través del terror, desarrollando una política de auténtico exterminio contra la población. Tras la toma de Nankín asesinaron a 50.000 civiles. Especialmente dolorosa fue otra técnica del horror aplicada con saña y de forma sistemática en el conjunto del país: la violación de las mujeres chinas.

Sin embargo, los terribles sufrimientos padecidos por el pueblo chino durante la guerra no fueron perpetrados exclusivamente por extranjeros. El carácter criminal de la ineptitud de los mandos militares del Kuomintang, fue reconfirmado en la zona del valle del río Amarillo. Incapaces de detener el avance del enemigo, los generales nacionalistas volaron con dinamita los diques del río. Las aguas se derramaron violentamente sobre la población civil, y si bien algunas divisiones japonesas fueron arrastradas, los efectos devastadores los sufrieron millones de campesinos chinos. La catástrofe fue de tal magnitud, que se cambió el curso de este gigantesco río, transformando la región de Huai en un inmenso e inhabitable pantano.

Mientras, caían en manos del enemigo Kiukiang en julio, y varias ciudades de la provincia de Jupé, incluyendo Wuhan, en octubre. A finales de 1938, las fuerzas niponas ocupaban ya un millón y medio de kilómetros cuadrados de las más fértiles regiones chinas —un tercio de todas las tierras cultivables—, habitadas por 170 millones de personas.

A pesar de la renuncia a la lucha de clases, fruto del pacto con el Kuomintang, los dirigentes maoístas tenían enormes dificultades para imponer la paz social.

Con el avance japonés, los campesinos comprobaban no solo la incapacidad de la burguesía y los terratenientes chinos para defender su patria, sino cómo sus nuevos amos japoneses eran aún más despiadados. Esta situación propició que en cada vez más aldeas se constituyeran organismos populares. Empezaban a sonar los primeros compases de la tercera revolución china.

El PCCh, ante un nuevo escenario caracterizado por el surgimiento y propagación de órganos de poder popular en el campo, intervino para calmar el desasosiego que la actuación de las masas pobres causaba entre los sectores acomodados. Con este objetivo impuso una composición frentepopulista a los Gobiernos locales: un tercio para los comunistas, un tercio para el resto de organizaciones (principalmente asociaciones campesinas) y un tercio para los sectores ricos que colaboraban con la resistencia. En aquellas zonas, que no fueron pocas, donde los representantes del viejo poder habían huido o colaborado con el invasor, los campesinos se hacían con el control total de los Gobiernos locales. Pero en aquellas otras donde no se pudo demostrar participación en la represión o colaboración, los dirigentes del PCCh insistían en la integración de los nobles y campesinos ricos en los nuevos órganos de Gobierno. A pesar de todo, el ansia de liberación y resistencia del campesinado pobre permitió conquistar un territorio habitado por casi cien millones de personas en la primavera de 1945.

Este ascenso revolucionario se expresó también en el frente militar. Si al término de la Larga Marcha los efectivos de las fuerzas rojas eran de 30.000 hombres, a finales de 1937 el VIII Ejército sumaba el doble. Entre 1938 y 1939 estas cifras volvieron a duplicarse. En 1940 el VIII Ejército contaba ya con 400.000 hombres, a los que había que sumar otros 100.000 del recientemente fundado IV Ejército. Los oprimidos daban muestras de una increíble heroicidad y creatividad. Un sistema defensivo, que más tarde sería sistematizado y mejorado en Vietnam, fue la construcción de cuevas y trincheras a modo de escondite para guerrilleros, población civil y animales domésticos. El empleo de gases asfixiantes por parte de los japoneses, llevó a los guerrilleros a construir compartimentos estancos dentro de las cuevas, que convertirían en trampas mortales para los enemigos, ya que cuando penetraban en ellas eran ahogados a través de inundaciones controladas. La expansión japonesa, que en sus primeros años fue sumamente fácil, se convertía ahora en una empresa extremadamente difícil.

Las cosas no empeoraban solo para los imperialistas japoneses, Chiang empezó a alarmarse seriamente por el ascenso revolucionario en el campo. Nuevamente, los intereses de clase se impusieron sobre la lucha por la soberanía nacional. En 1939 se procedió a bloquear las bases guerrilleras.

Mao intentaba una y otra vez encontrar el “ala de izquierdas” de la burguesía, pero la única discrepancia real dentro del Kuomintang se centraba en qué potencia imperialista ganaría la Segunda Guerra Mundial y de qué nacionalidad debían ser los capitalistas con los que había que pactar. De hecho, sectores del régimen gratamente impactados por el avance del nazismo en Europa y que carecían de lazos económicos con las potencias imperialistas “democráticas”, empezaron a sopesar la posibilidad de un acuerdo con Japón. Fue en este contexto, durante el otoño de 1940, cuando el Kuomintang ordenó a Chu Teh, comandante en jefe del ejército guerrillero, transferir al norte del Yangtsé todas las unidades del VIII y del IV Ejército. Era obvio que Chiang quería debilitar la revolución social que se estaba produciendo en zonas claves del país. A pesar de lo evidentemente reaccionaria que era esta orden, la política frentepopulista se impuso con consecuencias trágicas. El 4 de enero de 1941, mientras las fuerzas guerrilleras avanzaban hacia el norte, los comandantes y cuadros del IV Ejército fueron sorprendidos por el ataque a traición de 80.000 hombres del Kuomintang respaldados por maniobras de apoyo japonesas. Después de una semana de encarnizada resistencia, solo mil guerrilleros sobrevivieron. Fueron capturados y enviados a un campo de concentración que nada tenía que envidiar a los campos de exterminio nazis. A principios de 1942, los hombres del VIII Ejército habían pasado de 400.000 a 300.000, y la población de las zonas liberadas se redujo a la mitad.

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Soldados de Kuomintang. 


El PCCh profundiza su giro a la derecha

A pesar de los últimos reveses, la guerra de resistencia contra el Japón había transformado la sociedad China y al propio PCCh. El partido se encontraba al frente de cientos de miles de hombres armados y de zonas liberadas habitadas por casi cincuenta millones de personas. Había experimentado también un crecimiento explosivo de su afiliación. Si al término de la Larga Marcha los afiliados eran 40.000, en 1942 los inscritos superaban los 800.000, llegando al 1.200.000 en 1945. Mao decidió entonces adaptar la política y estructura de su partido a la nueva situación, lanzando la Campaña de Rectificación entre 1941 y 1942.

Su mano derecha fue Liu Shao-chi, dirigente del partido que en 1939 había defendido en un artículo titulado Cómo ser un buen comunista que “los subordinados deben obedecer absolutamente a los superiores; hay que obedecer a los superiores, aunque estén equivocados”[66]. Como veremos más adelante, este llamado a la disciplina sería la respuesta por parte de la dirección frente a la insatisfacción de sectores de la base. De hecho, lejos de romper con el régimen del Kuomintang tras el golpe asestado a los hombres del IV Ejército, se profundizó en la política de colaboración de clases y retroceso revolucionario: “trabajar por los intereses de todo el pueblo que lucha contra el Japón, y no por los de un solo sector de la población (…) En cuanto a la cuestión agraria, llevamos a cabo, por una parte, la reducción de los arriendos y los intereses, de manera que los campesinos tengan alimentos, y establecemos, por la otra, el pago por éstos de los arriendos e intereses reducidos para que también los terratenientes puedan vivir. En lo referente a la relación entre el trabajo y el capital, por un lado aplicamos la política de ayuda a los obreros a fin de que tengan trabajo y alimentos y, por el otro, seguimos una política de desarrollo de la industria y el comercio, de modo que los capitalistas puedan obtener algún beneficio”[67].

