Si quienes intentan poner fecha de caducidad a la vigencia teórica del marxismo hicieran un esfuerzo de simple honestidad histórica, deberían reconocer que las fuentes de las que actualmente beben dirigentes como Blair, Schröder o Fidalgo para justificar sus posiciones no son ninguna aportación original. Fueron elaboradas por Millerand, Bernstein, Kautsky, V. Adler, entre otros, en los estertores del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX.

La base material

del revisionismo

La validez y vigencia histórica de una idea no viene determinada por su antigüedad, sino por su capacidad de ser contrastada con la realidad.

Salvo en periodos revolucionarios, históricamente excepcionales, la ideología dominante en la sociedad es la de la clase dominante. Desde su acceso al poder, la burguesía ha desarrollado y perfeccionado potentes medios de transmisión ideológica. Educación, prensa, literatura, cine o televisión son grandes altavoces desde los que de forma constante y cotidiana el capitalismo bombardea nuestra conciencia. Los dirigentes políticos de la clase obrera no están, por supuesto, al margen de esta presión constante.

La confluencia de esta circunstancia con periodos de auge económico que permiten al capitalismo hacer “concesiones” a los explotados en los países más de- sarrollados, ha animado la formación y desarrollo de tendencias reformistas. Fue el auge económico previo a la I Guerra Mundial la base material para el desarrollo de tendencias revisionistas en la mayoría de la dirección del Partido Socialdemócrata alemán y de la II Internacional. El auge posterior a la II Guerra Mundial alimentó también un profundo giro a la derecha de los partidos y sindicatos obreros en todo el mundo, resucitando viejas teorías acerca del final de las crisis de sobreproducción y de la propia lucha de clases.

En ese periodo histórico, las políticas de colaboración de clase encontraron una aceptación masiva por parte de los dirigentes de la izquierda tradicional. Este desarrollo fue contestado durante los años setenta por el auge de la revolución en Europa occidental y en los países ex coloniales. La derrota de estos procesos revolucionarios (Portugal, Estado español, Nicaragua, El Salvador...), el colapso del estalinismo en la URSS y Europa oriental, unido al boom económico de los países avanzados en la década de los ochenta, alimentó nuevas ilusiones teóricas en el reformismo socialdemócrata.

Un capitalismo de rostro humano, ¿es posible?

Incluso ahora, cuando el crecimiento económico del capitalismo es débil y desigual, con una Europa estancada y una recesión de más de una década de la que Japón todavía no ha podido escapar, aún persisten los intentos de convencer a la clase obrera de la posibilidad de un capitalismo civilizado en el que vivir con comodidades. Los marxistas, por el contrario, defendemos que el estudio del desarrollo del capitalismo contemporáneo demuestra, precisamente, lo contrario.

El auge económico de 1948 a 1973, la época dorada del reformismo que permitió generar en la conciencia del movimiento obrero europeo y estadounidense una profunda confianza en el sistema, fue una excepción histórica que no correspondía al funcionamiento normal del capitalismo. Y ésta excepción, ahora en ruinas, está dejando paso a un sistema de capitalismo salvaje y polarización social.

Basta poner algunos ejemplos para ilustrar esta idea. Alemania, la más potente economía de la UE, modelo del llamado estado del bienestar, se ha transformado en un país donde casi uno de cada tres trabajadores convive con la preocupación a perder su trabajo. No es de extrañar, con unas cifras superiores a los cinco millones de parados sólo conocidas en los turbulentos años 30. Si tenemos en cuenta que la “propiedad” más valiosa que posee un trabajador es su fuerza de trabajo, mejor dicho, la venta de ella en el mercado de trabajo, entenderemos aún mejor esta angustia. La sensación es aún peor al coincidir con los importantes recortes del subsidio de desempleo, reducción de las pensiones, gastos educativos y sanitarios impulsados por el gobierno Schroeder. Un modelo generalizado al resto de la UE con el objetivo de “incrementar la productividad”, es decir, mejorar la tasa de ganancia, aumentando la apropiación de plusvalía de la clase capitalista.

En EEUU, la primera economía mundial, más de 43 millones de personas –casi el equivalente a toda la población española- no dispone de seguro médico y más de 35 millones viven en condiciones de pobreza. Según el último informe del Departamento de Trabajo, en 2004 el número de personas que tienen más de un empleo ha pasado de 574.000 a ¡¡7,8 millones!!. ¿Qué significa esto? Que para los trabajadores norteamericanos es imposible vivir y mantener a una familia con el salario de un solo empleo

Y esto es lo que el capitalismo ofrece en el llamado primer mundo. En el bautizado como tercero, la atención médica o educativa es un lujo inalcanzable para cientos de millones de seres humanos. En un reciente informe de la ONU se señala que más de 1.000 millones de personas sobreviven con menos de un dólar al día, otros 2.700 lo hacen con dos dólares y 840 millones se van a la cama con hambre, de los que 300 millones son niños. Más de cinco millones de niños mueren de hambre en el mundo al año, y cada día mueren casi 30.000 menores de cinco años por enfermedades evitables. La FAO señala que hay en el mundo más de 852 millones de personas malnutridas y en los países industrializados más de nueve millones pasan hambre. Según el informe de Unicef de 2004, desde 1990 la pobreza ha crecido un 25% en los países desarrollados.

