“Los vecinos del barrio sabían que algo grave iba a suceder. Habían oído al marido amenazarla de muerte durante mucho tiempo”. ¿Es verdad o no que escuchamos siempre los mismos comentarios en el telediario? Siempre que un hombre amenaza de muerte y “Los vecinos del barrio sabían que algo grave iba a suceder. Habían oído al marido amenazarla de muerte durante mucho tiempo”.

¿Es verdad o no que escuchamos siempre los mismos comentarios en el telediario? Siempre que un hombre amenaza de muerte y luego mata a una mujer nos parece a todos que se podía haber evitado. Y nos preguntamos por qué no se hizo nada y quién tenía que haber hecho algo. Violencia doméstica en los barrios populares, violencia doméstica en las capas burguesas y pequeñoburguesas, violencia contra la juventud y la infancia... Si contamos las mujeres asesinadas por hombres, hablamos de muchas más de las 97 que han muerto a manos de sus maridos, padres, hijos o compañeros sentimentales durante el año 2003.

Las cifras son tan estremecedoras que de vez en cuando, de forma cíclica, desde los ayuntamientos, comunidades autónomas, ministerios y demás organismos oficiales, se organizan campañas contra “los malos tratos y la violencia doméstica” en las que nos quieren hacer pensar que la violencia y el machismo no dependen de las clases sociales, que es un problema de educación, de “valores morales”, que hace falta un poco más de tiempo y el progreso lo arreglará todo. Mentiras: la verdad es que la violencia y la opresión son inherentes al capitalismo; la verdad es que putrefacción de este sistema está vaciando las conquistas sociales y culturales de la clase trabajadora y con ellas las de las mujeres, la infancia, la juventud, los inmigrantes o los pensionistas.

Opresión de clase

Claro que los trabajadores también estamos afectados por la cultura dominante (a no ser así ¿por qué la llamamos dominante?) y nos tragamos desde pequeños la basura de la ideología machista de la burguesía igual que nuestras hermanas, pero esto no niega sino que reafirma el origen de clase de la opresión de las mujeres. Una mujer que se ve obligada a vivir con el hombre que la desprecia, la maltrata o la quiere matar es una mujer que ha sido llevada al límite de perder mucha o toda autoestima, no tiene dinero para irse de casa o no quiere huir y dejar a sus hijos en las manos de un individuo peligroso y casi siempre se dan esos tres factores a la vez; generalmente se trata de mujeres sin independencia económica y la casa, probablemente, será propiedad legal del marido.

Para más inri, la justicia burguesa suele despreciar y hacer caso omiso de las denuncias que hicieron la mayoría de las mujeres asesinadas. Al fin y al cabo, en esta sociedad la mujer no es más que la esclava de un esclavo y esta es la idea general que rige para la mayoría de los jueces, responsables de velar por el mantenimiento del orden existente, como demuestra el caso de la jueza Montserrat Comas, vocal del Consejo General del Poder Judicial, “quien aseguró hoy que la sentencia del Juzgado de lo Penal número 22 de Barcelona que supuestamente valora el aspecto físico y la ropa de una mujer para juzgar si fue víctima de malos tratos, ‘está correctamente motivada’ (...) Añadió así que la parte en la que hace referencia a su aspecto físico se ha ‘descontextualizado” (Noticias Yahoo, 21/01/04).

Otras veces un juez o una jueza dictan una “orden de alejamiento” al hombre peligroso, de la que éste no hace ningún caso y vuelve una y otra vez a insultar, pegar o asesinar. En general, la respuesta a este incumplimiento de la ley suele ser que las mujeres vayan a una Casa de Acogida, o de sus familiares más cercanos.

(Cabe preguntarse por qué cuando estos agresores violan una sentencia judicial en el mejor de los casos simplemente reciben un “apercibimiento”, y sin embargo un obrero o un joven que participa en un piquete, en una huelga o en una manifestación, es susceptible de ser apaleado y detenido inmediatamente por la policía).

Además, ¿por qué una mujer debe huir y esconderse para proteger su vida? Lo suyo sería que pudiese seguir con su vida normal y que fuese el culpable de los maltratos el que pagase las consecuencias de sus actos.

Un programa de lucha serio

Lo suyo sería que la Administración diera a todas las mujeres amenazadas y humilladas los medios materiales para separarse del marido y vivir dignamente sin que los hijos acaben por servir de rehén. Inútil pedirlo al gobierno facha del PP, pero sí debemos exigirlo a las administraciones de izquierdas, que tienen el deber de hacerlo. Hay muchísimas compañeras que sufren en silencio en su casa, que si no mueren acuchilladas se apagan de agobio, sumidas en el pozo sin fondo del maltrato físico y psíquico.

Las organizaciones tradicionales de la izquierda tienen la obligación de hacer algo más que ponerse en la cabecera de las manifestaciones junto a las mujeres que protestan. Tienen la obligación y el deber de explicar las raíces del problema; tienen la obligación y el deber de denunciar la omisión y desatención de la policía, de los jueces, de las instituciones... Tienen, en definitiva, la obligación de denunciar la moralidad y la hipocresía de la sociedad burguesa.