Semejante postración de los dirigentes maoístas ante los intereses de la burguesía y los terratenientes, no solo no se correspondía con el entusiasmo revolucionario de millones de campesino chinos, tampoco se comprendía teniendo en cuenta la profunda crisis que atravesaban sus enemigos de clase. El aparato estatal y militar del Kuomintang se resquebrajaba. Su sostenimiento implicaba arrojar a un pozo sin fondo cuantiosos recursos humanos y económicos. A la muerte de tres millones de soldados, había que sumar una política fiscal que alcanzó niveles insoportables, obligando al campesino a pagar impuestos con años de anticipación. Incluso así, la recaudación fiscal no llegaba a cubrir ni la tercera parte del presupuesto, por lo que se recurrió a medidas inflacionistas. Éstas enriquecieron a los terratenientes, que recibían en especie los alquileres y el pago de la deuda campesina, pero arruinó literalmente tanto a los asalariados de la administración y la industria privada, como a los pequeños empresarios y comerciantes, cuyos ingresos menguaban en forma de billetes y monedas que no valían nada.

Sectores que tradicionalmente habían formado parte de la base social del Kuomintang, se arruinaron y empezaron a sopesar la necesidad de un nuevo régimen. No se trataba, desde luego, del paso a las filas comunistas, pero expresaba tanto la bancarrota del Kuomintang como la necesidad de nuevas formas de dominación política, siempre y cuando no cuestionaran la propiedad privada y el beneficio. Muchos de ellos, vinculados al mundo de los notables rurales, esperaban recuperar su posición una vez cesada la ocupación de sus aldeas nativas.

Así nació la Liga Democrática que contó, desde el principio, con el generoso apadrinamiento de los EEUU, que si bien todavía apostaba por Chiang no quería descartar ninguna posibilidad. Este grupo también fue conocido como la “tercera fuerza”. Lo cierto es que el parecido con lo que en la actualidad conocemos por “tercera vía” trasciende las palabras. En esencia, se trataba, al igual que en la actualidad, de sectores acomodados que intentaban buscar un rostro más amable para el régimen imperante, con el fin de aplacar las ansias revolucionarias de la sociedad. Cambios superficiales para que lo fundamental permaneciera. Los representantes de la Liga Democrática hacían de la renovación política el eje de su discurso. La dirección del PCCh rápidamente se apresuró a establecer lazos con este sector proponiendo la máxima colaboración.

Por su parte, Chiang consideró a partir de 1941 que se había materializado su perspectiva de acabar con la ocupación japonesa gracias a la victoria de otra potencia. En la segunda mitad de ese año se habían producido dos hechos decisivos: el ataque nazi a la URSS el 22 de junio y el inicio del enfrentamiento abierto entre Japón y EEUU con el bombardeo japonés de Pearl Harbor el 7 de diciembre. Chiang se inclinó clara y definitivamente por el triunfo del imperialismo estadounidense en Asia. Ambos estaban francamente preocupados ante la posibilidad de una victoria revolucionaria tras la derrota y retirada las tropas japonesas. EEUU, intentó acabar con la situación lastimosa del ejército del Kuomintang enviando generales a Chungking, nueva sede del régimen.

La cercanía del desenlace de la Segunda Guerra Mundial desató una actividad militar mucho más agresiva de las dos potencias decisivas: EEUU y URSS. En los primeros días de agosto de 1945, el imperialismo estadounidense realizó una de sus más brutales y despiadadas acciones de guerra conocidas en la historia: los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Su objetivo no era solamente la derrota de Japón, en esos momentos en franco colapso militar, sino lanzar una clara advertencia a todo aquel que se atreviera a desafiar su control en Asia. Después de todo, la verdadera causa de la oposición al fascismo por parte de los líderes aliados era la amenaza que Hitler, Mussolini y el emperador Hirohito representaban para sus posesiones coloniales, no la defensa de ninguna causa democrática. Así lo demostró su pacto de no intervención durante la guerra civil española, que en la práctica significó negar cualquier tipo de ayuda a los resistentes antifascistas.

El 6 de agosto, la bomba atómica sobre Hiroshima provocó, solo en las primeras horas, más de 100.000 muertos y otros tantos heridos. Dos días después, el 8 de agosto, se iniciaba la ocupación soviética de Manchuria. Al día siguiente, la segunda bomba atómica de EEUU caía en Nagasaki sembrando la destrucción. La derrota japonesa era un hecho.

VIII. La victoria de Mao

El capitalismo en la encrucijada

El final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, gracias a la victoria aplastante de los soldados del Ejército Rojo sobre las tropas nazis en el frente oriental, lejos de abrir un periodo de estabilidad para el capitalismo, liberó las fuerzas de la revolución socialista en Europa y en Asia.

En China, la tarea fundamental para los imperialistas en esta nueva etapa no era tomar posesión de las regiones ocupadas por los japoneses, sino restaurar el orden social que había sido destruido en las zonas bajo control guerrillero. Era necesario desarrollar una verdadera contrarrevolución social y política en las zonas dirigidas por el PCCh. El imperialismo estadounidense, animado por anteriores experiencias de colaboración con dirigentes estalinistas, intentó implicar a los dirigentes maoístas en dicha tarea y su invitación fue aceptada.

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Soldados soviéticos esntran en Berlín tras la derrota del nazismo. 


Chiang Kai-shek envió entre el 14 y el 23 de agosto de 1945 tres telegramas convocando a Mao a las reuniones de negociación en Chungching. El PCCh decidió implicar a sus máximos dirigentes en esta empresa: Mao Tse-tung, Chou En-lai y Wang Yuo-fei. El embajador norteamericano en China, Patrick J. Hurley, fue aceptado por ambas partes como mediador.

Los propósitos de EEUU y el Kuomintang quedaron claros desde el primer momento de la rendición japonesa. Chiang ordenó a Chu Teh mantener paralizado al VIII Ejército y no emprender la ocupación de las zonas controladas por los japoneses. Al mismo tiempo, acordó con los generales nipones, al mando de 1.238.000 soldados que todavía permanecían en China, que se rindieran solamente a las fuerzas del Kuomintang, y que aseguraran mientras tanto el orden social en las zonas ocupadas. Pero todas estas precauciones no pudieron impedir que, a partir de la derrota japonesa, la guerrilla incrementase en 60 millones el número de habitantes de las zonas bajo su control.

En general, la guerrilla se limitó a mantener el control de las zonas rurales, evitando intervenir en las ciudades, a las que los dirigentes maoístas calificaban de trampas favorables al Kuomintang.

EEUU, consciente del peligro que el capitalismo corría en China, proporcionó incontable apoyo económico, militar y logístico a Chiang. Entre septiembre de 1945 y junio de 1946, aviones norteamericanos transportaron 540.000 soldados del Kuomintang a zonas estratégicas para evitar el avance de la guerrilla.

Día a día, la hipótesis de establecer un Gobierno con participación de los comunistas, que respetara los límites de la economía capitalista, a pesar de ser apoyada por la “tercera fuerza”, EEUU y el propio PCCh, se volvía más inviable. Existían dos obstáculos insalvables. Por un lado, la oposición de los sectores más reaccionarios del Kuomintang, aquellos cuyas prebendas necesitaban del mantenimiento de una dictadura militar abiertamente anticomunista, y, por encima de todo, la acción revolucionaria de las masas campesinas.

En cualquier caso, las preocupaciones por el destino de China tras el final de la guerra, no aplacaron la sed de poder de la camarilla de Chiang. La decisión tomada durante la guerra de confiscar el capital japonés y colaboracionista, permitió una incautación masiva de bienes por parte de las cuatro grandes familias que controlaban el aparato del Estado: capitales por valor de 1.800 millones de dólares, el 90% de la producción de acero, el 100% de la industria minera y metalúrgica, el 40% de las hilanderías, el 60% de los telares y, aproximadamente, el 80% del capital industrial del país.

Chiang parecía entender mejor que algunos de sus coetáneos la dinámica de la lucha de clases en su país. Una larga experiencia de décadas le había enseñado que en China no había lugar para un régimen capitalista democrático y estable. El destino de China no se decidiría en una mesa de negociación. La cuestión del poder se dirimiría a través del enfrentamiento armado. Así, mientras sostuvo la pantomima de la negociación, no dejó de conquistar terreno y prepararse para una guerra civil abierta. Llegó a reunir 4.300.000 soldados con el fin de enfrentarlos al ejército popular del PCCh, que disponía a su vez de 1.200.000 combatientes.