¿Es así como ha contestado el capitalismo la teoría marxista de la pauperización creciente de las masas?

El capitalismo, lejos de refutar, ha confirmado el análisis de Marx. También en lo referido a la concentración de la riqueza mundial: si en 1960 el 20% más rico de la población mundial registraba ingresos 30 veces más elevados que los del 20% más pobre, en 1990 el 20% más rico estaba recibiendo 60 veces más.

Pero hay más. En El Manifiesto Comunista Marx señalaba, hace más de 150 años, que “... cuanto más se desarrollan la maquinaria y la división del trabajo, más aumenta la cantidad de trabajo, bien mediante la prolongación de la jornada, bien por el aumento del trabajo exigido en un tiempo dado, la acelaración del ritmo de las máquinas, etc.”.

Los impresionantes avances de la tecnología que ha sido capaz de producir el ser humano, y que según los reformistas auguraban una nueva era de mejoras y bienestar, lejos de ser un elemento de liberación para la mayoría de la población mundial, bajo el capitalismo, se convierten en su contrario. En los últimos 20 años, se ha dado una caída real del salario de los obreros de EEUU de un 20%, acompañada de un incremento medio de la jornada laboral del 10%. La jornada actual en la manufactura estadounidense es de 60 horas. El director gerente del FMI, Rodrigo Rato, explicaba en abril que si Europa quiere crecer debe conseguir que “más gente trabaje y durante más horas”, con el objetivo de que las 1.450 horas de media trabajadas por un francés o alemán en un año, suban a las 1.815 de un trabajador norteamericano.

Más horas, incremento de los ritmos de producción, más días trabajados, disponibilidad absoluta, movilidad geográfica, corredor de vacaciones, cuarto turno, precariedad laboral...¿dónde están los dividendos de las nuevas tecnologías para la clase obrera?

Democracia burguesa:

¿el gobierno de la mayoría?

Es natural que un liberal hable de democracia en general. Un marxista nunca se olvidará de preguntar: ¿para qué clase?

Lenin,

La revolución proletaria y el renegado Kautsky (1918)

La democracia en general, no existe: en función de qué clase posea la propiedad de los medios de producción se organiza la superestructura política de la sociedad, con sus instituciones y organismos políticos representativos y sus medios de coacción y represión.

De hecho, la democracia burguesa no provee de ningún mecanismo eficaz para que los representantes del pueblo sean controlados por ese mismo pueblo. Sería todo mucho más democrático si los diputados y los concejales fueran revocables y elegibles en cualquier momento, tal y como establecieron los comuneros de París en 1871, o los bolcheviques tras la revolución rusa de 1917. De la misma forma la reivindicación “diputado obrero, salario obrero”, posibilitaría que los representantes de nuestra clase vivieran en las mismas condiciones materiales que sus representados. Pero estos mecanismos de control, parte integrante del programa de la democracia obrera, harían a los diputados más sensibles a las exigencias de quienes los votan y, por tanto, menos permeables a los intereses de los grandes poderes económicos que controlan todo el mecanismo político, incluido el parlamentario. De ahí la necesidad de corromper y sobornar a los dirigentes de la clase trabajadora, integrándoles en el mecanismo de dominación burguesa a través de todo tipo de medios: salarios muy generosos, dietas, privilegios, “prestigio público”...

Incluso esta limitada participación consistente en que los ciudadanos puedan depositar una papeleta en una urna, viéndose luego obligados a aguardar pacientemente cuatro años para expresar su descontento con la gestión realizada, tiene un claro límite. Cuando un gobierno elegido democráticamente pone en duda el férreo control de la sociedad por los capitalistas, dicho gobierno, simplemente, es suprimido. Se trata de un hecho que la historia ha constatado de forma sangrienta en numerosas ocasiones. El alzamiento fascista de Franco en 1936, el golpe contra el gobierno Allende en Chile en 1973 o más cercano en el tiempo, el finalmente derrotado golpe contra Hugo Chávez de 2002, por citar algunos ejemplos, corroboran esta afirmación. La democracia burguesa es el gobierno de “todos” mientras todos pensemos que el sistema burgués es el mejor sistema posible. Si la opinión de la mayoría no coincide con los intereses de la burguesía, los “sagrados” derechos democráticos y todo el andamiaje político de “derechos constitucionales” son barridos sin contemplaciones.

