La fábrica de Tabacalera de Cimadevilla, en Gijón, cerró sus puertas definitivamente el pasado 31 de julio. Antes de esto, la plantilla vio impotente cómo una tras otra, todas las promesas que se hacían para garantizar su viabilidad eran incumplidasMónica Iglesias

CCOO ·Asturias

La fábrica de Tabacalera de Cimadevilla, en Gijón, cerró sus puertas definitivamente el pasado 31 de julio. Antes de esto, la plantilla vio impotente cómo una tras otra, todas las promesas que se hacían para garantizar su viabilidad eran incumplidas sistemáticamente.

La empresa fue privatizada durante el anterior gobierno del PP y vendida a la multinacional Altadis con el compromiso de mantener la producción y los puestos de trabajo, primero, y de construir una fábrica alternativa al cierre después y finalmente liberada de dicho compromiso, cuando Vicente Álvarez Areces llegó a la alcadía de Gijón. La opción que se dio a los trabajadores fueron prejubilaciones forzosas, bajas incentivadas o el traslado a otras comunidades (traslado "voluntario" acordado con el comité de empresa, que implicaba que quien no lo aceptara debía firmar el finiquito con la multinacional).

Durante todo el proceso, el comité de empresa no presentó un solo plan de lucha serio para oponerse a estos proyectos, pese a la manifiesta voluntad de la mayoría de los trabajadores de luchar para defender sus puestos de trabajo.

Finalmente, con la fábrica cerrada, los trabajadores trasladados o en su casa, y los puestos de trabajo destruidos, el gobierno del PSOE, con Areces convertido ahora en presidente autonómico, decide "premiar" la trayectoria de estas trabajadoras con la medalla de oro de Asturias.

Ante este hecho insultante, más de 150 trabajadoras, sobre un total de algo más de 260, emiten un comunicado donde rechazan el galardón —"no queremos medallas, sino trabajo"— y responsabilizan de su situación tanto al anterior gobierno del PP, como al actual del PSOE, a la vez que denuncian la actitud del comité de empresa, y muy especialmente de José Luis Díaz Laviada, representante en la mesa de negociación con la empresa en Madrid.

Y mientras estas trabajadoras dan un ejemplo de dignidad admirable, Isabel Acebal, secretaria del comité de empresa acude inmutable a la entrega del galardón, despreciando el sentir mayoritario de la antigua plantilla y pronuncia allí una frase antológica que da la medida de la estupidez y la cara dura de que lamentablemente hacen gala una capa de nuestros actuales dirigentes sindicales: "Estoy muy orgullosa de que me hayan elegido para recoger la medalla, y lo haré en nombre de todas las trabajadoras, si ellas no se sienten representadas, lo siento muchísimo". Otro tanto se puede decir del ex presidente del comité de empresa, quien pese al cierre de la fábrica, la pérdida de los puestos de trabajo y los acuerdos incumplidos, sólo acierta a achacar el cabreo de estas trabajadoras a "cuestiones personales".

Que un representante de los trabajadores se preste a una pantomima como ésta, y acuda a recibir una medalla de manos de uno de los responsables del cierre de una fábrica con más de 150 años de historia, es un hecho tan repugnante que sólo se explica por la total bancarrota ideológica a que nos han llevado años de sindicalismo "responsable" y "moderno". Pero precisamente esta desconfianza en la capacidad de movilización y lucha de los trabajadores, es la pala con la que estos sectores están cavando su propia tumba.

Y si alguno tuviera alguna duda basten las palabras de una de las trabajadoras que sí asistió a la entrega de la medalla: "...si hay que criticar a alguien, no es a nuestras antiguas compañeras, sino a los sindicalistas que antes del cierre y del traslado ya se habían asegurado su puesto en Santander".

Del rechazo mayoritario de los trabajadores a esta política claudicante y cobarde, es de donde debe surgirla nueva capa de sindicalistas que refuerce las filas de quienes planteamos un sindicalismo diferente, combativo y de clase en el seno de UGT y CCOO.

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