Los imperialistas norteamericanos, poco seguros también de la baza de un Gobierno de unidad nacional, mantuvieron su alianza con Chiang, proporcionando moderno armamento a sus hombres. Al contrario que Chiang, Mao estaba plenamente convencido de la viabilidad de “construir una nueva China luminosa, una China independiente, libre, democrática, unificada, próspera y poderosa”. Es decir, una China que repartiera la tierra entre los campesinos, instaurara una república parlamentaria y respetara las relaciones de producción y propiedad capitalistas.

Unos días antes de partir a Chungching, el 13 de agosto de 1945, el Comité Central del PCCh envió una circular interna redactada por Mao a todas las organizaciones partidarias. En ella quedaba de manifiesto la nueva vuelta de tuerca que sufría la política y el programa del partido. Respecto al Kuomintang, a pesar de que la experiencia acumulada durante veinte años aconsejaba la máxima desconfianza política, se afirmaba: “Es posible que, bajo la presión interna y externa, el Kuomintang reconozca condicionalmente el status de nuestro partido después de las negociaciones, y que nuestro partido también reconozca condicionalmente el status del Kuomintang, lo que abriría una nueva etapa de cooperación entre ambos (más la Liga Democrática y otros partidos) y de desarrollo pacífico. Si se produce esta situación, nuestro partido deberá esforzarse por dominar todos los métodos de la lucha legal e intensificar en las regiones del Kuomintang su trabajo en los tres sectores principales: las ciudades, las aldeas y el ejército (los tres son puntos débiles de nuestro trabajo en esas regiones). Durante las negociaciones, el Kuomintang exigirá sin duda que reduzcamos considerablemente la extensión de las regiones liberadas y los efectivos del Ejército de Liberación y que suspendamos la emisión de papel moneda. Por nuestra parte, estamos dispuestos a hacer las concesiones que sean necesarias y que no perjudiquen los intereses fundamentales del pueblo”[68]. Efectivamente, fue necesario hacer dolorosas concesiones, que Mao defendió argumentando que gracias a ellas se evitaría la guerra civil: “Algunos camaradas han preguntado por qué tenemos que ceder ocho regiones liberadas. (…) Porque de otro modo el Kuomintang no se sentirá tranquilo. Va a regresar a Nankín, pero algunas regiones liberadas en el Sur están justamente al lado de su cama o en su corredor. Mientras estemos allí, no podrá dormir tranquilo y, por lo tanto, luchará por esas regiones a toda costa. Nuestra concesión en este punto nos ayudará a frustrar la maquinación del Kuomintang para desatar la guerra civil y a ganarnos la simpatía de los numerosos elementos intermedios nacionales y extranjeros. (…) En 1937, para realizar la Guerra de Resistencia de amplitud nacional, renunciamos por nuestra propia iniciativa al nombre de ‘Gobierno Revolucionario de Obreros y Campesinos’, cambiamos el nombre de nuestro Ejército Rojo por el de Ejército Revolucionario Nacional, y cambiamos nuestra política de confiscar la tierra de los terratenientes por la de reducir los arriendos y los intereses. Esta vez, cediendo ciertas regiones en el Sur, hemos deshecho totalmente los falsos rumores del Kuomintang ante todo el pueblo chino y los pueblos del mundo entero. Lo mismo ocurre con el problema de las fuerzas armadas. (…) Primero, propusimos reducir nuestras actuales fuerzas a 48 divisiones. Como el Kuomintang tiene 263 divisiones, esto significa que nuestras fuerzas serían un sexto más o menos del total del país. Más tarde, propusimos una reducción a 43 divisiones, es decir, un séptimo del total. El Kuomintang dijo entonces que reduciría las suyas a 120 divisiones. Nosotros dijimos que podríamos reducir las nuestras, en la misma proporción, a 24 o hasta 20 divisiones, lo que aún sería un séptimo del total”[69].

Todas las concesiones de los dirigentes maoístas no sirvieron para nada. La guerra civil finalmente estalló, dando una ventaja inicial a Chiang debido a que esta perspectiva fue descartada por dirigentes del PCCh. Mao despreciaba una vez más las enseñanzas de Lenin: “Quien admita la lucha de clases no puede menos de admitir las guerras civiles, que en toda sociedad de clases representan la continuación, el desarrollo y el recrudecimiento —naturales y en determinadas circunstancias inevitables— de la lucha de clases. Todas las grandes revoluciones lo confirman. Negar las guerras civiles u olvidarlas sería caer en un oportunismo extremo y renegar de la revolución socialista”[70].

Guerra civil sin cuartel

En el verano de 1946, el Kuomintang se consideró lo bastante fuerte para desencadenar un ataque general contra todas las zonas controladas por el PCCh, en las que vivían 160 millones de personas. La falta de preparación para un escenario de este tipo permitió que, a principios de 1947, el Kuomintang ya hubiera recuperado el control sobre 165 ciudades medianas y pequeñas que en el momento de la rendición japonesa habían sido liberadas por los guerrilleros. En conjunto, las zonas liberadas perdieron entre un 15 y un 20% de su población. En Manchuria, cuyas ciudades estaban ocupadas desde agosto de 1945 por tropas soviéticas, se volvió a demostrar que la actitud colaboracionista de Mao no era solo una táctica china, sino la aplicación en China de la estrategia general de la burocracia estalinista rusa.

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Las concesiones de los dirigentes maoístas no sirvieron para nada. La guerra civil finalmente estalló, dando una ventaja inicial a Chiang ya que esta perspectiva fue descartada por líderes del PCCh. 


Stalin había firmado un tratado con Chiang en el mismo mes de agosto, por el que se comprometía a retirarse de Manchuria —con excepción de las bases de Dairen y Port Arthur bajo control conjunto chino-soviético—, en los primeros 90 días a partir del final del conflicto, y ceder la plaza exclusivamente a autoridades del Kuomintang. Pero, afortunadamente, Manchuria estaba muy lejos y las tropas del Kuomintang no llegaron en el plazo establecido, a pesar de la ayuda de la flota norteamericana para transportar soldados del Kuomintang, dando tiempo a los guerrilleros a ocupar muchas de las aldeas del litoral manchú.

En vista de los buenos resultados obtenidos, a principios de 1947 Chiang decidió desatar una guerra civil generalizada, empezando por atacar los dos mayores centros de resistencia roja en Yenán y Shantung. A pesar de empeñar 230.000 hombres en el intento de capturar la primera ciudad y 450.000 en la segunda, al final del primer año de guerra civil la correlación entre las fuerzas combatientes se había transformado sustancialmente. Los hombres del ahora Ejército Popular de Liberación (EPL) de Mao, habían dejado fuera de combate a más de un millón y medio de soldados del Kuomintang, haciendo prisioneros a un millón de ellos.

Éstas y sucesivas victorias fueron posibles, sin lugar a dudas, gracias al arrojo revolucionario de los soldados rojos y al genio militar de muchos líderes guerrilleros, como Chu Teh, cuya capacidad como estratega militar sería equiparada por algunos con la de Napoleón. Sin embargo, sin desmerecer ninguno de estos factores decisivos, la clave de la victoria del EPL estará en la promesa de reforma agraria, del pedazo de tierra para cultivar que los campesinos veían en sus victorias. La tropa de los ejércitos de Chiang estaba compuesta por una abrumadora mayoría de campesinos pobres, de manera que la política abiertamente contrarrevolucionaria de sus generales entraba en contradicción con la base social de su ejército.

El PCCh desplegó una enérgica política orientada hacia la base de los ejércitos del Kuomintang. En su Conferencia Nacional Agraria celebrada el 13 de septiembre de 1947 se propuso una ley agraria que incluía en su artículo 10º: “Las familias de los oficiales y soldados del Kuomintang, sus militantes y otro personal enemigo que vivan en las zonas rurales, recibirán tierra y propiedades equivalentes a las de un campesino”[71]. De los cientos de miles de prisioneros hechos por el EPL, la mayoría fueron liberados. Unos volvieron a sus aldeas pero muchos pasaron a formar parte del EPL. Aunque en 1947, después de las primeras derrotas, la reacción contaba todavía con un ejército de 3.700.000 soldados, apoyados generosamente por el inmenso poder del imperialismo norteamericano, el EPL tenía a su favor un arma inmensamente más poderosa: la generalización por todo el país de la revolución agraria. El EPL aumentó sus efectivos hasta los dos millones de hombres en el primer año de la guerra civil.