Lenin, en su libro contra Kautsky anteriormente citado, preguntaba: “¿Puede haber igualdad entre el explotador y el explotado?”. Evidentemente eso jamás ocurrirá bajo el sistema capitalista.

El Estado se nos presenta desde el poder como un ente imparcial que, estando por encima de todos, vela por la justicia y la igualdad. En realidad esto no es más que pura charlatanería: El Estado capitalista lejos de ser neutral, existe para velar por los intereses generales de la clase dominante y garantizar que en ningún caso estos sean amenazados.

En el Estado español o cualquier otro de los muchos países que han sufrido sangrientas dictaduras, como Argentina, Chile o Uruguay, observamos como torturadores y asesinos confesos pasean libremente gracias a la justicia, burguesa claro, y a la aceptación de los dirigentes de la izquierda reformista de vergonzosos acuerdos de “punto final” que han dejado impunes los crímenes de la clase dominante.

Pero si queremos comprobar esta afirmación “a lo grande”, podemos elevar la vista a escala mundial, para observar realmente como actúan los “neutrales” Estados de “derecho” y cuál es realmente su respeto por las leyes que ellos mismos redactan. En primer lugar, podríamos preguntarnos qué consecuencias está teniendo para el gobierno Bush haber iniciado una guerra “ilegal” desde el punto de vista del “derecho internacional” y qué efecto han tenido para impedir esa agresión las condenas de los tribunales internacionales o de la ONU. Lo mismo se puede aplicar al gobierno Sharon respecto a la matanza del pueblo palestino, al imperialismo francés en África occidental, o a los imperialistas alemanes en su responsabilidad por el desastre provocado con la desmembración de Yugoslavía. Todo el “derecho internacional” no es más que papel mojado cuando se trata de defender los intereses de la clase dominante.

¿Sigue siendo

la clase obrera

el sujeto revolucionario?

Para los teóricos del reformismo el programa marxista de la revolución, y el papel del proletariado en ella, ha sido superado por el supuesto debilitamiento numérico de la clase obrera debido a los cambios estructurales en el sistema productivo, así como el surgimiento de nuevos movimientos y formas de organización.

No obstante, un análisis serio del propio desarrollo de las fuerzas productivas y de la división internacional del trabajo en las últimas décadas, contesta toda la argumentación de nuestros detractores reformistas. Es necesario empezar diciendo que es simplemente falso afirmar que la clase obrera ha reducido su peso numérico en la sociedad. Desde la época de Marx, o de Lenin, la clase trabajadora, como el sector de la sociedad que en el proceso productivo no es dueña de los medios de producción y tiene que vender su fuerza de trabajo por un salario, ha experimentado un notable crecimiento numérico. El proletariado en la Rusia de octubre de 1917, suponía tan sólo un 10% de la población. Mientras en los años 30 en el Estado español el campesinado representaba el 63% de la población activa, factor que no impidió el desarrollo de una revolución socialista y tres años de heroica resistencia contra el fascismo, en 1975 la clase obrera se había convertido en el 70% de la población activa, alcanzando a las puertas del siglo XXI más del 80%. Si miramos al mundo en su conjunto, qué mejor ejemplo que China, el país más poblado de la tierra, que está experimentando un cambio en la estructura de la sociedad exactamente en sentido contrario al expuesto por los reformistas: el traslado masivo de población campesina a las ciudades en busca de un puesto de trabajo asalariado ha provocado que si en 1950 el 13% de la población total vivía en las ciudades hoy sea ya el 40%. En la última década el proletariado industrial chino ha crecido en más de 40 millones de personas.

Se podría seguir con países como Corea del Sur, Indonesia, Singapur, Brasil... Según los últimos datos de la OCDE (2004) la población activa mundial empleada en la industria ha crecido en 14 millones. También es el caso del Estado español donde la población empleada en el sector productivo, incluyendo la construcción y los transportes, se ha incrementado en cerca de tres millones en los últimos cinco años.

Probablemente se nos diga que lo que ya no existe son las grandes industrias capaces de concentrar a miles de trabajadores, que los obreros industriales desa-parecen en beneficio de los del sector servicios, y que los segundos no tienen la misma capacidad de influencia. También en esto se equivocan los reformistas. La gran industria existe y se desarrolla precisamente porque la producción en masa de mercancías y productos es una condición sine qua nom de la existencia del capitalismo en esta etapa de desarrollo imperialista. Pero además, la conciencia revolucionaria, igual que la revolución, no viene determinada por la estructura industrial de un país, sino por las condiciones generales del capitalismo, tal y como siempre ha defendido el marxismo. El ascenso revolucionario en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina y en todo el mundo capitalista menos desarrollado lo confirman.

