Finalizamos el relato publicado en el anterior número de El Militante, en el que dos jóvenes trabajadores explican el cúmulo de engaños, humillaciones y explotación a los que fueron sometidos en Holanda Finalizamos el relato publicado en el anterior número de El Militante, en el que dos jóvenes trabajadores explican el cúmulo de engaños, humillaciones y explotación a los que fueron sometidos en Holanda.

A pesar de no tener contrato, nos pidieron el DNI y número de la Seguridad Social. Al segundo o tercer día de trabajo apareció un encargado con una cámara digital para hacernos una foto a cada uno. Le preguntamos que para qué la quería: "nada —dijo— cosas de la empresa". Nos hizo la foto. Al día siguiente, hablando con los compañeros, conseguimos que nos explicasen el por qué de todo esto: resulta que de vez en cuando la policía holandesa se pasa por la fábrica y coge los datos y la foto de los inmigrantes ilegales para tenerlos fichados y bien controlados… ¡¡La policía sabe que allí la gente trabaja sin contrato y en condiciones infrahumanas, pero sobre eso no hacen nada!!

A la ETT le exigimos que nos hiciese un contrato, a lo que se negaron. Como hay que tener contrato para alquilar un piso, te tienen cogido por el cuello porque si te vas, te quedas sin trabajo y sin casa. Unos compañeros españoles, que se habían quedado sin trabajo ni casa, empezaron a trabajar en la fábrica y fueron a exigir contrato amenazando con dejar el trabajo. La ETT se negó a concederles lo que pedían y les hizo dejar la casa en aquella misma noche, con ayuda de un matón que los dejó en la calle. Así es el talante de esta gente. Nosotros veíamos que aquello era una mafia de inmigrantes, y decidimos exigir un contrato y nuestros derechos.

El jueves por la mañana ya dijimos que no estábamos dispuestos a hacer horas extras si no nos las pagaban como tales; entonces fue para allá una representante de la ETT para hacernos trabajar. Le dijimos que no nos iban a obligar a hacer horas extras y que íbamos a hacer huelga. Llegó la hora y había que echar dos horas extraordinarias, pero nosotros paramos y no trabajamos más. Por la cara y los comentarios de los compañeros, aquello era algo sin precedentes, no había pasado nunca en la fábrica. A la vuelta, en la furgoneta, con el encargado de la ETT llegó a haber una gran tensión. En ese momento llamó la euroconsejera de EURES, Sisi Stoller, y empezamos a explicarle lo que pasaba, pero para que no se enterara el resto de los compañeros que iban en la furgoneta, el encargado subió el volumen de la radio al máximo.

Ese día, sin decir nada, bajaron a todos los compañeros antes que a nosotros y nos llevaron a la oficina de la ETT, donde nos esperaba el jefe de ésta, y con malas maneras se negó a pagarnos. Nosotros nos echamos un farol y le dijimos que habíamos hablado con la embajada y que tendría problemas. Entonces nos reveló que la supuesta euroconsejera de EURES, Sisi Stoller, trabajaba para él. El jefe dijo que nos pagaría si le firmábamos unos papeles "referentes a las tasas que la empresa paga a la Seguridad Social". Éramos reacios a firmar los papeles y fuimos a la embajada española, que nos dio direcciones de sindicatos pero, como no teníamos tiempo para consultar, acabamos firmando los papeles para que nos pagasen.

Antes de eso, ya habíamos empezado a buscar otro puesto de trabajo vía EURES. Otro euroconsejero de este organismo nos buscó un trabajo de manufactura de vegetales. Se nos dijo que no íbamos a trabajar mediante ETT. Sin embargo, cuando marchamos al nuevo trabajo, ya se nos explicó allí que no íbamos a tener contrato ni cobraríamos por horas extras. El ritmo de trabajo era inhumano, tenías que ir literalmente corriendo todo el día. Los compañeros eran muy agresivos por la tensión de este ritmo, situación parecida a la anterior. También nos dijeron que un día a la semana trabajaríamos 16 horas. Nosotros nos negamos y supimos que nos tendríamos que ir. La higiene en la casa era deficiente, era de 60 metros cuadrados y vivíamos nueve personas, pero los jefes querían que llegásemos a ser 12. Había calefacción, pero sólo la ponían dos horas al día, hacía mucho frío. Encima, el segundo día, un encargado nos exigió que nos quitásemos los pendientes...

Llamamos al euroconsejero para explicarle todo lo que nos pasaba y él nos dijo que en Holanda los contratos se podían hacer de palabra, que era legal y que no podía hacer nada. En la embajada nos negaron que los contratos se pudiesen hacer de palabra, el euroconsejero mentía. Lo volvimos a llamar y respondió que "no era su problema", así que dejamos el trabajo. La empresa nos quería echar esa misma noche a la calle, lloviendo, pero nos negamos a irnos de la casa. Cuando nos íbamos por la mañana, llegó la ETT diciendo que si no firmábamos los papeles de la Seguridad Social no nos pagaban. Tuvimos que firmar de nuevo para cobrar, pues no teníamos ningún tipo de respaldo jurídico ya que la embajada española sólo tiene asesoría.

Al llegar a España fuimos al Departamento de Inmigración del Ministerio del Interior para denunciar estos hechos: nos dijeron que no eran de su competencia, y nos mandaron a otro sitio, y luego a otro. Acudimos a la oficina del EURES en Madrid y nos dijeron que lo único que podían hacer era retirar la oferta de empleo de esas ETT´s de la Red EURES. La policía nos dijo que no podíamos "meter mano" legalmente a esta gente. Al final no hemos podido hacer más que contar nuestra historia para denunciar esto públicamente, y para que la gente tenga cuidado si quiere trabajar mediante el EURES, para que no le pase lo mismo que a nosotros.


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