En las ciudades las cosas no pintaban mucho mejor para el Kuomintang. Durante la guerra civil, el gasto militar devoraba el 75% del presupuesto total y la inflación se incrementó en proporciones formidables. Semejante desastre económico provocó la desesperación y el enojo con el Kuomintang de sectores de la pequeña burguesía urbana, que encontraron un cauce de expresión en la agitación que intelectuales y estudiantes reanudaron contra el régimen corrupto y sus aliados imperialistas de los EEUU. A lo largo de 1946 y 1947 se produjeron grandes manifestaciones estudiantiles en ciudades importantes como Shanghái y Pekín.

La revolución por etapas

A cada momento, más factores se sumaban para impulsar un giro a la izquierda en la política de la dirección del PCCh: las victorias militares en la guerra civil, el ascenso revolucionario en el campo, el descontento en las ciudades y el desgaste político del Kuomintang. Pero este giro no se produjo. Mao insistía no solo en que la revolución no podía superar un estricto programa democrático burgués, sino en la necesidad de ganar el apoyo de sectores de la burguesía nacional que permitieran el desarrollo de un capitalismo chino fuerte. Y, ese tipo de apoyo, solo se podía obtener a costa de suavizar la lucha entre las clases.

Tal orientación valía tanto para las ciudades como para el campo, donde también se buscaba la colaboración de los campesinos ricos. Sin embargo, las directrices del partido eran difíciles de asumir tanto por la base como por las masas campesinas. La revolución estaba en marcha, y eso implicaba inevitablemente una espiral ascendente en la lucha de clases, que las intenciones subjetivas de la dirección maoísta no podían detener. Esta dinámica contradictoria quedó perfectamente reflejada en varios artículos de Mao. En ellos se aprecian los esfuerzos de la dirección del PCCh por detener la acción revolucionaria de las masas encabezada por un sector de su militancia: “En lugar de propagar la línea de apoyarse en los campesinos pobres y asalariados agrícolas y unirse firmemente con los campesinos medios para abolir el sistema feudal, han difundido unilateralmente la línea de campesinos pobres y asalariados agrícolas. En lugar de propagar el punto de vista de que el proletariado ha de unirse con todo el pueblo trabajador y los demás oprimidos —la burguesía nacional, los intelectuales y otros patriotas (incluidos los shenshi sensatos que no se oponen a la reforma agraria)— a fin de derrocar la dominación del imperialismo, del feudalismo y del capitalismo burocrático y establecer una República Popular China y un Gobierno democrático popular, han difundido unilateralmente la idea de que son los campesinos pobres y asalariados agrícolas los que conquistan el país y lo gobiernan, o de que el Gobierno democrático tiene que ser un Gobierno exclusivo de los campesinos, o de que este Gobierno solo debe escuchar la voz de los obreros, campesinos pobres y asalariados agrícolas, y no han hecho mención alguna de los campesinos medios, los artesanos independientes, la burguesía nacional y los intelectuales. Este es un grave error de principio. Sin embargo, noticias de este tipo han sido divulgados por oficinas de nuestra agencia de noticias, periódicos y emisoras”[72].

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La guerra civil china (1947-1949). 


La más alta dirección del PCCh reconocerá, con el paso del tiempo, como la extensión y profundidad de la revolución agraria se produjo a pesar de las directrices de los dirigentes maoístas. Liu-Shao-Chi[73] explicaba así en el verano de 1950 aquellos momentos decisivos para la revolución: “En el periodo comprendido entre julio de 1946 y octubre de 1947, en numerosas regiones de China del Shangtung y de la China del noroeste, las masas campesinas y nuestros militantes rurales no han podido, al hacer la reforma agraria, seguir las directivas publicadas el 4 de mayo de 1946 por el Comité Central del Partido Comunista Chino, las cuales exigían considerar inviolable en lo esencial la tierra y los bienes de los campesinos ricos. Ellos llevaron a cabo sus ideas y han confiscado la tierra y los bienes tanto de los campesinos ricos como de los grandes propietarios terratenientes. (…) Hemos autorizado a los campesinos a requisar la tierra y los bienes excedentes de los campesinos ricos y a confiscar todos los bienes de los grandes terratenientes para satisfacer en una cierta medida las necesidades de los campesinos necesitados, para hacer que los campesinos participen con mayor entusiasmo revolucionario en la guerra popular de liberación”[74].

Aunque Mao y Stalin habían hecho todo lo humano y lo divino por evitarlo, las ideas de La revolución permanente y de Las Tesis de Abril reaparecían de nuevo en la dinámica viva de la revolución china.

Siendo la revolución en el campo un hecho consumado, Mao intentaría sortear por todos los medios su extensión a la ciudad, estableciendo una muralla entre la transformación social en el campo y la ciudad: “Hay que prevenirse contra el error de aplicar en las ciudades las medidas que se emplean en las zonas rurales para la lucha contra los terratenientes y campesinos ricos y para la destrucción de las fuerzas feudales. Hay que hacer una rigurosa distinción entre la liquidación de la explotación feudal ejercida por los terratenientes y campesinos ricos y la protección de sus empresas industriales y comerciales. (…) Hay que realizar un trabajo educativo entre los camaradas de los sindicatos y entre las masas obreras para hacerles comprender que de ninguna manera deben ver solamente los intereses inmediatos y parciales, olvidando los intereses generales y de largo alcance de la clase obrera”[75].

Mao no actuaba de forma independiente, los dirigentes moscovitas eran los verdaderos autores de este guion para la revolución China. El propio, Mao, bastantes años después de la toma del poder, reconocería ante el Comité Central del PCCh que desde la URSS “habían querido impedirles hacer la revolución china”[76]. A pesar del empeño puesto por los dirigentes soviéticos y chinos en la aplicación de la teoría menchevique de la revolución por etapas, la realidad se encargó de demostrar que ese esquema era inviable: la corrupta y debilitada burguesía china y sus aliados, los terratenientes y los imperialistas, nunca aceptarían reformas esenciales como la distribución de la tierra, la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de la población. Solo había dos alternativas: revolución y derrocamiento del capitalismo, o contrarrevolución imponiendo una nueva dictadura militar burguesa.

Por fin la victoria

El avance imparable de la revolución en el campo y las esperanzas que ésta sembraba entre los sectores oprimidos de las ciudades, permitió una victoria militar arrolladora sobre el Kuomintang. A mediados de 1948, la ofensiva del EPL se desarrollaba en todo el norte del país. En septiembre, las tropas del Kuomintang perdieron Hunán, y en octubre Mukden y Changchun. Manchuria estaba bajo el control del PCCh.

En diciembre de ese mismo año se desarrolló una de las más épicas y trascendentales batallas de la guerra civil. Sus dimensiones y duración nos dan apenas una idea de la gesta revolucionaria inconmensurable protagonizada por el pueblo chino. Comandadas por Chu Teh, las tropas del EPL tomaron el estratégico enlace ferroviario de Xuzhou tras un intenso combate que duró 65 días y en la que se vieron implicados un millón de hombres por ambos bandos. Por su parte, en los primeros días de 1949, Lin Piao ocupó el puerto de Tianjin y lanzó desde allí sus tropas en dirección a Pekín.

Después de estas inmensas derrotas, Chiang dimitió como presidente el 21 de enero, y el 31 las tropas del Ejército Popular de Liberación, desfilaron en la antigua capital imperial: Pekín. Mao hacía su entrada triunfal en Pekín en un jeep made in USA, procedente, como otros tantos vehículos y armas, del botín de guerra arrebatado a los derrotados ejércitos nacionalistas.