Pero también tienen la obligación y el deber de plantear alternativas que realmente sean una solución para estas mujeres. En primer lugar debemos exigir viviendas y un trabajo digno para todas aquellas mujeres que deseen separarse y si no hay trabajo subsidio de desempleo que les permita vivir decentemente hasta que encuentren un trabajo. Todos sabemos que muchas mujeres soportan situaciones intolerables simplemente porque no tienen medios de subsistencia, ni casa, ni posibilidades de salir adelante por sí solas.

Desde los sindicatos, partidos de izquierda y asociaciones de vecinos deberían organizarse campañas de denuncia contra los malos tratos, pero no con carteles “impactantes” que ignoran la realidad y los problemas cotidianos de estas mujeres, sino organizando a los trabajadores y amas de casa del barrio para dejar bien claro que estas mujeres están protegidas por los vecinos y no van a consentir ninguna amenaza o acoso. Esto implicaría una labor importante de concienciación de clase, organización y autodefensa en los barrios. Los sindicatos y los partidos de clase deberían de emprender estas tareas en lugar de gastárselo todo en carteles y la estéril actividad publicitaria e institucional.

También es obligación de las organizaciones de la izquierda explicar el papel alienante a la que esta sociedad ha condenado a la mujer trabajadora y poner los medios materiales adecuados para que estas compañeras puedan salir de la monotonía de “sus labores” y la mortal rutina doméstica o la sobreexplotación que supone trabajar fuera de casa y sacar adelante una familia.

Los ayuntamientos y comunidades autónomas gobernadas por la izquierda deberían construir lavanderías en los barrios obreros; no vale la excusa de que hoy tenemos lavadoras automáticas, pues las lavadoras de los hogares obreros no suelen secar, ni tender, ni planchar. También deberían poner comedores públicos baratos y de calidad, guarderías públicas gratuitas y, en definitiva, dotar los barrios de todo lo necesario para quitarle de encima a la mujer la esclavitud doméstica. No vale con pedirle a los trabajadores que cooperen en casa. Muchos ya lo hacen, pero mientras que los salarios de las mujeres sigan inferiores está claro que los hombres serán los que más tiempo pasarán fuera de casa. Además seamos claros. No hablamos de un problema individual, basado en la buena voluntad o educación de los hombres y de las mujeres, se trata de un problema colectivo que requiere una solución colectiva. La izquierda debe de hacer todo lo posible para derribar las paredes domésticas que oprimen más a la mujer, pero también a sus compañeros.

Este programa de reformas choca con todos los elementos del capitalismo, desde el presupuesto municipal hasta la parroquia, desde la derecha en el gobierno hasta la Iglesia católica, desde los bancos hasta las guarderías privadas. Pero hay que luchar por conseguir todo lo necesario, movilizando al conjunto de la clase, despertando la conciencia y la creatividad de mujeres y hombres, y a la vez decir la verdad, que sólo rompiendo con este sistema acabaremos con la esclavitud y la violencia doméstica.

La familia, la propiedad,

la violencia

Las mujeres quieren justicia, muchos hombres también queremos justicia. Pero la justicia burguesa nos engaña con un par de leyes represivas (y hay que luchar para conseguirlas) y ningún medio material o social.

El 25 de noviembre en Sevilla hubo una manifestación de protesta contra los asesinatos y la pancarta de cabecera decía “Quien bien te quiere no te hará sufrir”, luego había otra “No a la violencia contra las mujeres”, luego otra reclamando “¡Justicia!”. Ningún trabajador consciente y menos un revolucionario debería reírse de estas pancartas a la vez que ninguna organización de clase debería dejar solas a estas compañeras en la lucha, pero los límites de las consignas de la manifestación son evidentes, reflejando que los y las dirigentes de la izquierda han perdido cualquier programa de clase. Debido precisamente a esto, muchas mujeres han llegado a pensar que el problema es sencillamente el atraso cultural de los hombres y las instituciones y que las clases sociales no tienen nada que ver con el problema. Y sin embargo, no es así: la gran burguesía y la Iglesia católica juegan un papel determinante.

Una de las bases de la supervivencia de la sociedad capitalista descansa en la aceptación por parte de las clases subalternas de la bolsa de basura ideológica producida a lo largo de miles de años por las clases dominantes. Dicha bolsa de basura contiene muchos deshechos asquerosos del pensamiento humano pero que son los pilares de la ideología burguesa. Uno de estos pilares es el derecho masculino de propiedad sobre la mujer y la descendencia. Para profundizar eso es mejor leer El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado de Federico Engels.

Hace falta una labor enorme de educación no cívica, sino política y de clase. Hace falta mantener dos ideas bien claras en la cabeza: 1) acabar con los prejuicios machistas y posesivos sobre las mujeres es la misma lucha contra la barbarie cultural y económica de este sistema; 2) mejorar la vida en nuestros barrios puede hacerse ya desde las organizaciones tradicionales de izquierdas, una vez que se decida aplicar las ideas concretas del mismo programa revolucionario.

Los trabajadores no podemos, ni queremos, dejar solas en esta lucha a nuestras hermanas de clase. Hoy la única solución para acabar con la pesadilla que sufren miles de nuestras compañeras y sus hijos, pasa por garantizarles su seguridad física, al tiempo que una vivienda, un trabajo y unos servicios sociales que les permitan vivir dignamente.

Francisco R. Carvete

Sevilla