La integración de la economía hace que sectores teóricamente periféricos puedan concentrar un gran poder de desorganización de la producción capitalista cuando se ponen en lucha. Recordemos la huelga de camioneros en Francia hace pocos años. La interrupción del transporte por carretera paralizó importantes y decisivas fábricas, como la del automóvil, por falta de piezas, permitiendo que un sector supuestamente subsidiario pusiera en dificultades a sectores decisivos de la gran industria.

Por otro lado, las huelgas generales que en los últimos años se han vivido en Francia, Austria, Italia, Grecia o el Estado español han vuelto a poner sobre la mesa el papel de la clase trabajadora. La burguesía europea lleva varios años embarcada en la aplicación de una batería de contrarreformas económicas decisivas para mantener su tasa de beneficio y cuota en el mercado mundial. Y, el obstáculo decisivo que encuentra en su camino, a pesar de la más que predisposición de los dirigentes sindicales a aceptar sus planes, es la movilización obrera. Así, la clásica y tantas veces desahuciada lucha de clases, en la que se enfrentan burgueses y asalariados, sigue siendo el terreno en el que finalmente se deciden los aspectos claves de la economía y la sociedad en su conjunto.

Un mundo multipolar,

¿es más democrático?

Ahora, se nos propone, desde la izquierda reformista más “radical”, que debemos apoyar a las potencias imperialistas que intentan recortar la influencia de la más grande: EEUU. Al parecer, debilitando al capitalista más fuerte se podría conseguir un mundo con relaciones internacionales más democráticas. En el fondo se trata de una actualizada variante de la vieja y profundamente reformista teoría de que existe un sector de la burguesía progresista al que la clase obrera debe apoyar.

Es cierto que el enorme poder económico y militar que el imperialismo estadounidense ha conseguido acumular, ha colocado en una situación de franca inferioridad al resto de potencias capitalistas. Así, el imperialismo francés y alemán en clara decadencia, o el débil capitalismo ruso, quieren defenderse de la agresividad y voracidad practicada por EEUU que les arrebata esferas de influencia en África, el Este de Europa o el Cáucaso. Todo ello combinado con la emergente economía china, que también tiene ambiciones en la zona del Pacífico y América Latina.

De hecho, el enfrentamiento abierto de Francia y Alemania con EEUU a propósito de la segunda guerra de Iraq, encubría motivos que, como mínimo, eran tan turbios como los del propio Bush. ¿Cuál es el auténtico currículo democrático de imperialistas como Chirac que ahora nos son presentados como progresistas? Que se lo pregunten a las masas de Argelia, de Marruecos, de Palestina, de Sudán, de África Occidental, de Zaire, de Ruanda, o de Indochina. Lo mismo vale para las credenciales “democráticas” y “pacifistas” de la burguesía alemana.

Lo que realmente es increíble es que gente inteligente y cultivada, como los editores de Le Monde Diplomatique suspiren todo el día por un mundo multipolar...capitalista. ¡Como si con ello la opresión y la barbarie imperialista fueran a desaparecer!

Los sueños de la pequeña burguesía ilustrada no pueden cambiar la naturaleza del sistema. Eso sólo lo puede hacer la acción revolucionaria de la clase trabajadora luchando con la bandera del socialismo.

Reforma o revolución

La acusación de que los revolucionarios despreciamos la lucha por conquistas y mejoras concretas en las condiciones de vida de las masas, no sólo es falsa sino que está francamente anticuada.

Los marxistas no sólo consideramos necesaria la lucha del día a día por conseguir una mejora salarial, dos días más de vacaciones o un nuevo ambulatorio en el barrio, sino que para nosotros es una palanca para ayudar a que la clase obrera comprenda mejor su papel en la sociedad y la necesidad de organizarse conscientemente para derrocar el capitalismo. La diferencia entre un revolucionario y un socialdemócrata no estará en que el primero no sea el más decidido y consecuente luchador en un conflicto parcial o concreto de un barrio o una fábrica. Sino en que el segundo defenderá que a través de reformas graduales y parciales conseguiremos poco a poco transformar la sociedad. Por el contrario, los auténticos revolucionarios explicamos que construir una sociedad nueva, más justa y equitativa, no se realizará a través de la acumulación de pequeños cambios, sino de la expropiación de la clase capitalista por la acción consciente y organizada del conjunto de la clase obrera. A diferencia de los reformistas, los marxistas insistimos en la necesidad de que en esa lucha fundamental, los oprimidos se doten de un partido consciente de sus tareas históricas, altamente disciplinado y forjado en la teoría del socialismo científico. ¿Cómo si no podríamos enfrentarnos con éxito a la maquinaria depurada del Estado burgués?