Chiang preparó una línea defensiva para la retirada de sus tropas a la isla de Taiwan. En pocos días el PCCh tomó el control de Hangzhou, Wuhan y, en mayo, Shanghái, el corazón industrial. El avance era absolutamente imparable. A mediados de octubre cayeron bajo el control de los maoístas Cantón y Xiamen. El 1 de octubre de 1949, desde lo alto de la Puerta de la Paz Celestial, Mao Tse-tung proclamó el nacimiento de la República Popular China. La nueva bandera sería roja con cinco estrellas. Por fin, superando todo tipo de obstáculos, la acción revolucionaria del campesinado había asestado el golpe mortal a los terratenientes y burgueses, extranjeros o nativos. Los opresores que durante milenios habían humillado a las masas chinas, pagaban por fin su deuda histórica. Millones de trabajadores y jóvenes de todo el mundo fueron profundamente conmovidos por esta inmensa y aplastante victoria de los oprimidos.

Perspectivas para el nuevo poder

Aunque pueda parecer sorprendente, los progresos de la revolución china no fueron muy bien recibidos en Moscú. Stalin veía estos colosales acontecimientos con un enfoque “ruso”, lejos de cualquier perspectiva internacionalista. Desde hacía ya tiempo, el avance de la revolución dificultaba los acuerdos a los que había llegado en la Conferencia de Yalta, en febrero de 1945, con los dos máximos representantes del capital internacional: Churchill y Roosevelt. La política frentepopulista de la camarilla estalinista, así como todos los esfuerzos para no despertar la susceptibilidad de los nuevos aliados imperialistas, se veía continuamente dificultada por el “hervidero” chino. En vista de que el programa de contención revolucionaria del PCCh no conseguía detener a las masas, Stalin se esforzó al máximo en dar garantías a los imperialistas.

El general Hurley, máximo representante del imperialismo estadounidense en China, pasaría por Moscú antes de iniciar las negociaciones entre el Koumintag y el PCCh en 1945. Tras sus reuniones con Mólotov trasmitirá a Chiang Kai-shek y Roosevelt que: “1º) Rusia no apoya al PCCh; 2º) Rusia no quiere en China disensiones ni guerra civil; 3º) Rusia desea mantener con China las más armoniosas relaciones”[77].

El 16 de diciembre de 1949, en su primer viaje a la URSS, Mao fue recibido con extraordinaria frialdad y no como el dirigente de una revolución triunfante. Después de varios días de espera, se mantuvieron ocho largas semanas de negociaciones, de las que la recién fundada República Popular China no consiguió más que migajas: la protección de China frente a un ataque japonés, un crédito de 300 millones de dólares a devolver en cinco años y la promesa de retirada de las tropas soviéticas antes de 1952 de los puertos de Lushun y Dalian, ocupados al final de la Segunda Guerra Mundial. Varios años antes, en 1937, Stalin había entregado al Kuomintang, es decir, a los verdugos de los comunistas chinos, 250 millones de dólares para financiar la guerra contra la invasión japonesa.

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Chu Teh y Mao Tse-tung. 


En cualquier caso, la revolución china era un hecho objetivo y su triunfo definitivo se produjo en un escenario diferente al de finales de 1945, cuando Moscú estaba en plena luna de miel con los imperialistas aliados. La guerra fría había acabado con la etapa de convivencia pacífica y la burocracia soviética se encontraba ahora inmersa en una agria batalla por mantener las esferas de influencia logradas tras la Segunda Guerra Mundial.

La supresión del capitalismo en Europa del Este por parte de la burocracia estalinista, apoyada en las bayonetas del ejército rojo y en el movimiento de las masas de Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, no dio lugar al establecimiento de regímenes de democracia obrera. Los nuevos estados satélites comenzaron por donde terminó la contrarrevolución burocrática en la URSS, como Estados obreros deformados construidos a imagen y semejanza del ruso.

En esas circunstancias, de la misma manera que sucedió en Europa del Este, ya no había motivos para resistirse a la liquidación definitiva de los restos, inertes, de la burguesía y los terratenientes chinos.

Los estalinistas rusos ayudaron a Mao en sus inicios pero esta ayuda, que siempre fue limitada, no era desinteresada. Los jefes de Moscú exigieron un control férreo sobre la misma y sobre el rumbo de la política china, pero la situación, no obstante, presentaba algunas diferencias con el contexto de Europa del este.

El nuevo Estado chino, que también se estableció como una copia del existente en Rusia, no era tan fácil de dominar. Los intereses de la nueva dirección del país, es decir, de los estalinistas chinos, no se someterían tan fácilmente a los dictados de la burocracia de Moscú ahora que disponían de los recursos de una gran nación. La semilla del futuro enfrentamiento entre la burocracia rusa y los dirigentes maoístas quedó sembrada desde el mismo momento del triunfo revolucionario.

Muy poco tiempo después de la toma del poder, a mediados de 1950, el imperialismo estadounidense desafío al nuevo régimen chino con la guerra de Corea. Su actuación consiguió justo el efecto contrario del perseguido. No solo cosecharon una humillante derrota ante los soldados del EPL, sino que empujaron hacia la izquierda a los dirigentes maoístas. La amenaza de acciones militares directas de la potencia capitalista más poderosa, provocó el inicio del fin en la colaboración con la supuesta “burguesía democrática”, en realidad una sombra fantasmagórica sin apoyo en la sociedad. Se celebraron grandes juicios contra los contrarrevolucionarios y se procedió a la confiscación o transformación en sociedades mixtas de la mayor parte de las empresas de propiedad capitalista.

A pesar de las previsiones de Mao, el capitalismo chino fue barrido con rapidez. El pueblo chino, no sin un inmenso sacrificio, pudo elevarse sobre su atraso. El primer plan quinquenal se inició en 1953, permitiendo la modernización definitiva del país. En 1958, China se convirtió en el tercer productor mundial de carbón, superando a Gran Bretaña y Alemania Occidental. La tasa media de crecimiento anual fue de un 11% entre 1949 y 1957. La esperanza de vida pasó de 40 años en 1949 a 70 en 1979. Maestros y médicos llegaron a aldeas y barrios obreros, convirtiendo la educación y la sanidad en un derecho universal y no en el patrimonio exclusivo de una élite.

El país fue unificado y liberado del yugo colonial.

Un Estado obrero deformado

Trotsky había trazado, antes de su muerte, una perspectiva posible en caso de que  los Ejércitos Rojos campesinos surgieran victoriosos de la guerra civil contra Chiang Kai-Shek. Pronosticó que la cúpula del PCCh traicionaría a su base campesina y, ante la pasividad del proletariado en las ciudades, se fusionaría con la burguesía llevando a cabo un proceso de desarrollo capitalista clásico. Pero esto no ocurrió porque China no tenía salida bajo el capitalismo[78].

Por la peculiar correlación de fuerzas surgida tras la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo fue incapaz de intervenir con éxito contra la revolución. Basado en el corrupto régimen de Chiang, que después de décadas en el poder no había sido capaz de resolver ni una sola de las tareas de la revolución democrático burguesa, ni siquiera la unificación de China, el capitalismo chino no ofrecía ninguna solución a los problemas endémicos de las masas.

La revolución de 1949, como hemos descrito anteriormente, no se desarrolló en las líneas clásicas de una revolución proletaria como en octubre de 1917 en Rusia o en la propia China en 1925-27. Empezó donde la revolución rusa terminó, es decir, dando lugar a un Estado burocrático de partido único. Apoyado en un ejército campesino, la base clásica del bonapartismo, Mao maniobró entre las clases para construir un régimen a imagen y semejanza del de Stalin.

Como consecuencia de la política de los dirigentes estalinistas chinos, que abandonaron la perspectiva de la revolución proletaria y del internacionalismo, fue otra clase, el campesinado, la que llevó a cabo las tareas históricas de aquella. Esta particularidad, determinaría las características del nuevo régimen. Ted Grant explicó con claridad las claves de este proceso: “Paradójicamente, este movimiento campesino es una ramificación del fracaso de la revolución de 1925-27. Con la derrota del proletariado, los estalinistas chinos transfirieron su base de la clase obrera al campesinado. Se alejaron de las ciudades y encabezaron una guerra campesina.

“Toda su base social y  la psicología de su dirección, que llevaba en las montañas y en las zonas rurales más de veinte años, les desvinculó del proletariado y de su perspectiva. Las posiciones de este grupo estaban necesariamente determinadas por sus condiciones de vida. El núcleo original que formaba la dirección de este movimiento, estaba compuesto por una proporción de ex obreros, ex campesinos, aventureros e intelectuales. En ese sentido, era un agrupamiento bonapartista clásico que después se fusionó en un ejército”.

El proletariado, que fue clave en la revolución de 1925-27, en esta ocasión jugo un papel muy limitado apoyando la acción de los ejércitos campesinos pero sin tomar la iniciativa en ningún momento. La posición de Mao al respecto era clara: no alentar la actividad revolucionaria independiente de los trabajadores de las ciudades. Ted Grant comenta: “Incluso en el amanecer de la guerra campesina, en un momento en que los estalinistas seguían un rumbo ultraizquierdista y los vínculos con las ciudades todavía no se habían roto completamente, la inevitable psicología de un ejército bonapartista se estaba extendiendo por todo el ambiente. La Comintern, que por entonces aún no estaba totalmente degenerada, veía este proceso con un cierto recelo. Por esa época, por ejemplo, se formaron “sindicatos” en los llamados distritos “soviéticos” [las bases rojas]. [Harold] Isaacs, en su [libro] La tragedia de la Revolución China escribió lo siguiente: ‘Pero el carácter de estos sindicatos, cualquiera que sea su número, era tan dudoso que incluso el centro sindical del partido en Shanghái tenía queja. En su informe de 1931 hablaba de la presencia de comerciantes y campesinos ricos en los sindicatos. Al año siguiente, dirigió una carta demoledora a los funcionarios del sindicato de Kiangsi en la que les acusaban de admitir a campesinos, sacerdotes, comerciantes, capataces, campesinos ricos y terratenientes, mientras por otro lado, sectores considerables de trabajadores agrícolas, coolies (nombre que se da en los países asiáticos a los sirvientes nativos), empleados y artesanos eran excluidos de la militancia con distintos pretextos. Los compañeros del partido responsables de este trabajo eran acusados de ser desdeñosos e insolentes con los trabajadores. La carta describía a los sindicatos como antiproletarios, que representan los intereses de los terratenientes, campesinos ricos y empresarios”[79].

Cuando posteriormente las direcciones de la IC y del PCCh giraron hacia los frentes populares, la posición del proletariado en las ciudades quedó aún más desguarnecida. La subordinación a la burguesía nacionalista, y el recelo por parte del partido a realizar una actividad en las ciudades industriales que pudiera romper los acuerdos con sus aliados burgueses, hizo todavía más difícil a los trabajadores poder desplegar una acción independiente.

Sin embargo, la madurez de las condiciones objetivas de la sociedad china para la revolución necesitaba expresarse a pesar de la inmadurez del factor subjetivo. La revolución no podía esperar, y la ausencia de dirección por parte de la clase obrera le daría un aspecto inédito, distorsionado, pero no la detendría.

En la forma que adoptó el triunfo revolucionario incidieron otros factores no menos importantes. Por un lado, el aplazamiento de la revolución en los países capitalistas desarrollados, impidiendo el auxilio que un proletariado victorioso en Europa podría proporcionar a las masas chinas. Por otro, la existencia de la URSS, que a pesar de su degeneración burocrática constituía un poderoso ejemplo de las enormes posibilidades que representaba la planificación económica tras la abolición del capitalismo.

A pesar de la resistencia de Stalin al avance de la revolución socialista en China, las conquistas sociales de la URSS alimentaban el espíritu revolucionario de las masas chinas y del resto de los países coloniales. Y no solo eso. Si bien es cierto que el campesinado chino llevó la revolución a la victoria, no lo es menos que lo hizo impregnado de los símbolos y ejemplos del Octubre soviético. Fueron las órdenes de dirigentes que se declaraban comunistas las que obedeció. Hasta principio de 1937, la lucha armada del campesinado se libró bajo el nombre del Ejército Rojo, las zonas bajo su control se denominaron bases rojas y, en ellas, se aplicó el reparto de la tierra por un Gobierno popular integrado por los dirigentes que aparecían identificados con el poder soviético.

Respecto a la política militar, es cierto que la lucha guerrillera, llena de gestas heroicas, cosechó un gran éxito durante el periodo de resistencia frente a los ataques del Kuomintang. Pero la victoria en las batallas decisivas para la transformación del conjunto del país y la toma del poder, se obtuvieron a través de la movilización de ejércitos de masas. En la batalla de Xuzhou en diciembre de 1948, conducida por el genio militar de Chu Teh, participaron cientos de miles de soldados del EPL. En el punto álgido de la guerra civil el Ejército de Liberación Popular sumó alrededor de dos millones de hombres.

La incontestable fortaleza del ejército de Mao frente a las tropas del Kuomintang, no surgía de la táctica de la guerra de guerrillas, sino de las nuevas relaciones de propiedad de la tierra que se constituyeron en las zonas bajo control del PCCh. La entrega de la tierra a los campesinos pobres jugó un papel fundamental, elevando la moral del ejército campesino hasta hacerla inquebrantable y atrayendo a las tropas de Chiang a las filas de la revolución. Fue el carácter revolucionario de la guerra campesina el motor decisivo para el triunfo final.

La victoria de 1949 transformó China, levantó al pueblo chino de su postración ancestral, permitió la modernización de la economía y una de las más profundas y extensas reformas agrarias de la historia. Sin embargo, el papel asignado al proletariado en la construcción del socialismo no podía ser reemplazado. El campesinado pudo sustituir a la clase obrera en la tarea de ejecutar la reforma agraria, expulsar a los imperialistas y expropiar a los capitalistas. Pero estas tareas no suponían, por si solas, la construcción del socialismo, sino parte de sus premisas económicas.

El desarrollo socialista pleno de China necesitaba de la extensión internacional de la revolución y la participación consciente y democrática del proletariado en la gestión y control de la economía, la política y el Estado. Marx y Lenin explicaron que los trabajadores necesitan un Estado para vencer la resistencia de las clases explotadoras y organizar la producción sobre bases democráticas, bajo el control y la administración del conjunto de la clase obrera. Es decir, los trabajadores reemplazarían la vieja maquinaria del Estado burgués por un semiestado, una estructura muy simple dirigida a su propia desaparición, que empezaría a disolverse desde el principio. Un Estado de este tipo fue la Comuna de París y el Estado Obrero Soviético que siguió a la revolución de octubre. En China no se estableció, en ningún caso, un Estado obrero sano basado en las condiciones que Lenin defendió para la democracia obrera:

1) Elección directa y revocabilidad de todos los representantes públicos de los trabajadores y campesinos.

2) Ningún funcionario público percibirá un salario superior al de un obrero cualificado.

3) Ningún ejército permanente, sino el pueblo en armas.

4) Gradualmente, todos los trabajos de administración del Estado se realizarán de forma rotativa por parte de toda la población. Cuando todo el mundo es un “burócrata” por turnos, nadie es un burócrata.

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El desarrollo socialista pleno de China necesitaba de la extensión internacional de la revolución y la participación consciente y democrática del proletariado en la gestión y control de la economía, la política y el Estado. 


Si la democracia obrera no existía en el control de la actividad económica y del Estado, que era dirigido con mano de hierro por los máximos dirigentes del PCCh, mucho menos en lo que respecta a la vida interna del partido. Llama la atención la similitud con los métodos del PCUS tras la consolidación de la casta burocrática. Si entre 1921 y 1928 se celebraron los seis primeros congresos del PCCh, el VII se realizó en 1945, el VIII en 1956, el IX en 1969 y el X en 1973. Cuando al propio partido se le dificultaba la posibilidad de debatir y decidir, las posibilidades para las grandes masas de la población eran mucho más escasas.

El socialismo tiene derecho a existir en la medida en que es un sistema superior al capitalismo y, por ello, su fortaleza se debe demostrar fundamentalmente en el desarrollo de las fuerzas productivas, en su mayor productividad frente al capitalismo. A largo plazo, ganar la batalla es imposible sin que los obreros, los nuevos protagonistas tras el derrocamiento de la burguesía, tomen las riendas de la economía y la controlen democráticamente a través de sus órganos de poder. “La fuerza del proletariado en no importa que país capitalista es infinitamente más grande que la proporción del proletariado con respecto a la población total. Esto es así porque el proletariado domina económicamente el centro y los nervios de todo el sistema de la economía capitalista”[80]. En el caso de una economía socialista, la posición de los trabajadores en la gestión y el impulso productivo es aún más decisiva.

El papel que el proletariado chino jugó en la revolución de 1949 fue muy limitado. Los golpes sufridos tras la derrota de 1927 combinados con  la política frentepopulista del PCCh, lo mantuvieron desorientado y pasivo, si bien es cierto que participó en huelgas y recibió a los ejércitos rojos campesinos con entusiasmo. Pero una vez tomado el poder era necesario, indispensable, incorporar a los obreros a la gestión de la industria, al Gobierno y la planificación de la economía. Sin embargo, el nuevo Gobierno maoísta surgido de la victoria frente al Kuomintang, que llevó a cabo transformaciones enormemente progresistas desde el punto de vista económico, nunca se basó en la participación consciente del proletariado.

Tras los primeros años de crecimiento económico explosivo, la dirección maoísta se vio en la necesidad de desarrollar aún más las fuerzas productivas. Pero el progreso y la industrialización no dependían de la voluntad subjetiva de los dirigentes chinos, no se podía decretar. El desarrollo industrial de China estaba condicionado fundamentalmente por la inversión y la tecnología disponibles, así como por la formación y participación activa del proletariado. Las aventuras de 1958 y 1966, conocidas como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, tuvieron efectos catastróficos: hasta un 15% de caída de la producción industrial entre 1967 y 1968. Se calcula que debido a la escasez alimenticia murieron más de quince millones de personas de hambre entre 1958 y 1962.

Tras la muerte de Mao, los dirigentes del PCCh dieron un giro de 180 grados pasando de la autarquía a la introducción de reformas de corte capitalista. Progresivamente la política de reformas ha permitido el restablecimiento de las relaciones capitalistas en la parte del león de la economía china.

Pero la historia no ha terminado, incluso hoy, cuando la propiedad privada renace en China de mano de la restauración capitalista, nadie puede hurtar al pueblo chino su orgulloso pasado revolucionario. Si la contrarrevolución ha triunfado en la China del siglo XXI, ni los obreros ni los campesinos han tenido responsabilidad alguna. La paternidad de este vuelta a la reacción recae sobre la política de los dirigentes estalinistas que, apoyados en la teoría del socialismo en un solo país y en la ausencia de una democracia obrera real, abrieron las puertas de la Gran Muralla al gran capital. En cualquier caso, ni los máximos dirigentes del PCCh, transformados hoy en multimillonarios hombres de negocios, ni los capitalistas extranjeros, deberían dormir tranquilos. China concentra en la actualidad al proletariado más numeroso del planeta, y, estos mismos obreros, antes o después, se reencontrarán con las arraigadas e inconmensurables tradiciones revolucionarias que forman parte inseparable de la historia del pueblo chino.

 

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[1] Artículo publicado en Neue Rheinische Zeitung en febrero de 1850; incluido en China, ¿fósil viviente o transmisor revolucionario? editado por UNAM, México 1975, pp. 48-49.

[2] Informe de la comisión para los problemas nacional y colonial en el II Congreso de la Internacional Comunista, 26 de julio de 1920. Recogido en El despertar de Asia, Editorial Progreso Moscú, 1979, p. 70.

[3] Carlos Marx y Federico Engels, El Manifiesto Comunista. Fundación Federico Engels, Madrid, 1997, p. 45.

[4] V. I. Lenin, ‘La democracia y el populismo en China’, escrito en junio de 1912, recogido en El despertar de Asia, pp. 15-16.

[5] C. Marx, ‘La revolución en China y en Europa’, escrito en junio de 1853, incluido en China, ¿fósil viviente o transmisor revolucionario?, p. 54.

[6] Los hechos históricos reseñados en este trabajo han sido obtenidos de diferentes fuentes bibliográficas que se señalan al final del mismo. Entre ellas cabe destacar el extenso y prolijo libro de Enrica Colloti Pischel, La revolución china (Ediciones ERA, México DF, 1976) con su abundante documentación. Hay que señalar, no obstante, que las conclusiones políticas de este texto y las mantenidas por Colloti difieren en aspectos sustanciales.

[7] León Trotsky, ‘Perspectivas y tareas en el lejano Oriente’, discurso pronunciado el 21 de abril de 1924 con ocasión del tercer aniversario de la Universidad Comunista de los Trabajadores de Oriente, incluido en La segunda revolución china, Editorial Pluma, Bogotá, 1976, pp. 12-14.

[8] V. I. Lenin, ‘La guerra china’, publicado en Iskra en diciembre de 1900. Cita recogida en Breve historia de la China contemporánea, Editorial Anagrama, Buenos Aires, 1972.

[9] Cita recogida en Breve historia de la China contemporánea.

[10] Ibíd.

[11] V. I. Lenin, ‘La China renovada’, escrito en noviembre 1912, en El despertar de Asia, p. 25.

[12] Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia, Fundación Federico Engels, Madrid 2006, pp 8 y 12.

[13] Recogido en La revolución china, de Enrica Collotti, p. 144.

[14] V. I. Lenin, en Las Tesis de Abril, Fundación Federico Engels, Madrid 1998, pp. 10 y 13.

[15] Lenin cita unas palabras de Mefistófeles de la tragedia de Goethe Fausto.

[16] V. I. Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky, Editorial Roca, Barcelona 1976, pp.48-49.

[17] V. I. Lenin, Enseñanzas de la revolución, Editorial Roca, Barcelona 1976, p. 77.

[18] Alan Woods, Bolchevismo, el camino a la revolución, Fundación Federico Engels, Madrid 2003, p. 631.

[19] V. I. Lenin, Obras Completas, Editorial Progreso, Moscú, 1987, volumen 31, p. 2.

[20] Ibíd., p. 8.

[21] Ted Grant y Alan Woods, Lenin y Trotsky, qué defendieron realmente, Fundación Federico Engels, Madrid 2000, p. 57.

[22] V. I. Lenin, ‘Cartas sobre táctica’, en Las Tesis de Abril, p. 11.

[23] León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Ediciones Ruedo Ibérico, París 1972, Vol. 1, página 259.

[24] T. Grant y A. Woods, op. cit., p. 57.

[25] L. Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Vol. 1, p. 260.

[26] V. I. Lenin, Las Tesis de Abril, p. 5.

[27] L. Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Vol. 1, p. 268.

[28] V. I. Lenin, Obras Completas, volumen 31, p. 22.

[29] V. I. Lenin, ‘Tesis adicionales sobre los problemas nacional y colonial’, II Congreso de la IC, julio 1920, en Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista. Cuadernos de Pasado y Presente, México 1977, p. 158.

[30] Ibíd., p. 155.

[31] V. I. Lenin, ‘La Nueva Política Económica y las tareas de los Comités de Instrucción Política’, Informe presentado al II Congreso Nacional de los Comités de Instrucción Política el 17 de octubre de 1921. Obras Completas, Tomo 44, p. 162.

[32] Juan Ignacio Ramos, De noviembre a enero. La revolución alemana de 1918, Fundación Federico Engels, Madrid 2001.

[33] T. Grant, Rusia, de la revolución a la contrarrevolución, Fundación Federico Engels, Madrid 1997, p. 76.

[34] V. I. Lenin, discurso pronunciado en marzo de 1919 al VIII Congreso del PC de Rusia, incluido en Acerca de la incorporación de las masas a la administración del Estado, Editorial Progreso Moscú 1978, p. 171.

[35] Para un estudio detallado del ascenso del estalinismo es imprescindible consultar el clásico de León Trotsky La revolución traicionada, Fundación Federico Engels, Madrid 2001.

[36] T. Grant, Rusia de la revolución a la contrarrevolución, p. 77.

[37] Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista. Editorial Ruedo Ibérico, Barcelona 1978, p. 227.

[38] Informe de la Comisión para los problemas nacional y colonial en el II Congreso de la IC, 26 de julio de 1920, en Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista.

[39] L. Trotsky, ‘Las relaciones entre las clases en la revolución china’, en La segunda revolución china, pp. 37 y 39.

[40] Isaac Deutscher, El profeta desarmado, Ediciones ERA, México, 1985, p. 301.

[41] L. Trotsky, ‘Las relaciones entre las clases en la revolución china’, en La segunda revolución china, p. 39.

[42] F. Claudín, op. cit., pp. 227-28.

[43] L. Trotsky, ‘El historial de la Oposición sobre el Kuomintang’, en La segunda revolución china, pp. 87-88.

[44] L. Trotsky, ‘Manifiesto sobre China de la Oposición de Izquierda Internacional’, en La segunda revolución china, pp. 79-80.

[45] “La idea de la revolución permanente fue formulada por los grandes comunistas de mediados del siglo XIX, por Marx y sus adeptos, por oposición a la ideología democrática, la cual, como es sabido, pretende que con la instauración de un Estado ‘racional’ o democrático, no hay ningún problema que no pueda ser resuelto por la vía pacífica, reformista o progresiva. Marx consideraba la revolución burguesa de 1848 únicamente como un preludio de la revolución proletaria. Y, aunque ‘se equivocó’, su error fue un simple error de aplicación, no metodológico. (…) El ‘marxismo’ vulgar se creó un esquema de la evolución histórica según el cual toda sociedad burguesa conquista tarde o temprano un régimen democrático, a la sombra del cual el proletariado, aprovechándose de las condiciones creadas por la democracia, se organiza y educa poco a poco para el socialismo. Sin embargo, el tránsito al socialismo no era concebido por todos de un modo idéntico: los reformistas sinceros (tipo Jaurès) se lo representaban como una especie de fundación reformista de la democracia con simientes socialistas. Los revolucionarios formales (Guesde) reconocían que en el tránsito al socialismo sería inevitable aplicar la violencia revolucionaria. Pero tanto unos como otros consideraban a la democracia y al socialismo, en todos los pueblos, como dos etapas de la evolución de la sociedad no solo independientes, sino lejanas una de otra. (…) La teoría de la revolución permanente, resucitada en 1905, declaró la guerra a estas ideas, demostrando que los objetivos democráticos de las naciones burguesas atrasadas, conducían, en nuestra época, a la dictadura del proletariado, y que ésta ponía a la orden del día las reivindicaciones socialistas. En esto consistía la idea central de la teoría. Si la opinión tradicional sostenía que el camino de la dictadura del proletariado pasaba por un prolongado periodo de democracia, la teoría de la revolución permanente venía a proclamar que, en los países atrasados, el camino de la democracia pasaba por la dictadura del proletariado” (L. Trotsky, La revolución permanente, Fundación Federico Engels, Madrid 2001, p. 38.

[46] Una mujer estaba sometida de por vida a sus padres, a los padres de su esposo, a su esposo y a su hijo. Los matrimonios eran arreglados por los jefes de las familias sin intervención ni del hombre ni de la mujer en la decisión. Luego del arreglo, la familia del novio pagaba una dote a la familia de la novia por el costo de haberla mantenido hasta el momento de la boda.

En China existió también durante siglos una monstruosa forma de tortura contra la mujer. Las madres quebraban los pies de sus hijas con un proceso de vendaje que duraba hasta quince años, con el objetivo de embellecerlos al conseguir que sus dedos tocaran las plantas de sus pies. La justificación de semejante aberración sería que la mujer danzaría así cual flor de loto mecida en el viento para su señor.

[47] L. Trotsky, ‘Manifiesto sobre China de la Oposición de Izquierda Internacional’, en La segunda revolución china, p. 78.

[48] Muchos de estos datos proceden del artículo de Damien Durand titulado El nacimiento de la OPI en China, escrito en 1984 y disponible en Internet.

[49] F. Claudín, op. cit., p. 655.

[50] L. Trotsky, ‘A la Oposición de Izquierdas china’, 8 de enero de 1931, en La segunda revolución china, p. 93.

[51] L. Trotsky, Carta a China, 28 de agosto de 1930. Archivo Internet CEIP.

[52] Ibíd.

[53] L. Trotsky, ‘A la Oposición de Izquierda china’, 8 de enero de 1931, en La segunda revolución china, pp. 91-92.

[54] Mao Tse-tung, Sobre la táctica de lucha contra el imperialismo japonés, discurso del 27 de diciembre de 1935, Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, 1968.

[55] Ibíd.

[56] Mao Tse-tung, Sobre la contradicción, agosto de 1937, Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, 1968.

[57] En noviembre de 1936, el Gobierno del Kuomintang arrestó en Shanghái a siete dirigentes del Movimiento por la resistencia al Japón y la salvación nacional, entre los que se encontraba Shen Chin-yu. En abril de 1937, la Alta Corte del Kuomintang en Suchou los sometió a proceso, inculpándolos de “atentado contra la República”, acusación arbitraria que utilizaban habitualmente las autoridades reaccionarias del Kuomintang contra todo movimiento patriótico.

[58] Mao Tse-tung, Luchemos por incorporar a millones de integrantes al frente único nacional antijaponés, 7 de mayo de 1937, Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, 1968.

[59] Mao Tse-tung, Sobre la táctica de lucha contra el imperialismo japonés.

[60] Mao Tse-tung, Stalin, amigo del pueblo chino, 20 de diciembre de 1939, Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, 1968.

[61] Mao Tse-tung, Sobre la táctica de lucha contra el imperialismo japonés.

[62] L. Trotsky, ‘Sobre la guerra chino-japonesa’, 23 de septiembre de 1937, en La segunda revolución china, p. 167.

[63] L. Trotsky, ‘China y el pacifismo’, 16 de octubre de 1937, en La segunda revolución china, p. 172.

[64] L. Trotsky,’ Las relaciones entre las clases en la revolución china’, en La segunda revolución china, p. 36.

[65] Citado en el artículo de Pierre Broue Chen Tu-hsiu y la Cuarta Internacional, septiembre de 1983.

[66] K. S. Karol, La segunda revolución china, Seix Barral, Barcelona 1977, p. 132.

[67] Mao Tse-tung, Discurso ante la asamblea de representantes de Shensi-Kansu- Ningsia, 21 de noviembre de 1941. Ediciones en lenguas extranjeras de Pekín, 1968.

[68] Mao Tse-tung, Circular del CC del PCCh sobre las negociaciones de paz con el Kuomintang, 21 de agosto de 1945, Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, 1968.

[69] Mao Tse-tung, ‘Sobre las negociaciones de Chungching’ , 17 de octubre de 1945, Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, 1968.

[70] V. I. Lenin, El programa militar de la revolución proletaria, escrito en septiembre de 1916.

[71] T. Grant, ‘La revolución china (1949)’, incluido en el volumen I de sus Obras, Fundación Federico Engels, Madrid 2007.

[72] Mao Tse-tung, Corregir los errores de “izquierda” en la propaganda de la reforma agraria, 11 de febrero de 1948. Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, 1968.

[73] Liu-Shao-Chi, fundador del PCCh en 1921, participó en la Larga Marcha y fue nombrado presidente de la República Popular China en 1959.

[74] Liu-Shao-Chi, Discurso pronunciado el 14 de junio de 1950 al Comité Nacional del Consejo Consultivo Político sobre la ley de reforma agraria adoptada finalmente el 28/6/50.

[75] Mao Tse-tung, Sobre la política concerniente a la industria y el comercio, 27 de febrero de 1948. Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, 1968.

[76] K. S. Karol, op. cit., p. 48.

[77] F. Claudín, op. cit., p. 506.

[78] T. Grant, ‘La revolución colonial y la división chino-soviética’, escrito en agosto de 1964, en Escritos de Ted Grant nº 3, Fundación Federico Engels, Madrid, 2003.

[79] T. Grant, Obras, Volumen I.

[80] Cita de V. I. Lenin recogida por L. Trotsky en La Internacional Comunista después de Lenin, escrito en 1928, Akal Editor, Madrid 1977, p. 276.

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Este artículo ha sido publicado en la revista Marxismo Hoy número 16. Puedes acceder aquí a todo el contenido de esta revista.  

 

 

 

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